LA REELECCIÓN PRESIDENCIAL EN BOLIVIA Y ALGUNOS ECHOS


Por: Fernando Molina // Este artículo fue publicado en Página Siete de La Paz el 3 de diciembre de 2017. Disponible en: https://www.paginasiete.bo/ideas/2017/12/3/reeleccion-algunos-pasajes-historia-nacional-161477.html // Fotos: Bautista Saavedra. (Créditos: Córdoba Ortega)

Convocado Andrés de Santa Cruz a hacerse cargo de la república boliviana, recién nacida y ya tironeada por sus vecinos y por las distintas facciones en las que se organizaban sus hijos más ambiciosos, estableció –a dos años de estar en el poder, en 1831- una Constitución que se adecuara a sus intereses, que no por grandiosos eran menos personales. 

De modo que la Carta –como se llamaba entonces- permitía que se reeligiera luego de cuatro años de gobierno, lo que hizo cumplidamente, formando así el gobierno continuo más prolongado de la historia del país antes de la presidencia de Evo Morales.


No extraña entonces que inmediatamente después de la caída de Santa Cruz, las élites locales, cansadas del férreo poder y de la adustez bélica que éste había impreso a las cosas del país, decidieran prohibir la reelección consecutiva, norma prudencial que, sin alteraciones de fondo, se mantuvo en las leyes durante casi dos siglos, hasta 2009. Claro que la ley ha sido una y la realidad otra, pero si la primera expresa al menos el “deber ser” de una nación, semejante duración sin duda simboliza una aspiración y una necesidad profundas.

¿Por qué no a la reelección?

La justificación de la restricción de la reelección puede llegar a tener un alcance doctrinario muy amplio y ramificado, y por eso no lo seguiremos en este artículo. Parte, eso sí, de un razonamiento práctico. Para que haya democracia  debe garantizarse la libertad del voto de los ciudadanos. Por tanto, éstos necesitan ser protegidos de la influencia malintencionada del poder. Un presidente que se reelige está fuertemente incentivado, y cuenta con los recursos necesarios, para intentar manipular a los votantes y alterar el resultado electoral. Por tanto, hay que prohibirle el intento.


Así lo expresó de manera clásica el diputado Mariano Baptista Caserta en la Asamblea de 1862: “Para leer el espíritu del artículo 52 de la Carta (de 1861), y para penetrar en su pensamiento, todo se reúne en favor del sentido que damos a su concepto: razón de la ley, objeto que se propuso, opinión que la dictó, circunstancias en las que se promulgó. La ley busca la libertad de sufragios, no en las emergencias que se escapan a su acción, sino en su fuente y en su raíz. Busca la libertad matando la coacción en su origen. La influencia del poder, irreconciliable con la libertad del sufragante, se ha propuesto evitarla; y he ahí su razón y su único y solo objeto. Son conocidas las opiniones que formaron la Carta, en este punto importante. Eran las que ansiaban fijar un punto de partida a la marcha constitucional, y que por lo mismo lo prefijaron claro, determinado y manifiesto, en el principio de la reforma. El espíritu que palpita en las páginas de la Carta, al prohibir la reelección, no es otro que el indicado. Ningún postulado podemos exigir fuera de este”.   (“La minoría en la Asamblea de 1862”).

La ley y sus bemoles

Este postulado se consideró el único posible durante toda la historia del país, hasta la oleada revisionista que en 2009 lo sacó de la Constitución, aunque limitando la reelección a una sola vez, algo que ahora, con la sentencia del Tribunal Constitucional de esta semana, ha quedado cancelado.

De aquí en adelante, entonces, o al menos eso se supone, la reelección sucesiva de los gobernantes queda permitida, iniciando un nuevo ciclo jurídicos cuyas vicisitudes ahora nadie puede prever.

Lo que se está haciendo en días, sin embargo, no es un rayo que caída de un cielo sereno. Como es lógico, a lo largo de los 160 años de prohibición de la reelección presidencial los apetitos continuistas de los gobernantes se manifestaron muchas veces, quizá siempre, y en algunas ocasiones especiales, cuando los presidentes eran particularmente audaces o populares, o las circunstancias políticas particularmente turbulentas, desbordaron esta limitación legal y cultural, que, por otra parte, los bolivianos apegados al cumplimiento de las reglas se esforzaron en defender y cultivar.


Algunos, por tímidos o por respetuosos de la ley o porque las circunstancias les desaconsejaban que intentaran pasar por encima de ella, la cumplieron y, pese a su popularidad y su fuerza política, se marcharon a casa al final de su mandato, así fuera a regañadientes. 


Isidoro Belzu, Aniceto Arce, Ismael Montes y Bautista Saavedra eran potenciales presidentes continuistas, puesto que al final de sus cuatro años de gobierno (seis en el caso de Belzu) estaban todavía muy empoderados, pero se resignaron a irse, aunque dejando detrás suyo a testaferros o, para no ser tan rudos, a “delfines” a través de los cuales, supuestamente, seguirían gobernando. No les fue muy bien, porque el sistema de los “delfines” es posiblemente el menos eficiente que se haya inventado, aunque en nuestros días el premier ruso Vladimir Putin parece hacer desarrollado una variante mucho más confiable.


El caso de Bautista Saavedra es el que queremos evocar aquí, en las palabras de Alfonso Crespo: “(Saavedra) es bastante inteligente para percibir que su reelección no sería viable a causa de la resistencia unánime que ella despertaría en el país… y, advirtiendo que debe ser sustituido, titubea en designar a su sucesor. Conserva todavía suficiente pudor para no imponer a su hermano Abdón y su problema es descubrir el candidato ideal: apolítico, prestigioso, no demasiado popular y dócil para plegarse a sus designios. Se propone apartarse de la presidencia sin dejar el mandato efectivo, pues le resulta insoportable la idea de despojarse de este trofeo que tanto le ha costado conseguir y preservar”.


Es el pensamiento de un caudillo, no de un líder institucionalista, pero de un caudillo “pudoroso” o al menos prudente. Finalmente se decide por el médico José Gabino Villanueva, que gracias a su apoyo es elegido el 2 de mayo de 1925, llevando como compañero de fórmula y supervisor general al hermano Abdón Saavedra. 


“Saavedra –dice Crespo- incurre, como tantos otros antes y después que él, en una distorsión conceptual al juzgar que la presidencia le pertenece por derecho propio, fenómeno psicológico frecuente entre quienes han ejercido durante mucho tiempo un poder incontrolado. Él cree que la presidencia forma parte de su heredad y que puede disponer de ella a su arbitrio”.


Tanto así que cuando el presidente electo Villanueva se atreve a anticipar que gobernará con representantes de la oposición al saavedrismo, el caudillo orquesta una maniobra para defenestrarlo, se convocan a nueva elecciones, y entonces el elegido es Hernando Siles, joven todavía, discípulo de don Bautista, y poseedor de un carácter político lo suficientemente taimado como para engañarlo.

Bueno, es cierto que superar a Villanueva resultaba muy fácil.

Pronto Siles traiciona el pacto, venga sin querer a Villanueva, exilia a ambos hermanos Saavedra y crea su propio partido, el Nacionalista. Es al parecer un gobernante brillante, o por lo menos afortunado, ya que consigue dilatar la guerra con el Paraguay y aprovecha del breve periodo de auge económico que aun resta antes de la Gran Depresión.


Pero Siles tenía una cabeza mucho menos estratégica que la de Saavedra, así que fue víctima fácil de las perturbaciones psicológicas que produce el poder, en especial el poder “incontrolado” que es el que siempre tiene un presidente en nuestro país. 


Comienza a pensar que “el país lo necesita y nadie domina sus problemas mejor que él”. Comienza a creerse las zalamerías de la gente que lo rodea, olvidando que ésta tiene el juicio nublado por su deseo de agradarle y de mantenerse junto a él. Comienza a maltratar a sus colaboradores con espíritu crítico, y a reprimir a los disidentes de fuera del “silismo”. Y finalmente cae en la trampa que se tiende a sí mismo: en lugar de convocar a elecciones entrega el poder a un gabinete con varios militares (un “autogolpe”) y le ordena convocar a un Congreso Constituyente que lo reelegiría. Como resultado, pronto se enfrenta a las fuerzas combinadas de un levantamiento popular y una asonada militar, que le quitaron el poder y lo desterraron a Chile.


Pese a su creciente autoritarismo, Siles tenía seguidores sinceros  que le advirtieron de que olvidara sus pretensiones continuistas. Uno de ellos, Constantino Carrión, citado por Crespo, cuenta lo siguiente: “Con el doctor Abel Iturralde visitamos al presidente en su casa de la plaza Venezuela.

Iturralde le preguntó con qué apoyo contaba para ir a la prórroga (de su mandato). Siles respondió que con 183 jefes y oficiales del Ejército, aparte de sus partidarios y amigos personales. Insistió Iturralde: -Yo soy político desde 1890. Le aconsejo que no dé este paso porque es posible que pierda la presidencia. ¿Usted no conoce la historia? Siles sonrió y respondió: -Volveré a la presidencia. Iturralde se despidió con estas palabras: -Perderá la presidencia. Reflexione. Tome nota de mi consejo”.
La confesión de Paz Estenssoro

Igual que Hernando Siles (padre de su compañero de partido Hernán Siles), el líder del MNR Víctor Paz Estenssoro “perdió la chaveta” durante su segundo gobierno, entre 1960 y 1964, y eso lo llevó a buscar y obtener la reelección inmediata este año. Así lo reconoce, aunque de una manera sesgada y mínima, como corresponde a un hombre sumamente calculador –y que además estaba siendo poco apretado por un complaciente entrevistador- en sus conversaciones con Eduardo Trigo.


“En esta materia debo hacer una confesión: estaba encandilado por los resultados positivos que mostraba la acción de gobierno, tal como lo revelaba el crecimiento del PIB que superaba el 8% anual y la confianza manifestada por los organismos financieros del exterior en los planes de desarrollo económico y social”, dice Paz.


Aprovecha entonces la mayoría de su partido en el Parlamento y logra que éste apruebe una ley que lo habilite a competir de nuevo.


“Llegado el tiempo de la campaña electoral –continúa Paz-, surgió una acción fraccionalista en el seno del MNR que propugnaba la abstención de la ciudadanía frente a mi nombre. Esta acción estaba liderada por Hernán Siles Suazo, Juan Lechín Oquendo y Walter Guevara Arce, que se declararon en huelga de hambre en Oruro.


Realizadas las elecciones el 31 de mayo de 1964, triunfó la fórmula que yo encabezaba y que estaba integrada por el general René Barrientos, miembro de la célula militar del MNR, como candidato a la Vicepresidencia.


En los últimos días de octubre se produjo un disturbio en La Paz que fue sofocado por las milicias campesinas, pero al aproximarse el Día de Difuntos, los milicianos se replegaron a sus lugares de origen para las ceremonias de recordación de sus muertos, con lo que la defensa del orden público resultó debilitada. 


En Cochabamba se produjo un levantamiento militar encabezado por el vicepresidente Barrientos que conspiraba con el general Alfredo Ovando Candia, quien simulaba ser completamente leal al gobierno”.


El 4 de noviembre Paz salía al exilio y Barrientos se hacía cargo del poder, dando inicio al ciclo de las dictaduras militares. 

Conclusiones diversas

Hasta aquí una breve historia de algunos intentos de suspender, con diversas estratagemas, la limitación legal a la reelección presidencial. Las conclusiones que se han sacado de esta historia han sido diversas: desde la “mágico-cavalística” según la cual quien intenta quedarse en el poder más allá de su término siempre termina mal, sin que se precise, sin embargo, por obra de qué mecanismo, hasta las que esgrimió sucesivamente el mayor teórico social boliviano, René Zavaleta, que como se sabe también fue, un tiempo, emenerrista y ministro de Paz. 


En esa condición Zavaleta exigía la “concentración del poder” en Paz y le reclamaba a éste por negarse a ella: 


“El caudillo, ha escrito Arturo Jaurteche, es el sindicato del gaucho. En verdad, el caudillismo se presenta como la manera de organizarse de las masas atrasadas. Las masas buscan en Paz Estenssoro a su caudillo, pero éste es a la vez un intelectual y tal vacilación estará presente a todo lo largo del proceso de la Revolución. Se diría que si de algo debe acusarse a Paz Estenssoro, no es de haber codiciado el permanente caudillismo (como pensaba Siles) sino de haberlo asumido demasiado poco. Cuando intenta hacerlo, como la reelección, es tarde. Paz Estenssoro resulta un caudillo impuntual” (“El derrocamiento de Paz”, 1965).


Años después, Zavaleta hace un análisis diferente, más distanciado: “La justificación que daba Paz Estenssoro para la aventura de la reelección era la búsqueda de un status quo, a objeto de dar contento a los norteamericanos (como si su solo objeto hubiese sido el impedimento de Lechín) y a la vez margen a la reconstrucción de una autonomía mínima del poder político. Los norteamericanos, empero, había tomado ya la iniciativa de las cosas y campeaban como dueños del país”. 


En este pasaje Zavaleta no solo usa la palabra “aventura” sino que, quizá por obra del subconsciente, tiene la ocurrencia de decir, aunque no sea en alusión directa a Paz, que: “Ningún sueño es tan absurdo como el del infinito poder. Tamayo, con el gran poder de su espíritu, había escrito… ‘No se impunemente poderoso’”. (“Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia”, 1977).

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