FORTÍN BOQUERÓN, 15 DE SEPTIEMBRE DE 1932 –DESIGUALDAD NUMÉRICA DE COMBATIENTES

Fuente: Boquerón: diario de campaña. De Antonio Arzabe Reque. / Foto: Internet.

Por fin parece que el Comando Superior se ha dado cuenta de la esterilidad de los ataques que realizan nuestras tropas de Yucra y que el enemigo va recibiendo diariamente refuerzos. Esta mañana se ha enviado el siguiente parte desde Muñoz que es el lugar donde se encuentra el Comando: 
Transmitido de Muñoz.- Cif. Nº 370. ESMAYORAL. La Paz. Urgentísimo — Enemigo recibió refuerzos que paralizó nuestros contra-ataques. Enviamos nuevos refuerzos formados últimas fracciones de Rgto. 6 de Caballería con lo que efectivos empeñados Batalla de Boquerón son 2.700. Aprovechando refuerzos preparamos el sexto contra-ataque. En sector
Tinfunqué-Arce, sólo quedan alrededor de 600 hombres. Sector Agua Rica, sigue tranquilo.- (Fdo.) Gral. Quintanilla”.
Otra orden del mismo General reza lo siguiente: “Memorándum del CICE.- Muñoz.- Sr. Mayor, Jefe de la Escuadrilla de Aviación.- Mañana hasta horas ocho, despegarán de ésta tres máquinas con misión de abastecer a nuestras tropas de Boquerón, de municiones y víveres (pan y charque) que recogerán de Arce, debiendo efectuar tres vuelos sucesivos.- (Fdo.) Gral. Quintanilla.”
Como se podrá observar en los partes y en el memorándum del Comando Superior, se ha retirado la defensa de otros fortines para ir a reforzar las tropas que atacan desde Yucra en número de 2.700 que se encuentran en lucha constante para intentar romper el cerco formado por los paraguayos alrededor de Boquerón.
2.700 soldados bolivianos. Es una ironía, en comparación al gran número de tropas que ya ha desplegado el Paraguay alrededor y en la retaguardia de Boquerón. Según los cálculos de los oficiales del reducto, por lo menos hay cerca de 15.000 soldados atacantes, sin contar las tropas que se encuentran encargadas del aprovisionamiento y tropas de transporte desde las puertas de Asunción. Y nosotros, los defensores del reducto de Boquerón, predestinados a nuestra triste suerte, tenemos que soportar toda esta potencia de fuego que martillea constantemente sobre nuestras posiciones...
A las siete de la mañana, vuelve el fuego de artillería a amagar nuestras trincheras ya maltrechas. Diariamente se va ahondando nuestro pesimismo y seguimos preparados para el asalto final que nunca llega. Cada tres o cinco minutos, ráfagas de ametralladoras se dejan sentir con su fuego graneado que cae dentro del fortín, principalmente cuando los observadores paraguayos notan movimientos de soldados dentro del fortín. Mientras, los morteros y disparos de artillería no dejan de dirigir sus proyectiles cada media hora... ¡Son tantos los disparos de artillería, que con una distribución en el suelo del reducto, éste habría estado hasta la fecha cubierto de embudos en toda su superficie!
Soldados del sector vecino encuentran al teniente paraguayo Fernando Velásquez, que se debate entre estertores de muerte. Un proyectil se le ha incrustado en la cabeza, a la altura de la sien derecha. Está delirando y tiene la herida totalmente infectada. Al enjugarse el rostro nos extiende una mano. Da a entender que quiere obsequiarnos su anillo a condición de conservarle la vida. Como es natural, no aceptamos el regalo. En esto asoma Manchego y exclama: — “Conozco a este “pila”, es un buen hombre, me tuvo prisionero en Media Luna el año 28, después del ataque a Vanguardia”.
Toma su pañuelo y amarra la cabeza al herido. Velásquez repite los nombres de su esposa y de su hija. Encontramos en medio de su pecho unas fotografías y una pequeña Virgen envuelta en un lazo de tul, probablemente del que vistiera su novia el día de sus nupcias. Este hombre de casi dos metros de estatura, nos consterna. Cada vez que podemos le visitamos en el “buraco” que le han adaptado los camilleros. El mozo se va apagando, pero su agonía se prolonga. Sus ojos azures, fijos en los rayos de luz que dejan pasar los troncos mal unidos del techo que le cobija, parecen escrutar el misterio de su destino...” (My. Taborga)
A las ocho de la mañana empiezan a sobrevolar nuestros aviones. Las tropas paraguayas que se encuentran en continuo asecho rompen sus fuegos con dirección a nuestros aparatos, estos parecen no apreciar el peligro que entrañan las ráfagas de ametralladoras y sin temor, pasan y repasan por encima del fortín dejando caer los paquetes de pan y munición. Lo mismo que en anteriores ocasiones, la mayor parte de ellos cae en las posiciones contrarias; uno o dos caen dentro de nuestro fortín. ¡Poca cosa! ¡Y el hambre seguirá retorciendo nuestros estómagos! También encontramos munición; pero no servirá para nada... ¡Deshechas, retorcidas, sin valor para nuestra defensa...! Como si no hubiesen arrojado... ¡Total, un vuelo sin resultados favorables...! Sin embargo casi le cuesta la vida al aviador por su intrepidez. Estuvo a punto de ser derribado por la metralla enemiga... Y los días pasan, como pasa nuestra angustia hasta la agonía final... Hacia el fin triste.
No sabemos cuál será el epílogo de nuestras vidas. Esa incógnita hace que nos aferremos a un ápice de esperanza...
Esperanza ¿hacia qué...? A los misterios y sorpresas que puede guardar el mañana... Pero Boquerón se resiste y sigue sobreviviendo a todas las calamidades de esta guerra.
Un soldado se encuentra debajo del alero de la puerta de sanidad; al ser preguntado qué hace en ese sitio con la cabeza entre las manos, responde con amargura: “Pienso en mi casa, mi madre, mi esposa y mis hijos que dejé solos, sin ayuda de ninguna clase”.
Es un soldado que después de haber luchado tanto tiempo, dedica un momento de recuerdo a los seres queridos que ha dejado allí, en la tierra añorada... ¡La carne se acuerda de la carne con el amor del recuerdo...! El hijo reclama a la madre...
A la madre ausente en este momento de lucidez... Eleva su corazón y su pensamiento a algo más noble que el matar... ¡Tan cercano está su corazón al recuerdo lejano, que gruesas gotas de lágrimas caen de ese rostro enjuto y demacrado! Le invito a que entre dentro del refugio; pero él se resiste y dice “—No, prefiero esta mi soledad...” ¿Soledad? No, no está solo, está en compañía de su madre, de su esposa y de sus hijos, siquiera por medio del recuerdo... Se cierran sus ojos y sonríe...
Acaso ve así mejor que con los ojos abiertos... Se levanta del lugar, paso a paso, se dirige a su posición. Mas no se ha alejado demasiado, cuando cae un proyectil y una carcaza ha roto uno de sus brazos. Este lanza un grito de dolor y el brazo colgante parece algo extraño al cuerpo... ¡Es inverosímil! ¡Es algo trágico...! hace un minuto sonreía al recuerdo de los seres más queridos y... ahora, se ve con el brazo inutilizado... Ese brazo que era el sostén de los suyos... Ese brazo que roturaba la tierra fecunda para dar sus frutos como holocausto a la felicidad de su hogar...
¡Cuántos, como éste, quedarán en esta guerra, mancos, cojos, tullidos, ciegos e inutilizados por las enfermedades por el resto de sus días; sirviendo como una carga más a la estrechez de los suyos... ¡Y tener en cuenta que recién comienza la guerra..., aquí en Boquerón...! ¿Y, los que se encuentran debajo de aquellos promontorios de tierra... con la fetidez cadavérica de la muerte...? ¿Qué pensarán de ellos en la casa, la madre, la esposa, la novia o cualesquier ser querido...?
¡Cuántos llorarán la orfandad por causa de esta guerra, de esta carnicería...! ¡Cuántas tragedias en los hogares abandonados por defender la Patria...! ¡Patria, en este instante te veo más fuerte que nuestra propia naturaleza! ¡Ahora eres todo, y todo te lo damos; salud, hogar, tranquilidad y... vida! ¡Aquí nos tienes! ¡Sólo el recuerdo, nada más para nuestros seres queridos ausentes...
Ha pasado el día entre ráfagas de ametralladoras y explosiones de balas de cañón y morteros; mientras tanto, los muertos y heridos han ido en aumento considerable.
Por fin, después de un día de nerviosismo y de dolor, la noche nos cubre con su manto de misterio... Aún no ha salido la luna, y ya los defensores de Boquerón dejan sus posiciones para ir a reaprovisionarse de munición y de algo que comer.
Varias son las sombras que se deslizan como culebras hacia un montón de cadáveres que yacen desde hace dos días en el pajonal. Procuran no producir ruido alguno. Una pieza de ametralladora dispara a lo lejos... Lento es el avance. Los cadáveres se encuentran a ciento cincuenta metros. Los que avanzan no los ven; pero en la tarde fueron vistos desde las posiciones. Uno de los que se arrastra ve un bulto; se detiene para percibir algo que se mueve. No tiene un arma para poder defenderse en caso de peligro. Hunde la cabeza y el cuerpo en tierra. 
Observa que el bulto no es de un ser humano; más tiene la forma de un animal. Se acerca otro poco. Faltan unos quince metros para llegar y de pronto levanta la cabeza...
¡Susto...! No es nada... más que un zorro que devora los restos del que fue un paraguayo, y que tiene las vísceras mezcladas con la tierra. La blusa verde olivo está desgarrada. Una enorme mancha de sangre se encuentra desparramada a su derredor, su fusil está a su lado. El boliviano revisa la bolsa que tiene junto al cadáver y constata que tiene munición.
Desata la correa que la sujeta al muerto y se la pone la bandolera. Luego le sigue registrando los bolsillos, encontrando cigarros que guarda para sí. Este cadáver es pobre, busca otro. Sigue arrastrándose diez metros más adelante, percibe otro bulto; es un pila que debió caer en su intento de asalto. Este tiene el estómago totalmente hinchado, hasta reventar los botones de la blusa. La cara está totalmente destrozada. Algo monstruoso, no tiene nariz, ni la mandíbula. Tan sólo dos ojos abiertos y una dentadura destrozada desparramada sobre la masa informe. No aparece el fusil. Seguramente lo recogieron sus compañeros; tampoco tiene morral de munición y al revisar los bolsillos, la mano entra en contacto con la carne fría del cadáver, que lo pone nervioso... Ya no quiere seguir la búsqueda, porque siente que su cuerpo se estremece, por lo que
vuelve al lugar donde sus compañeros están en la misma labor. Cerca de ellos, se siente más tranquilo. Ahora se aproxima a otro cadáver que tiene una caramañola de agua, un morral y un fusil. Lo despoja; ha tenido mejor suerte. ¡Este sí, es un pila “rico” en munición!
En esto se oye muy cercana una ráfaga de ametralladora. Está a unos treinta a cuarenta metros; los disparos pasan por encima; ¿se habrán dado cuenta de la presencia de los depredadores de cadáveres? Ve los fogonazos que salen de la pieza. El soldado hunde la cabeza y los disparos se pierden en los montes que circundan al fortín. Retrocede despacio, sigiloso, sin producir ruido alguno que delate su presencia. Así va alejándose más y más, hasta que se siente más reconfortado con la compañía de sus camaradas que también retornan hacia las trincheras. Otra descarga de ametralladora rompe el silencio de la noche. Los proyectiles pasan silbando a los oídos; un minuto más, y se encuentran dentro de las fortificaciones. Sacan los contenidos de las bolsas. Uno de ellos cuenta cuatrocientos cartuchos de guerra, otro ciento veinte; y a quien seguimos en sus movimientos, veinte charutos, galletas, una caramañola de agua, más de doscientos cartuchos de guerra y ¡un fusil nuevo!... ¡Maravilloso botín!...
Aún no han terminado de guardar sus trofeos, cuando sienten otro ruido. Son otros, que también han ido en paseo de “inspección”... Y así, Boquerón va proveyéndose de munición y víveres para su defensa. Esta operación se repetirá todas las noches. Muchos, en su intento no regresarán a sus posiciones; quedarán allí junto al rebuscado cadáver paraguayo, atravesado por los proyectiles enemigos.
La noche oscura sólo es interrumpida por los disparos contrarios que buscan nuevas víctimas. Los soldados que defienden el reducto de Boquerón están de día en día más decaídos. Sus rostros macilentos, indican claramente los sufrimientos que los agobian. Ya no hay esperanzas de salvación para sus desnutridos cuerpos. Las noches de vigilia hacen que los ojos de los combatientes, sean dos ascuas. ¡Boquerón agoniza! ¿Y el final...? Ese final trágico no se presenta. ¿Es que la Parca no está satisfecha con tantas vidas que se han tronchado? ¿Hasta cuándo este sufrir que se va haciendo eterno? Ni un hálito de esperanza, ni un poco de consuelo para los afligidos corazones...! ¡Oh!, esto es lo imposible... ¡Patria, tu sacro nombre nos alienta! ¡Tus tradiciones y tus glorias exigen más de tus hijos! ¡Tanta sangre vertida, tanto coraje y valentía derrochados...! ¿No tendrá algún día la compensación merecida para éstos que no escatiman sufrimientos y dolores?
¡Patria!, ¡cuán injusta serías, si en el devenir vieras sentir la desilusión de tus hijos que hoy te defienden... 

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