18 DE AGOSTO DE 1938: LA DESTITUCIÓN DE "EL TRAIDOR”


Existe un antecedente en la Argentina de un ciudadano condenado por traidor a la Patria. Ocurrió en 1936, y su caso tiene nombre y apellido: Mayor Guillermo Mac Hannaford, por entonces ayudante del Jefe del Ejército Argentino, General Nicolás C. Accame. Fue acusado de vender información clasificada de Argentina a Bolivia.

Si bien su caso aún mantiene muchas zonas grises, el malogrado militar pasó los siguientes veinte años de su vida olvidado en una celda, hasta su indulto que le llegó pocos años antes de su muerte. Esta es la historia del llamado "caso Dreyfus criollo".

Mac Hannaford se destacó en el Ejército por su nivel de instrucción, y su dominio de lenguas extranjeras. Tal fue así que cuando vino de visita al país el General Pershing, fue el propio Mac Hannaford quien lo acompañó. Y cuando el Príncipe de Gales –futuro rey de Gran Bretaña- estuvo en marzo de 1931, también le cupo al militar oficiar de edecán del miembro de la Casa Real.

Cuando estalló la guerra del Chaco, en 1932, que enfrentó a Bolivia con Paraguay, fue nombrado agregado militar en el primer país. No fue un conflicto sencillo para Argentina, ya que detrás de su pregonada neutralidad, ayudaba por debajo de la mesa al Paraguay, enviándole armamento, municiones y víveres. El creciente clima de hostilidad en Bolivia hacia los argentinos determinó que un año después Mac Hannaford emprendiera el regreso a Buenos Aires y, sin saberlo, el fin de su carrera estaba cerca.

En diciembre de 1936 Mac Hannaford fue detenido mientras leía el diario en el jardín de su casa, en la zona norte de Buenos Aires ¿Los cargos? Espionaje.

Se lo acusaba de vender información secreta argentina a Bolivia, mientras se desarrollaba la Guerra del Chaco. Él, como ayudante del jefe del Ejército, tenía en custodia diversa información sensible. Pero a lo largo del juicio juicio, salió a la luz que Mac Hannaford apostaba en el hipódromo los sábados y que concurría a una casa de citas, que regenteaba una mujer llamada Jorgelina Argerich, en las que alternaba con diversas mujeres.

También se lo vinculó con Horacio Pita Oliver, supuestamente un miembro de inteligencia que se movía en más de un sentido. Cuando este sujeto fue sorprendido tratando de vender documentos secretos, aseguró que quién se los había suministrado había sido Mac Hannaford.

Para la justicia militar, el caso cerraba: era apostador y mujeriego. Debía ser espía. A lo largo del proceso, que comenzó en diciembre de 1936 y que culminaría en agosto de 1938, desfilaron una serie de testigos cuyos testimonios reforzaban la culpabilidad del Mayor y, paralelamente, se rechazaban las peticiones de la defensa de incluir a testigos que ayudarían a sostener la inocencia del acusado.

Finalmente, se dictó la condena: encontrado culpable de espionaje y, en consecuencia, de traidor a la Patria. Se lo condenaba a ser degradado y destituido en ceremonia pública y a purgar una pena a cadena perpetua. Vanos fueron los intentos de demostrar que la calificación del delito sólo aplicaba si Argentina hubiese estado en guerra con alguno de los países a los que Mac Hannaford le habría vendido documentación.

Desde muy temprano, en la fría mañana del 18 de agosto de 1938, en el patio trasero del Colegio Militar, se fueron congregando militares que presenciarían una ceremonia inusual en la historia argentina. Una formación en cuadro de 800 efectivos contemplaron cómo un sargento le arrancaba las insignias y le arrojaba el sable al suelo a un demudado Mac Hannaford.

Ya como un simple civil, lo embarcaron en la bodega de buque que en marzo de 1939 llegó a Ushuaia. Hasta 1944 estaría alojado en el presidio del fin del mundo.

Cuando Juan Domingo Perón asumió la presidencia, creyó ver una luz de esperanza. Compañeros de armas, le escribió varias cartas solicitando la revisión de su caso. Perón nunca le contestó. Es más: durante el juicio, acusó ante el tribunal a Mac Hannaford de prestamista, mientras fue agregado militar en Bolivia.

Cuando Perón fue derrocado en septiembre de 1955, se armaron diversas listas de presos políticos que deberían ser liberados. El General Eugenio Aramburu accedió a firmar el decreto secreto de mayo de 1956 que establecía la liberación de Mac Hannaford.

Había pasado 20 años preso. Sus compañeros de armas le habían dado la espalda, su esposa se había enterado de algunas cuestiones que Mac Hannaford le había ocultado. Era un civil desempleado y enfermo, que no había podido concurrir al casamiento de su hija, ya que no accedió a hacerlo esposado.

Guillermo Mac Hannaford, abatido y olvidado, falleció en su casa el 5 de septiembre de 1961 a causa de la tuberculosis que había contraído en Ushuaia.

El presidente del tribunal militar que lo condenó, coronel Manuel Calderón, tuvo su premio. Fue nombrado primer jefe del cuerpo de Gendarmería, que se había creado en 1938. Todos los altos jefes, como Nicolás Accame, Rodolfo Martínez Pita y Basilio Pertiné continuaron sus exitosas carreras. Y Mac Hannaford pasó al olvido.

Extracto de nota de Adrián Pignatelli. Periodista y escritor, autor del libro “El Traidor”, publicada en Infobae.

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