CUANDO BOLIVIA VIVÍA DEL ESTAÑO

Por: Alberto Zuazo / Publicado en www.economiabolivia.net 

Después de la plata y antes del gas natural, el estaño ha sido durante más de un siglo el mayor ingreso que sustentó la vida de los bolivianos. La aparición del estaño fue providencial para la economía nacional, pues al finalizar el Siglo XIX se desplomó el precio de la plata, al punto de dejar de ser atractiva para seguirla explotando.
El descubrimiento de la veta de estaño de la mina La Salvadora, en 1900, pasó a constituirse en el cambio, en la nueva fuente de ingreso del país. El área de la riqueza minera siguió siendo de los departamentos de Potosí y Oruro, como lo había sido desde la colonia española con la plata.
Más de una vez, en las mismas minas de las que se extraía la plata, se encontró yacimientos de estaño. Los expertos consideraron, en ese tiempo, que en buena medida el estaño era un subproducto de la plata.
La producción de concentrados de estaño en 1910 pasó de 16.000 toneladas por año a 48.000 en 1920 (10.000 y 29.000 toneladas, fino en el mismo período). En esos 20 años, el número de trabajadores relacionados con la minería pasó de 13.000 a 22.000.

Desde 1910 hasta los años 70, Bolivia se constituyó en el segundo productor mundial de estaño, después de Malasia. En cuanto al precio internacional, entre 1900-1920, sus fluctuaciones variaron entre las 120 y las 250 libras esterlinas por tonelada.
Flavio Machicado Saravia, académico en economía, dos veces ministro de Estado y en una ocasión candidato a la Vicepresidencia de la República, expuso en su excelente libro “Historia Económica de la República de Bolivia (1952-2009)” que el estaño, en cuanto a su gravitación económica en los años 1904-1918, significó entre el 50% y el 71% de las exportaciones bolivianas. En 1913 llegó al 73%, proporción que cayó en alrededor del 40% y 50% durante dos años de la Primera Guerra Mundial (1914-1915).
En esos años se produjo una reducción en los precios, como efecto de las perturbaciones que había sufrido la Bolsa de Valores de Londres. Cayó la oferta de equipos de producción y en el transporte, hubo elevaciones en tarifas, fletes y seguros.
Los precios deprimidos se extendieron hasta 1922, después se registraron aumentos entre 1926 y 1927, lo que indujo a una mayor producción. Con la crisis de 1930 volvieron a ocurrir trastornos en el mercado internacional, al extremo de que en 1933 las exportaciones representaron sólo el 42% de lo que fueron en 1929.
En el libro de Machicado se anota que en 1939, después de la guerra entre Bolivia y Paraguay (1932-1935), las exportaciones de estaño subieron, en especial dirigidas a los Estados Unidos, como emergencia del cierre de los abastecimientos de Malasia e Indonesia.
A partir de aquel año, como resultado de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en Bolivia creció al máximo la capacidad de producción, en promedio 40.000 toneladas métricas finas de estaño por año. Con ello, empero, se comprometieron las reservas futuras, ya que la velocidad de extracción del mineral excedió a su desarrollo normal.
Desde1930 no se hizo exploraciones en nuevas minas o en zonas conocidas como potenciales reservorios de estaño. Esta situación se deterioró más, cuando subió a la Presidencia de la República el coronel Germán Busch, quien decidió controlar el 100% del valor de las divisas generadas por las exportaciones. A pocos meses de su suicidio, se revocó la medida.
La minería boliviana estaba en poder de tres grandes consorcios empresariales, encabezados por Simón I. Patiño, Carlos Víctor Aramayo y Mauricio Hoschild, a quienes se los llamó los “Barones del Estaño”. Su enriquecimiento los situó en posiciones de gran notoriedad en los negocios internacionales, en particular en el caso de Patiño, a quien se llegó a identificar como “Rey del Estaño”.
La situación del estaño siguió siendo muy cambiante, hasta que en 1952 fueron nacionalizadas las minas de los tres consorcios privados mineros, los que eran dueños de 17 empresas. Entre las minas activas, la más importante era Catavi, cuya ley de mineral en 1925 era de 6,65%, en 1952 llegó a 1,11% y en 1964 a 0,54%. Esto es, la ley se redujo en 12,3 veces, lo que se tradujo en el menor rendimiento y a un mayor costo. El fenómeno ocurrió en todas las minas.
A fines del siglo pasado y principios del actual, con la tecnología moderna (que permite explotar a cielo abierto, en vez de abrir de socavones), se desarrolló con capitales privados extranjeros la mina San Cristóbal, en la provincia Nor Lípez, del Departamento de Potosí. Su producción de zinc, plata y plomo, equivalente al 90% de la total del país. En 2008 aportó al crecimiento del PIB (Producto Interno Bruto) en el 2,4%, o sea generó el 36% del crecimiento económico de ese año.
El estaño se lo sigue explotando, pero su producción quedó postergada a un segundo plano. Buena parte del desarrollo del país, hasta el presente, fue originado por este mineral, pese a los bajos precios que tenía en el mercado internacional. Entre 1985-1992, se cerró el mercado internacional del estaño, por el exceso de oferta de las reservas acumuladas por Estados Unidos y la caída de su precio. Por esta razón, las minas bolivianas productoras de estaño dejaron de operar.
Machicado establece que la economía boliviana no sólo dependió de la producción y exportación de materias primas, en las que un solo producto era dominante, sino que esta actividad se desarrolló con las características de un enclave económico.
Durante siglos, el mayor enclave fue la plata. En el ciclo del estaño se siguió consumiendo lo que más se podía importar del extranjero y de la explotación del trabajo barato en el país. El estaño abrió las puertas del Pacífico, ya desmembrado para Bolivia. Se tendió la infraestructura para que pueda salir al exterior y le dio brillo a Oruro.
Este enclave, que aún no muere del todo, dio origen a corporaciones transnacionales con anticipación y creó reservas internacionales que en su tiempo fueron estratégicas para salvar la paz y la democracia del mundo capitalista.

Los pueblos del estaño y quienes trabajan en él siguen dependiendo de los precios internacionales, siempre al “filo de la navaja” y, por tanto, con un destino incierto.

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