ISMAEL MONTES EL HOMBRE, PUBLICO E ÍNTIMO


Por: Alejandra Pau. // Foto: I. Montes.
Cuentan sus bisnietos que mientras el militar y expresidente Ismael Montes Gamboa realizaba un recorrido por una de las zonas de conflicto durante la Guerra del Chaco, su hijo Eduardo coincidió con él en un campamento y le envió un mensaje para almorzar juntos. A lo que el estratega respondió “esta es una mesa para comandantes y generales. Él (Eduardo) es un soldado, no pertenece a esta mesa”.
Montes es conocido como un hombre controvertido, un héroe de tres guerras y cuestionado hasta hoy por ser el presidente que firmó el Tratado de Paz de 1904 suscrito con Chile, que significó la pérdida del Litoral boliviano. Montes fue una figura de muchos matices y tuvo una nutrida y controvertida vida.
Sentados en uno de los ambientes de la Casa Montes, inmueble que fue el hogar de su bisabuelo y que hoy alberga al Archivo de La Paz y la parte administrativa de algunas carreras de la UMSA, tres bisnietos de Ismael Montes revisan varias fotografías que yacen sobre una mesa. Éstas muestran algo de su historia familiar, parte de ella se desarrolló entre esas paredes más que centenarias.
“Hemos visto que es necesario contar nuestra parte de la historia. Para nosotros es importante enfocarnos en la parte humana para contar cómo fue el hombre, cómo era con su familia, qué mensaje dejó a sus 11 hijos y qué nos llega hasta ahora a los bisnietos”, destaca su bisnieto, Ismael Montes.
La estructura de la biografía se divide de momento en tres facetas, Montes como hombre, patriota y político. Para lograrlo, han decidido convocar a historiadores, investigadores y tesistas que hayan escrito sobre el líder del Partido Liberal boliviano o deseen hacerlo a futuro.

EL HOMBRE PÚBLICO

Ismael Montes Gamboa (1861-1933) nació en Corocoro, departamento de La Paz. Biógrafos han escrito sobre él que con 18 años combatió en la Batalla del Alto de la Alianza, durante la Guerra del Pacífico contra Chile (1879 y 1883). Se dice que su oratoria y liderazgo lo destacaron desde entonces.
Fue militar, abogado, diplomático y político. Participó en la Guerra del Acre con Brasil (1899-1903) y estuvo presente en la Guerra del Chaco contra Paraguay (1932-1935). Fue además presidente durante dos periodos, de 1904 a 1909 y de 1913 a 1917.

MONTES ÍNTIMO

En las fotografías que guardan los bisnietos se observa a su esposa Betshabé y Montes junto a sus hijos varones, al expresidente sentado detrás de más de un escritorio, en el Palacio de Gobierno, en la Casa Montes y quizá también durante su faceta diplomática.
La generación más joven de la familia describe al militar como un hombre que inculcaba disciplina y rectitud a sus hijos, 11 vástagos que tuvo junto a su esposa, que al mismo tiempo era su prima. Según se sabe, para que la pareja pueda casarse hubo que pedir permiso al mismísimo Vaticano.
“Tenemos mucho material, entre ellos cartas que les envía a sus hijos que reflejan la importancia que le daba a la educación (...). Hay una carta escrita para una de sus hijas (Elena) en la que le explicaba que contraer nupcias no era la única alternativa para su vida”, cuenta Verónica Montes.
“Casarse no es una obligación, aunque el matrimonio constituye un noble estado social. De consiguiente, debe uno casarse bien, o no casarse, si se ha de hacer mal”, se lee en parte de la misiva que Montes envió a su hija Elena.
Sus bisnietos recuerdan que su formación militar primó muchas veces en su forma de relacionarse con su familia; un claro ejemplo fue cuando se negó a recibir en la mesa a Eduardo, el menor de sus hijos, ya que estaba reservada para militares de mayor rango y su vástago era un soldado.
Carlos Montes recuerda que su bisabuelo incitaba a sus hijos hombres a trabajar y generar sus propios recursos para sobrevivir y que así no estén pendientes de ninguna herencia.
Sus familiares reconocen también que si bien tenía la impronta de un hombre frío en lo político, en su vida personal era cálido, generoso y muy devoto y protocolar respecto a la hora de tomar el té.
Durante su primer mandato, Montes firmó el tan cuestionado Tratado de Paz con Chile, con el que Bolivia cede el Litoral a cambio de libre tránsito por puertos chilenos, la construcción del ferrocarril Arica-La Paz, entre otras condiciones, además del pago de 300 mil libras esterlinas.
“Por obvias razones, es difícil entender a este tratado como un buen negocio para Bolivia y es que estamos seguros de que ningún boliviano habría firmado el mismo, gozoso de haber alcanzado un gran beneficio para su nación”, dice Ismael Montes y añade que su bisabuelo no tuvo otra alternativa que firmarlo.
Según explican los bisnietos, en ese momento de la historia, Chile ya había recuperado fuerzas militares y se posicionaba como el país más próspero en América Latina. En cambio, Bolivia estaba en búsqueda de la estabilidad como nación libre y atravesaba un periodo de recuperación puesto que recientemente había padecido la Guerra Federal, además de la Guerra del Acre.
No obstante, varios autores e historiadores desaprobaron el tratado señalando que existían otras alternativas para acabar con el enfrentamiento bélico, sin necesidad de sacrificar un territorio que significó el enclaustramiento marítimo de Bolivia.
Uno de los momentos más importantes para los entrevistados respecto a la vida política de Montes fue su frase “piso y paso” que marcó el punto final a una exposición, que duró alrededor de cuatro horas, en las que el entonces presidente respondió a un pliego acusatorio ante el pleno del Parlamento el 5 de diciembre de 1917.
El pliego hizo referencia al controvertido contrato firmado con Speyer, el incremento de su patrimonio durante ambos mandatos, la adquisición de varias propiedades, entre otros.
Al finalizar su exposición el líder del Partido Liberal manifestó “arrojo este pliego y ¡Piso y paso! Señor Presidente, no he de volver a este recinto, porque no tengo nada que discutir con nadie, ni tengo que oír nada de nadie”.

UNA VIDA Y UN LIBRO

Para los tres bisnietos es importante analizar todos los documentos e investigaciones sobre el papel que desempeñó Ismael Montes, ya sea sobre su aporte a la educación y a la articulación ferroviaria de Bolivia como aquellos que se centran en la visión de sus detractores.
“Estamos en el proceso de elección del autor o autores del libro, además de los investigadores que quieran aportar a la articulación de estas tres facetas de nuestro bisabuelo (...). Nosotros contamos con mucho material que lo muestra como hijo, esposo, padre y hermano”, apunta Carlos Montes.
Con este fin y para que los interesados puedan obtener más información sobre este trabajo, se habilitó el correo electrónico biografiamontes@gmail.com.
La generación más joven de la familia Montes está segura de que el libro disipará muchas dudas y reafirmará conceptos sobre la figura de Ismael Montes Gamboa.

EL TRATADO DE PAZ CON CHILE Y LAS ACUSACIONES A ISMAEL MONTES

En 2018 se publicó un artículo que reflejaba que los parlamentarios liberales recibieron coimas para firmar el Tratado de Paz de 1904.
Según documentación a la que accedió Urgente.bo, el diputado cochabambino Natalio Araujo envió una serie de cartas a su partido en las que manifestó, entre otras cosas, que “la mayoría Montista (afines a Ismael Montes) decidió, después de recibir coimas, vender el Litoral a Chile”.
A su vez, describe que Chile pagó una coima millonaria a los liberales (170 mil libras esterlinas) por el territorio boliviano.
“Las sesiones secretas de octubre de 1904 fueron el escenario donde el Montismo analizó un documento enviado por Chile, un protocolo adicional (fechado el 20 de octubre la misma fecha donde se firma el tratado)”, describe el artículo.
El portal de noticias boliviano accedió a estas misivas en la biblioteca del Senado de Estados Unidos, en Washington.
Al respecto, los tres bisnietos del expresidente del Bolivia, Ismael Montes, manifiestan que acusaciones como las de Araujo, no son más que uno de los tantos discursos “módicos y desesperados” de los que intentaban llegar al Palacio de Gobierno; “se trata de acusaciones que jamás pudieron ser comprobadas”, enfatiza Ismael Montes, bisnieto del líder del Partido Liberal.
“Sin embargo, también reconocemos la existencia de acusaciones pobres en argumentos, por parte de la oposición (de aquel entonces) con la intención de desacreditar a Montes y al Partido Liberal”, destaca un texto escrito en febrero de este año por Verónica, Carlos e Ismael Montes.
Recuerdan que Montes afirmó respecto a la pérdida del Litoral que, “el Gobierno ha cumplido un deber doloroso y sin gloria. Bolivia se ha visto obligada a firmar el Tratado de 1904, con una pistola en la espalda”.


Artículo publicado en Página Siete el 10 de marzo de 2019.


LA SUBASTA TIERRAS COMUNITARIAS POR MARIANO MELGAREJO


 Fuente: 200 AÑOS DE HISTORIA REPUBLICANA Charcas y Murillo - Tomo II, del escritor Enrique Rocha Monroy / La Paz - Bolivia.

Melgarejo ordenó, por decreto, que en un plazo de 60 días, los indígenas comunarios consolidaran su derecho propietario, pagando un módico gravamen, advirtiendo que las tierras no perfeccionadas serían vendidas por el Estado en pública subasta. El decreto no fue publicado oportunamente y los comunarios fueron, automáticamente, despojados de la propiedad ancestral sobre sus fundos y sayañas. Sólo en La Paz fueron rematados 800 fundos. Arguedas cita una lista de los beneficiarios: “Los Tamayo, los Valdivia, los Burgoa, los Más, los Dalens Guarachi, los Camacho, los La Viña, los Suazo, los Sanz Guerrero, los Escobari, los Machicao, los Benguria, los Soliz, los Sánchez Bustamante, los Guachalla, los Peñaranda, los Aliaga, los Santos Machicao, los Villanueva, los Gamarra, los Bilbao La Vieja, los Tejada, los Arce, los Elíos, los Maidana...” “Doña Juana Sánchez...resultó con más de ochenta fincas de primera clase, sin otro título que haber sido la favorita de Melgarejo; Antezana resultó con más de cien leguas de terreno situadas en las fértiles orillas del Titicaca, sin más capital que sus demasías y borracheras; Crespo, con ocho hermosas propiedades arrancadas a viva fuerza a los miserables indígenas; el negro Vera con una propiedad más vasta que el condado de York”, comentó El Republicano, a la caída de Melgarejo. Manuel Lastra, ministro de hacienda de Melgarejo, comentó más tarde: “El valor de las 356 comunidades vendidas hasta el 31 de diciembre de 1869 ascendía a 856’550 bolivianos, 17 centavos, de los que únicamente se empozaron en dinero en tesorería 177’537 bolivianos, 52 centavos...”.

Los comunarios de Taraco, Ancoraimes y Huayco se sublevaron para evitar el despojo, pero fueron diezmados por los bravos de Melgarejo. Tan sólo en La Paz, el general Leonardo Antezana y el coronel José Aurelio Sánchez, victimaron a 2’000 indios.

A la caída de Melgarejo, se abolió el decreto de exvinculación de tierras, pero los nuevos propietarios ya habían consolidado su posesión sobre las tierras comunitarias.

Ilustración: 200 AÑOS DE HISTORIA REPUBLICANA Charcas y Murillo.
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LUIS ADOLFO SILES SALINAS Y SUS 153 DÍAS DE GOBIERNO


Por: Patricia Fernández de Aponte - Historiadora / La Razón, 28 de septiembre de 2019. 

El 3 de julio de 1966 se realizaron elecciones generales en Bolivia, resultando ganador el binomio René Barrientos Ortuño y Luis Adolfo Siles Salinas, para el periodo 1966-1970. Ante la inesperada y trágica muerte del general Barrientos, y en cumplimiento a la Constitución Política del Estado, Luis Adolfo Siles asumió como el cuadragésimo noveno presidente del país el 26 de abril de 1969. La mayoría de los miembros de su gabinete pertenecían al Partido Social Demócrata (PSD), que no contaba con el apoyo de los sindicatos y campesinos barrientistas. Cabe resaltar el nombramiento de Alcira Espinoza en la cartera de Trabajo y Seguridad, siendo la primera mujer en Bolivia en ocupar un cargo ministerial; dando así un nuevo rol al sector femenino.
Durante los casi cinco meses de su mandato emitió decretos supremos, suscribió convenios y obtuvo financiamiento a nivel regional y nacional. Medidas importantes fueron rechazadas por los actores sociales sindicalizados y partidarios del anterior régimen. Ante esta situación, el Dr. Siles Salinas demostró gran paciencia y tolerancia para evitar enfrentamientos y capacidad de concertación, a fin de evitar la violación de la Constitución Política del Estado.
Uno de los primeros actos de su gestión fue la desarticulación del aparato represivo, consecuente con su visión sobre los derechos humanos; a pesar de que una constante de su gobierno fue la conspiración política, contó siempre con el respaldo del Parlamento.
Logró el ingreso de Bolivia al Pacto Andino con los beneficios que ello significaba. Fortaleció el sistema bancario nacional. Y, mediante decreto supremo, estableció un encaje legal de 25% sobre los depósitos en caja de ahorros y la colocación de créditos a mediano plazo para fomentar la producción. Amplió las regalías de exportación de minerales a favor de la Universidad Mayor de San Andrés. Derogó el Código Davenport y declaró como reservas fiscales las áreas libres, entregándolas a Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB). Las empresas petroleras fueron obligadas a la entrega gratuita de gas para Bolivia y así facilitar la industria nacional.
Las obras de la Fundición de Bismuto de Telamayu fueron organizadas y financiadas. Uno de los objetivos primordiales del presidente Siles Salinas era la integración nacional, y el 22 de mayo aprobó la construcción de 22 caminos troncales, que debían realizarse en forma conjunta entre el Comando de Ingeniería del Ejército y el Servicio Nacional de Caminos.
Financió e inauguró los trabajos de la represa de Santa Isabel en Cochabamba, para suministrar energía eléctrica a Oruro; así como a los departamentos del sur del país a través de la red interconectada nacional. Inició y concretó la construcción del aeropuerto Mariscal Sucre de la capital de la República, para sacar de la postergación y atraso a las zonas antes mencionadas. También inauguró las emisiones de la Televisión Boliviana.
El 1 de agosto promulgó el Decreto Ley 07745, que autorizaba la instalación y funcionamiento de la Universidad Católica Boliviana. Fundó la Corporación de Desarrollo Rural para complementar y profundizar la Reforma Agraria de 1953 con la dotación de una política crediticia y tecnológica para modernizar la producción agrícola.
El 11 de mayo de 1966 emitió una ley autorizando al Poder Ejecutivo contraer préstamos externos para el fomento del sector vitivinícola de Chuquisaca y Tarija. Fijó aranceles para la protección de la industria de aceites vegetales, grasas y aceites animales. Estableció el Premio Nacional de Cultura para incentivar obras literarias, artísticas y científicas.
Las múltiples tareas descritas fueron realizadas en apenas 153 días, que quedaron truncadas con el golpe de Estado del 26 de septiembre de 1969, encabezado por el Gral. Alfredo Ovando Candia, poniendo fin al Gobierno Constitucional del presidente Luis Adolfo Siles Salinas.

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Foto: Luis Adolfo Siles Salinas, 25 de febrero de 1970. (Créditos: Oliva Fall/The Denver Post via Getty Images)

LA MUERTE DE GERMÁN BUSCH, ¿ASESINATO O SUICIDIO?



Por: Grecia Gonzales Oruño 
“Pocos estaban satisfechos con la versión oficial, que se basa en un legajo de papel sellado”; desde el primer momento, circularon versiones contradictorias acerca del sitio y de la forma en que murió.
En la madrugada del 23 de agosto de 1939, cuando las manecillas del reloj marcaban las 5:30, un disparo en la sien del entonces presidente Germán Busch lo dejó en estado de coma. A las 14:45 falleció y el pueblo boliviano se estremeció.
Un día después de su posesión, Carlos Quintanilla aseguró que fue suicidio. Pese a las indagaciones estatales que respaldaron dicha posición con el “auto definitivo” del 5 de octubre de ese mismo año, algunos investigadores consideran que fue un “asesinato”.
Busch –héroe de la Guerra del Chaco y recordado con terror en las trincheras paraguayas con los apodos de El tigre de la selva o El fantasma del infierno verde– llegó a la presidencia a sus 34 años.
En su gobierno (1937-1939) se dictaron medidas progresistas. En 1938 promulgó la primera Constitución Social. En 1939 aprobó la Ley General del Trabajo y el Código de Educación; decretó la entrega obligatoria del 100% de divisas de las exportaciones mineras al Estado y nacionalizó el Banco Central.
Días antes de la tragedia, el primer mandatario –según la biografía Busch: El mártir de sus ideales, escrita en 1939 por el periodista Luis Azurduy– se hallaba “incomodado” por una dolencia dental y recibió una carta de Cochabamba en la que se hablaba del “repudio que despertaba su política”, el “disgusto con que se veían las cosas que realizaba”, que los funerales de su madre no tuvieron gran concurrencia y los “inconvenientes” que iban a traer para el país sus decretos de carácter económico. A eso se añadieron un par de anónimos que “hirieron profundamente su espíritu”.

UNA “VERSIÓN EXACTA”

El matutino El Diario del 24 de agosto de 1939 publicó la “Versión exacta del suicidio de Germán Busch”, basada en las declaraciones del mayor Ricardo Goytia, concuñado del primer mandatario:
“La noche del 22 en que festejaban el cumpleaños del coronel Eliodoro Carmona (su cuñado), todo transcurrió en un ambiente de cordialidad familiar hasta las tres de la madrugada, hora en que se habían retirado las personas concurrentes. Fue entonces que él recordó haber dejado en su escritorio numerosos documentos que debían ser despachados y manifestó a Carmona y a nuestro informante que deseaba revisarlos y firmarlos. Entonces, Goytia le hizo notar que la hora era avanzada y que más conveniente sería que se fuera a descansar. El presidente replicó, ‘pesan sobre mis hombros tres millones de ciudadanos bolivianos, debo velar por su bienestar y por el progreso de la patria, pero en esta obra dificultan mi labor la incomprensión, la falta de cooperación y la solapada acción de mis enemigos (...) Y ya que mi gestión en bien de la patria no puede ser desenvuelta como lo he deseado, es mejor que termine con mi vida’”.
En ese momento, “(...) Goytia notó que a Busch le sobrevenía una de sus crisis nerviosas (...) y vio que extraía del bolsillo del pantalón una pistola. Entonces, Goytia le tomó de la mano y en la lucha por evitar que la usase contra sí, en la que participó también Carmona, salió el primer disparo por una ventana. Mas como el presidente poseía extraordinario vigor, se desprendió de ambos arrojándolos lejos de sí, instante que aprovechó para dispararse el tiro fatal en el temporal derecho cayendo inmediatamente sobre el piso de la habitación”.
Los matutinos La Calle, El País, La Nación y La Razón replicaron la misma hipótesis sobre el suicidio.

FUNERALES

La mañana del 23, Germán Busch fue sometido a una difícil operación de esquirlectomía. Después de nueve horas de agonía, murió a las 14:45. Por lo acontecido, el “gobierno provisional” del general Quintanilla decretó “duelo nacional” con “cierre de oficinas públicas” y “suspensión de actividades particulares”, el 24, 25 y 26 de agosto.
Los restos del que en vida fue héroe del Chaco permanecieron en la Basílica de Nuestra Señora de La Paz, desde el jueves 24 hasta el sábado 26. Como un acto simbólico de amor y reconocimiento, su corazón fue extraído y entregado a los excombatientes. Decenas de coronas de flores naturales y artificiales, además de enormes tarjetones, fueron llevadas a la capilla ardiente.
“Nunca se ha visto hasta ahora en esta ciudad una demostración de amor, de cariño, de adoración para un hombre muerto como la que hemos presenciado esta mañana”, comentó La Nación, el 27 de agosto.
En el sepelio, el pueblo paceño se aglomeró espontáneamente en torno al féretro. “100 mil personas le dieron el último adiós”. En medio de sollozos, a las nueve de la mañana, se celebró la sagrada misa. En los alrededores de la Basílica se apostaron decenas de banderas y estandartes con crespones negros de diversas instituciones y organizaciones sindicales, narró La Calle, el 29 de agosto. Añadió que el féretro llegó al Cementerio General a las 14 horas y “al son de prolongadas notas de un clarín (...), el cadáver fue sepultado en el nicho central de la segunda fila de la estrecha cripta de los hombres ilustres”.

REPUDIO

Luis Toro Ramallo, en su obra publicada en 1940, Busch ha muerto ¿quién vive ahora?, relató que en esos días circularon por toda la ciudad conjeturas sobre la muerte del Presidente y que se “anunciaron motines y revoluciones”. Por otra parte, se “murmuraba” y se hablaba en voz alta contra el “golpista” Quintanilla.
“Gritos, blasfemias, insultos, reproches sangrientos. El pueblo se movía como una creciente furiosa (...) Fue necesario que la tropa, que escoltaba el féretro, se agrupara alrededor de Quintanilla, el que debió abandonar el acompañamiento, antes de dos cuadras de la catedral”, recordó Toro.
Asimismo, subrayó que el entierro de Busch fue “una especie de manifestación en la que el pueblo exteriorizó su repudio hacia el que acababa de hacerse cargo del mando”. La gente vitoreaba “¡Gloria a Busch, abajo la rosca!”.

PROCESO

Con el fin de reforzar la versión del suicidio de Busch, el gobierno liberal de Quintanilla emitió un comunicado, el 24 de agosto. Ese documento fue publicado por El País y su contenido fue el siguiente:
“Frente al doloroso fallecimiento del presidente Busch, que tan hondamente conmueve el espíritu de la nación, el gobierno cumpliendo deberes morales y políticos para con el país y encontrándose en posesión de informaciones y conocimientos verídicos de los antecedentes y hechos que han determinado la muerte del coronel Busch, ocurrida ayer a horas 14:45, deja constancia con plena evidencia que el deceso del señor Presidente se debe a un acto absolutamente voluntario por determinación tomada bajo el peso de sus hondas angustias patrióticas. No obstante el Ministerio de Gobierno y Justicia ha ordenado al señor Fiscal del Distrito requiera y se levante la información sumaria que corresponda para dejar esclarecida la verdad en forma legal”.
De ese modo, el 28 de septiembre fue entregado el informe de necropsia, realizado por los profesionales Antonio Tórrez y Alfredo Murillo. En el documento se llegó a la conclusión de “posible suicidio”. “No pudiéndose afirmar esto en forma categórica por el hecho de que las huellas que deja un disparo a pequeña distancia (...) no se notan por haber sido lavada la herida para su curación”.

¿SUICIDIO?

Luego, el auto definitivo del caso fue emitido el 5 de octubre de 1939 y fue firmado por el juez segundo de Instrucción en lo Penal, Carlos Morales, y el secretario Rodolfo Salinas. En el auto se concluyó que “el presidente Busch ha dado fin a su existencia mediante el procedimiento violento del suicidio (...) en su escritorio de trabajo de su domicilio particular, haciendo uso de un revólver Colt 32, número 384477 caño corto del Ejército, no pudiéndose determinar con exactitud las causas, que según las declaraciones testificales han debido ser múltiples”.
Ese fallo generó debate. Luis Toro, al respecto, comentó que “pocos están satisfechos con la versión oficial, que se basa en un legajo de papel sellado (…) Lo grave, lo que ha dado lugar a tanta leyenda es que, desde el primer momento, circularon versiones contradictorias acerca del sitio y de la forma en que murió. Hay cosas extrañas en todo esto (…) Y bien, Busch ha muerto. ¿Quién vive ahora? En Palacio, vive el general Carlos Quintanilla, sosteniendo la cola de la dictadura”.
En ese sentido, Marco Lora, en su libro Germán Busch, el centauro del Chaco, afirmó que el juez asignado no consideró la “gran contradicción dada por el informe de necropsia, basando solamente sus indagaciones en el interrogatorio tardío realizado a los invitados al cumpleaños de Carmona”.

¿ASESINATO?

Empero, el proceso no terminó ahí. En 1944, el diputado Edmundo Roca y el capitán Julio Ponce de León señalaron al coronel Carmona como el “principal autor de la muerte de Busch” y solicitaron “encarcelamiento mientras se pronuncie nuevamente la justicia ordinaria”. De esa manera, se reabrió la indagación, informó La Calle, el 31 de agosto de 1944. Según Luis Antezana en su obra Historia secreta del Movimiento Nacionalista Revolucionario, esas acusaciones fueron formuladas debido a las “declaraciones” hechas por Carmona en Charagua.
El teniente Eufracio Bruno, que luego declararía en el juicio, relató que en la casa de José Rojas le preguntó a Carmona: “¿por qué a usted la opinión pública lo señala como el autor de la muerte de Busch?”. En estado de embriaguez, él respondió “Sí, yo lo maté, y ahora qué quiere”. Bruno también aseguró que en el cumpleaños del oficial Julio Garnica, Carmona ratificó “este brazo mató al coronel Busch por dieciocho mil dólares”. Reveló, que en esa oportunidad, “Carmona hizo la misma afirmación a la señora Mila Muñoz de Suárez”.
Augusto Céspedes, en El presidente Colgado, sostuvo que “el suicidio de Busch resultó tan oportuno para los grandes mineros que aún hoy hace presumir un estratégico asesinato que suprimió en el minuto preciso al audaz capitán que había proyectado la injerencia del Estado en las exportaciones mineras”.
A 80 años de la sentida muerte de Busch, el debate de un posible suicidio o magnicidio continúa. Sin duda, su figura aún inspira a las nuevas generaciones.


LA PARTICIPACIÓN DEL CHILENO TEÓFILO JORGE TORANZOS HERRERA EN LA GUERRA DEL CHACO



Quiero referirme sobre la publicación de la Revista Semanal “ASÍ”, del diario OPINIÓN, la misma que publica una nota muy interesante en fecha 9 de junio del presente año, bajo el título de “Chilenos en la Guerra del Chaco”, la misma que fue investigada y publicada por los profesionales Analiz Justiniano, Ramiro Molina y Leonardo Jeffs, sobre las circunstancias y actuaciones durante la Guerra del Chaco por los soldados chilenos que hubieren participado en la contienda bélica sustentada con el vecino país del Paraguay. De acuerdo a sus investigaciones, dichos soldados habrían sido exmilitares, expolicías y que fueron contratados por el Gobierno de nuestro país, por una buena paga económica. Evidentemente es una buena investigación la que hicieron, sobre todo los jugosos sueldos y ventajas que tuvieron los indicados soldados.

De contrario, nada han investigado sobre los extranjeros voluntarios que pusieron sus vidas al servicio de la patria; tal es el caso de mi señor padre, el que en vida fue el Sargento Teófilo Jorge Toranzos Herrera, ciudadano chileno nacido en la localidad de Calama, del Departamento de Antofagasta, de la República de Chile en fecha 5 de marzo de 1912, quien a la temprana edad, de 17 años, llego a nuestro país y desde entonces empezó a desarrollar su amor por nuestra Patria. Primero presentándose al Servicio Militar en calidad de Conscripto del Regimiento de Caballería con asiento en la localidad de Challapata; posteriormente, al iniciarse la guerra con el vecino país del Paraguay, ingresó a la zona de operaciones en fecha 14 de septiembre de 1932, incorporado al R.C.I. “Abaroa”, siendo asimismo integrante del Grupo Motorizado de Transportes en Villamontes, Choreti y otros, conjuntamente otros camaradas quillacolleños como Víctor Rojas y Francisco Gómez, a quienes les recordaba con mucho cariño; actuación heroica que fue reflejada en una película filmada en la República Argentina bajo el Título de “Choferes del Chaco” donde se enaltece el heroísmo de los soldados bolivianos encargados del transporte de las tropas. Mi señor padre en su condición de extranjero, jamás percibió paga alguna, a más del paupérrimo socorro a que tenían derecho todos los soldados defensores de la patria; socorro que no podían gastar, ya que no había nada que comprar y servía solamente para las apuestas el juego de casinos, la pinta, los dados y otras diversiones en horas de descanso.

Por su arrojo, desprecio a la vida y mucha valentía en las acciones del Chaco, fue merecedor por parte de sus camaradas al apodo de “El Toro” y por esta su condición, fue ascendido al grado de Cabo en fecha 10 de noviembre de 1921, luego a Sargento el 20 de julio de 1933, permaneciendo en el Chaco desde el inicio de la campaña hasta la conclusión de la misma, teniendo asimismo una destacada actuación en las batallas de kilómetro Siete, Nanawa, El Carmen y otros, habiendo sido desmovilizado luego de permanecer durante treinta y seis meses, en el mes de septiembre de 1935 y que por dichas actuaciones fue merecedor a la condecoración de la Cruz de Bronce.

Una vez finalizada la guerra, ya en tiempo de paz, cuando se propuso tramitar su declaratoria de Benemérito de la Patria, las autoridades gubernamentales, se opusieron a la indicada declaratoria, aduciendo su condición de chileno y obligándosele a efectuar todo un peregrinaje en su tramitación; de manera que no fue merecedor a su Renta de Benemérito, porque la muerte le sorprendió el año 1970. Ese fue el agradecimiento de la Patria. Con motivo de sustentar lo que tengo manifestado, acompaño en calidad de prueba, una copia fotostática de la Libreta de Desmovilización, el certificado Bautismo, otorgado por autoridades competentes, así como una fotografía del Grupo de Transportes posando junto a sus camaradas mencionados.


Fotografía de @Hugo Galindo Gomez, publicada en Bolivia en el tiempo. Aparecen: Jorge Toranzos (circulo verde).....Francisco Gomez (círculo rojo).....Víctor Rojas (circulo amarillo) “…cree que la foto fue captada en Entre Rios.....por la edificación de atrás.....estos camiones, llevaban suministros desde retaguardia, hasta la misma línea del frente....muchos no regresaban…” Hugo Galindo Gomez.

EL ÚLTIMO GOLPE MILITAR EN BOLIVIA

 


Por: Tomas Molina Céspedes. Foto: Hernán Siles, víctima del plan golpista. 

 Bolivia ostenta el nada honroso título de registrar en su historia el mayor número de golpes militares del continente. ¿Cuántos fueron? Más de 200 y ¿Cuál fue el último golpe liderado por un militar? El golpe a la democracia, al país y a la razón, tuvo lugar el 30 de junio de 1984, a escasos dos años de la recuperación democrática, cuando el pueblo boliviano hacía esfuerzos supremos por superar la grave crisis económica heredada del pasado militar. 

 El nuevo predestinado, el nuevo salvador de la Patria, esta vez fue el Cnl. Rolando Saravia Ortuño, veterano golpista y autonombrado líder de cierto grupo “generacional” dentro las fuerzas armadas.   

 El plan diseñado por el jefe golpista, en complicidad con otros militares, civiles y policías, fue secuestrar al Presidente de la República y, a partir de este primer acto sedicioso, esperar que todas las guarniciones militares, policiales, obreros, estudiantes y pueblo en general se sumen al golpe y proclamen al nuevo mesías de la Patria. 

 Pero, lo que no se conocía es que el propio Vicepresidente de entonces también había estado comprometido con dicho golpe, en espera de que maten a Siles y él pueda sucederlo democráticamente. Y, como es de suponer, el Vicepresidente no se encontraba en Bolivia el día del secuestro igual que Ovando cuando murió Barrientos… Todo lo demás pueden leer en el libro: “OVANDO, TERRORISMO DE ESTADO EN LOS ANDES”.

UNA ANÉCDOTA DEL MARISCAL DON JOSÉ BALLIVIAN


 Por: O. Cordova. 

Según algunos escritores, entre ellos Santivañez que hizo una buena biografía y otra el historiador Alcibiades Guzmán; ambos coinciden que el Mariscal era muy ostentoso en el vestir y que le gustaba lucir uniformes despampanantes en sus paseos o cuando lo visitaban.
Sus uniformes importaban de Europa y tenía el Mariscal preferencia por uno que era de color blanco e imitación del que usaba Napoleón Bonaparte. El uniforme era suntuoso, bordado de oro y botones del mismo metal, colan ajustado a los muslos y botas granaderas de charol; completando el boato de la figura, al cinto la espada que le había obsequiado el Congreso con puño de oro cuajado de brillantes y el pecho poblado totalmente de medallas y cordones dorados, y tocándose la cabeza con un bicornio que remataba en un plumaje bicolor verde y rojo.
Cierta ocasión, el Mariscal es invitado por una familia aristocrática de la ciudad de Sucre, y cumple la visita luciendo el uniforme blanco. Así vestido, deslumbrante como un sol, se presentó con su escolta a la casa de aquel patricio chuquisaqueño.
El impacto que causo Ballivian en aquel hogar fue sorprendente, especialmente en uno de los hijos que lo miraba como a un ser divino.
El niño corre y se le acerca a Ballivian y le pregunta
¿Y tú sabes comer?
Ballivian lo mira sonriso y una voz también infantil en tono susurrante, le dice.
-Y también sabe cagar.
Era el negrito picarón, sirviente de la casa, que medio oculto entre los cortinajes y haciendo brillar sus ojos blancos le había informado así a su amito. 
(_Anécdotas_ de Gobernantes y Gobernados - Antonio Paredes Candia)

TRES VERSIONES SOBRE LA BATALLA DEL "ALTO DE LA ALIANZA"


Por: Ricardo Cuya Vera.  

El 26 de mayo de 1880 se produjo la batalla en la que las fuerzas aliadas perdieron el control de Tacna. Presentamos tres puntos de vista diferentes sobre el mismo acontecimiento: el primero pertenece al general boliviano Narciso Campero y procede de su informe al Congreso de su país; el segundo es de uno de sus edecanes, el oficial Miguel Aguirre; y el tercero es la descripción que hizo en sus memorias el siempre corajudo Andrés Avelino Cáceres. Cabe destacar, para vergüenza del Perú, que el batallón Victoria, uno de los primeros en dispersarse, pertenecía a nuestro ejército del sur.

1) VERSIÓN DEL GENERAL BOLIVIANO NARCISO CAMPERO:

Los arrieros chilenos que conducían el cargamento de agua capturado aseguraban que las fuerzas enemigas no bajaban de 22,000 hombres, siendo así que nosotros no contábamos con más de 9,300, incluyendo nuestros enfermos. Bajo esta impresión, concebí el proyecto de contrarrestar esa inmensa superioridad mediante una sorpresa rápida y audaz que, en mi concepto, era el único medio de poder alcanzar un resultado favorable, dadas las condiciones en que nos encontrábamos y la imposibilidad de resistir al enemigo en batalla campal. Decidí, pues, efectuar la marcha aquella misma noche y caer sobre el enemigo al amanecer, procurando tomarlo por sorpresa, no dándole tiempo para desplegar en batalla sus masas y, quizás, aun impedirle aprovechar de sus dos elementos más poderosos: su caballería y su artillería, cuya acción podía inutilizarse sólo con una sorpresa afortunada. Comuniqué mi pensamiento a los señores Montero y Camacho, quienes lo aprobaron con entusiasmo, conviniendo con mis ideas.
Acordado el plan, se tomaron las medidas convenientes y se emprendió la marcha a las 12 de la noche con admirable precisión y silencio, conservando todo el Ejército el mismo orden de batalla y guardando las distancias necesarias para poder formar la línea con la rapidez posible al acercarse el enemigo, el que no podría dejar de emplear un tiempo muy largo en desplegar sus fuerzas, por lo mismo que eran tan numerosas. Pero, desgraciadamente, al cabo de dos horas de viaje, principió a notarse cierto desconcierto e indecisión en la marcha.
Los coroneles Camacho y Castro Pinto me hicieron advertir sucesiva y contradictoriamente que nos inclinábamos demasiado, según el uno, a la derecha y, según el otro, a la izquierda. Ordené que se reunieran los guías de ambas alas con el que dirigía el centro, y que examinaran conjuntamente la situación en que nos encontrábamos y la dirección que debíamos seguir.
Después de una larga discusión entre ellos, manifestaron que estaban inciertos, que no podían ponerse de acuerdo respecto a nuestra posición ni mucho menos orientarse, a causa de la densa niebla que cubría el espacio y nos envolvía ya por todas partes. En este estado noté que el desorden se había hecho mayor y que varios cuerpos habían aun perdido sus posiciones, apareciendo alguno de la derecha en la izquierda. Ordené que se hiciera alto y temiendo en estas circunstancias un encuentro con el enemigo, que nos hubiera ocasionado un desastre irremediable, siendo nosotros los sorprendidos en lugar de sorprenderlo, resolví volver al campamento enviando algunos individuos por delante a fin de que se encendieran allí algunas fogatas que nos guiaran. Hecho esto, se verificó la contramarcha y llegamos al amanecer del 26 (mayo de 1880), ocupando todo el Ejército las mismas posiciones que antes.
Deploré profundamente el ver frustrado este plan que, en mi concepto, era el único que podía haber asegurado la victoria.
Eran horas 10 a 11 a.m.
En estos momentos me dirigí hacia el ala derecha y en una pequeña eminencia me encontré con el general Montero, que venía hacia el centro. Nos detuvimos allí un instante, por ser un sitio a propósito para observar en su mayor ostentación el campo de batalla.
Era grandioso el cuadro que se presentaba a nuestra vista y no pudimos menos que permanecer absortos en su contemplación. Quisiera poder describirlo con los mismos colores y variados matices con que se ofreció a mi vista.
En nuestro costado derecho, donde el combate no era todavía muy encarnizado, el ala derecha de nuestra línea y la izquierda del enemigo presentaban el aspecto de dos inmensas fajas de fuego como envueltas por una especie de niebla iluminada con los tintes del crepúsculo de la mañana. El centro, donde obraba con más vigor la artillería enemiga, ofrecía el espectáculo de un confuso hacinamiento de nubes bajas, unas blancas y otras cenicientas, según las descargas eran de Krupp o de ametralladoras. El costado izquierdo, donde el combate era más reciamente sostenido, no presentaba sino una densa oscuridad, impenetrable a la vista, pero iluminada de momento a momento, como cuando el rayo cruza el espacio en noche tempestuosa. El tronar era horrible o, más bien, no se oía más que un trueno indefinidamente prolongado. En su conjunto era arrobadora la contemplación de este cuadro maravilloso, a pesar de la íntima convicción de que su fondo no contenía otra cosa que la desolación y la muerte, disfrazadas con deslumbradores ropajes.
No se podía, en efecto, dejar de pensar con tristeza en el delirio de los hombres y de las naciones, que preparan esta especie de brillantes hecatombes, cuando debieran preocuparse, especialmente en nuestra joven América, tan rica de porvenir, en aunar sus esfuerzos y su vida y preparar las nobles batallas de la industria, de la actividad y de la inteligencia, que son las batallas que el progreso y la civilización moderna libran contra la ociosidad, la ignorancia y el espíritu vandálico de los tiempos pasados.
Noté algunos síntomas de desorden en el ala izquierda; me informé de lo que pasaba y se me heló la sangre en las venas al saber que uno de los más crecidos de nuestros cuerpos, el batallón Victoria, apenas entrado en la línea de batalla, había cedido el campo y principiaba a desordenarse. En la indignación que esto me causó, mandé a los dos batallones que acababa de traer que hicieran fuego sobre los que huían, a fin de hacerles dar media vuelta y que recobrasen sus posiciones. Pero fue inútil, pues no se pudo conseguir que aquellos se contuvieran.
Noto que los nuestros empiezan a ceder abrumados por el número, insinuándose la dispersión en diversos puntos de la línea de batalla. A impulsos de la desesperación que me infunde la inminencia de nuestro desastre, tomo un estandarte peruano y procuro reunir a los que se dispersan. No consigo que me rodeen sino 20 a 25 hombres. Viendo lo estéril de mis esfuerzos, dejo el estandarte a mi edecán, el coronel Ezequiel de la Peña, a fin de ver si podía contener a los demás dispersos. Ya no es posible. Entretanto, los batallones Colorado y Canevaro y algunos otros restos de nuestro Ejército, encerrados en un semicírculo de fuego, se abren paso a través de las filas enemigas y se baten en retirada, completamente destrozados. Juntamente con los señores Montero y Velarde, y haciendo un esfuerzo supremo, trato de contener a los que huyen, en una ceja de las caídas que dan vista a Tacna, para conducirlos en orden a esta ciudad. Ya no es posible. Arrastrados por el terror, ya nada escuchan y precipitan su marcha.
Eran las 3 y media p.m.

2) VERSIÓN DEL OFICIAL BOLIVIANO MIGUEL AGUIRRE, UNO DE LOS EDECANES DEL GENERAL CAMPERO:

Habiendo llegado al centro de la izquierda, encontré al señor coronel Camacho con sus ayudantes y ofreciéndole un magnífico anteojo que tenía en la mano le dije:
Mi coronel, ya es manifiesta la intención del enemigo de atacarnos resueltamente por este flanco. ¿No le parece a Ud. que sería conveniente cambiar el frente de la batalla, adelantando la derecha y retirando la izquierda?’. El coronel tomó mi anteojo y recuerdo que me contestó tranquilamente: “Veremos qué disposiciones se toman”.
El enemigo formaba su línea casi perpendicular sobre el extremo izquierdo del Ejército Aliado, con tendencias a rebasarlo por aquel flanco. Quizás hubiera sido conveniente efectuar dicho movimiento. Ya que no se efectuó, habría sido conveniente reconcentrar oportunamente las mejores reservas en el costado izquierdo, como se hizo después con precipitación y vacilaciones.
El combate era ya general. En medio de la inmensa polvareda y del humo de la batalla, las fuerzas de nuestra izquierda y centro parecían fantasmas que se arrojaban vomitando fuego sobre las líneas contrarias, obligándolas a retroceder en su mayor parte.
Una o dos horas después, las masas chilenas nos rodeaban, rebasando nuestro flanco, y los nacionales o voluntarios de Tacna o Para, cuyo jefe había muerto, se encontraban desarmados porque sus rifles Chassepot eran de malísima calidad.
Llegado a un montículo pude ver que la izquierda y el centro de nuestro Ejército estaban en completa derrota y que un gran cordón de gente entraba a la ciudad de Tacna. Al dirigirme a dicha ciudad encontré al coronel Ramón González, seguido del Dr. Emilio Valverde, y me dijo:
“¿Hay algo todavía que hacer por acá?”.
A lo que le contesté mostrándole nuestros campamentos ocupados por el Ejército chileno: ‘Ya ve Ud. que nada’.
A las cuatro de la tarde, poco más o menos, llegué a orillas de Tacna, con el propósito de entrar a la plaza, donde suponía se reorganizaba el Ejército. Me aseguraron que el general Campero había pasado con ánimo de reunir el Ejército en Pachía. Partidas de caballería enemiga descendían al llano por diferentes puntos y los cañones chilenos bombardeaban la ciudad por lo que me dirigí a Pachía por un camino extraviado.

3) VERSIÓN DEL ENTONCES CORONEL ANDRÉS AVELINO CÁCERES:

El general Campero, desde su puesto de mando instalado hacia el centro de la línea de batalla e inmediatamente detrás de ella, seguía atento todas las incidencias de la lucha, impartiendo oportunas órdenes y trasladándose personalmente, cuando era necesario, a los diversos sectores del frente.
La situación del ala izquierda cambiaba a nuestro favor y el coronel Camacho, queriendo aprovechar esta circunstancia, ordenó un contraataque de conjunto, el cual se inició saliendo fuera de la línea, con el avance de mi división, la de Suárez y la de Castro Pinto (del centro). Apenas había adelantado yo unos 100 metros a la cabeza de mis batallones Zepita y Misti, cuando perdí el caballo. Mi ayudante, capitán Lazúrtegui, me dio el suyo que también quedó pronto inutilizado. Mi segundo jefe, comandante Llosa, al avanzar sobre el enemigo, recibió un balazo en el pecho que lo mató instantáneamente; su caballo, sintiéndose sin jinete, partió a la carrera, pero fue alcanzado por uno de los oficiales quien, al tiempo de poner el pie en el estribo, fue arrancado por una bala y hube de subir por el estribo opuesto.
Nuestro contraataque seguía, en tanto, pertinaz. Los Colorados rivalizaban con nuestros bravos del Zepita y la refriega tornábase cada vez más enconada. Aliados y chilenos acometíanse furiosamente, haciendo extraordinarias proezas. Con todo, nuestro decidido empuje adelantaba, pero nos faltaban refuerzos para cubrir las bajas y sostener la impulsión del contraataque, refuerzos que ya no era posible obtener, porque todas las reservas estaban empeñadas en la línea del combate.
El enemigo, fuertemente reforzado, volvía, en tanto, al ataque. La lucha era tremenda. El fuego que se nos dirigía de todas partes diezmaba mi división y la de Suárez y hubo momentos en que estuvimos en un tris de ser completamente envueltos, pues el resto de la línea no había acompañado nuestro avance, por hallarse también combatiendo duramente en sus propias posiciones. Varios jefes habían ya caído en la porfiada lid, muertos o heridos, y a poco fue también herido el valeroso coronel Camacho, comandante general del centro.
Ya enormemente abrumados por la superioridad de fuerzas y prepotencia de fuego del adversario, recibimos orden de retroceder. Retroceso que se llevó a cabo sin precipitación alguna, cubriéndolo el Zepita, que a cada paso veía aclarar más y más sus filas, quedando al fin reducidos a menos de 100 hombres. Había perdido el 8o% de su efectivo, pero se retiró del campo reteniendo su bandera.
El resto de la línea, atacado también vigorosamente, viose arrojado de stis posiciones, pronunciándose entonces la derrota. Serían como las tres de la tarde.
Con la batalla de Tacna terminó la campaña de este nombre y ya fue imposible la reorganización del primer Ejército del sur.
Después de una estancia de dos días en Tarata, donde escasearon las subsistencias y sólo tuvimos choclos para comer, emprendimos la marcha hacia Puno. El día de la partida se nos dio a cada uno de los jefes y oficiales una peseta boliviana o chaucha a cuenta de nuestros haberes. En la tarde de aquel mismo día llegamos a un paraje de la cordillera, donde el frío era intensísimo y, con el hambre atrasada que llevábamos, nos vino muy bien una sabrosa comida de carne de llama.
“Con la batalla y derrota de Tacna quedó terminada, prácticamente, nuestra alianza con Bolivia”, pues desde entonces no volvieron a intervenir tropas bolivianas en la contienda con Chile, la cual fue sostenida sola y únicamente con el Perú.
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Búscanos como: Historias de Bolivia.
Foto: Monumento a la Batalla del Alto de la Alianza, Cerro Intiorko en Tacna, Perú.


EL TROFEO DEL EJÉRCITO DE BOLIVIA MÁS IMPORTANTE DE LA GUERRA DEL CHACO – LA BANDERA NACIONAL DEL PARAGUAY


LE FUE ARREBATADA AL INVASOR EN UNA DE LAS BATALLAS MÁS ÉPICAS DE LA HISTORIA MUNDIAL DE LA GUERRA.

(Por Diego Martínez Estévez)

Un día como hoy 17 de septiembre de 1932.

7.500 paraguayos agrupados en nueve unidades se aprestan a atacar por segunda vez, por los flancos, retaguardia y frente, al fortín Boquerón. Entre los atacantes de encuentra el Regimiento Boquerón conformado por 1.600 cadetes. Están seguros que este regimiento será la punta de lanza de la victoria.

A horas 6, 30 y por dos horas, precede al ataque un infernal apoyo de fuegos de artillería y morteros, vomitados por 34 piezas, además de la aviación que arroja sus bombas y ametralla el fortín que se asemeja a un volcán en erupción; sin embargo, soy escasisimas las bajas.

Sin saber de esta ofensiva , el mando boliviano decide atacar a los cercadores de Boquerón.

Son en total dos destacamentos los que son empeñados. El primero es el Destacamento Méndez (teniente coronel Walter Méndez), conformado por el Regimiento 6 de Caballería y el Regimiento 14 de Infantería. El Destacamento Peñaranda (teniente coronel Enrique Peñaranda), con los regimientos Campero, Loa, Azurduy, 15 y 16 de Infantería.

De esas unidades, dos escuadrones del Lanza reciben la orden de ingresar al fortín.

A Hrs .09:30, el teniente Benegas que conducía a un escuadrón, escucha voces y apresuradamente monta una emboscada. Son un grupo grande de cadetes que se alistaban para lanzarse al asalto al fortín por el lado noroeste. A la señal de fuego, las voces se convierten en griteríos de dolor y los cadetes, despavoridos, huyen. Ante este contraste, Estigarribia suspende el ataque y a las 15:30, se reanuda, otra vez precedido por el lanzamiento de granadas de las armas de apoyo. Nuevamente el Regimiento Boquerón es sorprendido, esta vez por dos escuadrones que avanzaban para ingresar al fortín. Una Bandera Nacional paraguaya es capturada; el capitán Armando Pinto Tellería es quien la porta cuando ingresaba al fortín.

A lo largo del día, seis ametralladoras pesadas de la denominada Punta Brava disparan casi sin descansar, produciendo como los días pasados, nuevas bajas entre los soldados invasores que avanzaban por las avenidas de la muerte, ex profesamente también abiertas en este sector, cuando desde los primeros días de agosto, sus ocupantes procedieron a realizar trabajos de organización del fortín.

El tirador de ametralladora pesada, Alberto Saavedra Pelaez, instalado en el sector de “Punta Brava”, en su libro titulado “Boquerón”, registra lo sucedido en este día:

“A las cuatro de la mañana, el enemigo reanudó sus ataques a nuestras posiciones esta vez en mayor número y con todas sus armas, parecía que nos querían liquidad de una vez por todas. Los morteros hacían retumbar la tierra igual que sus cañones 105”.

“Los cadetes avanzaron por todos los sectores, estaban mezclados por tropas corrientes pero se los podía distinguir por sus uniformas más claros que el verde olivo de los demás. Así se lanzaron al ataque valientemente y los recibimos con ráfagas de ametralladoras causándoles numerosas bajas. Muchos quedaron tendidos en el pajonal y los más se desbandaron. Después supinos que, una fracción boliviana, al mando del coronel Montalvo que debía ingresar a Boquerón, llegó por la retaguardia al iniciarse el ataque enemigo con los cadetes y desbarató el asalto. Los nerviosos paraguayos disparaban muy alto y conseguían prácticamente picar las hojas de los árboles que caían sobre nuestras cabezas como mixtura. Todo el día y la noche soportamos estoicamente el ataque del enemigo que no cejaba en su intención de rendirnos”.

Un batallón y un escuadrón logran ingresar al fortín con ocho cajas de munición y sin sufrir bajas; son en total 315 combatientes, pero, deben salir del fortín porque no existen víveres para alimentarlos. Con graves pérdidas, las unidades logran romper el cerco.

En esta maniobra se destacan los tenientes coroneles Méndez y Montalvo, el mayor Enrique Eduardo, Capitán Luis Pinto, los tenientes German Busch, Víctor Rincón, César Ascarrunz, Luis Grossbergeer, los hermanos Arturo y Eduardo Montes, Armando Ichazu, Rogelio Benegas, Luis Estensoro Machicado y el subteniente de sanidad Edmundo Hassenteufel.

En el lado oeste, es decir, en la retaguardia del fortín, también se desencadenan feroces combates.

El 15 de diciembre de 1932, otra Bandera Nacional del Paraguay más una Bandera de Sanidad serán capturadas al Regimiento Valois Rivarola, en la retoma de Platanillos.

DE CUANDO LIBERARON Y SALVARON LA VIDA AL GUERRILLERO FRANCÉS RÉGIS DEBRAY


 Por: Rafael Archondo Especial para Rascacielos / Pagina Siete.

Fue en Bolivia donde Régis Debray puso en juego su pellejo. No murió en Muyupampa, donde el ejército lo capturó en abril de 1967 tras haber abandonado el campamento del Che Guevara. No murió en la cárcel de Camiri, donde más de un oficial hubiera querido aplicarle “la ley de fuga”. Tampoco murió en las vísperas de la navidad de 1970 cuando un comando militar lo sacó por los aires a Iquique (Chile). Salvar a Debray fue, por alguna razón, una empecinada consigna.
El señor Jules Régis Debray cumplirá en breve 79 años de edad. Es probable que a estas alturas de su vida, este parisino de mirada esquiva haya escrito ya todos los libros que tenía redactados en la cabeza. Publica dos por año y no parece dispuesto a guardar el teclado.
En enero de 1965, con apenas 24 años, irrumpía precozmente en la galería de los conspiradores selectos. Su nombre aparecía en la portada blanca de Les Tempes Modernes (LTM), revista dirigida por Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Claude Lanzmann. Éste último, como buen cineasta, le puso un título de película al ensayo inaugural del joven Debray: “Castrismo, la larga Marcha de América Latina”. Dicen que un ejemplar de LTM fue a caer un mes después a manos de Ernesto Che Guevara, quien no solo leía en francés, sino que en febrero de 1965 estaba de paso por Argel, uno de los epicentros de la revuelta universal de esos años.
El encargado de conectar al autor europeo con el actor armado del Caribe fue Oswaldo Barreto, un guerrillero venezolano que en ese momento subía y bajaba por aviones fungiendo como traductor del argentino-cubano en su famosa gira por África. Fue el mismo Barreto, de vida legendaria y novelada, quien tres años antes le había presentado a Debray a su compatriota Elizabeth Burgos. El encuentro de la futura pareja ocurrió seguramente en Caracas o en alguna estribación calurosa de la sierra de Falcón, hasta donde el francés llegó para entrevistar a Douglas Bravo, el más alto dirigente de la guerrilla venezolana.
En aquel 1963 viajero, Debray se movía de país en país como corresponsal de la revista Revolución, impreso financiado por el gobierno comunista de la China continental. En efecto, el joven francés profesaba el marxismo pequinés y en su itinerario como reportero olfateaba tras toda huella que le recordara al camarada Mao en las entrañas de América Latina. En medio de esa pesquisa terminó admirando a Fidel Castro.
Durante una entrevista con el periodista español Joaquín Soler Serrano en 1979, Debray cuenta que su radicalización temprana se produjo al conocer los pormenores de la guerra civil en Argelia. Hijo de un prominente abogado y de la presidenta del festival de danza de París, muy cercanos ambos al general Charles De Gaulle, Régis gozó desde la cuna de todos los privilegios de una familia burguesa. “La guerra de Argelia fue un trauma para toda mi generación, con ella descubrimos que aquel estado republicano liberal podía practicar la tortura, organizar campos de exterminio, ser parte de la podredumbre fascistoide”, afirma en la entrevista citada. “Me hice revolucionario en una biblioteca”, sentencia, al recordar 1958, cuando alcanzaba su mayoría de edad. Ahí se dio cuenta de que los poderosos desconfían siempre de la gente que estudia. La afirmación sería refrendada en su libro Alabados sean nuestros Señores (1999), la carta de despedida que les dedicó a los jerarcas estatales a los que sirvió en su intensa travesía desde los dos lados del Atlántico. Debray fue ideólogo de cabecera de Fidel Castro, Salvador Allende y François Mitterrand.
“Andábamos por la libre”, me escribe Elizabeth Burgos desde París, recordando cómo se unió a Debray en esa gira de un año y medio por América del Sur. La pareja solo se separaría por avatares de la política boliviana en 1967, aunque fue finalmente en Camiri, la ciudad en la que Debray guardaría detención durante tres años y ocho meses, que ambos contraerían nupcias por sugerencia imperativa de las autoridades militares bolivianas. Hoy están divorciados y comparten una hija historiadora, Laurence, que escribió el libro autobiográfico Hija de Revolucionarios (2018).
“Yo había conocido en Alemania a varios bolivianos y tenía muchos deseos de conocer Bolivia”, repasa Elizabeth. En efecto, en marzo de 1964 ambos trotamundos llegaron por vías separadas a La Paz, ella desde el Perú, él desde Chile. Llevaban consigo una recomendación escrita firmada por el actor teatral anarquista argentino, Líber Forti, quien después fue elegido secretario de cultura de la Central Obrera Boliviana (COB). Debray y Burgos se tomaron un café con él en Lima y su conminación fue inequívoca: “es absolutamente necesario que conozcan Bolivia”.
La recomendación de Forti tuvo un impacto concreto en “Castrismo, la larga marcha de América Latina”, el artículo ya mencionado de Debray que el Che mandó a traducir de inmediato para que Fidel lo pudiera leer en La Habana. En el texto, el francés registra lo que aprendió de los mineros bolivianos: el carácter excepcional de este país andino.
Tras realizar un balance de insurrecciones fallidas en Argentina, Paraguay, República Dominicana, Colombia, Ecuador, Venezuela y Perú, el minucioso Debray recala en Bolivia. Su sorpresa es visible al admitir que no es un lugar como los otros. Leamos la argumentación del francés: “Desde la ruptura con el MNR y Paz Estenssoro (1960), la lucha armada se ha convertido en la realidad cotidiana de la mina siempre dispuesta a desembocar en una ofensiva estratégica: la marcha sobre La Paz. Bolivia es el país donde se dan las mejores condiciones objetivas y subjetivas, el único país de América del Sur en el que la revolución está a la orden del día, a pesar de la reconstitución de un ejército íntegramente destruido en 1952. Es también el único país en el que la revolución puede revestir la forma bolchevique clásica a base de sóviets que hagan saltar el aparato del Estado mediante una lucha armada corta y decisiva, testimonio de ello es la insurrección proletaria de 1952. Por consiguiente, debido a condiciones de formación histórica únicas en América, en Bolivia la teoría del foco es, sino inadecuada, relegable en todo caso a un segundo plano”.
A Marcel Quezada (2017), Régis Debray le confió sus primeras vivencias en Oruro y Potosí. Mientras Elizabeth Burgos conseguía un empleo temporal en el Ministerio de Minería, gracias a sus contactos con el titular del despacho, René Zavaleta Mercado, Debray le entregaba el papel de Líber Forti a Juan Lechín Oquendo, máximo dirigente de la COB: “Nos recibe muy bien, así empiezo a entender la condición de los mineros (…) Me impresiona la combatividad y la conciencia de clase simbolizada en ellos. En el fondo me doy cuenta de que siempre he visto Bolivia a través de la Federación de Mineros”.
Esta su afirmación es clave para entender lo que Debray escribió más adelante en LTM sobre Bolivia. Era evidente que este país de la dinamita y los guardatojos no era apto para que en él se aplicaran las ideas del castrismo. El acierto quedó escrito en 1965, pero fue trágicamente desobedecido por el Che Guevara, Fidel Castro y el propio Debray dos años más tarde. La disidencia con la palabra escrita le costaría al Che, la vida; a Debray, la libertad y una pizca de prestigio; y a Castro, le daría la posibilidad de fundar un mito, el del guerrillero heroico.

¿Qué pasó?

Si la teoría del foco o de la guerra de guerrillas era lo menos recomendable para Bolivia en 1965, ¿por qué los estrategas de la Revolución Cubana se decidieron por Ñancahuazú solo un año después? El francés le entregó una pista básica a Marcel Quezada (2017): “Lamentablemente no se pudo influenciar en la guerrilla”. Es decir, no le hicieron caso.
En efecto, el estudioso de la violencia política en América Latina, al que el Che y Fidel invitaron a las sesiones de la Conferencia Tricontinental en La Habana, tras haber leído su artículo de 29 páginas, fue el primer cómplice de su refutación cuando aceptó la misión de regresar a Bolivia en septiembre de 1966 para explorar las posibles zonas de implantación del campamento guerrillero del Che. “Hice muchas fotos, incluso la localización de los campamentos militares y descubro que existe aquí una población potencialmente favorable: antiguos mineros que se han instalado allá, existe por tanto una conciencia política, más en el Alto Beni que en el Chapare, pero además la proximidad con La Paz. En definitiva era una zona ideal”, le dice Debray a Quezada.
Como vemos, el francés sigue marcado por el encuentro con Lechín y Simón Reyes. Incluso en el país en el que la teoría del foco estaba condenada a fracasar, él sigue rastreando la huella de los mineros. Imagina un trasvase de ideas y brazos desde y hacia el monte, del socavón a la espesura verde, un juego que la guerrilla de Teoponte intentó sin éxito en 1970, cuando ya Debray llevaba tres años preso.
¿Qué hizo Cuba con el reporte de Debray? “Pasó algo que no entiendo”, dice él, “cuando el Che llega, ya había cubanos que se encontraban en Bolivia y deciden ir al sur este, lo que evidentemente es por el Che, por la proximidad con Argentina. Esto fue un redireccionamiento, yo estaba lejos de pensar que fue un redireccionamiento fatal”. Debray añade que “el diablo está en los detalles” y vaya detalles estos: la zona elegida no tiene cartografía actualizada, pero sí muy poca población y lo que es peor, es gente que carece de la conciencia política que Régis admiraba entre las huestes de Lechín.
En 1979, en su entrevista con Soler, Debray era menos autocrítico que ahora. En ese momento dijo que el campamento que él visitó en marzo de 1967 era “una maravilla”, un sitio donde imperaba la disciplina y la siembra de hortalizas, maíz y papa. “Estaba claro que se trataría de una guerra de largo plazo”, señaló. En esa medida, Ñancahuazú era visto como un lugar de adiestramiento, más que de combate, una especie de academia continental de donde se desprenderían columnas guerrilleras a los cuatro puntos cardinales. Lo que el Che estaba montando era una especie de base militar concentradora y distribuidora de efectivos y pertrechos.
En ese talante, Debray sostenía en 1979 que “el azar” jugó en contra del Che en Bolivia. “El Che no tuvo los medios humanos ni materiales que estuvieran a su medida. Él estaba por encima de los pocos medios disponibles”, plantea en aquel diálogo. Luego reconoce que el reclutamiento no fue el apropiado y que las relaciones humanas se fueron agriando dentro del grupo: “no era un medio homogéneo, había bolivianos, cubanos, argentinos, peruanos, no hubo tiempo de fusionar esas diferencias. El Che estaba delante de nosotros, él tenía una visión internacionalista, que superaba los problemas de nacionalidad, nosotros, no tanto. Por eso hubo fricciones”.
La hipótesis de Régis en 1979 es distinta. La causa del desastre no es la zona mal elegida, es la precipitación de las acciones, obra de la propia guerrilla. El Che ordena una emboscada a una columna del ejército boliviano el 23 de marzo de 1967. Pese a ello, Debray le dice a Soler: “la precipitación fue impuesta por los hechos, el Che no tenía elección, era así, le faltó un año”.
He aquí, la parte más enigmática del papelón operativo de Ñancahuazú. No hay aún una explicación fiable sobre por qué el Che decide embarcarse en la ruta de las balas cuando todo le decía que su grupo no estaba preparado. La operación por prematura, deriva poco tiempo después en suicida.
Debray dijo en 1979 que el Che discutía poco, que prefería la decisión tenaz, que estaba “lejos y cerca” de sus hombres, que era extraño, que a veces era jovial, pero que en general, era todo lo contrario, duro, inflexible, concentrado y dotado de autoridad. “El Che era la unión entre pensamiento y acción, lo cual es algo raro. La dureza del Che consistía en principio en dar el ejemplo, por lo cual sus instrucciones no se veían como una arbitrariedad”, añade. No queda más remedio que quedarse, por el momento, con esta visión. El Che se hundió jalado por su terquedad guerrera, su impaciencia por la que la acción suele aturdir al pensamiento.

Camiri

Debray ingresa al campamento del Che en el peor mes para hacerlo. Según el Che en su diario, “viene a quedarse” (21 de marzo). Sin embargo, su misión cambia de repente, el Che lo dice: “yo le pedí que volviera a organizar una red de ayuda en Francia y de paso fuera a Cuba, cosa que coincide con sus deseos de casarse y tener un hijo con su compañera”. La guerrilla da giros inesperados, Tania que llevó a Debray hasta allí queda atrapada, nunca combate y termina emboscada en un río que arrastra su cadáver dócil y aterrado; el francés sale para ser detenido. El Che está cometiendo un error tras otro.
Elizabeth Burgos lee en La Habana la noticia de la muerte en combate de Régis Debray en mayo de 1967. “Compañeros venezolanos miembros de la guerrilla que se entrenaban en Cuba y que recibían a diario los boletines de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR) me dieron a conocer la noticia. El boletín consistía en copias de los cables de las agencias de prensa internacionales que la censura de prensa imperante impedían su publicación en el diario Granma”, nos dice ella en una entrevista reciente. En la plaza de Muyupampa, el periodista Hugo Delgadillo Olivares detecta la presencia de tres detenidos con aspecto de extranjeros, uno de ellos, Debray; se acerca, les hace un par de preguntas y les toma un par de fotos salvadoras. El encuentro casual permitió que la imagen, desplegada en la primera plana del diario Presencia echara por tierra la noticia de la muerte del parisino.
“Fue al cabo de un año que las autoridades militares, tras gestiones de la embajada de Francia en La Paz, me autorizaron a viajar a Bolivia. Con una condición: debía contraer matrimonio pues, al no estar casados, consideraban que no tenía derecho a visitas”, agrega Burgos. El trato resultó mezquino. La flamante esposa de Debray solo podía permanecer en Bolivia diez días cada tres meses. Las visitas diarias eran de media hora.
La que tenía que ser una gran campaña de apoyo a la revolución boliviana por parte de Debray en Europa se tornó en una mucho más extendida a favor de su liberación. Burgos fue la portaestandarte de las acciones. De Gaulle le escribió una carta al general Alfredo Ovando, el sucesor del presidente Barrientos, pidiendo libertad para su compatriota. Al llamado se sumó un trío difícil de unir en circunstancias normales: Jean Paul Sartre, André Malraux y François Mauriac, y de pasadita, el Santo Padre desde Roma.
El secretario privado del presidente Ovando, el abogado Jorge Gallardo Lozada, lo convenció un día de que se entrevistara en secreto con Burgos. El encuentro de media hora se produjo en la casa de Gallardo, tomando las precauciones necesarias para que nadie pudiera enterarse. Según Burgos, Fidel Castro participó de la negociación posterior, pero el levantamiento militar del general Rogelio Miranda en octubre de 1970, que dejó a Ovando fuera del Palacio, volvió a cerrar con más fuerza la celda de Camiri.
Los diez días en los que Burgos estaba autorizada para quedarse en Bolivia trimestralmente habían concluido, pese a ello decidió quedarse. Se aflojaba la vigilancia y es que la intervención oportuna de la COB para evitar que Miranda suceda a Ovando, le acababa de abrir las puertas de Palacio a otro militar, el general Juan José Torres. Comenzaban diez meses de un gobierno de izquierda en el país.
Aunque la relación de Burgos con Torres nunca fue buena, la esperanza creció cuando Jorge Gallardo Lozada juró como Ministro del Interior. Las gestiones que éste había comenzado con Ovando prosiguieron con más vigor desde aquella esfera más alta. En su libro De Torres a Banzer (1973), Gallardo afirma lo siguiente: “Con el Presidente Torres buscamos, durante la primera quincena de diciembre de 1970, el día más adecuado para poner en libertad al joven ideólogo francés y a sus compañeros de prisión”. ¿Por qué arriesgar tanto con un extranjero condenado a 30 años de cárcel nada menos que por un Tribunal Militar? Gallardo responde así: “Nosotros sabíamos muy bien que ante cualquier escalada fascista que cambiase la situación política del país, Debray podía ser ultimado en su estrecha celda de la prisión militar”.
De modo que el 22 de diciembre de 1970, el Douglas DC-3 de Transportes Aéreos Militares (TAM) 018 despegó de la base aérea de El Alto en dirección este. El mando está a cargo del capitán de aviación Germán Calleja Fuertes. En el asiento de al lado lo acompaña y dirige el mayor Celso Torrelio Villa, sí, el mismo que en 1981 reemplazaría a García Meza en la Presidencia de Bolivia.
Torrelio y Calleja aterrizan en Santa Cruz y luego toman altura hacia Monteagudo. En el aire simulan una falla mecánica, la reportan y aterrizan de emergencia en la precaria pista de Choreti, construida para las naves de YPFB. La franja está a siete kilómetros de Camiri. Una vez que recorren esa distancia, ingresan con las primeras sombras de la noche a la pequeña ciudad. Por carecer de iluminación artificial, la pista a la que llegaron se cerraba desde las cinco de la tarde, de modo que ambos oficiales tienen la excusa perfecta para anunciar que su arribo a Monteagudo queda postergado hasta el día siguiente.
Por alguna razón aún no esclarecida, los dos comisionados llegan a la casa del Comandante de la IV División del ejército, coronel Jaime Mercado Pereira, alrededor de la una de la madrugada. Le entregan un sobre lacrado conteniendo la orden presidencial firmada por Torres para dejar en libertad a los prisioneros. Mercado se pone raudo el uniforme por encima de su pijama y todos caminan a las oficinas del Comando donde los ocupantes de las tres celdas duermen sin sospechar lo que se avecina.
Cuenta Gallardo que reciben un manojo de llaves. Torrelio no quiere perder tiempo y ordena forzar los candados. Al grito de “¡en 5 minutos nos vamos!”, los presos son conminados a recoger sus escasas pertenencias. Debray estalla en gritos. Con Marcel Quezada recordará que pensaba que los sacaban para fusilarlos. Al final no le quedó otra opción que confiar: “la libertad o el paredón”.
Un viejo jeep sirvió para llevar a los dos comisionados y a su apretada comitiva hasta la pista de Choreti. De pronto, al cruzar un puente, se topan con un camión inmóvil. Torrelio salta del vehículo, pistola en mano, seguro de que habían sido descubiertos por alguna fracción anti comunista del ejército dispuesta a interceptarlos. Al acercarse a la carrocería, el Mayor constata que se trata de un percance en la ruta. Tras auxiliar al motorizado atascado, el jeep se estaciona finalmente junto a la puerta del avión. Solo Debray y el argentino Ciro Bustos son ingresados a la máquina. Los demás reos, los bolivianos Antonio Domínguez Flores, Orlando Jiménez Bazán, José Castillo Chávez y Eusebio Tapia, son liberados en el acto con la advertencia de que no deben revelar a nadie lo ocurrido. Solo queda esperar a que con el amanecer se reabra la pista.
Así, como cuenta Gallardo, a las 3:15 de la madrugada del 23 de diciembre de 1970, Debray entiende que está a punto de ser liberado y que de su condena de 30 años solo ha quedado una décima parte. El vuelo, que se inicia con los primeros rayos del sol, finaliza en Iquique, Chile, al promediar las 9 de la mañana. Gallardo usa los micrófonos de los periodistas para dar la noticia, mientras Burgos apura el paso hacia el aeropuerto de El Alto.
Debray y Bustos volvieron a abrazarse en Santiago de Chile. El anfitrión allá era nada menos que el presidente socialista Salvador Allende. Debray recordó en 1979 que lo primero que hizo fue disculparse con él, porque en escritos previos lo había calificado como “politiquero” por no querer asumir la vía de la lucha armada. Debray y Allende se hicieron amigos y casi como disculpa por las afirmaciones previas, el francés le dedicó una larga entrevista.
Desde aquel diciembre, Debray no volvió a Bolivia. A enorme distancia, en 1983, ya convertido en asesor del presidente francés François Mitterrand, organizó otro vuelo, esta vez desde París para trasladar hacia su país al criminal de guerra deportado Klaus Barbie, ex jefe de la GESTAPO hitleriana en la ciudad de Lyon. La coordinación impecable se hizo a través de Gustavo Sánchez, subsecretario del Interior y medio hermano del célebre militar de nombre Rubén, quien interpuso su cuerpo para que los soldados dejaran de torturar a Régis tras su detención en 1967. La expulsión de Barbie a Francia fue obra del presidente Hernán Siles Zuazo, a quien Debray conoció en 1964 cuando participaba junto a Lechín en una huelga de hambre en rechazo a la repostulación de Paz Estenssoro a la Presidencia. Ahí recién muchos comprendimos que la operación para salvar a Debray había valido la pena.

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Fotos: Regis Debray detenido por el Ejército boliviano.
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CAPTURA DEL FORTÍN PARAGUAYO BOGADO - GUERRA DEL CHACO



El 15 de septiembre de 1932 realiza su debut el "AS" de la aviación boliviana Rafael Pabón, dando pruebas de su pericia y de su valor en la captura del fortín paraguayo Bogado; pues descubriendo que en un inmenso totoral estaban posesionados los enemigos, inicia su ofensiva haciendo derroche de audacia. En velocidad fantástica lanza sus bombas sobre el fortín, pasa por encima de las fortificaciones enemigas y proyecta una lluvia de balas descendiendo hasta los cincuenta metros de altura ante los azorados enemigos que le ametrallan constantemente. Hace virajes cerrados alrededor del fortín, y para engañar al enemigo y hacerle pensar en su caída verifica dos "tonneaux" y se aleja. Producido el triunfo de Bogado, los soldados arrojan sus gorras aclamando al capitán que recibe las felicitaciones del general Lanza, y cuando en animada charla se le preguntaba el motivo por el que voló a tan poca altura, responde: "No saben cazar al vuelo". No obstante, uno de los impactos había atravesado a pocos, centímetros el asiento que ocupó en el avión. El Comando paraguayo, con objeto de distraer las escasas fuerzas bolivianas que constituían la Tercera División que cubría los fortines centrales del Chaco en la región de Florida, había iniciado algunas operaciones demostrativas destacando fracciones desde el fortín Coronel Bogado contra la guarnición de Florida atacándola al amanecer del día 13 de septiembre. El combate había durado casi una hora, en que los atacantes se vieron obligados a retirarse dejando en el campo alrededor de 20 muertos. Es entonces que el Jefe de la División boliviana, general José Lanza, dispuso la salida de un destacamento en persecución del enemigo, con la misión de atacar Bogado. El Destacamento se puso en marcha en la madrugada del día, 15 a órdenes del Tcnl. Luis Gamarra, tomando contacto con el enemigo a horas 8 de la mañana en momentos en que una de nuestras escuadrillas de aviación bombardeaba el fortín enemigo, y al cual siguió el de la artillería que, emplazada frente al fortín, abrió su fuego durante media hora. En seguida inició el ataque la infantería, trabándose un combate que duró tres horas, al fin de las cuales el enemigo habíanse concretado a presentar resistencia parcial para dar tiempo a que el grueso de sus tropas se replegara hacía el fortín General Díaz. Poco después los atacantes se apoderaban de Bogado, donde encontraron una importante documentación. Con la toma de Bogado las tropas bolivianas habíanse aproximado a los 110 kilómetros del Río Paraguay, pero esta aproximación fue por breve tiempo. (cortegosky©)

SOBRE LOS 12 COLORADOS LEALES A DAZA QUE FUERON FUSILADOS


Por: Jorge Quispe / La Razón. 
Tras la derrota de 1880, en Alto de la Alianza, los Colorados de Bolivia fueron desarticulados y algunos fusilados por su lealtad a Hilarión Daza. El general en retiro Edwin de la Fuente propondrá al Ejército dar con los restos de 12 de ellos en Potosí.

El 26 de mayo de 1880, cerca de 5.000 bolivianos y peruanos murieron en la última gran batalla contra los chilenos. Allí, los Colorados de Bolivia o “Colorados de Daza”, como se los conocía, escribieron una de las páginas más heroicas de la guerra; sin embargo, el haber sido leales al entonces Presidente les pasó factura.

Daza sufrió un golpe de Estado en diciembre de 1879 en Oruro y asumió la presidencia Narciso Campero. Éste es apuntado por varios historiadores como el hombre que no movilizó la Quinta División hacia el frente, pese a las victorias de Canchas Blancas y Tambillo en noviembre y diciembre de 1879. En eso, los detractores de Daza, a quien culpaban del fracaso en la contienda, también persiguieron a los Colorados.

Campero, a principios de 1880, ordenó la desarticulación del Regimiento Colorados de Bolivia y mandó a unos oficiales a Cochabamba y otros a Potosí. “Allí (Potosí) un grupo de 12 excombatientes echaron una noche vivas a Daza y fueron inmediatamente aprehendidos, fusilados y descuartizados sin ningún proceso militar, como escarmiento a cualquier intento de sublevación contra Campero”, revela De la Fuente citando a Hugo Roberts, autor del libro Mafia de traidores, y Édgar Oblitas, que escribió La historia secreta de la Guerra del Pacífico.

‘QUINTAR’. El historiador Ricardo Acebey, citando el libro Colorados de Bolivia, de Alcibiades Guzmán, que publicó el texto en 1917 y que fue reeditado en los últimos años, añade: “Hubo una convulsión en La Paz, después de Alto de la Alianza, y ese 1880 y 1881, los sobrevivientes de los Colorados murieron. Se habla de que ‘Los quintan’, que es fusilar de cinco en cinco para sentar un precedente”.

De la Fuente anunció que pedirá a la Academia de Historia Militar y el Ejército investigar para dar con los cuerpos de 12 colorados nacidos en Oruro y fusilados en Potosí. “Preliminarmente, sabemos que fueron enterrados en un tumba común, pero hay que dar con ellos para recuperar la historia, no solo para denunciar la traición de Campero (que no movió la Quinta División), sino para recuperar la verdadera historia del Pacífico”.


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