¿QUIÉN REALMENTE MATÓ A JORGE LONSDALE?


Por: Rafael Archondo / Inmediaciones / Este artículo publicado en www.bolpress.com el 11 de noviembre de 2017. 

Han pasado 27 años desde que el país despertó alarmado por las muertes de la calle Abdón Saavedra. Cuatro guerrilleros y un industrial secuestrado perdieron la vida en medio de una violenta intervención policial. Aquella mañana, la información era escasa, meses después, inexistente. A casi tres décadas del hecho, varias luces intentan esclarecer lo ocurrido.
Según una declaración otorgada en 2006 por el ex guerrillero peruano Dante Llimaylla Huamán (foto), y disponible hace solo tres años en las redes sociales, el dirigente del Club Bolívar y gerente de la embotelladora Vascal, Jorge Lonsdale, habría perdido la vida debido a los disparos efectuados por la Policía boliviana en la madrugada del 5 de diciembre de 1990, en el contexto de un operativo supuestamente destinado a liberarlo de sus secuestradores.
Esa mañana, Lonsdale estaba a punto de cumplir seis meses en manos del grupo guerrillero denominado Comisión Néstor Paz Zamora (CNPZ), con el que su familia estaba negociando el pago de un rescate de tres millones de dólares. El dinero no fue entregado, porque antes, uno de los emisarios de la CNPZ fue arrestado la noche del 4 de diciembre de 1990 y, bajo torturas, obligado a confesar, antes de morir, la localización de los secuestradores. Con la dirección exacta, la policía intervino horas después una casa de la calle Abdón Saavedra del barrio de Sopocachi, en la ciudad de La Paz.  En el operativo murieron Jorge Lonsdale y tres de sus captores. La autoría de la muerte de estas cuatro personas nunca fue esclarecida a pesar de que han transcurrido casi tres décadas de los fallecimientos.  Acá se presenta un recuento de lo ocurrido y de las novedades surgidas en los últimos años.
 NUEVE HORAS DE VIGILIA

Aquella nublada madrugada del miércoles 5 de diciembre de 1990 resultó especialmente intensa para la policía boliviana. El trajín se disparó desde la noche previa. A 15 minutos de las diez, en la calle 21 del barrio de Calacoto de la ciudad de La Paz, funcionarios del Centro Especial de Investigaciones Policiales (CEIP) capturan a Evaristo Salazar, ciudadano de nacionalidad peruana, quien portaba documentación falsificada. Gracias a esta acción, las horas siguientes serían de información precisa.
Con ese arresto culminaban prolongadas pesquisas, iniciadas en junio de ese año, desde que el empresario Jorge Lonsdale había sido secuestrado por un grupo armado que todos suponían como estrictamente delincuencial.  Seis meses después del irresuelto plagio, los investigadores sentían tener entre sus dedos la punta del hilo que los llevaría a desenredar el ovillo que, ya para ese momento, llevaba un rótulo enigmático: CNPZ, las siglas de la Comisión Néstor Paz Zamora.
Hace un año y cuatro meses, gobernaba el país el otro Paz Zamora, es decir, Jaime, quien había jurado sorpresivamente a la Presidencia tras firmar una cuestionada alianza de gobernabilidad con su viejo rival de los años 70: el ex dictador Hugo Banzer Suárez. Aún sin haber ganado las elecciones, Paz Zamora adquiría la mayoría congresal suficiente para gobernar entre 1989 y 1993. Su ministro del Interior en ese momento era Guillermo Capobianco, dirigente de su partido en Santa Cruz (foto).
La CNPZ, que retenía a Lonsdale desde el lunes 11 de junio, se había atrevido a reivindicar nada menos que al hermano guerrillero del Presidente, en clara insinuación de que ellos preferían a “Francisco”, el hombre muerto en Teoponte, y no al nuevo ocupante del Palacio de Gobierno. La última vez que Jaime conversó con Néstor fue pocas horas antes de que éste  se enrolara en la guerrilla de 1969. Tuvieron una agria discusión a partir de la cual uno abrazaría la muerte y el otro, una carrera electoral que lo colocaría en la cúspide del Estado.
El peruano detenido aquella noche del 4 de diciembre era uno de los dos hombres que el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) de su país había enviado a Bolivia para proporcionar asesoramiento técnico a aquel embrión guerrillero al sur de su frontera. Salazar llegaba puntual a una cita vigilada por la policía, en la que la familia Lonsdale pudo haber entregado el dinero acordado con los captores a fin de devolverle su libertad al industrial secuestrado. En varias declaraciones judiciales se habla de 3 millones de dólares, pero el pago del rescate era reemplazado en esas horas nocturnas por una larga sesión de torturas a fin de que el detenido revelara el lugar donde la CNPZ había encerrado al empresario.
El CEIP no podía admitir demoras. Cada hora transcurrida en la que los secuestradores no recibían ningún mensaje sobre la recompensa, aumentaba el riesgo de que mataran a Lonsdale. Durante cinco meses, los hijos del entonces gerente de la embotelladora Vascal (subsidiara de Coca-Cola), accionista del diario “La Razón” y dirigente del Club Bolívar habían logrado reducir la demanda monetaria de la CNPZ, que según una novela escrita en 1995 por el ex comandante de la Policía, Felipe Carvajal, empezó siendo de 8 millones.
Las horas entre el 4 y el 5 de diciembre serían las últimas de Evaristo Salazar, pero también las del empresario y tres de sus captores. Un secuestro que parecía resuelto en el momento de la localización efectiva del grupo terminaría en un inexplicable baño de sangre.
Cinco días después, el Ministerio del Interior reconocía públicamente que Evaristo Salazar perdió la vida cuando se encontraba “bajo el control de funcionarios policiales en su condición de detenido”.  Sin la menor vacilación el Ministerio asegura que aquella muerte de produjo “en circunstancias aún no determinadas”. “Con la misma severidad con que se llevaron a cabo las investigaciones y las acciones anti terroristas, de igual modo se actuará con los excesos que pudieran producirse en el accionar de los organismos de seguridad del estado”, advierte el documento oficial. Después de un inicio formal de juicio en contra de dos agentes de la policía, todo quedó en promesa.
El militante emerretista Evaristo Salazar murió en la madrugada del 5 de diciembre de 1990, porque fue torturado salvajemente, hecho que el doctor Antonio Torrez Balanza resume en la autopsia con una sola palabra “politraumatismos”. Un proyectil alojado en uno de sus pulmones terminó de inmovilizar aquel cuerpo. El otro peruano involucrado, Dante Llimaylla, también asignado en las labores de asesor operativo, correría mejor suerte y sí viviría para contarlo.
El 7 de enero de 1991, un mes más tarde de los sucesos de la calle Abdón Saavedra, el teniente coronel Carlos Antezana Cuéllar, a cargo del operativo, redacta una historia adicional. En su informe asegura que 15 minutos antes de la una de la madrugada, y “como resultado del interrogatorio”, Salazar habría proporcionado dos direcciones en las que podía localizarse a Lonsdale.
El coronel Germán Linares, otro de los protagonistas de la lucha anti terrorista en Bolivia, conversó a las 4:45 de la mañana de aquel 5 de diciembre con el ministro del Interior, Guillermo Capobianco. “-El peruano ya ha confesado su verdad”, habría exclamado victorioso. “Le ordeno que ingrese a la casa”, fue la orden ministerial.  En su declaración informativa, Linares comenta: “Lo interesante es que a mí me ordena ingresar a la casa, yo soy investigador, no agente, no soy una persona tal vez preparada para estas situaciones”.
La información oficial que queda en archivos sobre la muerte de Salazar es que éste logró golpear a sus custodios mientras recorría con ellos, esposado y dentro de una patrulla, las calles, por las que se encontrarían secuestrado y secuestradores. Tres disparos habrían interrumpido letalmente su fuga. El moribundo habría sido internado en la madrugada en la clínica policial. Lo que nadie entiende es cómo apareció horas después en la morgue del Hospital de Clínicas despojado de su identidad en un intento por hacer desaparecer la evidencia. Es uno de los cuatro crímenes que quedaron en la impunidad en aquellas horas de desvelo.
Horas antes, según testimonios filmados que ahora se conocen, los miembros de la CNPZ celebraban una reunión clandestina en la casa de la calle Abdón Saavedra, en cuyo segundo piso y detrás de grandes ventanales, resguardaban a “Mamani”, como habían bautizado a Lonsdale desde el momento en que interceptaron su vehículo cuando se dirigía a sus oficinas. Su convivencia con aquel gerente de la Coca-Cola ya se acercaba al medio año de duración.
Según relata el emerretista Dante Llimaylla (foto), al documentalista italiano Andreas Pichler, en aquella reunión se planteó la gravedad de la situación en la que se encontraba el colectivo guerrillero. “Enrique”, es decir, el fallecido Evaristo Salazar, no se había comunicado con ellos hace varias horas. Lo más probable es que la policía lo hubiese detenido. Así, el hombre que conocía su ubicación exacta podría estar siendo interrogado en esos momentos. La intervención policial era por tanto inminente.
A mediados de noviembre, los periódicos y noticieros ya habían difundido las fotografías, nombres y datos vitales de los principales integrantes del grupo. Los errores operativos cometidos hasta ese momento por la CNPZ resultaron devastadores. Alentados por el exitoso secuestro, acción dirigida por el peruano Salazar a plena luz del día, los jóvenes no esperaron a cobrar el rescate para proseguir sus actividades político-militares. En agosto sorprendieron a los transeúntes con muros pintados con su sigla de cuatro letras y la consigna: “Bolivia digna y soberana”. En octubre derribaron el monumento al ex presidente Kennedy muy cerca de la Estación Central y realizaron un atentado a la casa donde vivían los marines que resguardaban la Embajada de los Estados Unidos. En este último acto, tuvieron que asesinar a un guardia que salió a repeler la incursión y en una pendiente abandonaron un auto, en cuya guantera, por descuido, olvidaron retirar los documentos de identidad de uno de los líderes del grupo, el italiano Michael Northdufter.  En noviembre, las pistas dejadas llevaron a la policía a una casa en la ciudad de El Alto, donde Lonsdale había sido recluido semanas antes. De ese modo, el gobierno supo que los promotores de la campaña por “una Bolivia digna y soberana” eran también los secuestradores del industrial.
La cadena de errores cometidos echó por tierra la moral de la CNPZ. Aquella noche del 4 de diciembre, Northdufter les propuso que quien quisiera abandonar la casa, podía hacerlo. Abría las puertas para la deserción, convencido de que así salvaba vidas y tal vez ayudaba a prolongar la lucha. Inés Paola Acasigüe Parada (foto), 19 años, hermana de Julio, otro de los miembros de la CNPZ allí presente, fue la primera en reaccionar a la invitación. Dijo que ella se quedaba hasta el final. Al ver que la persona más vulnerable, la que acababa de tener una hija, optaba por perseverar, los demás, con la excepción de dos integrantes, habrían imitado su gesto. El grupo quedaba casi entero, listo para abandonarse a la fuerza de los acontecimientos. Horas más tarde, éstos se tornarían siniestros.
Paola lo describe del siguiente modo: “En mi caso a mí me dijeron que me vaya, por lo que yo tenía mi hija, y yo no quise. Entonces si yo había hecho eso, de decir, no, me quedo, cuando les preguntan a los otros, un poco como que quedaron… no había más opción”.  En el caso de Dante Llimaylla también primó el compromiso con lo obrado hasta ese momento. Él dice en 2006: “De mí ya se había cumplido mi plazo, yo debía haberme ido al Perú. Me dijeron, compañero, usted ya se puede ir, mi responsable, el otro compañero peruano, pero yo le dije, mira, no, yo me voy contigo y además los chicos necesitan ayuda, yo me quedo. Pero sabes el riesgo que estás corriendo, me dijo. Si riesgo siempre ha sido la vida, y en ese reunión también se hizo eso con todos los presentes”.   Lo que sigue suena hoy aún más dramático: “En la reunión se les dijo, saben qué muchachos… ya tenemos a la policía encima, entonces son dos cosas, o dejamos en libertad al secuestrado y nos vamos todos, o resistimos hasta el último. Dejarlo al secuestrado es asumir una derrota, quizás de la que nunca nos vamos a levantar. Entonces hay que elegir. Entonces esperamos que llegaran, fue como retar a la muerte”.
Paola le dijo a Andreas Pichler, que la entrevistó 16 años más tarde para su documental “El Camino del Guerrero”, que Michael Northdufter (foto), 28 años, nacido en la provincia germano parlante de Italia conocida como Tirol del Sur, tenía miedo a morir. “Es lógico, era como impotente ante esa situación porque sabía que era el primero que iba a morir cuando llegara la policía”, añade. Su fotografía había sido difundida por el Ministerio del Interior y se lo acusaba de dirigir el grupo.
Paola dijo en 2006 que “en realidad” la CNPZ no tenía “una cabeza”, “todos éramos iguales, pero de alguna manera siempre hay un líder”. En referencia a Michael, ella afirma: “él era el que representaba, pero no porque se hubiera impuesto o porque nosotros le hubiéramos puesto un cargo, sino porque se dio, siempre en un grupo hay una persona que sobresale y en este caso era él”. El gobierno necesitaba desacreditar al grupo y la mejor forma de hacerlo era reprocharle tener en su conducción a un europeo.
El documental de Pichler es fundamental para entender por qué la familia de Lonsdale demoró tantos meses en sellar un acuerdo económico con la CNPZ. Paola Acasigüe lo dice sin titubear: “(Jorge Lonsdale) tenía problemas con su familia. Entonces como que les hemos hecho un favor, o sea, todo salió mal. A la familia se le hizo un favor porque había problemas con los hijos por la cuestión de la herencia. El mismo Lonsdale dice: mi familia no va a pagar…”.  Llimaylla lo ratifica con las siguientes palabras: “Lonsdale supuestamente representaba a la transnacional Coca-Cola, entonces podía proveernos de fondos, pero él sabía que lo iban a matar, se ponía mal, se ponía a llorar”.
En la madrugada del 5 de diciembre, Jorge Lonsdale y sus seis custodios se mantienen en tensa vigilia. Dante describe la escena: “Las demás horas ya fueron tensas, nos distribuimos las responsabilidades, el primer piso lo llenamos de colchones, de papeles, colocamos cerca gasolina, algunas municiones sin cargadores colocamos en determinados lugares, se distribuyeron las pocas armas y esperamos”
Amanece. El Ministro del Interior aparece en las pantallas de televisión. Al fin puede dar una buena noticia tras tantos meses de deudas pendientes. Anuncia que la casa en la que se encuentra el ingeniero Jorge Lonsdale ha sido localizada y se encuentra rodeada por la policía. Luego tiene que agregar el saldo del fracaso: los guerrilleros asesinaron a su presa. Minutos después el Presidente Paz Zamora se hace responsable del ingreso a balazos a la casa. La Comisión que lleva su apellido ha sido aniquilada. Tres de los seis integrantes de la célula armada han muerto, los hermanos Acasigüe y el peruano Llimaylla son los sobrevivientes, únicos testigos de lo sucedido en esos estruendosos minutos.
Los cadáveres de Michael Northdufter, Osvaldo Espinoza Gemio y Luis Caballero Inclán aparecen alineados en las fotos que horas más tarde conforman la primera plana del periódico “La Razón” en una edición extraordinaria que se agota en media hora. Las imágenes de un patio inundado de su sangre se repiten una y otra vez en la televisión. La fuerte ligazón entre el programa de crónica roja de Canal 4 (El Telepolicial) y los mandos medios de la policía permitió que las cámaras del reportero Edgar “Pato” Patiño estuvieran ahí junto a los primeros rayos del sol.
Algunos vecinos de la casa tomada hicieron declaraciones a las decenas de reporteros que rodeaban la zona. En el periódico “Hoy”, uno de ellos afirma haber escuchado a Luis Caballero gritar que dejen de disparar porque ya estaban completamente rodeados. Mientras los sobrevivientes salían por la puerta delantera de la casa y eran vistos por periodistas, testigos ocasionales y guardias, los otros tres buscaron una salida por la parte trasera y habrían sido arrestados en la vivienda contigua. En los registros de la comisión de derechos humanos de la cámara de diputados, Dante Llimaylla dice: “si estamos aquí es gracias a las casualidades, que se dan, por ejemplo de la presencia del reportero de canal 4 y del señor diputado Lanza, porque de lo contrario creemos que hubiéramos sido aniquilados igual como nuestros compañeros”.
Gregorio Lanza, parlamentario de la Izquierda Unida, llegó al lugar con la intención de negociar la entrega de los jóvenes y salvar vidas. Lanza junto a Rafael Puente, ex sacerdote jesuita, también diputado por la misma sigla, formaron parte de los primeros ensayos de organización de un frente guerrillero en la Bolivia de los años 80.
Puente reconoció en 2006 que conoció a Northdufter en el marco de la activación de la lucha armada. “Nos preparábamos para lo que en aquel momento creíamos iba a ser algo así como una guerra de liberación de Bolivia”, revela Puente en un documental europeo. El dato es central, debido a que el fallecido dirigente minero y ex senador Filemón Escóbar denunció al diario “La Razón” en 1991 que Puente había entrenado a la CNPZ y que era su Comandante. La declaración ocasionó que Escóbar fuera expulsado en 1992 de la Central Obrera Boliviana (COB) acusado de “delación”.  Tiempo después, Puente y Escóbar se reconciliaron bajo las banderas del Movimiento al Socialismo (MAS).
Pero las invocaciones de Lanza no fueron escuchadas. La hipótesis que se barajó en esas tempranas horas del 5 de diciembre fue que Caballero, Espinoza y Northdufter fueron detenidos con vida, obligados a reingresar a la casa, ascendidos al segundo piso y obligados a saltar mientras se les disparaba a quemarropa. Un simulacro de combate. Su caída se habría producido en el patio (foto) que las cámaras de canal 4 lograron captar desde un edificio cercano.
El médico forense corrobora en su informe que a Michael le dispararon con un arma de grueso calibre a un metro de distancia. La total desfiguración de su rostro no da lugar a equivocaciones. Estaba desarmado y en frente de su verdugo.
Tras haber cumplido su condena, los sobrevivientes de la Abdón Saavedra aceptaron romper el silencio una década y media después. Sus testimonios quedaron grabados en el ya citado documental “El Camino del Guerrero”, realizado por Andreas Pichler, natural del Tirol, Italia, quien investigó el caso motivado por conocer la vida y muerte de su compatriota, el supuesto jefe de la CNPZ. Aunque el filme, bajo el título de “Miguel N.”, fue exhibido durante una semana de septiembre de 2008 en la Cinemateca Boliviana y está disponible en Youtube, ningún periodista activo estaba informado del asunto en ese momento.
El único llamado de alerta en ese momento fue el del periodista Rolando Carvajal, el jefe de redacción del diario “La Razón” en 1990. Lleva su firma un artículo aún disponible en el portal Rebelión en el que toma nota de las declaraciones de Paola Acasigüe y Dante Llimaylla extractadas de la película de Pichler.  En ella, con una voz pausada, el peruano reitera no solo que sus tres compañeros fueron asesinados por la policía, sino que Lonsdale también cayó abatido por las balas disparadas por los uniformados. Este es su testimonio: “Lo primero que hacen es poner un francotirador frente a la casa. Entonces en cuanto comienza la refriega, la ventana, de un tiro la bajan, todo y cortina se viene abajo, acto seguido le disparan a Lonsdale, a una parte del cuerpo le llega. Después entra gente de comando y lo aniquilan. Los demás chicos no sabían qué hacer. Yo salgo corriendo a la ventana, me fijo y habían policías por todo lado, ya apuntando, yo les digo, no salgan y los chicos se van por ahí. Los han agarrado vivos, los han acribillado y nosotros corrimos mejor suerte porque también nos iban a matar.
En la novela “El Día del Bautizo”, publicada en 1995 por el entonces comandante de la Policía, el general Felipe Carvajal Badani, se hace un relato de lo ocurrido. Con nombres ligeramente cambiados, el jefe policial asegura que Caballero y Espinoza dispararon contra Lonsdale por órdenes de Northdufter, el cual le habría dado después el tiro de gracia. Minutos después, los tres habrían intentado escapar, hecho impedido por las balas de los uniformados que ya tenían cercada la casa. Carvajal informa además que la policía ingresó a la vivienda sin disparar, gracias a que una de las inquilinas, una señorita italiana, que nunca prestó declaraciones, abrió la puerta tras escuchar el timbre pulsado por uno de los guardias. En ese momento, los uniformados tenían todas las ventajas en la mano, puesto que no solo habían rodeado el edificio, sino que ya estaban adentro.  Carvajal afirma además que tras una invocación para que se rindan, los jóvenes empezaron a disparar.  La policía, que tenía instrucciones presidenciales, de cuidar la vida de Lonsdale habría respondido al fuego guerrillero, desatando la intervención violenta hasta el segundo piso.
En relación a la muerte de Evaristo Salazar, Carvajal habla sobre “un desfase trágico del destino” relatado y suscrito por sus custodios. Aunque su novela es presentada como “un reflejo de acontecimientos vividos en los años 1989 y 1990 con la insurgencia de grupos como (…) la CNPZ”, no se atreve a identificar las causas del asesinato del emerretista.
Dante Llimaylla sostuvo en 2006 que la dirección nacional del MRTA hizo una alianza con la CNPZ y que le entregó dinero y asesoramiento.  “Ellos no hubieran podido hacerlo solos, no por incapacidad, sino por falta de experiencia. El arte de la guerrilla no es innato, se aprende en el día a día”, ratifica. Cinco años más tarde, el MRTA vengaría la muerte de Salazar planificando y ejecutando el secuestro de otro industrial, Samuel Doria Medina, quien formaba parte del gabinete ministerial de Paz Zamora. En esa ocasión, los peruanos no compartirían las acciones con “aprendices” de guerrilleros e incluso conseguirían financiar mediante el rescate, la toma de la embajada japonesa en Lima.
Entre tanto, las preguntas de inicio siguen flotando en el aire: ¿quién mató a Lonsdale?, ¿cómo murieron los guerrilleros?  “El Camino del Guerrero” de Andreas Pichler (ver abajo) respondió con precisión, pero solo una investigación a fondo podría dar por cerrado este caso en el que nuestra democracia naciente se manchó las manos de sangre.
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CNPZ: LAS ÚLTIMAS 48 HORAS
Rolando Carvajal / Rebelión.
Veinte años después de la ejecución de los líderes de una de las fracciones del ELN, el recuento histórico devuelve paso a paso, el movimiento insurgente que abrió las puertas para una nación digna y soberana
Paola Acasigüe ha recibido hace seis semanas un premio de cuento infantil. Pasados 20 años del asesinato de sus compañeros de la CNPZ, casi ninguna de las notas de prensa  respecto de este evento literario  sospecha siquiera las largas noches que Paola pasó antes de la tragedia de aquella madrugada del jueves 6 de diciembre del 90, cuando tres de los líderes de la Comisión Néstor Paz Zamora, Ejército de Liberación Nacional-Renovado, fueron acribillados.
La orden de ejecución, reconocida, correspondió al entonces presidente Jaime Paz y sus secuaces, tanto de la seguridad estatal como del aparato judicial de la época, dirigidos todos por la llamada comunidad de inteligencia internacional, al mando del embajador Robert Gelbard e integrada también por el español Rafael Maza.
La última aparición pública de Paola, junto con Dante Limaylla y los rigores del tiempo, data de la entrevista que hace dos años les hizo el cineasta Andreas Pichler para el documental Miguel N (visto en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz el 2009), en que ambos evocan el desenlace y los momentos previos a la muerte de Miguel Northtufter (28) y Luis Caballero (22), asesinados  minutos después que Oswaldo Espinoza (24),  entre tejados y techos de calamina, azoteas altas y pasillos hondos de unas casas en Sopocachi que en sus detalles la memoria prefiere olvidar, para bien o mal, sin conseguirlo del todo.
En el contexto de la izquierda armada que se remontaba a la guerrilla del Ché y la fundación del ELN boliviano a fines de los 60 –como vía alternativa a la toma del poder por medios electorales–, las vanguardias habían desplegado hasta fines de los 80, distintas formas de expresión difícilmente concretadas e igualmente sofocadas.
EL SOBREVIVIENTE 21060. Con antecedentes inmediatos en el ELN-post Ché (la guerrilla urbana de Inti Peredo, la de Teoponte en 1970) esta avanzada subsistió hasta que luego de las dictaduras de Banzer y su zaga de intermitentes regímenes de derecha, fue atenuada en los 77-80 por el esquema de la unidad democrática popular, infestado a su vez por un movimiento de “izquierda revolucionaria” que degeneraría el 89 en alianza con la derecha de centro y de ultra, esa que desde el 85 había puesto en  marcha el sombrío decreto neoliberal 21060, curiosamente subsistente un cuarto de siglo después.
Inmediatamente depuesto el gobierno de la UDP y entronizados los dictámenes neoliberales que se prolongarían hasta el 2005,  a partir de 1986 fueron aflorando nuevas expresiones de la izquierda armada, donde confluían sin dosis ni exclusiones el pensamiento katarista y la tendencia guevarista inhibidos por el abanico POR-PC-IU que actuaban como tapones de la insurgencia (el PCML se había apoltronado en la derecha)
Así, de los “Ayllus Rojos” (originalmente: Ofensiva roja de los ayllus tupackataristas, que planteó la lucha armada en 1988-89) se pasó a las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka que ese  mismo año impugnaron con un atentado en la autopista de La Paz la visita del vicepresidente norteamericano Geoge Schultz.
Juan Domingo, el hermano de Johnny Peralta,  fue asesinado por agentes del Grupo Especializado Antiterrorista del MinInterior, cerca a su casa en Alto Tacagua, ladera oeste de La Paz. Al primer asesinato de la época habían precedido las torturas: “por momentos pensé que habían perdido todo sentimiento humano y enceguecidos por la rabia mí me golpearon hasta con la silla; de puño de pie, me apretaron los testículos hasta sentir desmayos, para que yo aceptara; decían: lo que buscamos es encontrar a los autores de los mormones muertos, y que si yo aceptaba tal cosa mi primo y mi enamorada saldrían en libertad inmediatamente”, habría de contar Constantino Yucra, detenido en el caso FAL-ZW, entre decenas de testimonios de brutalidad física y psicológica con los presos, después del atentado contra dos mormones cerca del, en octubre del 88.
Un año después ya actuaba  la CNPZ, una comisión que llevaba el nombre del Néstor Paz Zamora, muerto en la guerrilla de Teoponte y con el cual se interpelaba a su hermano, que había jurado el 89 a la Presidencia pactando con su victimario, el general Banzer.
CNPZ, ANTES Y DESPUES. En los meses posteriores a la desaparición del la CNPZ seguirían sus pasos el EGTK, 1992 (Felipe Quispe-los García Linera-Raquel Gutiérrez, Silvia Alarcón) y luego el grupo del ELN a secas (1993: Morales Alvarez, Rita Saavedra,) que cayeron gracias a la infidencia de un antiguo periodista vinculado al PC, después de un “exitoso” rescate económico frente al propio Ministerio del Interior.
Volvemos sin embargo a la Comisión: reorganizada el 87 entre otras varias fracciones del ELN que se desenvolvían con autonomía, desde octubre del 89 se había concentrado en operativos como la intervención a una comercializadora de oro para recaudar fondos de reorganización y el esbozo de captura del empresario Luis Chamón Exeni. En abril del 90 el ELN-R (escindido del Eje-CP) ajustó su líneas en Viacha con “Gonzalo” y “Andrés” (Augusto Zalles) a la cabeza y concretó en junio el secuestro de mayor ejecutivo de la Coca Cola en Bolivia, Jorge Lonsdale, y en octubre el atentado a la residencia de los Marines en Miraflores y un bombazo al monumento a Kennedy, cerca a la estación central.
Pero ya el 7 de noviembre  había sido detenido “Tupa” involucrado en el operativo al oro en la calle Cuba, y los agentes proseguían su implacable búsqueda de Lonsdale y sus captores.
Descubiertos los refugios de Obrajes e Irpavi (el 1 de diciembre), Marcelo Oliva se había entregado por presión a sus familiares y otros cuatro detenidos, además de Mercedes Nava, se sumaban a una decena que eran cruelmente interrogados antes que concluyera “la tregua” ofrecida por el ministro Guillermo Capobianco.
“…se me produjo ‘la picana’ que son toques eléctricos a los testículos. Después lo que ellos llaman ‘submarino’, en el patio del CEIP tienen un pozo construido de cemento, lo llenan de agua y a uno lo agarran enmanillado de pies y manos, lo sumergen hasta que prácticamente pierde el conocimiento y lo obligan a abrir la boca, a perder la respiración; le dan un golpe en el estómago y no traga agua (…) en una ocasión me sacaron no se a qué lugar del altiplano y me empezaron a golpear con un palo para que yo me escape y estaban ahí todos acostados con rifles, yo me agarre a uno de ellos y me puse a llorar a fuerza de golpes querían que directamente me escape y supongo que eso era una especie de ejecución sumaria; la tina’ es que… los señores estos van y defecan en el inodoro y uno está esposado de pies y manos. Van y le meten la cabeza y dan unos golpes en el estómago. Remeten la cabeza en el inodoro totalmente lleno, le meten y le dan golpes al estómago para que abra la boca”, relató el más joven de los presos.
LA HERENCIA: DIGNA Y SOBERANA. Se sabía también que Sebastián Acasigüe había rentado el refugio de  Irpavi  por dos meses y circulaba uno de los folletos distribuidos desde septiembre donde podía leerse, a retazos: “Frente al sentimiento de impotencia, el ELN ha determinado llevar la campaña Bolivia Digna y Soberana… como somos políticos por creencia y militares por necesidad… el deber de todo cristiano es ser revolucionario, el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”.
Paralelamente, en cada descanso de las gradas de la UMSA sobre los bloques de vidrio, aparecía grafiteado el nacimiento del sol con las siglas de la Comisión
Y mientras que el hijo de Lonsdale, Tomy, publicitaba en los medios  la “estrategia familiar” para rescatar a su padre (lograr su ubicación), había caído también preso Alan Mesili, acusado de participar en el atentado a los marines y de pertenecer a la CNPZ. Entre 18 detenidos, Elvis Vargas y Carlos Pacajes eran implicados “confesos”, según el subsecretario Raúl Loayza, que ratificaba la ayuda del MRTA peruano (“ambos responden a la línea cubana”, decía) con al menos dos emeretistas en el secuestro.
El martes 4, dos días antes del desenlace fatal, cayó asimismo el jardinero Demetrio Castillo, herido en el allanamiento a la casa del entonces presidente de los Mineros Medianos, por agentes estatales, en La Florida.
Llegaban igualmente nuevas fotos de Lonsdale con vida y un último comunicado de los guerrilleros denunciaba la falsa tregua de las autoridades, advertía que “el gobierno quiere a Lonsdale vivo o muerto, con tal de desarticular a la CNPZ”; revelaba que la familia del secuestrado estaba en abierta complicidad con el MinInterior, apostando a una intervención armada sin importar la vida de su padre.
Denunciaba asimismo la “represión despiadada” de los organismos de seguridad, contraria al trato dado a Lonsdale (“no damos pentatol al preso como hace el gobierno con nuestros militantes”); y que los directamente responsables de inviabilizar la liberación eran Tomy Lonsdale y Capobianco.
Otra carta de los guerrilleros al director televisivo Carlos Mesa, revelaba la desesperación de Lonsdale: “no comprende la actitud dura de su familia, que prefiere cooperar con el MinInterior”.
Paulatinamente se conocían detalles de las conversaciones. El monto del rescate cayó de 8 millones a sólo medio millón (“aquí los tenemos …esta noche si quieren”  –declaraba Tomy preguntando por orden de quién sabe quién–: “¿estamos conectados con el grupo correcto?”).
EL HORROR. Ese mismo martes Loayza anticipaba “estamos cada vez más cerca”.  También ese  mismísimo  martes 4, cerca de las 22:00 comenzaba el horror de Evaristo Salazar (Alejandro Escobar), el peruano del MRTA  torturado  hasta morir y luego abandonado en la avenida del Poeta, tras decenas de apagones de cigarro mordiéndole en brasa viva los brazos, el pecho, la cabeza y  las piernas, taladro en las várices abiertas,  antes de caer doblegado en cuerpo y alma.
En la premura por lograr un contacto con la familia, Evaristo fue capturado, según los agentes, en la calle 21 de Calacoto-San Miguel, aunque otras versiones señalaban un café de la Ecuador y Aspiazu, y hasta los alrededores de una caseta de Cotel en El Alto, desde donde fue rastreada su comunicación.
El reporte del Cnl. Linares a la Comisión parlamentaria que investigó el caso es claro: lo interrogó y después lo llevó a la Sección II del Ejército.
El Informe del Grupo Operativo dirigido por el Tcnl. Antezana refirió que fue conducido a las dependencias del CEIP y que “como resultado del riguroso interrogatorio a que es sometido, alrededor de las 24:45 se obtiene la información de dos casas de seguridad donde presumiblemente mantenían al secuestrado indicando que el primero se encontraría en la calle Abdón Saavedra”.
El reporte de la comisión parlamentaria afirma: “el Cnl. Linares, que dirigió el operativo de apresamiento de Salazar y luego fue el primero en ingresar a la casa de la calle Abdón Saavedra, dice: ‘lo llevé a la Sección II del Ejército y a las cuatro y media de la mañana de ese mismo día, los miembros (de la Sección II) lo visitaron directamente en la casa del ministro Capobianco y le indicaron que ya el peruano había confesado su verdad’”
Una “Declaración Informativa del Cap. Waldo Panozo Meneses” prestada ante esa Comisión, incluyó por parte de este oficial la entrega un cassette afirmando: ” quiero indicar en este caso y quiero hacer la entrega y que se lo escuchen en esta sesión, referente al cassette que se ha grabado de la tortura al súbdito peruano…”.
EJECUTADOS.  Para el miércoles, los dados ya estaban echados. El asalto armado era cuestión de horas, en cuanto los agentes consiguieran arrancarle la ubicación de Lonsdale a Evaristo, entre pasada la medianoche del miércoles y las 4:30 de ese jueves siniestro signado por el sadismo y la tragedia.
Lo que pasó el jueves es historia contada: la familia accedió a la intervención armada que fue planificada por la comunidad de inteligencia (Ejército, Policía, Paz Zamora, Capobianco y sus colaboradores y los agentes especiales de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España) y ejecutada por el comando que disparó la granada hacia el ventanal del departamento donde se encontraba Lonsdale, causando las primeras bajas, según los testimonios de Limaylla y otros en el documental de Pichler.
Rodeadas las casas aledañas, especialmente la azotea de la posterior donde un inquilino quedó inmovilizado por los agentes, fue capturado primero Oswaldo Espinoza, a quien se le obligó a pedir la rendición, minutos después, al grupo de los dos Acasigüe y Limaylla que permanecía en el departamento.
Posteriormente fueron capturados Miguel Nothdurfter y Luis Caballero, los que saliendo descolgándose al patio aledaño, se habían refugiado en el cuarto de las empleadas de la casa vecina, según los testigos que declaran al final de este recuento. Entre la primera ola de disparos producida a las 6:45 y la última, hacia las 7:05, los dos hermanos Acasigüe y Limaylla abandonaron la casa  advirtiendo que adentro estaban, con Lonsdale, vivos, tres de los guerrilleros.
Hay cuestiones que permanecen en las sombras, aun dos  décadas después: una de ellas es si el charco de sangre en el pasillo de la casa vecina correspondía al cuerpo de MN que cruzó el aire “como un pájaro”, no se sabe si vivo o muerto, en todo caso ya quizás eterno; y si la enorme herida en el rostro corresponde a un arma de grueso calibre disparada a boca de jarro, o al impacto del cráneo contra el suelo. Un video incautado al reportero Patiño, de RPT, que captó las imágenes de los presos maniatados en el techo y el callejón, nunca fue devuelto ni conocido más que por el gobierno.
TESTIGO 1. »Muy tarde de la noche ya estaban ubicados en lugares estratégicos varios informantes del Ministerio del Interior, que controlaban las acciones de los jóvenes. Mientras que los secuestradores posiblemente estaban seguros de que no les seguían los pasos y no dispusieron centinelas para descubrir cualquier movimiento extraño en la zona. Mi madre salió a la misa muy temprano y a su regreso ya no pudo ingresar a la casa porque estaba copada por militares y agentes del Ministerio del Interior, de pronto se escuchó un disparo y posteriormente el estallido de una granada de guerra. Identifiqué el artefacto explosivo porque tengo formación militar.
TESTIGO 2.»Los ruidos en el techo de mi casa y disparos me despertaron. Lo primero que hice fue bajar al dormitorio de mi papá y preguntarle qué pasaba. La empleada había sido amenazada por dos personas armadas en el pequeño baño (que queda en un corredor abierto, ubicado al nivel del sótano, en relación a la calle Abdón Saavedra) Mi casa estaba ya con varios policías civiles, unos nueve creo, y detuvieron a las dos personas, las maniataron con sus cinturones, creo y se las llevaron …salieron por aquí (señalando una ventana desde su dormitorio en el  2do piso) que da a un techo de calamina y por donde antes habían llegado los dos… Sí, por ahí salieron policías y detenidos. Ya antes se movían en los techos otros policías y se veía una escalera que estaba colocada junto a la casa de abajo, que colinda con la del Sr. Torres… Uno era delgado, de unos 30 años, calvito. El otro era moreno y de baja estatura. Los detenidos  creo que se rindieron ante la policía que les amarró las manos y los sacó como dije. Aún gritaba uno Viva el ELN. A juzgar por el pantalón y los calzados, parece que uno de los muertos sacados por la casa de Torres era de los que habían sido detenidos en mi casa«
TESTIGO 3. »A eso de las seis y media de la mañana oí ruidos en mi domicilio y salí de mi dormitorio a ver qué pasaba porque nuestro perro se alborotó demasiado. Me ví intimado por un señor que estaba en el techo y llevaba arma con chamarra azul y con pasamontañas. Me encañonó y me dijo que me ponga frente a la pared. Ahí estuve y digamos a los 10 minutos trajeron a la terraza a un muchacho. Estaba cogido del cuello y le hacían gritar en alta voz en dirección a la casa del Sr. Torres. En algunos momentos gritaba  Pancho y en algunos momentos gritaba Francisco: “Pancho, pancho, estamos rodeados, no podemos ya, ya no podemos, rendite hermano, entregate”, gritaba el muchacho.
TESTIGO 4. »Yo ví caer del techo a un joven que se desplomó como …como un pájaro. Estaba saliendo creo, caminando hacia adelante con la manos en alto y le llegó una bala. No se si era policía o uno de los terroristas. Después los policías corrieron y lo sacaron
FAMILIAR DE OSWALDO. »Se podía transar, se podía evitar este crimen… a estos muchachos los han asesinado, porque tenemos información de que primeramente los agarraron vivos y después los mataron diciendo que estaban escapando. Oswaldo tiene  tres balazos en la espalda porque dicen que estaba escapando por el techo.
OTROS TESTIGOS. Por supuesto hay otros testigos, incluidos los protagonistas de entonces: jueces, jefes policiales, fiscales, médicos forenses, agentes de la represión, los sobrevivientes de la CNPZ, los periodistas que grabaron las imágenes. Muchos de ellos han preferido guardar la versión completa de lo que les tocó vivir. Paolo Cagnan escribió hace algunos años sobre Northtufter y las razones de éste fueron recogidas para el cine por Pichler. Muchos testimonios fueron conservados por la comisión parlamentaria que investigó el caso en 1995. Alguna documentación está quizá definitivamente perdida. Lo demás sigue entre las sombras.

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