ALCIDES D'ORBIGNY Y SU VIAJE A SAMAIPATA EN 1832

Por: Carlos Ponce Sangine. // Foto: Iglesia Virgen de Candelaria Samaipata.


Un prestigioso autor señaló que compete a Alcide Dessalines d'Orbigny el mérito de haber difundido en los círculos científicos la existencia de las ruinas precolombinas de Samaipata2. Anotició al respecto el esclarecido viajero francés en su voluminosa obra consagrada al relato de sus andanzas por Suramérica, empresa de envergadura que implicó nada menos que ocho años a contar de mediados de 1826. Emprendió una genuina proeza, exhibiendo en todo instante tenaz firmeza y valentía a cualquier prueba, recorriendo 3.100 kilómetros de norte a sur y 3.600 de este a oeste3. Disponía para el efecto de recursos pecuniarios limitados, 6.000 francos de emolumento anual, que fueron reforzados por una suma adicional de otros 3.000 otorgados par lapso parcial y procedentes de fuente privada para sustentar sus vagarosas jornadas4. Culminó con pleno éxito el cometido, gracias a su salud de acero y a su disciplina ejemplar. Atravesó parajes peligrosos, insalubres y malsanos, con entera confianza. "Me creía invulnerable", confesó con extrema sencillez.5 Configuró sus estudios no sólo con dedicación absoluta sino también con amor por sus inquisiciones. De ahí que el arribar al Nuevo Mundo exclamara: "Nada me faltaba para ser feliz... Estaba en América".6 D'Orbigny tuvo la precaución de preparar con calma su peregrinación durante varios meses, a fin de documentarse de manera cumplida. Sensiblemente su instrumental era reducido, circunscribiéndose a unos barómetros, que después le ocasionarían aventuras dignas de novela en las inmediaciones de Montevideo, a causa de la ignorancia de los soldados brasileños en campaña por allí7. Por supuesto, disponía de material adecuado para recolectar especímenes botánicos y zoológicos.
En abril de 1830 penetró a territorio boliviano y desde entonces deambuló con infatigable constancia por todos los rincones del mismo. Así, el 5 de noviembre del merituado año se introdujo en la localidad de Samaipata y gozó de la hospitalidad maravillosa de sus moradores hasta el 9, en que se marchó en búsqueda de la capital cruceña8. Durante su corta permanencia hizo raudo paréntesis a sus estudios y tuvo ocasión de alternar en agradables veladas. Con anterioridad había seguido la ruta que atravesaba por Mizque y los villorrios de Pocona, Totora, Chilón y Pampa Grande9.
En esta oportunidad, el perspicuo viajero galo se vio privado de contemplar las ruinas y se hizo la promesa de examinarlas a su retorno. Las persistentes lluvias constituían severo escollo, dado que la temporada era sobremanera pluviosa. Aún hoy en día las páginas del Viaje a la América Meridional, obra compuesta de once tomos y que apareció en letras de molde hacia 1844 (traducida no en su integridad al castellano un siglo más tarde), reflejan y trasuntan emoción10. Al repasarlas se percibe la belleza de las descripciones, trazadas con la maestría de un legítimo artista de la expresión literaria. Además, d'Orbigny se mostró extraordinariamente perspicaz en ellas, las troqueló con finura y sutileza en el detalle, explicable quizá en razón de que montado en su cabalgadura podía avistar y avizorar las peculiaridades paisistas con detenimiento por la lentitud del medio de locomoción empleado y aprisionar en la memoria pormenores que en la hora actual escapan al observador por la mayor rapidez de desplazamiento del vehículo que conduce. A la salida de Samaipata vislumbró a distancia la silueta imponente del cerro en cuyo vértice se hallan enclavados los vestigios prehispánicos que promovían su curiosidad, y al anochecer, cuando terminaba la jornada, paseó junto a un cerco de piedras que los arrieros nombraban con el topónimo de Casa del Inka, que lo conceptuó como el campamento más lejano erigido durante el avance operado por el hombre andino en el período también Inka. Asimismo, se detuvo por allá para identificar matas de coca, que coligió salvaje o silvestre, pero que acaso eran remanente de la que antaño cultivaron ex profeso los nativos en vigencia del Inkanato y que por ciertas circunstancias no se extinguieron y se reprodujeron sin ayuda humana"11.
No obstante de deleitarse con el panorama, d'Orbigny no descuidó consignar apuntes acerca de la geología de la zona de Samaipata. Propugnó que las areniscas que divisó parecían situarse en discordancia con las correspondientes al sistema devónico y las reputó como vinculadas al carbonífero12. Tal apreciación se confirma en algunos lugares, según declara Arellano en su reciente monografía. Este investigador anota que las aludidas areniscas "yacen en la faja subandina en calidad de permocarboníferos continentales e incluidas en la formación Escarp-ment"13. En un afloramiento de las mismas se tallaron los motivos precolombinos en la cúspide del cerro.
Fue d'Orbigny el primero en reconocer la presencia del período devónico en Bolivia, a juicio de Dávila y Rodríguez14. La versión al castellano de tres capítulos del tercer tomo de la magna obra de d'Orbigny, que comprenden la geología de nuestro país, fue acometida por Marchant y publicada en 1907 15. Díaz Arguedas la resumió de manera muy sumaria16.
Empero, d'Orbigny en dicha disciplina no aceptaba la teoría del uniformismo o uniformitariamismo instaurada por Lyell, cuyos principios se editaron en 1830-33 y que estructuró los fundamentos de la moderna geología17. Por el contrario, como admirador incondicional de Cuvier, a quien ensalzó con el apelativo de "inmortal"18, defendía la errónea doctrina catastrófica, postulando 27 creaciones sucesivas y otros tantos cataclismos "que despoblaban completamente el globo, haciendo desaparecer tanto a las plantas como a los animales"19, la cual arrumbó la ciencia en el desván de las cosas superadas sin atenuante y condenada al olvido. Recuérdese que el naturalista Georges Cuvier (1769-1832), en su tiempo una personalidad afamada e inclusive con éxito en la esfera política, había establecido la escuela fijista, que desechaba la continuidad del desarrollo y postulaba interrupciones bruscas y súbitas20. D'Orbigny no se apartó de la línea del maestro.
Como curiosa casualidad, si cabe la expresión, un otro naturalista que alentó posición totalmente opuesta, formulaba observaciones en Surame'rica y en fecha contemporánea. Era Charles Darwin (1809-1882), que emprendió la vuelta al mundo navegando a bordo del Beagle, velero de 242 toneladas, desde diciembre de 1831 a octubre de 183621. En el periplo tocó las costas de Brasil, Argentina, Perú y Chile, aunque no se internó en el corazón del continente, como su émulo francés. Darwin, entusiasta seguidor de Lyell, aplicó las ideas de éste y apoyándose en su experiencia viajera forjó el lineamiento de la teoría evolucionista, que eclosionó con su obra célebre titulada Origen de las especies por medio de la selección natural (1859) y como remate ulterior El origen del hombre (1871)22. En su momento la concepción darwinista conmovió no sólo a los círculos científicos, sino también al público en general. Su difusión encontró recios obstáculos, tal como en la antigüedad se opusieron al pensamiento jónico, que trazó nueva perspectiva extendiendo las posibilidades de comprensión del hombre23.
Después de transitar por Mojos y Chiquitos, a su regreso de Santa Cruz, d 'Orbigny el 24 de noviembre de 1832 tuvo la satisfacción íntima de asomarse en persona a los vestidos prehispánicos esculpidos en la roca aflorante de la cima del bautizado popularmente como Cerro del Inka, denominado de modo simultáneo también el Fuerte. Ambas designaciones toponímicas prevalecían entonces. En compañía del corregidor se internó por el río que corre al sur del pueblo durante un par de kilómetros y de inmediato giró en dirección del levante hasta ascender con superlativo entusiasmo a la aludida cúspide24. Oteó el horizonte y le agradó la vista. Acto seguido, el acucioso naturalista con habilidad delineó un croquis en que marcó el emplazamiento de las ruinas, que si se lo confronta con el mapa trazado por método fotogramétrico en 1970 no resulta tan mal parado (Hoja 6839-III de la Carta Nacional de Bolivia, editada por el Instituto Geográfico Militar). Además, como se había provisto de cadenas de agrimensor y del material necesario, se abocó a levantar embelesado el plano pertinente, que con posterioridad incluyó como lámina de su gruesa obra. Mientras en el texto de ella asignó al conjunto longitud de 200 metros lineales, se infiere por la escala inserta en la representación gráfica que denotarían aproximadamente 220. Asimismo, el ancho 75, deparando en consecuencia 15.500 metros cuadrados. El largo indicado no concuerda con el discernido por Pucher, que apenas enunció 160, ajustándose al plano que reveló transcurrida poco más de una centuria de la estadía del viajero francés, aunque con el grave defecto de carecer de escala. Discrepancia patente, más aún si los puntos extremos de mensura en ambos son idénticos25. Cabe expresar que ambos autores no acertaron en la cabal extensión de las ruinas del Fuerte, que cubren superficie mucho más amplia, como se puso en claro a través de los trabajos arqueológicos de limpieza ejecutados en 1974, por el Centro de Investigaciones Arqueológicas de Samaipata, de reciente creación. El conjunto monumental consta de una porción templaria, que abarca el pináculo del cerro con las múltiples esculturas rupestres, y de una parte habitacional situada al pie de aquélla.
La interpretación del sitio que postuló d'Orbigny entraña equívoco mayúsculo e indisculpable. A su entender se trató de un antiguo lavadero de placeres auríferos, que con sinnúmero de argumentos refutó Pucher26 Inclusive sin esgrimirlos todos, no se espuma asidero para tan extraño y exótico planteamiento. La falta de una corriente de agua en la cumbre de la montaña imposibilitaría cualquier intento de ese tenor y por el contrario se disfruta en abundancia del líquido elemento en los ríos, cuyos lechos corren donde principian los mamelones. Prohijó, por tanto, explanación utilitaria del segmento más importante del conjunto arqueológico, sintetizada por la asociación de supuestos fosos septentrionales donde se habrían depositado los sedimentos (letra H de su plano) y una serie de estanques, de provisión de agua (I) de dilución (A, B) y de residuos, vale decir para las etapas que implicaría la operación de beneficio27. Poco convincente el aserto, sin asomo de mínima comprobación en pro. Por añadidura, d'Orbigny encasilló a lo que no encuadraba en tal esquema como representaciones alegóricas de filiación religiosa. Según su caletre, se individualizaría en las tallas la imagen circular del sol y de cuartos de la luna, así como de un ave y de un ofidio, con "valor simbólico difícil de explicar hoy"28. Tampoco aquí se abonó evidencias para su confirmación y no queda otro remedio que descartar dichas opiniones. La concepción de d'Orbigny adolece de subjetivismo exagerado.
Captó, en cambio, con penetración d'Orbigny que el conjunto rupestre se orienta en sentido E-0 y que se halla ubicado básicamente en un plano inclinado. Diseñó la sección pertinente, en la cual se establece que la diferencia de nivel entre la porción más elevada y la más baja se acerca a los 27 metros. Empero, es notorio que no registró la forma trapecial de los nichos tallados en los lados, sino como rectangulares tan sólo. Excusables esas omisiones, porque apuntes, planos y dibujos fueron fruto de un día de labor, arduo e intenso, aprovechado al máximo, en que pudo olvidar muchas cosas por la premura.
El ilustre viajero galo descendió complacido y contento. Excursión provechosa de modo incontrovertible. Al descansar y ya en el pueblo de Samaipata, sus moradores le obsequiaron rompecabezas líticos estrellados, típicos del Inkario29. Señaló, por último, "numerosos restos de casas circulares", tanto en la misma localidad como a un kilómetro de distancia de las ruinas, donde conjeturaba se aposentaron los integrantes de las huestes inkaicas en época del décimo rey (en la lista de Garcilaso de la Vega) en su avance a las tierras llanas30. Glosó al respecto al egregio cronista cuzqueño, quien en el libro séptimo de los Comentarios Reales narró el envío de un ejército bien pertrechado para conquistar a los chiriguanos, aunque no especificó nada concreto con relación a la región de Samaipata31. No obstante, d'Orbigny tuvo la virtud de revelar con talento que las esculturas rupestres investigadas se remontaban al período inkaico, confeccionadas en un asentamiento erigido durante el movimiento expansivo imperial hacia el oriente.
La ciencia en la actualidad se ha tornado en una reflexión sobre la reflexión. Lo antiguo ha de meditarse en función de lo nuevo32. Se manifiesta el adelanto científico como resultado de sucesión continua de conocimientos adquiridos uno tras otro, edificado en cierta forma superando defectos e imperfecciones precedentes33. Su sentido se encubre a menudo por lapsos de relativo estancamiento, inclusive por aparente retroceso; en otros, por el contrario, parece acelerarse, provocando la renovación de vastos ámbitos. El ritmo de cambio se intensificó hoy en día, aunque desde luego muchas conclusiones recientes denotan cariz provisional, pero tal índole aproximativa constituye el meollo mismo de la ciencia y no hay argumento valido para dejar de considerarlas y discutirlas desde todos los ángulos34. La arqueología no se encuentra al margen de lo expuesto y por tal razón se ha dedicado los anteriores párrafos al análisis crítico del enfoque de d'Orbigny referente al conjunto monumental precolombino de Samaipata, rubricado más de una centuria atrás, que exhibe aciertos y equivocaciones a aquilatar, recogiendo aquéllos y reprobando éstas.

Notas
2 Frontaura Argandoña 1971, p. 84.
3 D'Orbigny 1907, prólogo de Díaz Romero, p. XI.
4 D'Orbigny 1945, I, p. 17, la suma adicional se la proporcionó hasta 1830.
5 D'Orbigny 1945, III, p. 1.076.
6 D'Orbigny 1945, I, p. 30.
7 D'Orbigny 1945, I, pp. 16-17, 58-59.
8 D'Orbigny 1945, III, pp. 1078-1081.
9 D'Orbigny 1946, p. 21.
10 D'Orbigny 1945, I-IV, el libro publicado en 1958 en Bolivia comprende la parte concerniente al país y está tornada de la edición del 45. Se editaron los tornos de la edición francesa entre 1835-47, los pertinentes al relato de viaje el 44.
11 D'Orbigny 1945, III, p. 1.083.
12 D'Orbigny 1907, p. 161.
13 Arellano 1974, p. 2.
14 Dávila y Rodríguez 1967, p. 29.
15 D'Orbigny 1907, Introducci6n de Díaz Romero, p. III.
16 Díaz Arguedas 1971, I, p. 40.
17 Daniel 1952, p. 38, demarca las posiciones de ambas escuelas contrapuestas.
18 d'Orbigny 1944, p. 14.
19 Márquez Miranda 1959, p. 143; Daniel 1964, p. 34, 1968, p. 30, Ponce Sanginés et al. 1971, p. 122.
20 Márquez Miranda 1959, pp. 69, 71, 73.
21 Hemleben 1971, pp. 35. 40-41; Trattner 1972, p. 229.
22 Darwin s/n; 1958.
23 Farrington 1968, p. 202.
24 D'Orbigny 1945, IV, p. 1464. En la obra anónima de 1835, p. 183, se consigna que el corregidor de Samaipata era Justo Suazo (sic) y jefe de policía de la localidad Tomás Paz. Ignoro si alguno de los nombrados ejercía las mismas funciones allí en 1832, cuando la visita de d'Orbigny.
25 Pucher 1945, p. 85.
26 Pucher 1945, p. 44.
27 D'Orbigny 1945, IV, p. 1.466.
28 D'Orbigny 1945, IV, p. 1.466.
29 D'Orbigny 1945, IV, p. 1.466.
30 D'Orbigny 1945, IV, p. 1.464.
31 Garcilaso de la Vega 1943, II, pp. 125-127.
32 Baclelard 1974, pp. 294, 295.
33 Taton 1967, p. 9.

34 Thorpe 1969, p. 12.
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