¿CÓMO ERA LA VIDA DE UN MINERO EN LA BOLIVIA DE FINALES DEL SIGLO XIX?

Compartimos un valioso y crudo testimonio que retrata los albores de la Era del Estaño en Bolivia a finales del siglo XIX.

En el periódico “El Comercio” de Cochabamba, con la firma de Filipo, se comentó en los siguientes términos lo que era el trabajo del más importante de los obreros mineros en diferentes minas de estaño: “El barretero, que es el que más gana, recibe 2 bolivianos en este año de 1897. Trabaja 10 horas a cientos de metros de profundidad, haciendo orificios en rocas de granito para colocar 4 ó 5 explosivos de dinamita. Aspira polvos metalíferos que le destrozan los pulmones con la silicosis. Trabaja semi desnudo con agua que le gotea al cuerpo. Desciende centenares de metros por peligrosas escaleras verticales. Avanza a gatas por piques que amenazan derrumbarse a cada momento. Está expuesto a las aizas o a que un tiro de dinamita equivocado lo haga volar en pedazos. No ve la luz del día y se mueve alumbrado por una opaca y amarillenta lámpara de sebo. Su ropa se convierte en andrajos por la acción ácida de la copajira. Carece de aire y de espacio. De los dos bolivianos de su jornal: emplea 60 centavos en comprar tres tiros de dinamita, 10 centavos en guía, 25 centavos en cebo para su lámpara, 10 en coca, 10 en pan, 5 en cigarrillos y 20 en vino o aguardiente. Total 1.40. Le quedan 60 centavos para alimentar y vestir a su familia”.

Texto tomado de: Llallagua de Roberto Querejazu.
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Imagen: foto-postal de 1897, aparece un hombre. Al reverso de la pastal reza: COMPAÑIA COLQUECHACA AULLAGAS DE BOLIVIA
Leandro T. Viniegra. Secretario de la administración General en traje de barretero.
- montera
- mechero (mano derecha)
- bolza para sebo (mano izquierda)
- bolsa para coca chuspa (cintura)
- rodillera
- en los pies alpargatas de cuero de vaca
Colquechaca 12 de Agosto de 1897 

LOS SANGRIENTOS ACONTECIMIENTOS DE 1898 Y 1899


Tomado de: Llallagua, de Roberto Querejazu Calvo.

En diciembre de 1898, seis meses antes de que Conservadores y Liberales, disputasen supremacía política en una contienda electoral para elegir al Presidente de la República, Bolivia se conmovió con la tragedia de una guerra civil. No era una revolución como tantas otras decidida con la substitución en la silla presidencial de un militar ambicioso o un abogado astuto, por otro. Era el enfrentamiento del Norte contra el Sur, disputándose el liderazgo de la nación. La bandera de la rebelión, enarbolada por los liberales de La Paz con los colores de un supuesto federalismo, era un desafío directo a los conservadores de Sucre. El verdadero trofeo en disputa no era esta vez la primera magistratura sino la capitalía del país. Era la crisis del problema que estuvo latente desde la emergencia de la república a la vida independiente, de si la sede del gobierno debía continuar en Sucre, la pequeña ciudad, aislada, aferrada orgullosamente a los recuerdos de su hegemonía colonial y arrastrada a la pobreza por la decadencia de Potosí, o La Paz, ciudad más accesible desde la costa, populosa, progresista, próxima a fuentes de riqueza nuevas.

El conflicto lo provocaron los representantes chuquisaqueños en el Parlamento presentando un proyecto de ley para que el Poder Ejecutivo, es decir, el Presidente de la República, tomase residencia fija y permanente en la capital Sucre y dejase de vagar en su mula por diferentes puntos del país, como lo venía haciendo desde la fundación de la república obligado por las circunstancias y los vaivenes de la política. Reaccionando contra la Ley de Radicatoria los líderes liberales en La Paz, apoyados por el pueblo, declararon la revolución, eligieron una Junta de Gobierno, proclamaron el sistema federal como el más conveniente para Bolivia. En el futuro las riquezas del departamento de La Paz sólo se destinarían a su propio desarrollo y no a atender las necesidades de otras regiones.
El pusilánime presidente Severo Fernándéz Alonso, ladino para la abogacía y con un temperamento más indicado para el sacerdocio, para el que hizo estudios en su pubertad, era el menos capacitado en situación tan delicada para las graves responsabilidades de imponer paz y orden en una nación dividida por una profunda rivalidad regional, política y hasta racial. Instaló su cuartel general en Oruro, donde había vivido varios años y acumuló una gran fortuna al hacerse dueño de la mina San José. Sus enemigos decían que para esto se valió de medios ilícitos aprovechando de su condición de albacea de la testamentaría de la señora María Galindo de Penny.

El complejo asunto podría resumirse así: Andrés Penny, español, trabajó la famosa mina de San José, en Oruro, en sociedad con el Conde de La Ribette, francés. El presidente Melgarejo persiguió a La Ribette que huyó a Tacna donde murió con la fiebre amarilla que asoló la costa peruana inmediatamente después del terremoto de 1868. Los herederos del francés reclamaron su parte en la mina. Se entró en dificultades legales. Penny llamó de Potosí a su amigo Severo Fernández Alonso que desempeñaba el puesto de Licitador de Pastas de Plata. Alonso consiguió que los La Ribette aceptaran una transacción en dinero. Andrés Penny falleció poco después. Su viuda, María Galindo, se casó con un pariente de su primer esposo, Guillermo Penny Craik, mucho más joven que ella. El matrimonio marchó mal. La Galindo tuvo sospechas de que Guillermo Penny Craik intentó envenenarla en el barco en que volvían de Europa para quedarse con su gran fortuna. Llegada a Oruro lo desheredó en un testamento. El caso se complicó porque en Londres, donde se realizó la boda, se suscribió un pacto antenupcial por el que María Galindo transfirió todos sus bienes a su flamante galán. La señora llamó a Alonso a sacarla de esta nueva complicación. El abogado logró otra transacción en 1892. Al fallecer la Galindo dejó como su heredero a un hijo adoptivo, Mariano M. Penny, y designó albacea a Alonso para que repartiera donaciones de la finca de Chivisivi, casas, joyas y otros bienes a los conventos de La Recoleta y San Francisco de La Paz y a otras instituciones religiosas y personas particulares. Alonso pidió prestados £ 60.000 de Juan B. Minchin y 20.000 de otras personas, y con el total adquirió 1.000 acciones de la mina San José, asociándose a Mariano M. Penny. Logró pagar sus deudas en poco tiempo y cuando fue elegido Presidente de la República en 1896 era ya hombre rico.

Desde su cuartel general de Oruro Alonso llamó a las fuerzas militares reclutadas en Sucre, Cochabamba y otros puntos del país que permanecían subordinadas a su autoridad. A mediados de enero de 1899 avanzó con su ejército sobre La Paz, de manera lenta y temerosa, y se detuvo en el pueblo de Viacha, a 30 kilómetros de aquella ciudad.

El coronel José Manuel Pando, que tenía que ser candidato a la Presidencia de la República en las elecciones de ese año, asumió el mando de las tropas revolucionarias. Hizo abrir barricadas en las calles, mandó emisarios en busca de armas al Perú y pidió ayuda a los caciques aymaras para que lo colaboraran en su campaña contra las fuerzas constitucionales.

Los indios, aparte de su breve alzamiento en 1869 para colaborar a las fuerzas que trataban de derrocar al tirano Mariano Melgarejo (que los despojó de sus tierras comunitarias), no habían empuñado sus armas rudimentarias desde los grandes levantamientos de 1780 a 1783 (Tupac Amaru y los Katari) y los combates, al lado de los criollos, en las campañas guerrilleras por la independencia altoperuana (1809 - 1825). El pututu (¹), soplado a pulmón lleno en la cumbre de los cerros, despertó su adormilada conciencia racial.
Las fuerzas del presidente Alonso sintieron muy pronto la hostilidad aymara. Las circunstancias convirtieron a los integrantes del Escuadrón Sucre en sus mayores víctimas. El Escuadrón Sucre estaba formado por lo más selecto de la juventud chuquisaqueña. Pese a que casi todos sus reclutas comulgaban con las ideas liberales se alistaron en las fuerzas conservadoras del gobierno para defender los fueros y privilegios capitalinos de su tierra natal. Eran, según uno de ellos mismos (Alfredo Jáuregui Rosquellas), “hijos engreídos de casas ricachonas, predilectos del mimo social, botarates de la burguesía, estudiantes universitarios y colegiales púberes”. Salieron de Sucre como héroes, entre pétalos de rosas y lágrimas que desde los balcones derramaban a su paso madres, hermanas y novias.

El 21 de enero (1899) el presidente Alonso los envió de Viacha a Corocoro en busca de víveres. Días antes un destacamento de Húsares había ido a Corocoro con el mismo objeto y volvió requisando en el camino 125 cabezas de ganado vacuno y 15 caballos. Los indios, alentados por los agentes que Pando tenía entre ellos y provocados por esta requisa, hostilizaron a los “sucres” en todo el trayecto, los rodearon en Corocoro, atacándolos con piedras lanzadas con hondas, así como con tiros de revólver y dinamita de algunos mineros asociados a ellos. Después de algunas horas de combate, como la situación de los chuquisaqueños se tornase precaria por agotamiento de su munición, el escuadrón, que se defendía en la plaza, resolvió abandonar el lugar. Salió al galope desesperado de sus cabalgaduras por las angostas callejuelas, atacado por indios y mineros parapetados sobre techos y en las esquinas. Murieron dos soldados (Eulogio Silva y Gregorio Toro), hubo varios heridos y un gran número sufrió contusiones.
Por temor a las concentraciones indígenas en la ruta a Viacha se prefirió ir hacia Ayoayo, más al sur. En este pequeño pueblo se encontró a una compañía del Escuadrón Monteagudo (formado también por chuquisaqueños) y un piquete de orureños y cochabambinos. Las tres unidades avanzaron hacia Viacha, escoltando seis carretas cargadas con armas y munición. El coronel Pando, conocedor de este movimiento por aviso de los indios, destacó una fuerza de caballería, que dando un rodeo a Viacha, salió a su encuentro en las proximidades de Cosmini. El combate tuvo lugar el 24 de enero, en el cruce del camino de Ayoayo con el de Luribay (Crucero de Chacoma). Las tropas constitucionales, sorprendidas de frente por las federales y acosadas en los costados por los indios, se defendieron desordenadamente, sufrieron numerosas bajas y se replegaron con dirección a Oruro. Cuatro de las carretas se incendiaron durante el cambio de fuegos y su contenido explotó. Las otras dos cayeron en poder de los federales, junto con 36 prisioneros.

Las tropas constitucionales en retirada dejaron sus heridos en Ayoayo (16 del Sucre y 8 del Monteagudo), al cuidado del capellán del Escuadrón Sucre, sacerdote Juan María Fernández de Córdoba, el cura de Viacha, Manuel Gómez, y el cura de Ayoayo, Benjamín Rodríguez. Los indios rodearon Ayoayo, invadieron el pueblo, atacaron viviendas particulares, forzaron las puertas del templo (donde se habían refugiado los heridos y sus custodios) y masacraron bárbaramente a los tres curas, los dos jefes y los veinticuatro soldados. El ilustre hombre público, Mariano Baptista, relató en un opúsculo: Al coronel Melitón Sanjinés, tercer jefe del escuadrón, lo trituraron con un mazo. Al coronel José R. Avila, “hombre sencillo, de carácter tranquilo y dulces costumbres”, que se ocultó en el ataúd que guardaba una imagen de Cristo, lo arrancaron de su escondite, le saltaron los ojos y acabaron con su vida. Al cura de Viacha le rasgaron la piel con alambre y le dieron de puñaladas. Al cura de Ayoayo, “reumático y valetudinario”, lo desnudaron y lo arrastraron por las calles hasta matarlo. Andrés Loza, que estaba moribundo por las heridas que recibió en el Crucero de Chacoma, “no dio tiempo al tormento”. A su adolescente hermano, Belisario Loza, que se había quedado en Ayoayo para cuidarle, no le dejaron sino los huesos. Y Baptista exclama: “¿Y la carne?... ¡Horror!”. Al presbítero Fernández de Córdoba le partieron la frente de un hachazo cuando levantaba una custodia sagrada para aplacar la ferocidad de los asesinos. Y como ellos fueron también victimados Félix Morales, Raimundo Vargas, Germán H. Vega, Gerardo Calvo, Víctor E. Betancourt, Ismael Roncal, Eladio Fiengo, Eulogio Selvas, Ricardo Alba, Desiderio E. Lora, Martín Ipiña, Miguel A. Gonzáles, Calixto Risco, Abel Benavides, Pastor Castro, Jorge P. Campero, Mariano Matienzo, Zacarías Urízar, Claudio Sucre y Adrián Pacheco. La tragedia ocurrió el mismo día del combate del Crucero de Chacoma.

Los indios, ampliando su ayuda a Pando con guerra a muerte contra la raza blanca, no sólo atacaron a las tropas constitucionales. Una unidad federal fue también su víctima. Un escuadrón de caballería, organizado en la provincia Inquisivi, fue enviado por Pando rumbo a Cochabamba, para apoyar las tentativas de sublevación liberal que se iniciaban allí. El escuadrón, de 130 plazas, hizo una de sus primeras escalas en el villorrio de Mohoza. El jefe, Arturo Eguino, impuso a la población una contribución de 250 bolivianos. Los indios resistieron la extorsión. Exigieron que el escuadrón rindiese sus armas, munición y equipo en prueba de que no era hostil a la raza indígena. Eguino se sometió. Lorenzo Ramírez, cacique de la región, ordenó el encierro de todos los oficiales y soldados en la iglesia de Mohoza mientras deliberaba con los suyos sobre cuál sería su suerte. La sentencia fue de degüello. La matanza comenzó a las 8 de la noche del 28 de febrero de 1899 y terminó al día siguiente a las 10 de la mañana. La inició Ramírez arrastrando a un oficial por los cabellos y entregándolo a la furia de su séquito. Los demás imploraron perdón de rodillas. Uno a uno fueron arrancados de los altares, rincones y otros escondrijos. La muerte se sembró a golpes de macanas, palos, piedras, hachas y cuchillos. De los 130 se salvó uno solo. José Santos Lazcano había logrado subir al tejado de la iglesia. Un indio, que manejaba un fusil por primera vez, le disparó una y otra y cinco veces sin dar en el blanco. Se contagió en la indiada la supersticiosa creencia de que Lazcano estaba protegido por alguna divinidad. Lo dejaron escapar sano y salvo, sin más daño que la pavorosa impresión del festín de sangre en el que perecieron todos sus compañeros.

Las multitudes aymaras encabezadas por Zárate Willka, amigo del general Pando, nada entendían ni nada les importaba del conflicto entre liberales y conservadores, entre federalistas y unitarios, entre La Paz y Sucre. Empuñaban sus instrumentos de exterminio a los gritos de “Wiwa Pando” o “Wiwa Willka” impulsados por un anhelo milenario de recuperar el dominio de su habitat ancestral sometido por siglos a amos extranjeros: los Incas quechuas, los conquistadores españoles y ahora los descendientes de éstos.
La consigna de arrasar con la raza blanca se extendió por todos los ámbitos de la meseta andina. Se han encontrado las siguientes referencias en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia y del Foreign Office de la Gran Bretaña: El norteamericano Adams y su ayudante Durendeau (boliviano de ascendencia francesa) se dedicaron al tráfico de armas para las fuerzas del general Pando. Al retorno de un segundo viaje al Perú fueron rodeados, apedreados y apaleados por un grupo de indios. Lograron escapar muy apenas galopando mal heridos hasta La Paz. Edwin Raleigh Shaw, inglés, administrador de la hacienda agrícola de Tolapalca, próxima a Oruro, y el hijo del dueño, Juan T. Marcó, de 14 años, fueron victimados por otro grupo nativo. Semanas después, cuando las autoridades descubrieron sus cadáveres, constataron que Shaw tenía la cabeza perforada profundamente con un instrumento de punta tosca, los ojos arrancados y la piel de las manos, que aparentemente fue quemada y en seguida sumergida en agua helada, desprendida como un guante. El adolescente Marcó tenía la cabeza casi partida en dos y también las manos y los pies desprovistos de epidermis. El italiano Barbieri, gerente de una explotación de goma, fue cortado a pedazos por la indiada de Challana, en la provincia Larecaja. En Corocoro, Ole Standstad, noruego, gerente de una compañía minera, su esposa y el ingeniero Torghensen, también escandinavo, estuvieron ocultos tres días en el interior de la mina hasta lograr escapar rumbo al Perú. Al llegar al río Desaguadero buscaron refugio en un rancho para descansar antes de cruzar la frontera. Decenas de indios rodearon el recinto con siniestra algarabía. Sandstad empuñó el revólver y rápidamente disparó sobre su esposa, sobre su amigo y sobre sí mismo, prefiriendo el suicidio a una horrible muerte en las garras de la bestia de cien cabezas.

La agitación indigenal, contagiada por los aymaras a los quechuas, se extendió por provincias de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba. En la región de Uncía y Chayanta el indio Feliciano Willka se autotituló “presidente”. Los propietarios y administradores de minas y casas comerciales buscaron asilo en Oruro. Simón I. Patiño se mantuvo impertérrito en la cumbre de Llallagua. Tenía el presentimiento de que la montaña estaba a punto de hacerle una gran revelación. Uno de los caciques, que trabajaba con él como arriero, le aconsejó que abandonara “La Salvadora” y se fuera a la ciudad.— “Andate, patrón, aquí corres mucho peligro. Yo he de cuidar de tu mina”.
En el rancherío de Bombo, donde Patiño pasaba la primera noche en sus viajes a Oruro, los indios bailaron y bebieron muy cerca de su hospedaje, pero nadie lo molestó. Tampoco tuvo contratiempos en el resto del camino.
Pando envió proposiciones de paz a Alonso: “Caracollo, 4 de marzo de 1899. Señor: Le dirijo la presente con el objeto de poner término honroso a la guerra civil que destroza el país. — Al hacerlo obro por mí solo, con independencia de la Junta de Gobierno Federal, pero sí con el propósito de consultarle y obtener su asentimiento... No tengo el propósito de atacar por el momento Oruro. Tampoco creo que usted pueda hacer campaña feliz sobre el norte, dados los armamentos que tenemos adquiridos para el caso de una defensa extrema. — Para nadie son desconocidos los males que está produciendo la actual guerra. Pueden agregarse los de la guerra de razas, que ya sobrevino por impulso propio de la raza indígena... No he tomado las armas para imponer el predominio del norte sobre otros pueblos de la república... Proclame usted con el ejército de su mando la presidencia del señor Belisario Boeto (presidente de la Corte Suprema de Justicia), para que él convoque a una Asamblea Constituyente. Entonces su ejército y el de mis órdenes, bajo un solo mando, establecerán la tranquilidad en todo el territorio... Me extrañaría que usted tomara esta iniciativa como un síntoma de debilidad; el tiempo no tardaría en desengañarlo... Puede usted señalar día y hora para que nos reunamos o enviemos representantes para acordar los detalles...”.
La Junta de Gobierno de La Paz telegrafió a Pando: “Habiendo dirigido usted la comunicación al señor Alonso, de la que acabamos de tener conocimiento... aprobamos su iniciativa y le enviamos los poderes respectivos”.
Alonso respondió a Pando: “Oruro, 5 de marzo de 1899. Señor: Lamento más que nadie el daño causado y que seguirá causando a la Patria la presente guerra intestina no provocada por mí. Concurriré con buena voluntad a toda solución que esté dentro del régimen legal... como sería un Congreso Extraordinario... Respecto al pensamiento de una Asamblea Constituyente hago constar, terminantemente, que es de todo punto inaceptable. Ninguna persona tiene el derecho de declarar por sí y ante sí caduca la Constitución Política que nos rige hace 20 años y caducos los poderes de senadores y diputados que están en pleno ejercicio. — Tampoco puedo nombrar a nadie, ni al más conspicuo ciudadano, como reemplazante mío. Soy Presidente Constitucional y no puedo obrar sino constitucionalmente”.
Replicó Pando: “Vista respuesta negativa, emprendo marcha de Caracollo... Se hundirá Bolivia: sea. La guerra que la indiada hace muto propio a la raza blanca se hará poderosa. Nuestras fuerzas unidas ahora apenas podrían dominarla. Parece imposible que no lo aperciba usted... Adios”.
El combate decisivo entre las fuerzas de Fernández Alonso y Pando tuvo lugar el 10 de abril de 1899, en una gran planicie sembrada de cebada, donde el camino de Oruro a Lequepalca hacía cruz con el de Paria a Caracollo (Crucero de Paria). La pelea duró desde las 3 de la tarde hasta el anochecer. Los batallones de Pando, ayudados por sus auxiliares indígenas, inflingieron una aplastante derrota a las fuerzas constitucionales. Severo Fernández Alonso pasó esa noche en Oruro y al amanecer del día siguiente tomó la ruta del exilio a Chile.
Como resultado de su victoria el Partido Liberal inició un predominio político que iba a durar 20 años. Una convención reunida en Oruro, presidida primero por Lucio Pérez Velasco y luego por Pastor Sainz, eligió al general José Manuel Pando como jefe del gobierno. Este aceptó tal responsabilidad a condición de que se aplacasen los odios regionales, se olvidasen los planteamientos a favor de un sistema federal y se mantuviese el régimen unitario.
La Junta de Gobierno, por decreto de 14 de abril, estableció: “La ciudad de La Paz es la capital de la república”. Al día siguiente, a las 2 de la tarde, en el Palacio de Gobierno, se hizo una solemne proclamación pública en tal sentido, con asistencia de las autoridades civiles y militares y numeroso público.José Manuel Pando, al recibir la investidura presidencial en Oruro, no quiso secundar la decisión de sus ex-colegas de la junta. Dentro de su política de apaciguamiento nacional incluyó una actitud de consideración respecto a Sucre. A la derrotada y adolorida ciudad se le dejó el título honorífico de Capital de la República, pero sin los atributos de tal. De los tres poderes del Estado el Ejecutivo y el Legislativo tomaron domicilio en La Paz. La Corte Suprema de Justicia mantuvo su sede en Sucre.
El alzamiento indígena continuó por algunos meses más, particularmente en la región de Peñas donde algunas tropas chuquisaqueñas, que volvían a sus hogares después de la derrota del Crucero de Paria, fueron bárbaramente inmoladas. El gobierno de Pando tuvo que ordenar el apresamiento de Zárate Willka, Lorenzo Ramírez, Saturnino Willka, Juan Lero y otros cabecillas y su juzgamiento por todas las atrocidades que habían cometido.

Referencias
(1) Cuerno de buey, usado como instrumento de viento, de sonido lúgubre.

Imagen: Foto postal coloreada, Banda de música militar en la Plaza 10 de febrero de Oruro (mejorada con IA)

DE JUAN DEL VALLE A SIMÓN ITURRI PATIÑO

 Juan del Valle, uno de los conquistadores españoles de la hueste que acompañó a Ñuflo de Chávez en su épica marcha del Paraguay a Charcas, fue el primero que llegó a la montaña de Llallagua y presintió que sus coloraciones exteriores eran señal de que estaba grávida de metal. Horadó cerca de la cima buscando la plata que daba fortuna a otros de sus compatriotas en Potosí, Porco y en otras moles de los Andes. Quiso atraer la ayuda divina cambiando el nombre indígena Intijaljata de la cumbre más alta por el muy cristiano de Espíritu Santo. No tuvo suerte ni con el truco del bautizo. Abandonó el lugar desilusionado y se perdió para siempre en la oscuridad del tiempo y la distancia. Nadie habría sabido de su existencia y de su paso por Llallagua si los habitantes de la región, en sus sucesivas generaciones, no hubiesen mantenido el nombre de Juan del Valle para la segunda cumbre, aledaña a la Espíritu Santo, en la que estaba la mina abandonada.

Tres siglos después Simón Iturri Patiño tendrá la fortuna de redescubrir la montaña, lo que lo llevara a hacerse en uno de los hombres mas ricos del planeta.

Texto: Lllallagua de Roberto Querejazu.

Imagen: El poblado de Uncia en 1916 (créditos: Tarapacainsitu. cl ) 

“¡CARAJOS, QUE SE RINDA SU ABUELA”!

 


Tomado de: LA DRAMATICA HISTORIA DEL MAS BOLIVIANO, de VALENTÍN ABECIA BALDIVIESO — VALENTÍN ABECIA LÓPEZ.

EL CARNAVAL Y LA OCUPACIÓN DE ANTOFAGASTA

Es evidente que la ocupación del día 14, de Antofagasta, por las tropas chilenas fue anunciada con anterioridad. El Cónsul boliviano en Tacna, Manuel Granier, supo el 12 de febrero (Hrs. 16) que el gabinete chileno dispuso esa ocupación. Esa noticia se supo en La Paz el día 15 (1).
El mismo Manuel Granier, el día 14, envió un aviso más concreto a La Paz por medio del “propio” Manuel Alaí, cuyo texto decía: “Tengo el sentimiento de transmitir a usted la fatal noticia de que el gobierno chileno ha resuelto la ocupación definitiva de Antofagasta”. Esa noticia llegó a La Paz el lunes 17 a horas 14. (2).
¿Qué previsiones tomó el gobierno boliviano frente a un clima de guerra anunciada?. Ninguna en el orden militar.
El conocimiento por el gobierno boliviano de la violenta ocupación de Antofagasta ha sido objeto de discusiones. Eliodoro Camacho, Eufronio Viscarra, Vicuña Mackena, Dámaso E. Uriburu, para no citar sino a connotados políticos e historiadores de la época, sostuvieron que el bullicio del carnaval, que había comenzado el día jueves 20 (día de compadres) y que se prolongaría durante la semana que se iniciaba el lunes 24, no quiso ser perturbado por el presidente Daza.
Hasta aquí hemos visto los avisos del anuncio de una inminente ocupación de Antofagasta que Daza los recibió el 15 y 17 de febrero, antes del carnaval. Cuando en el hecho se produjo la ocupación militar (el 14) la noticia fue conocida en Arica el 19, al arribo del vapor Amazonas, Manuel Granier (ante el hecho consumado) envió la noticia a La Paz, Daza la recibió el sábado 22 (3) de acuerdo a los documentos de la Cancillería boliviana.
La historia documentada no parece salvar a Daza de su responsabilidad.

“¡CARAJOS, QUE SE RINDA SU ABUELA”!

La toma de Antofagasta se produjo sin dificultades. El jefe de las fuerzas chilenas, Emilio Sotomayor, entregó una nota al Prefecto Severino Zapata, con fecha de ese día 14, que decía:
“Considerando el gobierno de Chile, roto por parte de Bolivia el Tratado de 1874, me ordena tomar posesión con las fuerzas de mi mando el territorio comprendido en el grado 23”. Zapata respondió en forma escrita: “Mandado por mi gobierno a ocupar la Prefectura de este departamento, sólo podré salir por la fuerza. Puede usted emplear ésta, que encontrará ciudadanos de Bolivia desarmados, pero dispuestos al sacrificio y al martirio”.
En Antofagasta no habían fuerzas militares bolivianas.
Las primeras horas del día 15 se supo este hecho en Caracoles, donde era Subprefecto el coronel Fidel Lara, quien luego de haber consultado con Juan Manuel Sainz, se aprestó a la defensa desocupando Caracoles porque la colonia chilena era superior en número a la boliviana. Ante el avance del ejército invasor había que buscar un lugar apropiado para la resistencia. El 16 de marzo se organizó ésta cooperada por José Santos Prada, Subprefecto de Calama y los ciudadanos Eduardo Abaroa y Fidel Carrazana. El coronel Zapata se incorporó a la resistencia, la casa Artola Hnos, envió 17 fusiles, con los que las armas sumaban 35 rifles Winchester, 8 Remington, 30 fusiles de chiminea, 12 escopetas de caza, 14 revólveres, 5 fusiles de chispa y 32 lanzas.
Los hombres de la resistencia eran 135. El mismo día 16 se presentó el parlamentario chileno Ramón Espech para proponer la rendición. El jefe boliviano Ladislao Cabrera no aceptó entrar en acuerdos, los bolivianos estaban dispuestos a pelear a pesar de la inferioridad de fuerzas, los chilenos tenían un ejército regular de 1.400 hombres.
El 23 de marzo sobrevino el combate en una quebradita.
Los bolivianos hicieron gala de valor y heroísmo, las fuerzas chilenas vencieron sin gloria. El ciudadano Eduardo Abaroa fue el héroe epónimo de aquella jornada, habían caído sus compañeros en la lucha y cuando él mal herido seguía luchando, le intimaron rendición. Respondió con una dura y bella frase propia de los varones agregios: “¡Carajos, que se rinda su abuela! ”.

EL CUADRILLAZO CONTRA CHILE, UN PRETEXTO

El gobierno del Perú, que se encontraba reatado al de Bolivia por el Tratado de Alianza de 1873, conocido por Chile y otros países, envió a Santiago al diplomático José Antonio Lavalle, quién llegó a esa ciudad el 4 de marzo, cuando el gobierno de Daza, obligado por la toma de Antofagasta, había aprobado un Decreto delo. de marzo manifestando que “queda cortado todo comercio con la República de Chile mientras dure la guerra que ha promovido a Bolivia”.
Entre Perú y Bolivia, el 5 de marzo, se firmó un Protocolo a fin de hacer efectiva la Misión Lavalle sobre la base de la desocupación del territorio boliviano por las fuerzas chilenas, satisfacción de las ofensas inferidas y daños causados, suspensión de la ley boliviana de 14 de febrero de 1878, del Decreto de 10 de febrero de 1879 y sometimiento de la cuestión del impuesto de los diez centavos al arbitraje, de acuerdo al artículo 20. del Tratado complementario de 21 de julio de 1875.
Perú, en este caso, estaba actuando de mediador amistoso, pero la picardía del canciller chileno Alejandro Fierro salió al paso de Lavalle preguntándole de qué había de cierto de un Tratado secreto de Alianza del que aparentaba haber sido anoticiado recientemente (4).
El 21 de marzo, el presidente Pinto manifestó que “deseaba saber si el Perú sería o no neutral”, que “devolver el litoral boliviano era imposible”, proponiendo en resumen el statu quo retrotrayendo el asunto a 1866, el arbitraje y la neutralidad peruana.
Como Lavalle manifestara que Perú no podía ser neutral, Pinto anotó (mañosamente) “que no veía qué intereses tan poderosos podían ligar al Perú con Bolivia” y que Chile le ofrecía su apoyo en caso de una guerra entre Perú y Bolivia. Lavalle rechazó ese apoyo, a lo que el presidente chileno dijo que “No sería extraño que (el asunto) acabase en una guerra entre el Perú y Bolivia aliada con Chile, pues ese mismo día Chile podía hacer la paz con Bolivia”.
El 31, Lavalle comunicó oficialmente a Fierro que la Alianza secreta existía, lo que en el criterio chileno significaba que la guerra estaba planteada.
El pretexto buscado por Chile para desatar la guerra había sido expuesto oficialmente, desde ese momento el gobierno habló a su pueblo, para exaltarlo, del cuadrillazo boliviano peruano contra Chile.
El 12 de abril, Chile hizo saber mediante circular a la comunidad internacional que había ocupado el territorio que le correspondía. En esa época se hablaba de que le pertenecía hasta el grado 23. Curiosa teoría la de Chile.

Referencias:
(1) El Cónsul de Bolivia en Tacna, Manuel Granier, recibió el 12 un telegrama del Cónsul boliviano en Valparaíso, Juan Granier, que decía (confirmando partes telegráficos anteriores) “Gobierno ordenado fuerzas reunidas en Caldera ir Antofagasta a ocupar Litoral”. Esta noticia fue llevada de Tacna a La Paz por un “propio” llamado Juan Cáceres, quien llegó a su destino el día 15.
(2) Juan Siles Guevara, según fuentes de la documentación de la Cancillería boliviana.
(3) Gastón Velasco ha efectuado un recuento minucioso de la noticia. Coincide en que el vapor Amazonas llegó a Arica el 19, pero sostiene que desde Tacna hasta La Paz tardó 6 días (76 leguas), por tanto la noticia se supo en La Paz el martes 25 a las 11 de la noche.
(4) Lavalle, José Antonio, “Mi misión en Chile”. “A mi me retrotaba interiormente la risa, dice Lavalle al ver la comedia que, con tanta seriedad, estábamos representando el señor Alejandro Fierro y yo”.

Fotografía: Puente Topater s.f.

LOS DIEZ CENTAVOS Y LA COMPAÑÍA DE SALITRE Y FERROCARRIL DE ANTOFAGASTA


Tomado de: LA DRAMATICA HISTORIA DEL MAS BOLIVIANO, de VALENTÍN ABECIA BALDIVIESO — VALENTÍN ABECIA LÓPEZ.

ENCERRARSE ENTRE SU MAR Y SUS CORDILLERAS
El epitafio que puso el negociador chileno Carlos Walker Martinez, en carta dirigida a Mariano Baptista, a las negociaciones aprobadas en 1874 fue el siguiente:
“Jamás Chile ha pretendido extender sus límites a otra parte de la cordillera ni menos arrebatar a Bolivia una pulgada de su territorio. La cordillera de los Andes, que de norte a sud forma su límite oriental, es claro que seguirá siendo su límite hasta el paralelo 24”.
“Y es tan explícito el texto -proseguía Walker Martinez- que se necesita no entender el valor de las palabras para suponer que las altas cimas o el divortia aquarum puedan tener otro alcance que el que la ciencia, la lengua y el sentido común le dan. A los escrupulosos y suspicaces que han echado en cara a V.E. que ha cedido inmensos territorios de Bolivia, aceptando la redacción del artículo 7o. (que fijaba límites en el grado 24), conviene decirles que la República de Chile no pretende más que encerrarse entre su mar y sus cordilleras”.
El tratado le dio confianza, a Baptista para desentenderse de la Alianza con la Argentina y al gobierno boliviano para no tomar las previsiones para la guerra que estaba anunciada y que iba a desatar los intereses de una compañía particular formada por capitales ingleses y chilenos.

LA COMPAÑÍA DE SALITRE Y FERROCARRIL DE ANTOFAGASTA
El año 1866 se habían otorgado concesiones ilegales para explotar salitre y borax en Atacama en un área de 5 leguas en favor de los chilenos José Santos Ossa y Francisco Puelma (2). Estos señores vendieron sus derechos a la “Compañía del Desierto de Atacama”, la que obtuvo el privilegio de explotar salitre en toda la costa durante 15 años, con el pago de una patente de 10 mil pesos por una sola vez (3).
En 1872 la Asamblea Constituyente declaró írritos y nulos los actos del gobierno de Melgarejo, pero daba la oportunidad de probar ante los Tribunales que las concesiones fueron otorgadas legalmente. El gobierno de Morales atendió la reclamación.
formulada por la Compañía de Atacama que entonces se había convertido en la “Melbourne Clark y Cia.” otorgándole 375 leguas cuadradas de extensión, libres de todo derecho (4) por 15 años para explotar solamente salitre.
La Melbourne Clark vendió su patrimonio a una empresa anglochilena más poderosa llamada “Compañía de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta”, su carpeta tenía acciones de personajes influyentes del gabinete chileno de 1877 (5).
Durante el gobierno de Adolfo Ballivián, la Compañía de Salitre obtuvo autorización para explotar por tiempo indefinido el salar El Carmen y parte de las Salinas, además se les dió cincuenta estacas, de a mil metros, con el pagó de $b.- 40. por cada una. (6).

LOS DIEZ CENTAVOS
Cuando la concesión a la Compañía de Salitre llegó al Congreso el año 1877, para su aprobación, éste puso la condición de que debía pagar 10 centavos por quintal español de salitre exportado.
No se trataba de crear un nuevo impuesto sino de otorgar una concesión con una condición a una empresa particular de capitales ingleses y chilenos. El impuesto es de carácter universal, la concesión era particular.
La Compañía de Salitre, que se vio perjudicada, debía interponer su reclamación, conforme a los principios del derecho internacional privado, en Bolivia, prevalecien la ley del domicilio, pero reclamó ante el gobierno chileno en el cual habían accionistas de la Compañía.
El texto de la ley de los 10 centavos decía: “se aprueba la transacción celebrada por el ejecutivo en 27 de noviembre de 1873… a condición de hacer efectivo como mínimo un impuesto de 10 centavos en quintal exportado”.
La cláusula Cuarta del Tratado de 1874 manifestaba que “las personas, industrias y capitales chilenos no pagarían más impuestos durante 25 años”.
Sobre esta base el gobierno chileno sostuvo que se había violado el Tratado de 1874 lo que importaba “la ruptura del Tratado de Límites” (7).
Las autoridades bolivianas, sobre la base de un tratado complementario del de 1884, señalaron que quedaba el recurso arbitral, sin perjuicio de ejecutarse la ley. Fierro respondió estar de acuerdo siempre que Bolivia se allanase a suspender la ley.
El gobierno boliviano, sin sopesar las circunstancias sociales de Atacama y la decisión chilena de ir a la guerra, dictó el Decreto de lo de febrero rescindiendo el contrato con la Compañía de Salitre y suspendiendo la ley de los 10 centavos lo que significaba reivindicar el derecho boliviano a sus salitreras.
Ante esta decisión el día 8 se recibió un ultimátum de Chile y Fierro ordenó a Vilela: “retirarse inmediatamente”. Esta orden fue reiterada el 13 de febrero: “en pocas horas más, decía, el litoral que nos pertenecía desde 1866 será ocupado por fuerzas de mar y tierra de la República y V.S. asumirá el cargo de gobernador político y civil de ese distrito".
El día 12 Villela había pedido sus pasaportes para abandonar Bolivia.

LA TOMA DE ANTOFAGASTA
Las débiles fuerzas armadas bolivianas no pasaban de 1.500 hombres, el tesoro nacional estaba vacío, se carecía de una flota y en 1878 se había desatado la hambruna por una sequía natural (8 ). El gobierno no tomó medidas para el potenciamiento militar (9). Los caminos hacia Atacama eran malos, ingleses, camuflados de chilenos, dominaban la situación en Atacama, la voracidad de la Compañía de Salitre, que formó su personal accionista, como vimos, en base de las primeras figuras de la política chilena, quería dominar al gobierno boliviano por la fuerza.
En Atacama predominaba la población chilena, Walker Martínez decía: “si la soberanía es de Bolivia, las riquezas mineras, la industria, el comercio, la población casi entera es de ciudadanos chilenos” (10), Baptista dijo en el Congreso boliviano que la población de este país no pasaba del 7 por ciento. El conflicto social era indetenible, las autoridades bolivianas no eran obedecidas y las fricciones se sucedían a diario.

En estas circunstancias el 27 de enero de 1879, el “Blanco Encalada” llegó amenazante a Antofagasta, aunque las autoridades chilenas manifestaron que no querían definir el conflicto por las armas, ya existía el criterio de hacerlo.
Daza no comprendió la gravedad del momento, se confió en la alianza con el Perú creyéndola un instrumento que detendría la ambición chilena. Una vez creado el impuesto, frente a la soberbia de la Compañía de Salitre y a la actitud del gobierno chileno que consideraba que “se estaba guardando consideraciones indebidas a Bolivia” y que “no sería justo que hoy, cuando Bolivia viola sus compromisos, nosotros también nos desentendiéramos de los nuestros de manera que nuestros compatriotas víctimas de maquinaciones armadas contra ellos, consientan estos pagos”.
El 6 de febrero se había hecho conocer a la legación chilena en Bolivia el texto del Decreto de lo. de febrero, indicando que Bolivia estaba llana a acogerse al recurso arbitral. El día 8, el Ministro de Chile respondió con un ultimatum dando 48 horas para contestar “si se aceptaba el arbitraje previa reposición del statu quo anterior”. Al no recibir respuesta, el 12 pidió sus pasaportes para retirarse.
A las 4 de la tarde del 12 de febrero, el Cónsul boliviano en Tacna, supo que el Consejo de Ministros de Chile había dispuesto que el Cochrane y el O'Higgins “marcharan sobre Antofagasta llevando dos compañías de desembarco a cargo del coronel Emilio Sotomayor, Jefe de la Escuela Militar, a tomar posesión de la ciudad”. (11).
La toma de Antofagasta, sin declaratoria de guerra, se produjo en la mañana del viernes 14 de febrero.

REFERENCIAS
(1) Archivo Histórico del Itamaraty, Libro 212/2/14 reservadisimo No. 1 del 25 de diciembre de 1873.
(2) La concesión fue efectuada sin las formalidades legales por el Secretario de Melgarejo, Mariano Donato Muñoz.
(3) Resoluciones de 11 de julio, 2 de septiembre de 1868 y 13 de septiembre de 1870.
(4) La Melboune Clark era una compañía inglesa, su concesión tenía 25 leguas de ancho a partir de la costa por 15 de alto, formaba un paralelogramo. Resolución Suprema de 13 de abril de 1872 y resoluciones reglamentarias de 13 de diciembre del mismo año y 14 de enero de 1873
(5) Mariano Felipe Paz Soldan ha publicado los nombres de los accionistas de la Compañía tomados de la memoria X de 1877.
(6) El cuadrado de terreno llamado “estaca” tenía 200 varas. La materia prima de donde se extraía el salitre se llamaba “caliche”.
(7) Alejandro Fierro en nota de 3 de enero de 1879 le decía al Encargado de Negocios chileno Pedro Nolasco Vilela, “el gobierno de Chile considera también conveniente que V.E. exprese antes de retirarse al de Bolivia, que su negativa reiterada a suspender la ejecución de la ley de 14 de febrero de 1878, importará la anulación del tratado de 1874 y, en consecuencia, roto ese pacto con Bolivia, renacerán para Chile todos los derechos que legítimamente hacia valer antes del Tratado de 1866.
(8 ) “No hay memoria en los anales de las desgracias públicas dice Castro Rojas de una calamidad más grande que la de 1878-79 que flageló el país con su sequía”.
(9) El presidente Adolfo Ballivián en 1879, pidió al Congreso se le autorizara contratar un empréstito destinado en parte a comprar blindados ante la certidumbre de que Chile los había encargado. El Congreso negó la autorización
(10) El predominio era evidente, las versiones señalaban que el 93 por ciento de la población era chilena, en Caracoles y Mejillones sucedía lo mismo.
(11) Bulnes, Gonzalo.

Foto-postal coloreada de la plaza Colon de Antofagasta a principios de siglo XX.

EL CALVARIO DE LAS COMUNIDADES: LA MITA DE POTOSÍ

 


La mita es el episodio más dramático, profundo y complejo de la historia social colonial. Por eso, muchos autores, desde la época colonial hasta nuestros días, se han ocupado de ella; pero, aún así, precisamente por su complejidad, todavía su estudio está inconcluso.

Como ya se ha dicho reiteradamente en este trabajo, los mineros-azogueros de Oruro no consiguieron que este sistema de trabajo forzoso se aplicara para el trabajo minero de esa Villa; pero la mita potosina afectó directamente a las comunidades de Paria y Carangas y su abolición fue uno de los objetivos centrales de la sublevación general de indios. De ahí la necesidad de caracterizarla.

La mita existía, aunque con características diferentes, ya en tiempos precolombinos. Etimológicamente, la palabra mita, tanto en aymara como en quechua, significa turno. Precisamente, la primera característica de la mita es que es un trabajo por turnos. La segunda característica es que es un trabajo fozoso; pero, a diferencia de la esclavitud, se reconoce por ese trabajo un jornal.

Adecuando el análisis al marco conceptual de las ciencias sociales contemporáneas, se diría que la mita es una migración laboral forzada, por la cual el empresario que se beneficia de ella sólo se hace cargo de parte de uno de los tres elementos en el valor de la fuerza de trabajo: la reconstitución inmediata de ésta mediante un jornal de subsistencia. Los otros dos elementos: el costo de la manutención del trabajador durante períodos de no empleo y la reproducción de la fuerza de trabajo mediante la manutención de su familia, quedaban a cargo de las comunidades indígenas. Como se verá más adelante, también el costo de la reproducción inmediata estaba a cargo, en gran medida, de la comunidad del mitayo.

Dicho de otro modo, la mita fue la apropiación de gran parte del excedente de fuerza de trabajo de las comunidades indígenas en beneficio de la producción minera que, como ya se ha definido en el anterior capítulo, era la producción dominante en la economía colonial de la región y la que más interesaba al Estado español.

Al principio, las minas de Potosí fueron explotadas bajo un régimen de trabajo libre; pero cuando se agotaron las vetas más ricas y se elevaron los costos de producción, los empresarios mineros consiguieron que el Virrey Toledo dictara las Ordenanzas de la mita con las que se institucionalizaba el sistema de trabajo forzoso.

Se calculó que se necesitaban, como mano de obra forzosa, 13.500 indios y para los envíos se escogieron 16 provincias de clima y altura similares a Potosí: Porco, Chayanta, Paria, Carangas, Sica Sica, Pacajes, Omasuyos, Paucarcolla, Chucuito, Cabana y Cavanilla, Azángaro y Asillo, Canes y Canche y Quispicanches, además de dos provincias del valle: Cochabamba y Tarija. No se involucró a provincias de clima similar y más cercanos al Cerro como Lípez; tampoco a otras provincias del valle, como Mizque, Tolima, Pilaya, Paspaya y Larecaja. Y, finalmente, no se involucraron los repartimientos indígenas que formaban parte de la jurisdicción directa de las principales ciudades: La Paz, Oruro y la propia Potosí. Los cuatro repartimientos pertenecientes a Oruro estaban exentos y en este sentido no existió una disputa entre Potosí y Oruro por competencia sobre mano de obra.

Con las 16 provincias se pensaba conseguir los 13.500 trabajadores forzados anualmente, pero esto no se pudo cumplir. La caída demográfica en el siglo XVII, producida en gran medida por la mita, ocasionó nuevas disposiciones virreinales que fueron fijando límites inferiores. En 1692, 4.145 mitayos; en 1736, 3.199 y a lo largo del siglo XVIII no se llegó ni a ese límite. En 1740, arribaron 2.817 mitayos; en 1754, 2.919; en 1801, 2.809. Es decir, no se llegaba a superar, como promedio, los 3.000 hombres, lo que, como ya se dijo, significaba el 50% de la fuerza de trabajo empleada en Potosí.

Igual que el cálculo general, se hacía un cálculo por cada comunidad con base en la disposición de que una séptima parte de los indios tributarios originarios, o sea, los comprendidos entre 18 y 50 años, debía asistir a la mita, teóricamente, cada siete años.

De acuerdo a la legislación, los mitayos llegados anualmente se dividían a la vez en tres turnos, o sea, en total, debían trabajar cuatro meses, lo que se computaba con base en una semana de trabajo y dos de descanso.

El horario de trabajo, según las ordenanzas, empezaba una hora y media después de la salida del sol hasta su ocaso con una hora de descanso a medio día. Pero ni ese horario ni los turnos de 4 meses se cumplieron, sobre todo desde mediados del siglo XVII, cuando los mineros cambiaron el criterio de horas de trabajo por el de obra cumplida. Es decir, el mitayo debía extraer una cantidad de mineral, calculada en exceso, de modo que, en la práctica, la disminución de mitayos se compensó con la duplicación de horas y de turnos.

El jornal fijado por día era de cuatro reales. La semana de trabajo era de seis días; pero hasta fines del siglo XVII no se pagaba lo trabajado el lunes, por lo que recibían 20 reales semanales. El período de descanso no era remunerado, lo que fue ocasionando que, a la larga, el mitayo gastara más de lo que ganaba.

Sobre cómo no se cumplía lo determinado en las Ordenanzas en cuanto a horario y jornal y respecto al tipo de tareas del mitayo, Cañete decía lo siguiente:

«Para que se conozca el insufrible trabajo a que se ha reducido el servicio de esta gente, nótese que, recibida la mita, sube el Cerro la primera punta con sus botas para sacar el metal, que son unos costales de cuero, de tres cuartas de largo y media vara de ancho. llevan la herramienta necesaria, pólvora y velas en compañía del Curaca o segunda; hacen su trabajo en la noche en sacar metal, por ser lo más penoso en el servicio de las minas.

El barretero, que siempre es mingado (libre) y trabaja en compañía de otro de la misma clase, hace su tarea alternativamente. esto es, mientras el uno da un tiro o barreno o gasta un espacio semejante, el otro descansa durmiendo o acullicando (que así llaman el mascar la coca); alternando así entre los dos, deben rendir en cada noche cuatro tiros y ganan en cada noche seis reales.

El metal desgaja el barretero, lo recoge el mitario y lo lleva a la bronceada, que es un lugar distante donde se escoge y reduce a pedazos menores por otros indios mingas, llamados bronciris, que ganan cada noche cinco reales, en este trabajo, ocupa toda la noche el infeliz mitario, entrando y saliendo de la mina, cargado del costal lleno de cuatro o más arrobas de metal, arrastrándose con ese peso por los suelos, pasando estrechas angosturas y grandes precipicios, hasta enterar veinticinco costales al amanecer, que es lo que llaman un palla, sin ganar más salario que cuatro reales por excesiva tarea; de suerte que, por ciento veinticinco botas de metal que entregan en cinco pallas o en otras tantas noches que trabajan en la semana, vienen a ganar estos infelices apenas veinte reales, que cuando más les alcanza de la mañana de chasquear lo que ha sacado de la mina por la noche, que se reduce a enterar la tarea a veinte o treinta, más o menos botas de metal con peso de cuatro arrobas, poco más o menos, cada una...».

Otro gran problema era el viaje a Potosí que, además de penoso y largo (desde Chucuito duraba un mes), era costoso. Por ello, diversas disposiciones virreinales establecieron, a cargo del empresario, el pago del «leguaje», es decir, el pago por legua. Calculada la caminata en cinco leguas por día, se debía pagar un jornal de cinco reales; pero esto tampoco, como anotó el propio Cañete, se cumplió. El criterio predominante en la segunda mitad del siglo XVIII fue el de medio real por legua, computándose desde la salida de la capital de provincia donde se concentraban los mitayos de todos los repartimientos. Así, por ejemplo, en las provincias que trata este estudio:

«Paria.- Del pueblo de San José de Poopó, donde se junta la mita, dista cuarenta y ocho leguas, que a medio real importa: tres pesos.

Carangas.- El pueblo de San Juan de Colquemarca dista noventa leguas que a medio real hacen: cinco pesos cinco reales».

Igualmente en este caso, la práctica era muy diferente a la ley. Ni el leguaje de ida ni el de vuelta se pagaba puntualmente. El último, sobre todo, servía para pagar deudas y el costo también caía sobre la comunidad.

Los mitayos, una vez que llegaban a Potosí, eran distribuidos a los empresarios dueños o arrendatarios de minas e ingenios. El número se fijaba a un principio de manera más o menos igual: 50 mitayos a cada dueño de cabeza de ingenio; pero en la práctica se distribuyó por el tamaño y la capacidad productiva de una empresa. Así, por ejemplo, la empresa San Marcos recibió, en 1802, 208 mitayos y la empresa Quintanilla, sólo 63.Otra práctica contraria a la ley fue la del indio de faltriquera, llamado así el que lograba redimirse de la mita pagando una suma de dinero, que debía equivaler al jornal de un trabajador libre (7 pesos semanales).

A pesar de las constantes disposiciones contrarias a esta práctica y de las sanciones de destierro y multas, la conmutación fue frecuente. Existían dos tipos de conmutaciones: la consuetudinaria y la coyuntural. La primera, como su nombre lo indica, era la que pagaban de «mucho tiempo anterior los indios de algunos pueblos». Éstos eran, en general, indios que estaban vinculados a circuitos mercantiles y que se redimían del servicio para dedicarse al comercio. Precisamente un alto porcentaje de los indios mitayos de Paria (47% en 1802), según denuncia del propio capitán enterador de la mita, se redimían para dedicarse a comerciar coca, ají y algodón en la propia ciudad de Potosí y en la costa del Pacífico. La conmutación consuetudinaria estaba evaluada entre 52 y 60 pesos; los casos individuales coyunturales se cotizaban a más alto precio.

Otro caso de compensación era la del mitayo huído; en este caso, el pago era asumido por el cacique o por el capitán enterador de la mita, lo que de alguna manera significaba que caía sobre la comunidad. Ya sea por redención o por compensación, el pago al empresario era siempre en moneda, lo que de todas maneras significaba una ganancia.

Todo lo dicho hasta aquí demuestra, como afirma Tandeter, la dimensión familiar de la mita, inclusive la dimensión comunitaria. Lo familiar, porque está probado que los mitayos, en su gran mayoría, migraban con toda la familia y muchos de sus miembros los ayudaban a completar sus tareas. La comunitaria, porque los costos que no cubría el empresario ni el mitayo los cubría la comunidad de origen.

Refiriéndose, por ejemplo, a los gastos de viaje, Cañete afirmaba lo siguiente:

«Lo peor es que, obligados a salir de sus tierras por fuerza, se les suple parte del viático con los frutos de las tierras de comunidad, en perjuicio de la primitiva institución de este ramo; y el resto lo costean estos infelices del producto de sus pobres cosechas en vez de vestirse con él, entendiéndose el perjuicio a toda la parcialidad, aunque sea a quien no toca la mita, por la reprensible corruptela que tienen los gobernadores indios, de repartir entre todos la carne, gallinas y demás efectos que acostumbran traer, con títulos de regalos, llamados ricuchicos, para obsequio del Capitán Mayor de la mita y alcaldes veedores del cerro».

Lo que sucedía con el viaje sucedía con el mitayo huido y con los avíos de alimentación durante los períodos de descanso. Esto hace concluir, con razón, a Tandeter que «la mita constituye un ejemplo peculiar de renta en trabajo en el que no sólo la manutención y reproducción de la fuerza de trabajo, sino aun su reconstitución, corrían sólo una parte de la subsistencia» , tan poco que hacía afirmar a Cañete que sólo alcanzaba para la chicha del domingo.

El obvio que el mitayo tenía que dedicarse a otras actividades para subsistir. Los indios de Carangas, región ganadera, iban a Potosí con recuas de llamas que alquilaban para transporte, les servían de alimento, utilizaban sus lanas o las vendían.

Las llamas constituían, por lo tanto, su capital de subsistencia y su cantidad variaba según las comunidades de Carangas. Los de Paria también llegaban con sus animales cargados de ropas y alimentos.

Desde el momento de su institucionalización hasta nuestros días, historiadores, funcionarios, viajeros, han emitido diversos juicios sobre la mita. Los que justificaron su establecimiento en el siglo XVI argumentaban, como el oidor Matienzo, que la única manera de sacar al indio de la ociosidad y de la borrachera era con el trabajo forzoso (60). Pero éste no fue el criterio uniforme de funcionarios y eclesiásticos coloniales.

La polémica en torno a la mita fue candente y encarnizada desde su instalación. En el siglo XVII existieron numerosos ejemplos. El Memorial apologético a favor de la mita de Nicolás Matías del Campo y Larrinaga tuvo como antítesis las notas del cura de mitayos que escribió en contra de la mita. Las quejas contra los abusos y el incumplimiento de la ley llevaron inclusive al virrey Conde de Lemos a suprimir por un tiempo el repartimiento forzoso de indios. Este decidido gobernante escribía que no «es plata que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios» (61). A su muerte, se restituyó la mita.

La polémica continuó durante el siglo XVIII. Los documentos contra los abusos se multiplicaron. Es muy conocida la posición contraria a la mita de funcionarios ilustrados, como el fiscal de la Audiencia Victoriano de Villalba, quien acusaba al Intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, de actuar con engañabobos describiendo la mita según las leyes, cuando en la realidad nada de lo que decían las leyes se cumplía.

Es interesante observar la posición de los dos principales historiadores potosinos del siglo XVIII: Arzans y Cañete. La situación que describieron invitaba a la supresión inmediata de la mita; sin embargo, Arzans tenía dudas y Cañete defendía su conservación. Veían a la mita como el mal necesario para la supervivencia de Potosí.

Este es un fragmento del libro: Oruro 1781: Sublevación de indios y rebelión criolla. Tomo I. de Fernando Cajias de la Vega.

EL “TRATADO SECRETO” DE 1873 NO ERA SECRETO

 


Tomado de: LA DRAMATICA HISTORIA DEL MAS BOLIVIANO, de VALENTÍN ABECIA BALDIVIESO — VALENTÍN ABECIA LÓPEZ.

ARGENTINA Y LA ALIANZA
El presidente del Perú, Manuel Pardo, cuando fue instado para reforzar la escuadra peruana respondió: “Perú tiene dos poderosos blindados y ellos no son sino su alianza con Bolivia y la Argentina”. Años más tarde, el gobernante boliviano Hilarión Daza iba a protagonizar una escena parecida exhumando de su gaveta los papeles de la alianza con el Perú. Su fuerza eran papeles mojados con tinta.
Las relaciones entre Chile y la Argentina por la Patagonia atravesaban por un periodo de crisis. Carlos Morla Vicuña investigaba en los archivos españoles sobre los títulos chilenos de la Patagonia Oriental, Ibañez sostenía que el deslinde de la frontera era imprescindible (1). Guillermo Blest Gana, ministro chileno en Buenos Aires, protestaba por la colonización de los territorios comprendidos entre Río Negro, los Andes y el Estrecho de Magallanes dispuesta por la Argentina, Felix Frías en Santiago presentaba títulos coloniales a favor de su país. Todos estos hechos determinaron al gobierno peruano para instruir a su ministro en Buenos Aires, Manuel Irigoyen, a buscar la alianza con Argentina (2).
Tejedor, canciller argentino, le hizo ver a Irigoyen que su gobierno aceptaría entrar en la alianza, pero con la condición previa de que se arreglen los problemas limítrofes entre Argentina y Bolivia (3). Perú no podía separarse de Bolivia, fuera del pacto ésta “podría echarse en los brazos de Chile”, Argentina, por su parte, tenía dificultades con el Brasil por los problemas de la guerra de la Triple Alianza. El panorama parecía alinear a Argentina, Perú y Bolivia contra Brasil y Chile que podrían buscar apoyo de Uruguay y Ecuador.
La consideración de la alianza con Perú y Bolivia fue excepcionalmente oportuna para la Argentina, Brasil desplegó una gran labor para evitarla, se puso discretamente del lado de Chile pero, al mismo tiempo, frenó a éste para que no creara un conflicto. A este juego entró el presidente argentino Sarmiento, al final Perú y Bolivia quedaron solos.

CHILE Y BRASIL
Brasil tenía metas definidas y no consideró oportuno aliarse con Chile, el barón de Cotegipe decía: “es preferible que las gentes crean que tenemos una alianza en vez de tenerla realmente pactada”. Su finalidad era oponerse a los planes argentinos buscando la hegemonía brasileña en las costas atlánticas y del Plata, para esos fines Chile era un aliado natural que podía ser manejado por la diplomacia brasileña. Brasil efectuó una discreta presión sobre Chile para concretar el Tratado de 1874 y le hizo saber a la Argentina que estaba al tanto del Pacto aliancista y su disposición para moderar a Chile en la Patagonia. Rawson, el diputado opositor de la alianza, sin saberlo, fue apenas un peón de esta política.
En la Cámara Argentina de Diputados el proyecto de la Alianza fue aprobado el 20 de noviembre de 1873 por 48 votos contra 18 (1). En el Senado, merced a la labor opositora de Mitre y sus partidarios, quedó aplazada su consideración hasta el 10 de mayo de 1874.
Sobrevinieron los cambios de personas. Riva Agüero dejó de ser canciller del Perú, lo sustituyó La Torre, quien no puso el mismo interés en la Alianza, instruyó a Irigoyen “Eluda usted tratar este asunto” en Bolivia. Baptista ajustó un nuevo Tratado (1874) con Chile que persuadió al gobierno de haberse disipado el peligro de una guerra; en Argentina se produjo el cambio de gobierno, Sarmiento fue sustituido por Nicolás Avellaneda que no iba a pedir al Senado su consideración. La Argentina se mantuvo fuera de la alianza.

EL SECRETO DE LA ALIANZA
La Alianza Perú Bolivia fue conocida por Chile desde su origen, varios canales la revelaron. En Buenos Aires el representante brasileño barón de Araguaya le informó a Guillermo Blest Gana entre ambos compraron a un diputado argentino para que revelara el texto que se debatía en ese cuerpo legislativo: “al cabo de unos días dice Basadre-Blest Gana conocía el tratado de 6 de febrero de 1873 y lo transmitía, copiado de su propia letra, al presidente de la República Federico Errázuriz Zanartú” (5).
Este mismo canal de información fue puesto en descubierto por el chileno Anselmo Blanlot Holley en la Sociedad Chilena de Historia y Geografía en 1918. Araguaya, por su parte, informó a su gobierno según consta en el Archivo Histórico del Itamaraty (6).
Alberto Gutiérrez da seguridades de que, en Bolivia, lo conocieron el barón de Alencar (Brasil) y Carlos Walker Martínez, este último dijo “no haber tenido conocimiento cierto del Tratado, pero que algunas informaciones privadas le habían permitido sospechar su existencia”.
Joaquín Godoy, Ministro chileno en Lima, lo transmitió a su gobierno “de memoria”.
La cancillería chilena ante estas evidencias en mayo de 1874 le decía a Blest Gana: “la presunta alianza del Perú, y Bolivia de que vuestra señoría me habla en sus despachos confidenciales de 19 de enero, 12 y 25 de febrero último, había llegado al conocimiento de mi gobierno por diversos conductos y ha sido confirmada de una manera confidencial por el honorable representante del Brasil en esta capital”.
El Perú informó a Itamaraty de la existencia del Tratado dando lugar a que fuera consignado en el Boletín de Pactos Internacionales. Por otra parte, Riva Aguero le prestó al representante brasileño en Lima el Tratado original por 24 horas (7).
El Ministro norteamericano en Río, Mr. Fish, lo transmitió a su gobierno y la Revista Foreign Relations de 15 de enero de 1874, lo consignó en sus páginas.
Sin embargo, la guerra 1879 la desató Chile sosteniendo que acababa de informarse de la existencia de un pacto secreto entre Perú y Bolivia.

Referencias:
(1) Memona de Ibañez de 1872 declaraba “el deslinde de fronteras se hace ya una necesidad tanto más urgente de satisfacer”.
(2) “Como en el artículo 10 del Tratado (con Bolivia) se conviene en solicitar la adhesión de otros gobiernos. Ud. procurará obtener la de esta república, lo cual no parece muy difícil atendiendo a las dificultades con que hasta hoy ha tropezado sin poder llegar a una demarcación de límites con Chile” Instrucciones a Irigoyen.
(3) El ministro argentino en Bolivia, José Evaristo Uriburu discutía con Baptista el problema de Tarija.
(4) Se opuso tenazmente el diputado sanjuanino Guillermo Rawson sosteniendo que “el inicia la negociación del Tratado de Alianza solo por rivalidad y por razones de preponderancia en el Pacífico”. El Perú busca aliados en caso de que estalle la guerra por instinto de propia conservación y por deferencia tradicional de su política a peruana entra sin vacilar en la Liga.
(5) Archivo Nal. de Sgo., oficio confidencial No. 79 de 6 de octubre de 1873.
(6) Libro 205/3/5, oficio reservado No. 27 de 8 de noviembre de 1873.
(7) Archivo Historico de Itaaraty, Libro 212/2/14 reservadisimo No. 1 del 25 de diciembre de 1873.

Foto: Plaza de Antofagasta en 1907.

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