LA ÚLTIMA CAMPAÑA DE MARCELO QUIROGA SANTA CRUZ


Por: Juan Carlos Salazar. Este artículo fue publicado originalmente en Página Siete de La Paz, el 13 de marzo de 2016. // Foto: Marcelo Quiroga Santa Cruz. 
 
"¡No se van a atrever!”, me respondió, convencido de sus propios argumentos y deducciones. "Esa frase ya la escuché una vez”, le dije, recordándole la respuesta que me había dado el general Juan José Torres días antes de su secuestro y asesinato en Buenos Aires -en mayo de 1976-, víctima de la "Operación Cóndor”, ejecutada por el fascismo militar del Cono Sur para aniquilar a los líderes de la izquierda sudamericana. Marcelo Quiroga Santa Cruz se sabía en la mira. El propio Luis García Meza lo había amenazado públicamente tres semanas antes del golpe del 17 de julio de 1980. "A ese señor -había dicho-, las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”. Más que una advertencia, era una sentencia de muerte.
 
"Si los militares quieren matarme, lo harán, haga lo que haga. Tendría que ocultarme debajo de las piedras o irme del país, y eso no lo voy a hacer”, reflexionó el líder socialista al comentar la amenaza militar en la noche del 23 de junio. "La única posibilidad que tengo de evitarlo es hacer que el costo político de un atentado sea para ellos tan alto que no se atrevan a intentarlo”, agregó con la misma convicción. Su lógica tenía mucho sentido. Pero no con los militares. "Marcelo -argumenté sin convencerlo-, los militares se atreven a todo;  si lo deciden, lo harán; ellos no razonan como tú. Toman la decisión y no les importa las reacciones”.
 
Estábamos en su departamento de la avenida Arce. Acabábamos de llegar de un acto de campaña, en vísperas de la fiesta de San Juan. Sobre la mesa de la sala estaba la tarjeta que le había dejado horas antes por debajo de la puerta el arzobispo de La Paz, monseñor Jorge Manrique, pidiéndole una reunión "urgente”, y el ejemplar del diario  Presencia  que reproducía en su primera plana la declaración de García Meza. 
 
La campaña electoral de 1980, la más dramática de la era democrática, transcurría entre bombazo y bombazo, en un ambiente de gran tensión, con denuncias cotidianas sobre los preparativos golpistas. Luis Espinal fue secuestrado y asesinado el 22 de marzo, en la primera acción de los paramilitares que encabezarían el golpe del 17 de julio. Dos meses después, en la noche del 29 al 30 de mayo, mientras Hernán Siles Zuazo se declaraba en huelga de hambre exigiendo garantías para la realización de las elecciones del 29 de junio, una decena de explosiones sacudió   la ciudad de La Paz causando zozobra en la población que no había olvidado el sangriento golpe de Todos Santos de un año antes. 
 
Los bombazos, uno de los cuales causó grandes destrozos en la casa del candidato a la vicepresidencia Jaime Paz Zamora, fueron el preludio de un  nuevo atentado, ocurrido el 2 de junio, en el que perdieron la vida cuatro altos dirigentes de la UDP. El hecho se produjo al incendiarse la avioneta Pipper en la que viajaban a Rurrenabaque para participar en un acto de campaña. Paz Zamora sobrevivió con graves quemaduras al saltar de la nave mientras se incendiaba en tierra, cerca de Laja. La avioneta había sido alquilada a un servicio de aerotaxis propiedad del coronel Norberto Salomón Soria, quien posteriormente fue extraditado a EEEUU por tráfico de cocaína.
 
Pocos días antes de la amenaza formulada por García Meza, Marcelo recibió la visita de su amigo y compañero de gabinete en el gobierno del general Alfredo Ovando Candia, el general Juan Ayoroa Ayoroa. Iba de prisa y rehusó la taza de café que le ofreció el dueño de casa. "Mira, Marcelo, tengo algo muy delicado que comunicarte”, le dijo en tono confidente. Aunque se encontraba en situación de retiro, Ayoroa -quien había ocupado el Ministerio de Gobierno en el gabinete de Ovando- gozaba del respeto de sus camaradas y mantenía muy buenos contactos con los militares en activo. "La situación dentro del Ejército está muy caldeada, te van a matar si sigues en la misma, debes cuidarte”, le soltó, sin mayores rodeos y ahorrándose los detalles de la confabulación y la identificación de las fuentes de su información.
 
Marcelo le dio la misma explicación que le ofrecería días después, en la noche del 23 de junio, al arzobispo Manrique, un hombre avezado en la gestión de crisis y la mediación política, cuando se comunicó con él por vía telefónica para responder al recado que le había dejado ese mismo día por debajo de la puerta.  "Monseñor, entiendo su ministerio, pero no es precisamente a mí a quien hay que recomendar moderación. Siempre he actuado con responsabilidad y serenidad, pero no puedo rehuir a mis responsabilidades ni renunciar a mis convicciones”, le replicó después de que el prelado le expresara su preocupación por las amenazas y le pidiera "moderación” en sus palabras y acciones futuras.
 
En su declaración, García Meza había advertido, "por última vez”, que las Fuerzas Armadas no permitirían "un ataque más a cualquiera de sus miembros o a la propia institución tutelar de la patria”, y afirmó que quienes "reiteren sus insultos se atendrán a sus graves consecuencias”. "Es el caso de Marcelo Quiroga Santa Cruz -citó concretamente-, que sin saber nada, se ocupa de la vida económica y organizativa de las institución armada”. "A ese señor -precisó- las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”.
 
Marcelo respondió al día siguiente al "intolerable exabrupto” y desafió a García Meza a un debate público para dilucidar quién sabía más de las Fuerzas Armadas. "En cuanto a la amenaza de agresión física que, con propósitos intimidatorios, formula el general García Meza, por cuenta de las Fuerzas Armadas y en nombre suyo, debo aclarar que, si bien no ignoro la demostrada peligrosidad de la misma, estoy, como siempre, resuelto a defender mi honra, mi vida y la de los míos”, subrayó.
 
No era la primera vez que el jefe militar amenazaba al líder socialista. Tres semanas antes,  el 28 de mayo, había dicho que los "extremistas” debían abandonar el país. Quiroga le respondió: "Nadie puede obligar a nadie a abandonar el país”.
 
Con el juicio de responsabilidades al general Hugo Banzer Suárez como telón de fondo, los militares reaccionaron airados a la exposición del programa de gobierno de Quiroga Santa Cruz, quien días antes, a través de la televisión, había dicho que no era posible que en un país con carencias vitales, como Bolivia, el presupuesto de la Nación destinara ocho dólares por estudiante contra  1.000 dólares por soldado, y 12 pesos para la alimentación de un enfermo, contra 18 pesos para la alimentación de un perro policía y 26 pesos para un caballo del Ejército. "Todo esto tiene que acabar; esto es irracional. Redistribuiremos el presupuesto nacional, dedicándolo fundamentalmente a aquellos rubros prioritarios”, había subrayado.
 
Marcelo creía que el éxito socialista en las elecciones del 29 de junio, cuyos resultados otorgaron al Partido Socialista-1 (PS-1) el 8,71% de los votos, 10 diputados y un senador, era el seguro de vida que necesitaba para neutralizar las amenazas de García Meza, en el entendido de que un atentado conllevaría un costo político elevadísimo no sólo para quien lo había amenazado públicamente, haciéndose responsable anticipadamente de la ejecución de la sentencia, sino para la propia institución castrense. Obviamente, los golpistas no pensaban lo mismo.
 
Hablé con él por última vez el 14 de julio, desde México, para comunicarle que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) le había enviado, por mi intermedio, una invitación especial para que asistiera al acto conmemorativo del primer aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista, el 17 de julio. "Es imposible que pueda viajar en este momento porque estamos en plena negociación congresal para el desempate de la elección presidencial”, me dijo. Marcelo no aceptó la invitación. El destino le había marcado otra cita para ese 17 de julio.

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