FAWCETT RELATA LAS FIESTAS PATRIAS EN RIBERALTA (Parte XVI)

 


En este período las estrellas deben haber ejercido influencia nefasta en las relaciones internacionales, pues una o dos noches más tarde tuvo lugar una batalla en regla. Bumpus, un inglés, atendía en su casa a un peruano, celebrando con cerveza, la más cara de todas las bebidas locales, el 28 de julio, aniversario de la independencia del Perú. Había varios invitados, entre ellos un joven oficial boliviano llamado Zamudio.

En lo mejor de la parranda, un escribiente de la delegación pidió que lo dejasen entrar, y como era un mentecato inútil, prontamente se le dijo que no. Cosa sorprendente, rehusó irse, y se puso tan belicoso que comenzó una pelea en la que fue derribado. Sus gritos atrajeron a un mayor, a un capitán y a cerca de treinta soldados del vecino salón de refrescos de Willis, los que se echaron sobre Bumpus y sobre el peruano, que defendió a su anfitrión. El mayor ordenó a sus soldados que cogiesen a Bumpus, quien reaccionó inmediatamente pegándole en la nariz al mayor. Llegó la policía, vio que la refriega aumentaba y se puso a contemplar la lucha con interés. Botellas, sillas, suciedades de todas clases volaron por el aire. Los juramentos y los gritos atrajeron más espectadores, que comenzaron a cruzar apuestas. Ni Bumpus ni nadie sabía boxear, por lo que casi toda la pelea consistió en dar palmadas, retorcer brazos y especialmente propinar puntapiés. El desorden terminó solamente cuando apareció un rollizo coronel que arrestó al mayor y al capitán. Supe que al día siguiente un sargento y siete hombres recibieron doscientos latigazos, lo que me pareció una gran injusticia, pues ellos sólo habían obedecido órdenes superiores.

El notable aumento de consumo de licores era tal vez preparándose para celebrar el 4 de agosto, fiesta nacional boliviana. Cinco días de borrachera ininterrumpida finalizaban con exhibiciones deportivas militares en la plaza, donde se juntaban todos los ciudadanos, equipados con botellas, vasos y hasta con latas de querosene llenas de licor.

La exhibición no era muy entretenida, excepto un juego llamado rompecabezas. Difícil de ejecutar, aun para hombres sobrios, resultaba de una comicidad increíble cuando los competidores estaban semi-ebrios con kachasa. El rompecabezas consistía en una caja de sección triangular, de dos yardas de largo, que rotaba libremente alrededor de una barra de hierro colocada sobre dos postes a una distancia de cerca de siete pies uno del otro. En lo alto de uno de estos postes había un pequeño asiento; en el otro, una pequeña bandera. El juego consistía en coger la bandera cruzando sobre la tapa de la caja. A menos que se mantuviese un equilibrio perfecto, la caja se daba vueltas y el competidor caía al suelo.

En estos días, desesperado por la tardanza en salir de Riberalta, hice presión sobre el delegado, o gobernador, hablándole de “representaciones oficiales” y cosas por el estilo. Esto lo asustó tanto, que se obtuvo un batelón, que se puso a mi disposición, así como a la de un empleado de la aduana y del rollizo coronel, ya que todos íbamos a La Paz. Dan debió haber viajado conmigo; pero estaba en la cárcel a pedido de Willis —¡de él!—, por deudas de bebidas alcohólicas. Los ingleses fueron a despedirme y también la guarnición al coronel, de manera que dejamos la costa en medio de la humareda azul de sus descargas. Podíamos aún escuchar sus gritos de despedida cuando ya no alcanzábamos a percibirlos.

El coronel no era en absoluto el compañero ideal de viaje. Mestizo de indio, su parte española parece que se había confinado exclusivamente al nombre. Su único equipaje consistía en una bacinica(1) vieja y en una maleta usada, de imitación cuero. Se nos olvidó esta última en la playa y sólo descubrimos su pérdida cuando ya estábamos en una barraca a veinticinco millas río arriba, y allí tuvimos que esperar mientras una canoa iba a buscarla. Después, el coronel se instaló en la “cabina” de popa y allí se quedó por el resto del viaje: ¡cuarenta y cinco días ¡

El aduanero era un buen compañero; pero ni él ni el coronel habían llevado alimentos, y, naturalmente, contaban con mis provisiones, que consistían en avena machacada, unos sacos de pan duro y latas de sardinas. La avena machacada no les interesaba, pero lo demás sólo alcanzó para diez días, después de los cuales anduvieron dando vueltas alrededor de las ollas de la tripulación, sin mucho éxito. No vi lavarse al coronel durante todo el viaje, y empleaba la bacinica, fuera de otros usos, para guardar alimentos. Era insolente, desagradable, enfermizo, y como muy pronto todo su cuerpo se llenó de pústulas, su presencia en el refugio, que estábamos obligados a compartir con él, se nos hizo repugnante. Se quejaba de que se le había obligado a embarcarse con excesiva prisa; protestaba por la falta de variedad de mis provisiones, y tanto él como el aduanero expectoraban constantemente fuera y dentro de la embarcación. En el barco viajaba una mujer mestiza, que se divertía cazando moscas y mariguis, que después se comía, costumbre propia de indios, sean civilizados o salvajes. No quisiera volver a repetir ese viaje.

Al segundo día nos encontramos con un batelón que iba a Riberalta. Su dueño, un alemán llamado Hesse, reconoció inmediatamente entre nuestra tripulación a sus propios peones, requisados por la delegación. Se puso furioso y nos acusó de haberlos robado; pero no podía hacer nada contra nosotros y nuestro piloto se rió de él extraordinariamente.

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Referencias:

1) Posesion omnipresente. Esto y el reloj despertador son los compañeros inseparables del mestizo.

Tomado de: EXPLORACIÓN FAWCETT, de Percyval Harrison Fawcett.

Foto: Plaza de Armas y Catedral de Riberalta 1928 (Créditos: Riberalta el edén de la Amazonia)

 

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