CUARTA BATALLA. GUERRA DEL CHACO - BATALLA DE VILLA MONTES, 20 DE FEBRERO DE 1935 - HORAS 5.30


Por: Oskar Cordova.

YACÍAN LOS CUERPOS DESTROZADOS DE PARAGUAYOS QUE GEMÍAN Y GRITABAN SU DOLOR Y SU ANGUSTIA EN LOS ESTERTORES DE LA MUERTE… NO CONSEGUÍAN NI SIQUIERA EL CONSUELO DE SER RECOGIDOS; ALLÁ LOS HIRIERON Y AHÍ DEBÍAN SEGUIR ESPERANDO LA LLEGADA DE LA MUERTE… HUNDIENDO SUS MIEMBROS DESTROZADOS EN EL BARRO Y CENIZAS DEL AVERNO IGÜIRARU…
Eran 24 piezas de 75 mm. de calibre y 8 de 105 mm, fuera de dos baterías de 65 mm. con abundante munición, las que esperaban listas el momento cumbre del ataque paraguayo por ese sector, Colmadas todas nuestras previsiones y esperanzas, el día 20 de febrero a horas 5.30 se lanzó en su loco intento, precisamente contra ese sector erizado de armas apuntadas en espera de su aparición, para ser destrozado en una es­ cena de pesadilla. Esta vez, como el día 16, las tropas paraguayas cebadas en su ira y exacerbadas por el alcohol, se lanzaron en feroz esfuerzo, temerario e incontenible. Aún el sol no había salido para alumbrar a los mortales, cuando comenzó la tempestad.

Los truenos de la artillería enemiga iniciaron el ataque, despertando a nuestros cañones, que dejando su somnolencia, comenzaron a vomitar sus proyectiles, dirigidos hacia los puntos estudiados y reglados con anticipación, mientras la infantería enemiga se lanzaba furiosamente, para ser acribillada por las ametralladoras, dejando en el campo a centenares de atacantes estáticos en posturas inconcebibles. Cada andanada de proyectiles artilleros llevaba la muerte de centenares de asaltantes y cada ciclón que pasaba a lo largo de su trayectoria llevaba la fuerza inaudita del terremoto, que derribando árboles daba vuelta a la tierra, sacando las raíces de sus profundidades, elevándolas hacia el cielo juntamente con los cuerpos deshechos de los bravos combatientes. 

Cuando despertó el día, el espectáculo del campo de nadie era macabro. En un frente de 1.000 metros defendido por las Compañías Peñaranda y Aparicio del Regimiento 6°. de Inf. yacían los cuerpos destrozados de paraguayos que gemían y gritaban su dolor y su angustia en los estertores de la muerte, porque no conseguían ni siquiera el consuelo de ser recogidos; allá los hirieron y ahí debían seguir esperando la llegada de la muerte piadosa, que termine con su martirio, para no seguir aullando su dolor, hundiendo sus miembros destrozados en el barro y cenizas del averno Igüiraru, para expirar alcanzados por nuevas balas, revolcándose en sus propias entrañas. No obstante toda esta tragedia, la presión paraguaya era cada vez más tenaz; nuevas olas de gente completaban los claros, reforzando la acción, aumentando la tenacidad y audacia; hasta que en un esfuerzo másculo y supremo la valiente infantería paraguaya logró irrumpir en nuestras posiciones adentrándose en una profundidad de 100 metros, para estrellarse nuevamente, esta vez contra el Reg. 16 de Inf. que recibió la misión de formar el bolsón acostumbrado, lo que no fue difícil ya que todo estaba previsto. Las Baterías de los Grupos 6 y 8 reforzadas por las del Grupo 3 hicieron imposible la progresión del enemigo, que detenido nuevamente en su intento y sin que le fuera posible recibir refuerzos, por la barrera de fuego que había formado nuestra artillería; después de lucha denodada de más de cinco horas y dejando el campo sembrado de cadáveres y heridos, tuvo el General Estigarribia que contentarse con ese pobre objetivo alcanzado a costa de tanto sacrificio.

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