FORTÍN BOQUERÓN, 18 DE SEPTIEMBRE DE 1932 - ¡MATANZA...! ¡CARNICERÍA SIN CUENTO...!

Del libro: BOQUERON, Diario de Campaña de Antonio Arzabe. // Foto: Cementerio en inmediaciones de Boquerón en la actualidad.

Son las cuatro de la mañana. Intensos disparos de artillería pesada. Los morteros confunden sus explosiones con los anteriores estruendos. Un proyectil ha destrozado el techo del puesto donde se cobijan más de ochenta heridos. La explosión de otro ha dado en uno de los travesaños del techo, ocasionando la muerte de siete heridos. Otros tantos se debaten con nuevas heridas. Añadir a esto los demás soldados, no saben lo que pasa. No hay caso “de encender ni una vela, ni un mechero. La confusión hace que los heridos se arrastren de un lugar a otro y los ayes y pedidos de socorro desesperan a los camilleros que van preguntando en la oscuridad; tanteando los posibles muertos. Uno de ellos desde un rincón exclama:
—¡Mi sargento, aquí, el soldado Pedro está muerto...!— De otro lado un herido llama: —Camillero, han muerto a este soldado que está a mi lado.
Y así, en la oscuridad de la noche, a tientas y tropezones, van recogiendo los cadáveres. Otro soldado se va desangrando de una nueva herida. Más, otro tiene los intestinos y el hígado confundidos en una masa hedionda que llena con sus vahos de sangre y excrementos, aquella habitación de dolor y desesperación. No hay drogas con qué atenderlos. Se utiliza por vendas, lienzos de colchonetas sumergidas en permanganato de potasa, que hay preparado en cantidad...
Empieza la claridad del nuevo día y aparecen entre los heridos otros dos muertos. Uno de ellos tiene una herida horripilante.
El pecho abierto por el costado derecho. Una esquirla grande le ha destrozado completamente el pulmón y el corazón que quedan como una rosa macabra. La columna vertebral tiene tres vértebras hechas añicos. La carne, la sangre y los huesos amarillentos hacen suponer que en este lugar hubiese sido carneado un buey. La sangre ha empapado el uniforme que también está hecho jirones.
Mientras tanto, en las trincheras, el fuego se ha generalizado en todo el derredor. Boquerón sufre ahora el peor ataque enemigo. Los disparos de fusilería enemiga caen sobre el fortín como si una manguera de agua rociase un jardín. Los proyectiles causan pocas bajas. Los camilleros recorren las trincheras en procura de los posibles heridos y ellos también tienen que dar su tributo: ha caído destrozado por un tiro de fusil el camillero Romualdo Cáceres. El aire se hace pesado y denso por la polvareda que producen las explosiones. Se ve en el puesto de Comando a los estafetas que entran y salen llevando partes y órdenes. Hay un movimiento inusitado.
El sector del Tte. Inofuentes está a punto de ser arrollado. Las fuerzas paraguayas se han aproximado demasiado. Están a lo sumo a veinte pasos. Los disparos de los bolivianos no son apresurados porque hay orden de que cada disparo debe ser de hombre a hombre y por lo tanto, éstos tienen que ser bien dirigidos… a la cabeza del atacante. ¡Matanza...! ¡Carnicería sin cuento...! Todos los sentidos se han concentrado sólo para matar, para producir el mayor número de bajas.
El hombre que agonizaba dentro de Boquerón, ha hecho renacer su esfuerzo; ese formidable esfuerzo que nace del instinto de conservación. ¡No importa que caigan...! La sangre y las vísceras saltan a los troncos que les circundan. ¡No importa ello...! Todos están en una sola idea, la de rechazar al enemigo que nos asalta. Matar al que quiere apoderarse de nuestro reducto. Se ve brillar en todos los rostros la figura felina de la fiera herida que desea rasgar las entrañas del que le ataca...
¡Boquerón está furioso...! Boquerón mata y destroza, despedaza entre sus garras de fuego y cuchillo...! Cada disparo es un impacto. Cadáveres y más cadáveres se van sumando a los que ya existían. Los ayes de los heridos y los estertores se confunden con los silbidos de los “shrapnells” que desgranan sus balines buscando sus víctimas. La fuerza arrolladora del grueso del ejército paraguayo está frente a nuestras posiciones; pero la defensa es invulnerable. 
Cada hombre acrecienta sus energías ya desgastadas por la lucha constante y cada uno de ellos parece que tuviese diez fusiles. Estos hombres del reducto se multiplican ante la fuerza arrolladora del enemigo.
Todo es inútil; ni la fuerza de los titanes hará que los defensores cedan un palmo de terreno. Falta un tirador y allí va otro a reemplazarlo; cae uno, inmediatamente otro ocupa su lugar. La furia guerrera está en todo su vigor. El fragor de la batalla llega hasta Yucra, donde sus hombres contagiados por la resonancia de esta batalla entran también en actividad igual que los de Boquerón. Son dos fuerzas que miden su resistencia y su valor. Disparos y más disparos. Parece que el hombre ha tenido momentos de intenso frenesí. Los de Yucra son como los hombres de Boquerón. Van luchando casi cuerpo a cuerpo.
Este combate que va durando horas y más horas, hasta que el enemigo opta por retirarse, porque las fuerzas del reducto no han cedido. El pajonal se ha teñido de sangre paraguaya. Si la fría ley de la guerra es matar: ¿dónde está ese humanismo que nos enseñaron nuestros padres? ¿Dónde está ese mandato divino que dice: “Amaos los unos a los otros”? ¡Dios del Universo! ¡Cómo permites que dos pueblos se descuarticen en forma tan inmisericorde! ¿Es esto lo que se llama acto de civilización? ¿Dónde llevan metido las nociones de pueblos civilizados? Más vale ser bárbaro, que pertenecer a este siglo de odios y Caínes... 
Madres de Bolivia y del Paraguay: ¿Para esta carnicería infernal habéis amamantado a vuestros hijos? ¿Queréis verlos, cómo se revuelcan en el fango de la podredumbre de los hospitales? ¿Queréis ver a vuestra carne hecha jirones en este campo de batalla? ¿Por qué gritasteis ¡“Viva la guerra!”? ¿Por qué no impedisteis ese derramamiento de sangre de dos razas que podían haber vivido como hermanas, sin rencillas y sin diferencias? Vosotras tenéis culpa en parte... ¿Me oís madres de Bolivia y del Paraguay? Ahora, ya es inútil. ¡Llorad madres bolivianas y paraguayas. Ahí tenéis a vuestros hijos, al fruto de vuestro amor... El pedazo de vuestras entrañas, cogido por un mortero o un tiro de cañón, tienen las entrañas al sol, se arrastran, sufren de dolor. Ni un llanto, ni una palabra de consuelo... Todos... Todos los han abandonado…! Hasta tú, madre que eres todo amor. Su agonía es lenta y se perfila en su rostro de moribundo la maldición para aquellos que causaron esta sangría que es la muerte de vuestros hijos...
Mientras tanto, en este reducto seguirán desangrándose dos pueblos.
Son las diez de la mañana y la batalla continúa con todo el furor de una danza apocalíptica. Las ametralladoras y las explosiones de morteros y la artillería asemejan una orquesta en la que la Muerte danza con los espectros que pueblan los bosques. Parece que esta fiesta macabra nunca va a acabar, y tarde o temprano, los hombres que defienden Boquerón serán tragados por esta vorágine que da vueltas y vueltas alrededor de los combatientes...
Sabemos que el Paraguay ha concentrado todas sus fuerzas sobre este reducto. Hace días que el gobierno del Paraguay ha dado la noticia de que sus fuerzas han conquistado el fortín. ¡Falso! La lucha continúa... Falsos gobernantes, ¡cómo engañáis a vuestros pueblos!... Mientras allí en La Paz se cuenta de victorias que no existen; allí en Asunción dicen “que ya tomaron el Fortín” ¡Cómo mentís...! Habláis de paseos sobre fortines recientemente conquistados. Llamáis a esto conquistar cuando mueren cientos? ¿Llamáis victorias cuando hay decenas con las entrañas al sol? Falsos gobernantes, despiadados ante el dolor humano... Ay de vosotros! ya os llegará el turno...
Son las doce del día; por fin, la intensidad del combate va disminuyendo. Las fuerzas atacantes, viendo la imposibilidad de tomar el fortín, retroceden a sus posiciones primitivas. Se arrastran poco a poco y dando pequeños saltos, se retiran. Los defensores tan sólo disparan cuando tienen la seguridad de causar bajas. La munición ha escaseado de tal manera, que tienen que negociar un préstamo con la condición de devolver en la noche “con intereses del cinco por ciento” o con el “uno por diez” en cartuchos. ¡Ironía del Destino! ¡Prestar munición con intereses, para matar a un semejante!... ¡Es que el comercio también existe en las trincheras; como existe en la retaguardia, allí en Villamontes o en Asunción; al igual que en Estados Unidos o en Checoslovaquia donde se venden armas para la destrucción de las naciones... ¡Así es la vida!, se comercia con la vida de la humanidad y con su destrucción en las asquerosas trincheras como en el gabinete transaccional de Marte.
Las cuatro de la tarde. Nuevamente el enemigo ha atacado nuestras posiciones del sector Este; pero, allí están las picadas en forma de “V”. Los tiros de artillería se dirigen ahora hacia el sector del Sud, mientras el ataque se realiza en el Este. ¿Es una maniobra enemiga? Los tiros que caen dentro del fortín llegan muy cerca del puesto de primeros auxilios y del comando del reducto. Son momentos de verdadera prueba para el Comandante Marzana y sus ayudantes; pero, ellos sin inmutarse ante el peligro, siguen en sus puestos. Es cierto que la imprudencia no existe; por lo tanto, se guardan y aseguran sus vidas en las protecciones que han construido dentro del “buraco” del Comandante. 
El puesto de primeros auxilios tiene una labor que extenúa a los cirujanos. Todo el día han trabajado suturando heridas, extrayendo esquirlas de metralla, amputando brazos y piernas destrozadas...
Los combatientes de otros sectores han ido a reforzar las posiciones del Este, donde la furia de los atacantes ha concentrado su fuego. De todos los sectores corren a reforzar aquel lugar, donde el enemigo quiere rebasarlo con sus numerosas fuerzas. De pronto viene un estafeta, que entre desesperados ademanes exclama: —Ataque enemigo al sector Oeste! —luego agrega— piden refuerzos inmediatamente...! Pasa de largo y a la carrera, va comunicando el caso a los demás sectores.
Inmediatamente los muchachos que habían venido a contener el avance del enemigo al sector Este, tuvieron que tomar la decisión de ir a reforzar allí donde el peligro estaba con la inminencia de ser rotas nuestras líneas. Los sectores Noreste y Sudeste continuaban “en calma”; por lo tanto, quedaron pocos tiradores; mientras en los dos frentes opuestos, la carnicería se reanudó con una fuerza criminal. Ha pasado una hora de combate. ¿El resultado? Decenas de muertos y heridos paraguayos; lamentos de dolor, moribundos dando el último estertor de la muerte. Ni un palmo de terreno cedido a los paraguayos. Sin embargo, allí en Asunción continuaban su propaganda: “Nuestras fuerzas en hermosos asaltos, destruyeron al enemigo dentro de sus mismos reductos” ¡Falacia...! Falacia de los conductores de esta guerra cruel y sangrienta.
Es verdad, que los hombres que defienden Boquerón, van exterminándose poco a poco; pero, a costa de cuánto. Cada vida boliviana que cae en las trincheras de Boquerón está compensada con veinte paraguayas. Cada herido boliviano hemostasia su sangre, para luego ir nuevamente al puesto que le señalaron sus oficiales. En el puesto de sanidad sólo quedan aquellos que realmente están inutilizados para combatir; pero aquel cuya herida es un disparo en un brazo o una pierna, tiene que continuar en el puesto del deber, defendiendo el reducto de Boquerón...
Ha pasado un día de verdadero nerviosismo. Es necesario reparar las fuerzas perdidas en un día de combate; pero, ¿cómo y con qué? El Comandante hace distribuir la mitad de un pan para cada uno. Ni este pedazo ha alcanzado. Muchos han quedado con las manos vacías. Alguno que otro que conserva todavía ese desprendimiento propio en las grandes acciones, hace partícipe de unas migajas o un mendrugo con sus compañeros que no fueron favorecidos, porque es necesario ingerir algo para distraer al estómago. Varios soldados merodean los alrededores de lo que antes fue la carnicería. Suerte tiene aquel soldado que encuentra un hueso. Se lo llevará para hervirlo. Otros van en busca de cueros donde fue el matadero...
Total, por lo menos una gelatina, sin sal ni azúcar. Otros se dedican a la caza de lagartos; pero, parece que estos bichos hubiesen escapado al estruendo de las balas.
El último mulo que aún está vivo se encuentra pastando en el pajonal. El teniente ha ordenado que se lo traiga; pero ese sector está batido por el fuego de la fusilería y de las ametralladoras enemigas que vigilan nuestros movimientos. Pero el estómago es roído por el hambre. Los bostezos se suceden a cada instante. Hambre, hambre, sienten los defensores de Boquerón. ¡No hay peligros que arredren, cuando esta necesidad acecha, y así, un soldado del que fue teniente Guzmán, se decide a buscar la acémila para luego carnearla. La situación es difícil y peligrosa. El soldadito sale de la posición y se arrastra poco a poco. Los matorrales y la paja le cubren un poco. Los muchachos, desde las posiciones, ven cómo se va acercando hasta la presa. El mulo pasta tranquilamente sin darse cuenta de la tragedia próxima que se desarrollará, y que ya empieza allí cerca. Este levanta la cabeza, pone alerta sus largas orejas, dirige su mirada hacia donde se va acercando el muchacho y lanza un resoplido... Mientras tanto, miradas vigilantes del enemigo, observan los movimientos del que se arrastra anheloso. Por fin se detiene junto a las patas del animal; desata el cordel que lo sujeta a una mata y tira de la cuerda, mientras va arrastrándose de regreso. En este momento, se escucha una ráfaga de ametralladora. Los proyectiles levantan polvo a su derredor. Un proyectil le ha tocado en una pierna, pero no suelta su presa. Siente el golpe seco de otro proyectil y la herida empieza a sangrarle más, sigue arrastrándose con dificultad. El animal parece que comprendiese y resopla nuevamente. Tiene las orejas levantadas y los ojos que se le agrandan. El soldado se detiene y una nueva ráfaga rasga el aire. Esta vez, otro proyectil le ha tocado en el estómago vaciándole los intestinos y el herido tomado de la cuerda del mulo, expiró. Un disparo aislado ha puesto fin a su vida, que, en su afán de querer llevar un alimento a sus compañeros hambrientos, encontró la muerte junto al mulo impasible.

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