OVANDO CANDIA INICIÓ SU GOBIERNO CON LA TRAGEDIA THESTRONGISTA DE VILOCO


Por: Eduardo Pachi Ascarrunz. Este artículo fue publicado originalmente en Página Siete el 23 de septiembre de 2019.// Disponible en: https://www.paginasiete.bo/campeones/2019/9/23/cuando-la-gloria-del-poder-empalidece-ante-una-tragedia-231816.html // Foto: El autor de este artículo junto a Ovando.

El viernes 26 de septiembre de 1969 Bolivia amaneció con nuevo Gobierno. El general Alfredo Ovando Candia, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, derrocaba al presidente constitucional, Luis Adolfo Siles Salinas, mediante un golpe de Estado. A media tarde se declaraba en emergencia al vuelo del Lloyd Aéreo Boliviano Santa Cruz-La Paz, con todo el plantel de The Strongest entre sus ocupantes.
   El putsch militar fue una de las mutaciones de Gobierno más pacíficas de nuestra historia. Siles Salinas asistía a la celebración de la efeméride cruceña cuando se enteró por la radio que ya no era más el mandatario de la nación. De formación social-cristiana, el dignatario depuesto era un político distante de las intoxicaciones del poder y de  las facciones revolucionaria y fascista de las FFAA, pues así se enfrentaban en ese entonces los mandos castrenses,  siempre listos a tomar el palacio por asalto: unos se inclinaban por repetir en Bolivia el modelo militar peruano del general Velasco Alvarado; otros porfiaban por retomar la mano dura del finado Barrientos Ortuño.

 La arremetida golpista se venía cantada. El general Ovando ansiaba hacerse de la gloria del poder absoluto, quién sabe desde la tarde del 4 de noviembre de 1964, cuando él –entonces máximo jerarca de las FFAA y jefe de la célula militar del MNR– y el mandamás de la Fuerza Aérea, general René Barrientos Ortuño –entonces vicepresidente de la República–, derrocaron al presidente constitucional y conductor de la Revolución Nacional,  Víctor Paz Estenssoro, mediante un aleve golpe de Estado; quién sabe desde ese atardecer en que ambos salían a los balcones del Palacio Quemado y la multitud aplaudía al aviador militar tarateño y recibía con rechiflas al hombre que cinco años después tomaría todo el poder para sí.
Estaba claro que Ovando Candia no era, precisamente, un militar progresista. Quizá por eso llamó la atención que en el gabinete de su flamante gestión estuvieran prominentes figuras de la izquierda intelectual, como Marcelo Quiroga Santa Cruz, Mariano Baptista Gumucio, Alberto Bailey Gutiérrez y José Ortiz Mercado, entre otros. Luego se sabría que tales figurantes sólo eran la máscara que encubría la jaez derechista del cabecilla golpista.

 Testimonio personal
En ese tiempo yo era redactor del matutino HOY, estaba en el hipocentro de la política nacional, y la tarde del 26 de septiembre, mientras procuraba detalles del cambio de Gobierno, la suerte tocó mi puerta y resulté el único periodista que acompañó, cámara en mano, a la Comisión de Rescate de los restos de las víctimas de la tragedia más relevante de la aeronavegación boliviana. De manera que esta crónica rememorativa no puede sino empaparse de subjetivismo, expresado en primera persona.

    Días antes del golpe, durante una visita que le hice en el penal de San Pedro, Marcelo Quiroga Santa Cruz –con quien estrechábamos lazos de amistad, colmada de admiración de parte mía y de confidencialidad de parte suya– me dijo que Ovando Candia lo había invitado a formar parte del gabinete ministerial del Gobierno que se aprestaba a tomar vía golpe de Estado. “Acepté”, refirió, “sólo a condición que desde el Ministerio de Minas y Petróleo –que era la cartera ofertada– nacionalizáramos la Gulf”. Sin embargo, Marcelo desconfiaba del polémico jefe militar. A media tarde de ese viernes primaveral, el nuevo gabinete  ya estaba juramentado. A las tres cundían los rumores de la desaparición de un vuelo del LAB, en la ruta Santa Cruz-La Paz. En la nave venía, presumiblemente, el subjefe de Información de HOY, Víctor Hugo Pajarito Sandoval, que tras asistir a la celebración cruceña confirmaba su retorno en dicho vuelo. Un primer guiño del azar en aquella jornada, permitió hacerme de información de primera mano: Rosario Machicado, secretaria de gerencia del LAB, era amiga mía. La llamé por teléfono y ella prometió tenerme al tanto de lo ocurrido con la aeronave y si, como soplaba el murmullo popular, en la nómina de pasajeros figuraba el equipo de The Strongest y el nombre del colega.
En el tabloide de la avenida 6 de Agosto, los nervios se atirantaban. Mientras en la redacción –ubicada en la parte trasera de la vieja casona– redactaban el quién es quién en el nuevo gabinete, en la parte delantera, en cuya planta alta estaban los despachos del director, don Alfredo Alexander, y del co-director, Mario Cucho Vargas (con quien compartía la oficina en mi condición de editor político), las cosas apuntaban a obtener información en esferas militares. A eso de las 15:00, visiblemente emocionado ingresaba a la planta baja Ernesto Clavijo, ejecutivo de cuentas. “¡Viene  Marcelo Quiroga Santa Cruz!”, dijo a los gritos. 


Ni bien salía del periódico nuestro ilustre visitante, Ximena me pasaba una llamada telefónica. Al otro lado de la línea, Rosario Machicado cumplía lo prometido: “Confirmado, hermano, el avión del Lloyd ha sido declarado en emergencia. Entre sus 74 ocupantes está el equipo de Strongest y el nombre de tu amigo figura entre los pasajeros. En minutos más sale una comisión de rescate. Si puedes te vienes, Pachi, pero rápido”. Partí hacia el LAB en el primer taxi. Al ingresar a las oficinas de la gerencia, Charito Machicado me recibió con una gratificante sorpresa: “¿Así vas a ir?”, se extrañó al verme de traje y corbata, “el gerente ha aceptado que acompañes a la comisión de rescate…, ya están por salir”. La buena amiga había conseguido incluirme en el equipo rescatista. Cogí el teléfono de la secretaría y marqué el de HOY. Me atendió el redactor deportivo Miguel Velarde. -Estoy partiendo con la comisión del Lloyd, ¿puedes decirle a Lucio Flores que me traiga una máquina fotográfica?
-Lucio no está, pero voy a pedirle una a Pola, su esposa. Miguel llegó cuando el chofer ya encendía el motor de la vagoneta que transportaba a los comisionados y me entregaba una Nikon F y cuatro rollos de película. Sólo alcanzó a decirme que en el aeropuerto cruceño nadie sabía nada de nadie, menos de Pajarito Sandoval. Desde la declaratoria en emergencia del avión, las 74 familias (cinco de los tripulantes y 69 de los pasajeros) comenzaban a vivir las horas más angustiosas de sus vidas. El país se consternaba por la suerte incierta del equipo atigrado. A las siete de la noche el vehículo que llevaba a dos ejecutivos del LAB, a los empleados Antonio Portanet, Franklin Herbas y N. Rodríguez, al sacerdote José Ferrari, a los montañistas Alfredo Martínez y Ronnie Ibata, y a mi persona, se dirigía hacia Mina Argentina, cuyo espacio aéreo acostumbraban surcar los aviones con dirección al aeropuerto de El Alto. Llegamos al centro minero alrededor de las 22:30.

Si en el trayecto las especulaciones copaban la charla, en Mina Argentina devinieron incertidumbre. Los comisionados examinaban un mapa de la zona e interrogaban a los mineros. Unos y otros intercambiaban criterios y miradas de impotencia.  Yo aproveché para reportar mi posición y hablar brevemente con Cucho Vargas. -¿Alguna novedad, Pachi? –preguntó el directivo de HOY.
-Ninguna por ahora. Estamos en Mina Argentina procurando alguna pista. Mañana habrá un primer recorrido. Le tendré al tanto por esta misma vía…–en ese instante se cortó la comunicación. A 6.800 metros de una altura coronada de nieves eternas, la búsqueda de los restos de un avión semejaba a ese lugar común de encontrar una aguja en un pajar. E iba a serlo, pero no lo fue: 50 años después del pánico, recordamos a dos héroes anónimos, los andinistas Ronnie Ibata y Alfredo Martínez, de los primeros en llegar al escenario del accidente. La medianoche en que desde Viloco se informaba de un supuesto avistamiento de la nave siniestrada, Martínez e Ibata decidieron remontar decenas de kilómetros a pie, en medio de la oscuridad, mientras el resto de comisionados dormía. 
Con las primeras luces del día partimos de Mina Argentina. Era tal el apuro que a pocos kilómetros de recorrido el conductor de la vagoneta perdió el control y el vehículo dio un vuelco de campana al filo del precipicio. Milagrosamente, los ocupantes salvamos la vida y por lo instantáneo del vuelco casi ninguno zafó de su asiento ni resultó herido, pero lo más asombroso fue que el chofer reemprendió la marcha en el acto. Arribamos a Viloco en el tiempo previsto y con la ansiedad metida en alma, corazón y vida.
Pasado el mediodía ya nos aprestábamos a llegar hacia una especie de planicie bautizada por los lugareños como La Cancha, donde a 4.600 metros yacían los restos del cuatrimotor del LAB y de las 74 víctimas.
Antes de continuar con el relato, conviene anotar que dos ideas fijas se sobreponían a otras: establecer el qué había producido la caída de la nave –algo que nunca iba a saberse– y el cómo del avistaje y posterior hallazgo de la nave y de sus infortunados ocupantes. Mientras los comisionados del LAB y los directivos de la mina Viloco decidían que al menos en las próximas horas se tratara de evitar la subida de personas ajenas al rescate, el padre Ferrari y yo fuimos abordados por dos mineros. “Queremos decirles algo que les puede interesar”, dijeron con sigilo. El sacerdote y este cronista, tomamos el relato con cargo de inventario, pero al correr de los años viene a ser la única referencia cercana a cómo se habría encontrado lo que quedaba del avión y de los desgraciados pasajeros. Lo que sigue es el relato del par de mineros que pidieron guardar sus nombres en reserva y no aceptaron ser fotografiados:
“Los dos estábamos tomando unas cervezas en una tiendita, al frente de la base de la montaña, como a 200 metros. En eso vimos a un arriero con sus dos mulas caminando hacia la ladera de este cerro (señalaron la primera loma). No nos llamó la atención, pero horas después el hombre volvió a pasar con sus mulas cargadas de bultos, bien amarrados, y se fue por el lado que había venido. Esto nos extrañó a los dos y a otros compañeros que se nos juntaron a servirse unos tragos. Les contamos lo que vimos. Nos acercamos a la montaña y, hacia el lado de La Cancha, observamos que algo brillaba. ‘Eso ha debido ver el arriero’, nos dijimos. Eran los fierros del avión que tanto decían se había perdido, pero sentimos miedo de subir, pues, temíamos que nos culpen de lo que había saqueado ese hombre, y nos las arreglamos para dar aviso a los jefes de la mina”. 
   Como es de imaginar, la trepada hasta La Cancha hizo patente nuestra impreparación. Mientras los andinistas ya habían dado con el avión siniestrado y las víctimas, el resto se esforzaba, a duras penas, por llegar al escenario de la catástrofe, excepción hecha del padre Ferrari, un experto rescatista que hacía de guía y dirigía las operaciones. 
    Al llegar vimos un cuadro pintado con todos los colores de la muerte y la fatalidad. Ahí estaban los motores de la nave, el fuselaje, la cola, las llantas, los equipajes casi todos vacíos, en fin, todo desparramado. Nadie dudaba que hubo una fuerte explosión seguida de incendio, pues todo había ardido en llamas. Los cuerpos mutilados y calcinados estaban dispersos, pero no era perceptible el hedor propio de la descomposición de los cadáveres; el lugar olía a combustible.
El Tigre cayó en La Cancha
 A esas horas ya era general la asociación de los hechos con la derrota fatal de Los más fuertes (The Strongest). Ese era el sentir colectivo, sobre todo en el poblado de Viloco, en cuya placita flameaba a media asta el pabellón aurinegro, con un triste crespón de duelo.    Una vez en esa especie de explanada entre dos farallones cordilleranos, que la imaginería popular bautizó como La Cancha, el espectáculo macabro daba la impresión de que el DC-6 B chocó violentamente en una ladera, cayó en tierra, explotó y todo ardió en llamas. Los jugadores de The Strongest fueron, relativamente, de los más identificables por ser conocidos y, de alguna manera, porque Tuco Martinet tuvo la previsión de meter en el bolsillo de su chamarra unos recortes con fotos del equipo y los nombres de los once titulares y del DT Eustaquio Ortuño.
    El padre José Ferrari era un hombre un tanto grueso y musculoso, más alto que bajo, presto a hablar,  reír o conmoverse por una desgracia. El sacerdote italiano se mostró así en las angustiosas  horas del rescate. Quizá por eso aún lo recordamos sereno y aplomado cuando ante nosotros apareció un cuadro tremendamente conmovedor: los dos atigrados afrodescendientes, Juan Iriondo y Germán Alcázar, yacían abrazados con sus cuerpos totalmente calcinados formando una sola masa, en cuya parte superior apenas se notaban sus cabellos chiris. Paradójicamente, a unos metros estaban tirados, intactos, sus botines y camisetas.
    “Que nos perdone Dios”
    Tres veces apeló a esta frase el salesiano, pasado el mediodía. En la misa, con los brazos extendidos hacia el cielo, le había pedido a su Dios descanso en paz para las 74 víctimas; ahora le pedía perdón por anticipado, “porque algo había que hacer para empezar a identificar los cuerpos”, casi todos desfigurados. 
El retorno, un desliz y la primicia
Llegamos a La Paz ya avanzada la noche. De entrada entrego los rollos al fotógrafo Lucio Flores para que revele las placas tomadas. En la redacción hay expectativa. Los colegas se arraciman sobre mi mesa de trabajo. Todos preguntan al mismo tiempo. En su andar ligero, taconeando, don Alfredo Alexander, el director, irrumpe en la sala, camina hacia el grupo arracimado y dictamina: “Ya está bueno, déjenlo descansar, y usted”, me conmina, “tiene ocho páginas para relatar su experiencia”.
    “¿Hay fotos de las llantas?”, pregunta Cucho Vargas. “Hay de todo, ya lo va a ver”, respondo. Los colegas del HOY DEPORTIVO piden datos. Les doy los ya anotados. Dicho esto empiezo a redactar el relato central. En eso, Cucho vuelve a preguntar: “¿Tiene fotos de las llantas, no?”. 
  Tal era la emoción colectiva que, por poco, un periódico estuvo a punto de salir a las calles sin logotipo en la portada, sin nada que lo identifique, apenas el fotón con el nombre de este cronista, que por averiguar la suerte de un colega –que no había abordado la nave y ahí estaba vivito y coleando–, se encontró en el epicentro mismo de una catástrofe, caminando entre cadáveres, contando muertos, reconociendo algunos, fotografiando el rostro de la tragedia.

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