EL CAPITÁN MARIANO FLORES Y EL SEÑOR PEDRO APARICIO

Recopilación: Juan Ticlla Siles / Publicado en el periódico el País  el 31 de julio de 2016.

I.
¡Rara coincidencia!
Hoy, aniversario de la batalla de Ingavi, sepultamos los restos de uno de los últimos vencedores en aquella batalla nacional –El Capitán Mariano Flores, muerto en la mañana de ayer, cansado de años y de servicios á la patria.
La desaparición de este veterano me afecta doblemente, porque deploro la ausencia eterna de un servidor de la República y lloro la muerte de uno de esos pocos tipos de honradez y lealtad acrisoladas, á quién me había acostumbrado á ver desde mi infancia, á mi lado, en mi humilde hogar, compañero fiel de la familia en las horas brevísimas y fugaces de la dicha (si la hay sobre la tierra), como en las pesadas y largas del infortunio.
Este hombre, leal como pocos, patriota y caballeroso, nació en esta ciudad de Tarija el 25 de Marzo de 1815, y fue hijo de uno de los héroes de la lucha titánica de nuestra independencia del Coronel Pedro Antonio Flores, por sus heroísmos y notables servicios á la patria, condecorado y ascendido por el inmortal General Belgrano, en la alborada de nuestra emancipación política.
Muy joven, y ávido de gloria y del noble deseo de servir a su patria, Mariano Flores sentó plaza de soldado, y concurrió como sargento, en el glorioso batallón Octavo, á la acción de Ingavi, en la cual, por su bravura, fue ascendido por el General Ballivián habiendo más tarde llegado al grado de Capitán.
Militó siempre en las filas de la buena causa y fue siempre valiente soldado de la constitucionalidad y de la integridad de la patria.
¡Y ha muerto pobre y olvidado!
II.
La gratitud y la lealtad eran las virtudes notables de Mariano Flores y de Pablo Aparicio.
Mi abuelo había servido á sus padres, en aquellos tiempos gloriosos de la República, y Flores y Aparicio desde entonces, dieron á mi familia, hasta su muerte, testimonio perenne de esa lealtad y esa gratitud, tan raras por desgr5acia, y que tanto elevan y enaltecen á quien las posee.
Es así como les vi en casa desde mi infancia.
Los dos leales y viejos conocidos de mi pobre hogar, han muerto á la vez, en un mismo día!
III.
Don Pedro Aparicio nacido en territorio argentino, en 1817, hijo de una familia honorable y distinguida, era, como Flores, un sincero patriota y un modelo de lealtad.
En ambos, pierdo dos amigos sincerísimos, dos viejos conocidos, de esos de quienes es tan doloroso separarse para siempre, y que nos parece que nunca debemos dejar de verlos, por que les vimos desde las blancas mañanas de la infancia.
IV.
Cuando murió mi heroico abuelo (5 de Octubre de 1871), estando yo lejos del hogar, como el cadáver llegara demasiado tarde al cementerio, demorado el fúnebre cortejo en su tránsito por el numeroso acompañamiento y las postreras ovaciones que el noble pueblo de Tarija tributara á los restos del último de los fundadores de la Patria y del glorioso Ejército Libertador de Colombia, fue necesario, sin tiempo para sepultarlo, dejar el cadáver en la capilla del panteón.
Cuatro hombres velaron toda la noche y amanecieron junto a él.
Esos cuatro hombres, de los cuales ninguno existe ya, eran: Mariano Flores, Pedro Aparicio, Eusebio Mora, aquel español tipo de hidalguía y bondad, que acompañó á mi abuelo desde el día de la batalla de Ayacucho hasta su muerte, y Damian Cabrera, el último soldado que quedaba en este país, de los vencedores de Ayacucho, y á quien, en el postrer año de su vida, en 1871, y en el aniversario de la gran batalla, supo honrar dignamente, con el patriotismo ardiente que le caracteriza, el señor don Bernardo Trigo, como primera autoridad que era de este departamento.
V.
Los que comprenden la gratitud y el cariño que se profesa á esas personas que mucho lo amaron á uno en la vida y á las cuales vio siempre en su hogar participes de sus alegrías y de sus pesares, comprenderán lo que en estos momentos siente el corazón del que consagra á la memoria de Mariano Flores y Pedro Aparicio, este postrer testimonio de su agradecimiento y de su afecto. 
¡Descansen en paz!
T. O’Connord’Arlach Noviembre 18 de 1890.

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