PERCY HARRISON FAWCETT EN LA FRONTERA BOLIVIANO BRASILEÑA DEL NORTE (parte XII)

 


El empleo de colector de caucho era un puesto muy humilde; a pesar de ello, conocí a un siringuero que, después de recibir seis años de educación en Inglaterra, se había desprendido de todas sus ropas y hábitos europeos, volviendo allá por su propia voluntad. Un hombre, por muy culto que sea, si ha probado una vez una existencia de extrema simplicidad, raramente regresará a la vida artificiosa de la civilización. Nadie se da cuenta del peso de ella, hasta que no se la ha dejado de lado. Había un hombre, que encontré en el río Madeira, que pertenecía a la tripulación de un batelón, vida, como las hay, terriblemente dura. Hablaba inglés y francés a la perfección; pero prefería esta labor agotadora, con su alcohol, charque y arroz mohoso y sus riberas arenosas por cama, a cualquier otro placer que pudiera ofrecerle una vida más lujosa.

—Cuídense mucho en el Abuna —era el consejo que todos parecían alegrarse dándonos—. La fiebre los matará, y, si logran escapar de eso, se encontrarán con los indios paca-guaras. ¡Salen a las riberas y atacan a los botes con flechas emponzoñadas!

—El otro día atacaron allí a un ingeniero alemán y mataron a tres de sus hombres —me contó alguien. Otro confirmó la información y nos apuntó con su dedo, diciendo:

—No hace mucho tiempo, cuarenta y ocho hombres subieron por el río Negro, afluente del Abuna, buscando caucho. Sólo salieron dieciocho, y uno de ellos se había vuelto completamente loco después de la terrible experiencia.

Si hubiésemos escuchado todas estas advertencias pesimistas, no habríamos ido a ninguna parte. Pero en esa época yo estaba comenzando a formarme mis propias opiniones y ya no creía en todos los cuentos que me relataban sobre los salvajes.

Fue uno de los viajes más lóbregos que yo haya efectuado, porque el río era amenazante en su quietud, y la corriente fácil y las aguas profundas parecían prometer futuros males. Los demonios de los ríos amazónicos se habían expatriado, manifestando su presencia en cielos bajos, lluvias torrenciales y sombrías masas de selva.

Antes de llegar a la confluencia del Rapirrar, nos detuvimos en la barraca de un indio tumupasa llamado Medina, que había hecho fortuna con el caucho. En este inmundo lugar, Medina tenía una Hija que era una de las indias rubias más hermosas que he visto: alta, de rasgos delicados, pequeñas manos y una masa de cabello rubio y sedoso. Suficientemente hermosa como para adornar una corte real, esta niña espléndida estaba destinada al harén del administrador de Santa Rosa y a languidecer como quinto miembro del serrallo de este francés emprendedor. Le tomé algunas fotografías; pero, junto con todas las del Abuna, exceptuando unas pocas desarrolladas en Santa Rosa, fueron destruidas por la constante humedad.

En este río se encuentra un pájaro llamado hornero, que se construye una residencia disimulada en las ramas, techada don barro, justamente sobre el nivel de las aguas altas. Otro pájaro, llamado tavachi, trata —como el cucú— de usurpar este nido cuando puede, y el hornero, al encontrar invadido su hogar, tapia al intruso con fango, dejándolo perecer miserablemente en una tumba sellada. La naturaleza tiene razones para todo, pero nunca pude desentrañar el sentido de este genio destructor, ni tampoco comprendo por qué el instinto del tavachi no le advierte de esta muerte casi inminente.

Aquí también se ve al bufeo, mamífero de la especie manatí, casi humano en apariencia, con pechos prominentes. Sigue a los botes y a las canoas como las marsopas a los buques en el mar, y dicen que tiene excelente carne; pero nunca tuve éxito en pescar uno y comprobar la verdad de este dicho. No es desvalido ni inofensivo, pues ataca y mata a un cocodrilo.

— ¿Vende usted algo?

Esa era la pregunta que nos hacían en todos los centros por donde pasábamos. Cuando los sirios subieron por este río en sus embarcaciones, sus viajes les deben haber resultado extraordinariamente provechosos.

Nos deslizábamos fácilmente en la lenta corriente, no muy lejos de la confluencia del río Negro, cuando casi debajo del casco del igarité apareció una cabeza triangular y varios pies de un cuerpo ondulado. Era una anaconda gigante. Yo me lancé a buscar mi rifle, mientras el animal empezaba a reptar por la orilla y, sin apuntar casi, le disparé una bala en la espina dorsal, a diez pies más abajo de su horrible cabeza. Inmediatamente hubo un remolino de espuma y se escucharon algunos golpes terribles contra la quilla de la embarcación, como si hubiésemos tropezado con un tronco sumergido.

Con gran dificultad persuadí a la tripulación india para que atracase a la orilla. Estaban tan atemorizados, que se les veía el blanco de sus ojos saltones; en el momento de disparar había escuchado sus voces aterrorizadas rogándome no hacer fuego, porque el monstruo destruiría la embarcación matando a todos a bordo, pues estas bestias no sólo embisten contra las naves cuando están heridas, sino que hay peligro de que ataque también el compañero.

Bajamos a tierra, aproximándonos al reptil con precaución. Estaba fuera de combate; pero los estremecimientos recorrían su cuerpo así como el viento levanta las aguas de un lago montañoso. Por lo que pudimos medir, tenía alrededor de cuarenta y cinco pies fuera del agua, más diecisiete pies en el interior de la corriente, lo que hacía un largo total de sesenta y dos pies. Su cuerpo no era grueso para una longitud tan colosal —no más de doce pulgadas de diámetro—, pero probablemente había pasado largo tiempo sin alimento. Traté de cortar un trozo de su piel, pero la alimaña no estaba muerta como creíamos y nos aterrorizaron sus repentinos sacudimientos. Un olor penetrante y fétido emanaba de la serpiente; tal vez era su aliento, del cual se cree que tiene un efecto entorpecedor, que atrae primero y después paraliza a su víctima. Todo es repulsivo en este reptil.

Posiblemente no sean comunes estos especímenes tan largos; pero hay rastros en los pantanos que alcanzan una anchura de seis pies y confirman los relatos de los indios y de los colectores de caucho, que dicen que la anaconda alcanza, a veces, tamaños increíbles, sobrepasando en mucho al ejemplar muerto por mí(1). La Comisión-Limítrofe brasileña me contó que ellos habían dado muerte a una anaconda en el río Paraguay ¡de más de ochenta pies de largo! En las cuencas del Araguaya y del Tocantíns existe una variedad negra conocida como dormidera, debido al ruidoso sonido que emite, semejante a un ronquido. Dicen que alcanza un tamaño gigantesco, pero jamás pude ver una. Estos reptiles viven principalmente en las marismas, pues, a diferencia de los ríos, que a menudo se transforman en meras zanjas de barro durante la estación seca, las marismas permanecen siempre inalterables. Aventurarse penetrando en los lugares frecuentados por las anacondas es hacer burla de la muerte.

Este río nos tenía reservada gran agitación. Habíamos dado muerte a algunos marimonos —monos negros—, para tener reservas de alimentos, y suspendimos sus cuerpos en las altas ramas de un árbol para mantenerlos a salvo, cuando acampamos. A medianoche me despertó un golpe bajo la hamaca, como si un cuerpo pesado se hubiese deslizado por debajo; al atisbar hacia fuera, vi a la luz de la luna la silueta de un enorme jaguar. Había venido atraído por la carne de mono y no se interesaba en mi persona; pero en todo caso habría sido temerario disparar en esa luz incierta, pues un jaguar herido se transforma en algo terrible cuando está en lugar demasiado estrecho. Observé cómo la bestia se' levantaba en sus patas posteriores y le daba de zarpazos a uno de los cuerpos colgados. En el momento en que iba a apoderarse de lo que buscaba, lo asustó el ruido de mi hamaca; se volvió con un gruñido, mostró los dientes, y después se alejó tan silenciosamente como una sombra.

En grandes extensiones del río no se veía otra cosa que árboles de palo santo, ante cuya vecindad la selva, por así decirlo, recoge los bordes de su vestimenta. Es imposible equivocarse, porque allí se levantan como leprosos, mientras alrededor de ellos el suelo está absolutamente vacío de vegetación. Una noche Dan estaba tan cansado de buscar campamento, que colgó su hamaca entre dos de estos árboles y se acostó sin darse cuenta de lo que había hecho. A medianoche nos sacaron de nuestras hamacas unos gritos que hacían coagularse la sangre en las venas y que nos hicieron coger los rifles, creyendo que se trataba de un ataque de los salvajes. Aun medio inconscientes por el sueño, casi sentíamos las flechas emponzoñadas que penetraban en nuestro cuerpo sin protección y creíamos ver formas obscuras saliendo de los matorrales, en el perímetro del campamento. Después nuestros ojos contemplaron a Dan que corría como demente hacia el río, gritando a medida que avanzaba. ¡Se escuchó una zambullida y los lamentos disminuyeron! Satisfechos al saber que los indios no nos atacaban, seguimos a Dan hasta la ribera del río para inquirir el motivo del bullicio. Legiones de hormigas se habían deslizado por las cuerdas de la hamaca.

Desde los dos palos santos, cubriéndolo de pies a cabeza y le enterraron sus mandíbulas venenosas en cada centímetro de su persona. Chorreando agua, se subió a una canoa y allí pasó el resto de la noche sacándose los insectos del cuerpo. Al día siguiente tuvimos gran trabajo en retirar la hamaca y dejarla libre de hormigas.

— ¡Salvajes!

El grito fue proferido por Willis, que estaba en la cubierta observando la llegada al rápido Tambaqui. Dan y yo salimos de la lona y miramos en la dirección que el negro señalaba. Algunos indios se encontraban parados en la ribera, con los cuerpos íntegramente pintados con el jugo rojo del urucu, semilla común en la selva. Sus orejas tenían lóbulos colgantes y sus narices estaban atravesadas de parte a parte con plumas de ave, aunque no llevaban aderezo de plumas en torno a sus cabezas. Era la primera vez que veía a esa gente y pensé que eran karapunas.

—Nos detendremos y trabaremos amistad con ellos — dije; pero antes de que pudiese dar la orden de acercarnos a la ribera, nuestra tripulación india descubrió a los salvajes. Hubo gritos dé alarma y los remos se movieron frenéticamente.

Se escucharon gritos de los salvajes, y en seguida, alzando sus grandes arcos, dispararon algunas flechas en nuestra dirección. No pudimos verlas volar, pero una de ellas se incrustó con ruido terrible en el costado de la embarcación, que tenía un espesor de una pulgada y media, y su punta atravesó también el otro costado del bote. Me dejó atónito la fuerza con que fue disparada esa flecha y si no lo hubiese visto por mis propios ojos, jamás habría creído en su poder de penetración. ¡Si un rifle apenas es capaz de superarla!

La costumbre de estos indios era salir a la ribera en número de doscientos o trescientos y dar una ―calurosa‖ recepción a las embarcaciones que pasaban. El centro del río estaba a su alcance por ambos lados, de manera que no había posibilidad de salir ileso. En otro río supe de un barco que fue atacado en forma similar. Una flecha traspasó a un inglés en ambos brazos y en el pecho, clavándolo en cubierta con tal fuerza que costó mucho libertarlo.

El igarité se deslizaba por el agua a tal velocidad, que muy pronto llegamos hasta el rápido Tambaqui, donde nos precipitamos sin contratiempos; la tripulación aun remaba furiosamente por temor a más flechas. No era un rápido muy formidable, y en ningún caso tan malo como el siguiente, el Fortaleza, que tenía una caída de diez pies y cuyo solo sonido inspiraba temor. El agua azotaba con furia formando una ráfaga de espuma sobre un afloramiento del mismo granito que se encuentra en el Madeira y en todos los ríos al oriente de esta corriente, entre los ocho y diez grados latitud sur, y cuyo significado vine a reconocer más tarde, cuando estudié la geología del antiguo continente. La embarcación no podía bajar por esta cascada; tuvimos que sacarla del agua, transportándola por tierra en rodillos fabricados con troncos de árboles, labor ésta que nos dejó casi exhaustos, ¡tan escasos de mano de obra estábamos!

En la ribera yacía el cuerpo medio seco de una anaconda muerta, cuyo cuero tenía cerca de una pulgada de grosor. Posiblemente, cuando estuviera completamente seco, se reduciría a menos que esto, pero aun así, el hermoso y duro cuero igualaría en calidad al del tapir.

Referencias:

1 ¡Cuando se habló de esta serpiente en Londres se dijo que mi padre era un mentiroso a carta cabal!


Tomado de: EXPLORACIÓN FAWCETT, de Percyval Harrison Fawcett.

Descripción de la Imagen: Campamento nocturno, Bolivia, 1907. Artista Percy Harrison Fawcett. (Foto de la Royal Geographical Society. // Getty Images)

 

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