SEMBLANZA DE UN PILOTO CAÍDO EN CUMPLIMIENTO DEL DEBER CAP. AV. JOSE ROLANDO REVOLLO QUIROGA



El Cap. Av. José Revollo Quiroga, afectuosamente llamado por sus camaradas “El Viejo”, siguiendo su indeclinable vocación por el vuelo, en febrero de 1983 se incorporó como Postulante a Caballero Cadete del Colegio Militar de Aviación “Tgral. Germán Busch”, con sede en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Después de cuatro años de estudios, el año 1986 ese graduó como Subteniente Alumno Aviador conformando la promoción “Águilas de Fuego”. Al año siguiente, siguiendo normas establecidas, realizó el curso de “Cóndores” en la afamada Escuela de “Cóndores de Bolivia asentada en Sanandita. Posteriormente, realizó el curso de paracaidismo en el Centro de Instrucción de Tropas Especiales (CITE) de Cochabamba.
El año 1988, cumpliendo uno de sus más íntimos anhelos, realizó el curso de vuelo primario en el Grupo Aéreo “21” volando los venerables T-23 “Uirapurú”. Al siguiente año completó su formación realizando el curso básico de vuelo en el Grupo Aéreo “22” de Puerto Suárez, donde después de pilotar suficientemente los Cessna A-152 “Aerobat”, obtuvo su ansiado brevet de Aviador Militar.
El año 1989 realizó el exigente Curso Aerotáctico, para noveles aviadores brevetados, en el Grupo Aéreo “34” de la ciudad de Cochabamba, volando los versátiles aviones de entrenamiento avanzado y de empleo Pilatus PC-7.
Se desempeñó por varias gestiones como instructor de vuelo en el Grupo Aéreo “21”; de esta manera, el año 2000 fue comisionado junto a otros aviadores a la República Oriental del Uruguay, para habilitarse y traer en vuelo las aeronaves Beechcraft T-34 “Mentor”, cedidas por ese país hermano por un convenio entre la FAB y la FAU. Cuando retornó al país, en una rutinaria misión de entrenamiento, el aciago 20 de octubre del año 2000, el “Mentor” matrícula FAB-903 que tripulaba junto al Cap. Pedro Vargas Suárez, se precipitó a tierra en la ruta Camiri –Santa Cruz, falleciendo ambos aviadores.

LAS DIFERENCIAS COCHABAMBINO-PORTEÑAS AL INICIARSE LA GUERRA DE LOS 15 AÑOS



La diferencia regional, cultural y hasta racial fue motivo de un hondo conflicto entre los cochabambinos y los "auxiliadores" porteños. Los historiadores argentinos han recogido la versión, originada probablemente por los mismos que estuvieron en Alto Perú ( Charcas) durante esos años, que la proclama de Rivero a sus soldados en Aroma -distinta a la que recogió la tradición histórica boliviana-, decía (el énfasis es propio): Valerosos cochaguanguinos, preparad bien las huacanas, cuando la bala echa, cuando pasa, para.
Aunque como arenga a unos soldados indígenas que libraban dura pelea en el altiplano suena mejor que aquella otra más académica "ante vuestras macanas tiembla el enemigo", la burla a la que estaba sometido Rivero por su castellano mezclado con quechua no era nada de su agrado. El término "macana" que en el Alto Perú era sinónimo de "palo" o "garrote", en castellano rioplatense significaba "tontería" o "banalidad". Está divergencia lingüística dió origen a que en 1811 se agravaran los enconos cochabambino-porteños.

Fuente: Ni con Lima ni con Buenos Aires, La formación de un Estado nacional en Charcas de: José Luis Roca. // Más: Historias de Bolivia.

23 DE ABRIL DE 1934, BOLIVIA RECHAZA SIETE ASALTOS CONSECUTIVOS DEL EJERCITO PARAGUAYO


Por: Oscar Cordova. 

Publicación del 23 de abril de 1934
—Guerra del Chaco—
“Siete asaltos consecutivos fueron rechazados, pues los regimientos enemigos Itororó y Curupaití, que componían la vanguardia, se vieron obligados a retirarse dejando en el campo alrededor de 200 muertos y numerosos heridos, como informaba el Comando boliviano en su comunicado del día 15, al decir: “En el sector Conchitas el enemigo llevó sucesivos ataques contra nuestras posiciones, habiendo sido rechazado en forma violenta. El campo hállase cubierto de cadáveres, entre los que se encontraron dos oficiales. — Continúa el combate. — Las fuerzas aéreas merecieron citación honorífica en la Orden del Día del Ejército. — Comando Superior”. (Fuente: La guerra con el Paraguay — Coronel Julio Diaz A. )



"PORQUÉ" Y EL "CÓMO" FUE QUE EL EJERCITO DE BOLIVIA TUVO COMBATIENTES CHILENOS EN SUS FILAS, DURANTE LA GUERRA DEL CHACO


ESTAS LÍNEAS, NOS AYUDARÁN A EXPLICARNOS EL "PORQUÉ" Y EL "CÓMO" FUE QUE EL EJERCITO DE BOLIVIA TUVO COMBATIENTES CHILENOS EN SUS FILAS, DURANTE LA GUERRA DEL CHACO.

(Por Alberto Reque Rojas)

“.MOTIVACIONES Y PERFIL DE LOS COMBATIENTES CHILENOS

Si bien desde 1932 hay presencia de combatientes chilenos en la guerra del Chaco ella no fue significativa, desde el punto de vista numérico, a nivel de oficiales, en ese año y en 1933. En efecto, los primeros chilenos que se incorporan con dichos grados, en el año de inicio del conflicto, son muy contados y lo hacen mayoritariamente por Paraguay, tal es el caso de Gonzalo Montt Rivas, Juan Durán Acosta, y Arístides del Solar Morel. Respecto de Bolivia hay una participación más significativa sólo a partir de mayo de 1934, pues desde ese mes se produce la incorporación paulatina de 97, de un total de 105, según nos dice la fuente más confiable al respecto7.
Motivaciones
Para poder introducirnos en las motivaciones que llevaron a un conjunto significativo de chilenos a incorporarse a la contienda del Chaco al Ejército de Bolivia, y, en menor cantidad, en las Fuerzas Armadas de Paraguay, hay que tener en cuenta que, en cada caso hay una multiplicidad de factores, que están estrechamente relacionados con los contextos nacionales de Bolivia, Chile y Paraguay.
En primer lugar, corresponde dejar en claro que la mayoría de los que se van a incorporar con grados de oficiales, en las FFAA de los países directamente involucrados en la contienda chaqueña habían pertenecido a las FFAA y a los Carabineros de Chile. Solo unos pocos no tenían más experiencia castrense que la obtenida en el servicio militar.
Sin lugar a dudas, un factor importante fue la necesidad de hacer frente a la supervivencia no solo personal, sino también de un grupo familiar, pues ya en 1934 había varios casados y con hijos. En efecto, la gran mayoría de los futuros combatientes se encontraba cesante, producto de haber perdido su puesto en las Fuerzas Armadas y de Orden en Chile, en la mayor parte de los casos, por razones políticas. Es la situación que debieron enfrentar los uniformados ibañistas8, grovistas9, partidarios de la República Socialista10, merinistas11 y davilistas12, que entre 1931 y 1933 salieron contra su voluntad de las filas de las instituciones armadas y de Carabineros, como aquellos, que a partir del 2° gobierno de Arturo Alessandri Palma (1932-1938), vieron en la creación de las Milicias Republicanas la manera de arrinconar a las Fuerzas Armadas, para que no intervinieran en asuntos políticos, pero que bajo la argumentación de defensa del orden constitucional, se pretendía, por parte de algunos, la defensa de los intereses de la oligarquía, y, como no estaban de acuerdo con la existencia de fuerzas armadas paralelas e inconstitucionales, prefirieron pedir su retiro.
A lo anterior, hay que agregar que el contrato que se les ofrecía representaba un atractivo poderoso, en circunstancias que se vivía en un período marcado por la gran depresión de 1929, que había afectado a todos los países del continente.
Otro factor, que influyó poderosamente, fue la necesidad de sentirse útiles, en circunstancias que los combatientes de mayor edad no superaban, en 1934, los 42 años. Además, está presente, como un factor adicional, el afán de aventura, tan propio de la juventud, del cual dieron testimonio algunos que después del conflicto participaron en las Brigadas Internacionales, en las filas republicanas, durante la guerra civil española 13.
También, hay que agregar, el afán por contribuir a una causa que se consideraba justa, que incluso llega a primar sobre razones económicas, como es el caso de Gonzalo Montt Rivas y de Aquiles Vergara Vicuña quienes se incorporaron a los ejércitos de Paraguay y Bolivia, teniendo una importante carrera diplomática, y una excelente situación económica, respectivamente.
Por último, habría que añadir, que para algunos primaron las razones afectivas, ya sea para recuperarse de una decepción amorosa, o para iniciar una nueva vida de pareja lejos de la crítica de familiares, amigos y conocidos.
Trayectoria y características personales de los combatientes
En el caso de Paraguay el más conocido de los COMBATIENTES Gonzalo Montt Rivas era diplomático de carrera y Mayor en la Reserva del Ejército de Chile, y, en diversas oportunidades, se había desempeñado como representante de Chile en Asunción. Respecto de los otros oficiales Juan Durán Acosta había pertenecido al Ejército, alcanzando el grado de capitán, y posteriormente había ascendido por la vía de la reserva a mayor, y Arístides del Solar Morel había pertenecido a la Armada, alcanzando el grado de capitán de navío.
En el caso de Bolivia, la gran mayoría de los COMBATIENTES había pertenecido al Ejército, y solo algunos habían formado parte de las otras ramas de las Fuerzas Armadas, y Carabineros, salvo unos pocos civiles como Arturo Benavides Bruce14, y Mario Oyarzún Day15.
De los COMBATIENTES chilenos en Paraguay, fuera de la situación ya anotada de Gonzalo Montt, uno de ellos había sido Capitán de Navío y el otro Capitán de Ejército.
De los COMBATIENTES chilenos en Bolivia, tres habían alcanzado el grado de Tenientes Coroneles, uno el de Comandante de Escuadrilla, otro el de Capitán de Bandada, varios el de Mayores, varios el de Capitanes, algunos el de Tenientes 1° y Tenientes 2°, varios el de Subtenientes, 1 el de Alférez de Aviación, 1 el de Guardiamarina de 2a Clase y el resto, conformado por ex Cadetes, Suboficiales y ciudadanos que solo habían hecho el servicio militar, o que tenían ánimo y supuestas buenas condiciones físicas para combatir en el Chaco.
De los COMBATIENTES que habían pertenecido al Ejército de Chile, y que en el se habían desempeñado como oficiales había integrantes de todas las armas, es así que habían oficiales de Infantería, Caballería, Artillería, los que se habían desempeñado en unidades de Zapadores, en unidades ferroviarias y en Administración.
De los COMBATIENTES que habían estado en la Fuerza Aérea uno de ellos había pertenecido a la rama terrestre en el Escalafón de Guerra.
Por otra parte, de los Oficiales Superiores (Tenientes Coroneles, Comandante de Escuadrilla, Capitán de Bandada y Mayores), 2 se habían graduado de Oficiales de Estado Mayor16 y 2 habían realizado estudios militares en el extranjero17.
Además, algunos de los COMBATIENTES, al momento de su contratación, estaban casados y tenían hijos18. Corresponde destacar, también, que las edades de los combatientes chilenos fluctuaban entre los 19 y los 42 años, siendo uno de los menores Guillermo von Bischoffhassen Vidaurre quien no había cumplido los 20 años al momento de su contratación, pues había nacido el 8 de octubre de 1914, y que uno de los de mayor edad, sería Luis Figueroa Yáñez, nacido el 3 de abril de 1892.

. LAS CONTRATACIONES

Si hacemos fe del testimonio de Raúl Galleguillos Molina19, integrante del primer grupo de chilenos contratados por Bolivia en 1934, el proceso se inició en los primeros días de febrero de ese año, oportunidad en la cual el Capitán (R) Luis Benavides Domínguez y el Teniente (R) Emigdio Lobos Ortíz, que habían pertenecido al Ejército de Chile, se presentaron en las oficinas de la Legación de Bolivia en Santiago, con el propósito de enrolarse en el Ejército de Bolivia. Allí fueron atendidos por el Secretario de la Legación Enrique Baldivieso y por el Teniente Coronel Miguel Candia, Adicto Militar, quien se comprometió a transmitir el ofrecimiento a las autoridades bolivianas al regresar a su país, en el transcurso del mes de marzo. Hacia fines de abril el Teniente Lobos recibió un cable de aceptación de sus servicios, los que se concretaron con la llegada a Santiago del Mayor (R) Eduardo Rivas del Ejército de Bolivia, que había estudiado en Chile, quien procedió a hacer las contrataciones. Es así como se pudo conformar un primer grupo de 18 COMBATIENTES, de los 95 que llegó a contratar el Mayor Rivas20.
Solo unos pocos lo hicieron por su cuenta, como fue el caso de Aquiles Vergara Vicuña, debido a que su incorporación se hizo a través del Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Bolivia en Chile el Dr. Plácido Sánchez.
Los integrantes del primer grupo partieron el 11 de mayo desde Valparaíso, en el vapor Palena, con destino Arica, donde tomaron el tren internacional, que les permitió llegar a La Paz el día 1721.

. DESTINACIONES Y DESEMPEÑO DE LOS COMBATIENTES

En relación con Paraguay los COMBATIENTES, con grados de oficiales, se incorporaron en forma individual. Así, por ejemplo Arístides del Solar Morel, fue contratado por la Armada paraguaya para desempeñarse como Instructor, tarea que realizó hasta 1933. Gonzalo Montt Rivas, fue incorporado en septiembre de 1932, como Mayor Honoris Causa, ascendiendo, en noviembre de 1933, al grado de Teniente Coronel, desempeñándose en el frente hasta diciembre de 1933, oportunidad en la que renunció, como acto de solidaridad por la separación del cargo de Comandante del Cuerpo, que afectó a su amigo el coronel Luis Irrazaval, por decisión del general Félix Estigarribia, Comandante del Ejército en Campaña22. Juan Durán Acosta se incorpora a comienzos de 1933 con el grado de Mayor.
En relación con Bolivia los COMBATIENTES incorporados con grados de oficiales en 1932 y 1933 lo hicieron en forma individual, pero a partir de 1934 el arribo de ellos se hizo, como ya se anotó, por grupos. Hubo tres grupos que lo hicieron en el transcurso de los meses de mayo y junio, los que en conjunto abarcaron a la mayoría, posteriormente lo harían algunos hasta completar, a comienzos de 1935, la cantidad de 96 de un total de 105, que se incorporaron con el grado de oficiales en el transcurso de toda la contienda23.
Después de unos días de estadía en La Paz, donde fuera de aclimatarse, adecuarse a la altura, iniciar amistades, conseguir una madrina de guerra24, y recibir una serie de homenajes, se dirigieron al escenario del conflicto.
Todos los COMBATIENTES chilenos, ya sean en grupo o en forma individual, hicieron el viaje en el tren internacional desde La Paz, pasando por Oruro, Uyuni, y Potosí, llegando hasta Villazón en la frontera con Argentina. Luego, en camiones, se encaminaron hacia Tarija, Entre Ríos y Villamontes. Desde allí se dirigieron hasta Ballivián, sede del Comando, donde fueron recibidos y agasajados por el general Enrique Peñaranda del Castillo, a la sazón Comandante en Jefe del Ejército en Campaña. Luego, se fueron a sus respectivas destinaciones.
Para una mejor comprensión de las destinaciones de que fueron objeto los COMBATIENTES chilenos en las Fuerzas Armadas de Paraguay utilizaremos la obra del coronel paraguayo Pablo E. Tufari Recalde 25.
Las Fuerzas Armadas de Paraguay, durante la contienda, se encontraban divididas en tres ramas: Ejército, Armada y Fuerza Aérea. El Ejército se encontraba organizado en Cuerpos, Destacamentos, Divisiones y Regimientos los que fueron variando, en número, en el transcurso de la contienda.
Las destinaciones se hicieron considerando, en la generalidad de los casos, la rama de las Fuerzas Armadas y de Orden a la que habían pertenecido los COMBATIENTES, como su arma de origen, formación y experiencia.
En el caso de Gonzalo Montt Rivas su destinación fue la 5 División, la cual formaba parte del Tercer Cuerpo de Ejército. Allí se desempeñó como Comandante del Batallón de Rifleros. Respecto de Juan Durán Acosta llegó a desempeñarse como Comandante de un Regimiento. En relación con Arístides del Solar, le correspondió desempeñarse como Instructor de la Armada.
Para una mejor comprensión de las destinaciones de que fueron objeto los chilenos en el Ejército de Bolivia, utilizaremos el organigrama presentado por el mayor chileno, al servicio de Bolivia, Pablo Barrientos 26.
Hablar de Fuerzas Armadas de Bolivia, durante la contienda, es hablar del Ejército, el cual tiene diferentes armas, entre ellas las Fuerzas Aéreas.
Las destinaciones en el Ejército de Bolivia se hicieron considerando, en la generalidad de los casos, los mismos criterios a los cuales se hizo referencia en relación con Paraguay. Es así, por ejemplo, a los que provenían de la Fuerza Aérea de Chile, o tenían alguna experiencia en aviación, se les destinó a las Fuerzas Aéreas del Ejército27.
En el caso de los que en el Ejército habían pertenecido al arma de artilleros se les destinó en Bolivia a dicha arma, lo mismo los que habían sido zapadores, como los que habían sido administrativos, o cumplían funciones especiales28.
Por otra parte, hay que agregar que a todos los que habían pertenecido al arma de Infantería o de Caballería se les destinó, indistintamente, a Regimientos de dichas armas, como también a los que provenían de otras ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden29.
Por último, hay que tener presente que las destinaciones no fueron, en todos los casos, permanentes. En efecto, varios tuvieron cambios, no solo de armas, sino de unidades, en virtud de las necesidades del servicio y el desempeño, como sucedió, entre otros, con algunos de los que, inicialmente, estuvieron en la Aviación. Además, están los casos de los COMBATIENTES, que, en el transcurso de la contienda, recibieron cambios en responsabilidades de mando30.
A continuación se presentará un panorama con las primeras destinaciones de algunos de los oficiales chilenos, sobre la base de las Ordenes Generales de los años 1934 y 193531.
Fueron destinados a las Fuerzas Aéreas del Ejército 16 de los COMBATIENTES, pero solo permanecieron en esta rama 2 de ellos.
Dentro de los que alcanzaron mayores responsabilidades cabe destacar a los tenientes coroneles Ignacio Aliaga González, Ricardo Contreras Macaya, Alfredo Emilio Espinoza Morales, Julio Labbé Jaramillo, y Aquiles Vergara Vicuña, los mayores Pablo Barrientos Gutiérrez, Aníbal Cavada de la Fuente, Juan del Villar Araya, Luis Figueroa Gómez, Daniel Fuenzalida Mayol y Manuel Irrazaval Benavente y los capitanes Humberto Berndt Vivanco, Humberto Garrido Ostornol, ascendido luego a mayor, y Emigdio Lobos Ortíz
El teniente coronel Ignacio Aliaga González, incorporado según Orden General N.° 1-35 del 1 de enero de 1935, fue destinado a las Fuerzas Aéreas del Ejército.
El teniente coronel Ricardo Contreras Macaya, contratado el 1 de noviembre de 1934, como Asesor del Comando en Jefe, fue nombrado Jefe de Estado Mayor de la 3° División de Infantería el 25 de enero de 1935, y luego, el 30 de ese mismo mes, nombrado, con el mismo cargo en la 2° División de Caballería. Más tarde, el 1 de junio, fue nombrado Jefe de Estado Mayor del Tercer Cuerpo de Ejército, la más alta de las responsabilidades asumida por un chileno en la contienda del Chaco32.
El teniente coronel Alfredo Emilio Espinoza Morales, incorporado por Orden General N.° 1-35 del 1 de enero de 1935, destinado, primero, al Comando del Segundo Cuerpo de Ejército; más tarde formó parte del Comando del Cuerpo de Caballería, y luego fue nombrado Jefe de la Sección de Operaciones del Comando del Sector Central, y formó parte de la comitiva del general Oscar Moscoso, Jefe del Estado Mayor del Ejército del Sur.33
El teniente coronel Julio Labbé Jaramillo, incorporado según Orden General N.° 1-35 del 1 de enero de 1935, destinado al Estado Mayor del Sector Sud, y, luego, como Jefe de Sección del Comando del Primer Cuerpo de Ejército.
El teniente coronel Aquiles Vergara Vicuña, incorporado en octubre de 1934, se le nombró Comandante de Artillería del Primer Cuerpo, para luego ocupar el cargo de Subinspector de la Inspección de Artillería. Sin embargo, a los pocos días fue nombrado Comandante de Artillería de la Cuarta División, para más tarde pasar a convertirse en Jefe de Operaciones del Segundo Cuerpo de Ejército34.
El mayor Pablo Barrientos Gutiérrez, contratado el 14 de agosto de 1934 fue destinado, primeramente, como Jefe de Batallón en el Regimiento "Pérez" 3 de Infantería y, luego, como Comandante del Regimiento "Cochabamba" 20 de Caballería, para, posteriormente, ser destinado como Jefe de Operaciones del Comando de la Segunda División de Caballería, y más adelante, llegar a desempeñar el cargo de Jefe de Operaciones del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, y, por último el de Jefe de Estado Mayor del Cuerpo de Caballería.
El mayor Aníbal Cavada de la Fuente, incorporado según Orden General N.° 6-35 del 12 de abril de 1935, puesto a disposición del Estado Mayor Auxiliar, como Jefe de la Oficina de Reclutamiento.
El mayor Juan del Villar Araya, incorporado inicialmente, por error como capitán, según Orden General N.° 4-35 del 6 de febrero de 1935, destinado a las Fuerzas Aéreas del Ejército, se le encomienda la Dirección de la Escuela de Aviación35.
El mayor Luis Figueroa Gómez, incorporado según Orden General N.° 5, de 5 de julio de 1934, aunque su contrato provisorio lo firmó el 27 de abril, fue destinado como Comandante de Grupo de Artillería del Destacamento de Santa Fe.
El mayor Daniel Fuenzalida Mayol, incorporado según Orden General N.° 52-34 del 20 de septiembre de 1934, destinado al Comando de la 8 División, y, más tarde, fue destinado desde el Regimiento "Junín" al Comando de la 10 División, como Jefe de Estado Mayor. Luego de haberse desempeñado como Comandante accidental del Regimiento "Castrillo", 6° de Caballería, de la 1° División del Cuerpo de Caballería, fue destinado al Estado Mayor del Sector Sud, y, finalmente, al Comando del Primer Cuerpo de Ejército.
El mayor Manuel Irrazaval Benavente, incorporado según Orden General N.° 5, del 5 de julio de 1934, aunque su contrato provisorio lo firmó el 27 de abril, fue destinado como Comandante de Grupo de Artillería del Primer Cuerpo de Ejército.
El capitán Humberto Berndt Vivanco, incorporado según Orden General N.° 1-35 del 1 de enero de 1935, destinado al Regimiento "Florida", 14 de Infantería. Hacia el final de la contienda se desempeñaba como Comandante del Regimiento "Ballivián" de la Sexta División del tercer Cuerpo de Ejército.
El capitán Humberto Garrido Ostornol, ascendido posteriormente a mayor, incorporado según Orden General N.° 5 del 5 de julio de 1934, aunque su contrato fue firmado con anterioridad y su incorporación de hecho también, fue destinado como Jefe de Operaciones del Destacamento Parapetí. Posteriormente, fue destinado como Comandante al Regimiento "Chile", 12 de Caballería.
El capitán Emigdio Lobos Ortíz, incorporado según Orden General N.° 5 del 5 de julio de 1934, aunque perteneció al primer grupo de COMBATIENTES, destinado al Regimiento "Rocha", 31 de Infantería, en el Primer Cuerpo de Ejército, luego fue puesto a disposición del Tercer Cuerpo de Ejército, donde fue destinado al Regimiento "Quijarro" y Batallón de Zapadores, para luego ser destinado al Regimiento "Chacaltaya", 18 de Infantería, más tarde denominado "Potosí", 27 de Infantería, en el cual fue Comandante accidental.
Vicisitudes
En el transcurso de más de un año, en el que se materializó la participación de los COMBATIENTES chilenos en el Ejército de Bolivia, murieron tres de ellos: el subteniente Francisco Ortega Beiza, del Regimiento "Ayacucho" 8 de Infantería, el 19 de agosto de 1934, el capitán Vicente Romero Rojas, del Regimiento "Cazadores del Yacuma" 10° de Caballería, el 12 de abril de 1935, y el teniente coronel Ignacio Aliaga González, de las Fuerzas Aéreas del Ejército, el 6 de junio de 1935. Los dos primeros en enfrentamientos con los paraguayos, y el tercero en un accidente aéreo en el teatro de operaciones.
Por otra parte, once de los COMBATIENTES fueron heridos36, y tres cayeron prisioneros: el teniente Héctor Sotomayor Parra, el mayor Manuel Irrazaval Benavente, y el capitán Humberto Berndt Vivanco.37 Además algunos fueron evacuados por enfermedad.
Balance
En este punto vamos a recurrir, en primer lugar, a la opinión del historiador boliviano Roberto Querejazu Calvo, quien en un acápite del Capítulo XXII de su obra dedicada a la contienda chaqueña nos plantea: "Si bien el aporte individual de los oficiales chilenos varió en relación con sus conocimientos profesionales, sus cualidades de conductores de tropas y su valor personal, el efecto psicológico de su participación fue de gran significación" 38.
No obstante que, en general, hubo un buen desempeño de los COMBATIENTES chilenos, sobre todo a nivel de algunos jefes y oficiales subalternos, lo anterior no significa desconocer que a algunos les fueron rescindidos sus contratos antes de tiempo, porque las autoridades bolivianas no quedaron satisfechas con su comportamiento militar.
Para ser más claros, en esta materia, conviene tener presente que algunos COMBATIENTES fueron ascendidos en el transcurso de la contienda, a otros se les renovó u ofreció renovar el contrato, incluso, después de terminada la guerra, y, por último, a varios, al término de su contrato, se les agradecieron sus servicios, en las Ordenes Generales, lo cual significa que el Comando estaba complacido con su desempeño.
En el primer caso, están el capitán Humberto Garrido Ostornol, ascendido a Mayor, el subteniente Julio Cancino Labra, ascendido a teniente de reserva, el subteniente de reserva Ramón Piñeiro Gallardo, ascendido también a teniente de reserva.
En el segundo caso, cabe mencionar al mayor Juan del Villar, a quien se le mantuvo como Director de la Escuela de Aviación, al teniente coronel Aquiles Vergara Vicuña, quien permaneció largos años en el Ejército de Bolivia hasta 1953, año en el se acogió a retiro, estando en posesión del grado de coronel, al teniente Carlos Rodríguez Gana, incorporado posteriormente al Cuerpo de Carabineros, donde alcanzó el grado de general, y al teniente coronel Ricardo Contreras Macaya y al mayor Pablo Barrientos Gutiérrez, a quienes se les ofreció prolongarles sus contratos por varios años, pero que no aceptaron. Ahora bien, desde la perspectiva de lo que se esperaba de ellos, las expectativas fueron mayores.
No obstante lo anterior, podemos postular que varios de los COMBATIENTES ayudaron, decididamente, en la defensa de Villa Montes, y en la Contraofensiva, favoreciendo la recuperación de territorios por las fuerzas bolivianas, comprometiendo seriamente las posiciones alcanzadas por los paraguayos, a tal punto que el triunfo podría haber sido de ellas, según lo estimaron, en su oportunidad varios analistas, entre los que cabe destacar al teniente coronel Aquiles Vergara Vicuña39.

. LAS REPERCUSIONES

Las repercusiones de la presencia de los COMBATIENTES chilenos en la contienda del Chaco, a partir de mayo de 1934, las veremos en cada uno de los países directamente involucrados y en Chile, como también en los propios combatientes y en sus familias.
En Chile
Desde un primer momento el gobierno trató de explicar que no podía impedir dicha presencia, apoyado en la Convención de Viena sobre neutralidad de los Estados40, pero ante los insistentes reclamos del gobierno paraguayo, y la opinión contraria de algunos connacionales41, presentó el 23 de mayo, a los pocos días de conocerse públicamente la llegada del primer grupo de COMBATIENTES chilenos a La Paz, un Proyecto de Ley, que impediría la contratación de militares chilenos por cualquiera de los gobiernos de los países beligerantes. Dicho proyecto se convirtió en la Ley N.° 5.478, de 7 de septiembre de 1934.
Sin embargo, cabe anotar que el gobierno de Arturo Alessandri había decretado la neutralidad el 15 de mayo de 1933, y que pudiendo haber impedido las contrataciones no lo hizo, teniendo los medios para informarse de los movimientos del personal uniformado en retiro y de aquellos que hacían las contrataciones, como el mayor (R) Eduardo Rivas, que pudo circular libremente en Chile durante 1934, con lo cual demostró una neutralidad benévola hacia Bolivia.
Por otra parte, hay quienes han postulado que Arturo Alessandri dejó hacer, porque incluso después de promulgada la ley se siguieron contratando chilenos. De ahí pensar que así se deshacía de militares que podrían participar en conspiraciones contra su gobierno, no aparece como una exageración.
La opinión pública chilena se vio también afectada, si bien ello había acontecido desde el comienzo del conflicto, esto se hizo más patente a partir de mayo de 1934, cuando llegaron a La Paz los integrantes del primer grupo contratado. Se escribió a favor y en contra, en diversos medios de la prensa escrita42, y se dividieron las opiniones en el seno de las familias43.
A través de la prensa el debate se hizo notorio, como ya se ha dicho, a través de editoriales y artículos. La presencia de los COMBATIENTES despertó el interés de los periodistas, no solo se les entrevistó cuando estaban de paso por Santiago44, se les dio tribuna,45 e incluso la Revista Zig-Zag envió al periodista y escritor Víctor Domingo Silva a Bolivia a reunir material para un número especial, que salió a luz a mediados de 1935, incluyendo dos páginas con fotografías de algunos de los combatientes chilenos46.
Por otra parte, las representaciones diplomáticas de Chile en Asunción y en La Paz, recibieron instrucciones de no establecer mayores contactos con los COMBATIENTES chilenos47. En relación con Bolivia, esta disposición se vio contrariada en la visita que el Agregado Militar de la Legación de Chile hizo al frente, en la cual fue acompañado, por disposición del Alto Mando boliviano, por el voluntario chileno capitán Emilio Álvarez Jego, del Regimiento "Chile" 48.
Por otra parte, cabe anotar la sugerencia del Agregado Militar de Chile, teniente coronel José María Santa Cruz Errázuriz, en relación con el cadáver del subteniente Francisco Ortega Beiza, primer voluntario chileno muerto en la contienda, para que fuese remitido directamente a Antofagasta, con el fin de evitar manifestaciones en Bolivia49.
Además, hubo un hecho a través del cual se llevó a extremo la neutralidad, relacionado con las gestiones emprendidas por doña Isabel Hoces, para liberar a su marido el mayor Manuel Irrazaval Benavente, prisionero de los paraguayos, frente a las cuales la Cancillería chilena dio instrucciones a la Legación en Asunción de no colaborar, argumentando que ello podría ser mal interpretado50.
En Bolivia
Si bien la incorporación de los primeros chilenos a la contienda se inició en 1932, no hubo grandes manifestaciones salvo en torno al caso de Gonzalo Montt que provocó reacciones de alegría en Paraguay y de molestia en Bolivia, sobre todo que él también había servido diplomáticamente a Chile en La Paz.
Sin embargo, sería la llegada del primer grupo de COMBATIENTES a La Paz, en mayo de 1934, la que provocaría manifestaciones públicas de simpatía hacia Chile y los chilenos. Cuenta Raúl Galleguillos Molina que "el arribo fue una verdadera apoteosis. Jamás nadie, ni el Presidente Salamanca había recibido tantas demostraciones de aprecio y cariño. Grandes manifestaciones en el Club de La Paz, recepción en el Palacio de Gobierno, etc."51, como también en el Círculo y en el Colegio Militar52, donde fueron recibidos por el general Carlos Blanco Galindo, Jefe del Estado Mayor Auxiliar53.
La incorporación de los COMBATIENTES chilenos en el Ejército de Bolivia, durante la contienda, sirvió para mejorar la percepción que se tenía de Chile y los chilenos, y esto se hizo más evidente a partir de la muerte del subteniente Francisco Ortega Beiza, acaecida en Cañada Loa54, el 12 de agosto de 1934. Si bien ya una cañada había sido bautizada, con anterioridad, como "Cañada Chile", el lugar donde murió el subteniente chileno, pasó a llamarse "Campo Ortega". Sus funerales, llevados a cabo en La Paz, dieron lugar a significativas expresiones de dolor. A su entierro concurrieron las principales autoridades de Bolivia55. En La Paz el Administrador Apostólico de la Diócesis organizó una celebración eucarística en su memoria56, y residentes chilenos fundaron el Club Cultural y Deportivo "Ortega Beiza".
También, cabe destacar que, algunos meses después, un regimiento pasó a recibir la denominación de Chile57, comandado por un oficial chileno e integrado por varios oficiales de la misma nacionalidad58.
Todas estas manifestaciones tuvieron su punto culminante, cuando se propuso la constitución de la "Gran Patria del Pacífico", mediante la fusión de Chile y Bolivia59, lo cual significaba distanciarse respecto de Argentina, situación que la Cancillería chilena no vio con buenos ojos60.
En realidad, la participación de COMBATIENTES chilenos en el Ejército de Bolivia y la muerte de tres de ellos, cambió substancialmente las percepciones bolivianas hacia Chile, y las relaciones mejoraron a todo nivel61, favoreciendo un acercamiento, que años más tarde se traduciría en la negociación de 1950, en la que se barajó la fórmula del "corredor", para satisfacer las aspiraciones bolivianas para retornar al Pacífico.
Antes del término del período de finalización de los contratos hubo algunas cancelaciones por enfermedad y/o por heridas de guerra, como fueron los casos de Dionisio Etchevers Quintana, Raúl Gallegos Fernández, Luis Heise Cossio y Hernán Zúñiga Cabello, como algunas por no haber una buena evaluación del desempeño. También hubo cancelaciones cuando se cumplía, obviamente, el tiempo acordado, pero, también, hubo ofrecimientos de renovaciones y renovaciones efectivas y, en varios casos, agradecimientos, es decir de todo, como corresponde a grupos humanos, tan dispares, como el conformado por los COMBATIENTES chilenos, que se desempeñaron, con grados de oficiales, en el Ejército de Bolivia, como ya se anotó en páginas anteriores.
Años más tarde, no faltaron las voces críticas, como la del coronel boliviano Francisco Barrero, quien se manifestó, en términos reprobatorios respecto de las contrataciones de los chilenos62.
En Paraguay
Si bien, como se ha dicho, la incorporación en 1932 del ex Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Chile en Asunción Gonzalo Montt Rivas suscitó gran satisfacción en el gobierno, en los círculos militares y en la población paraguaya, ello se desvaneció, en forma repentina e incomprensible, en mayo de 1934, cuando se supo de la contratación de chilenos con grados de oficiales por el Ejército de Bolivia. Se consideró que el gobierno chileno, de acuerdo con la neutralidad, no lo debería haber permitido. Dicha situación, más la ulterior contratación de obreros chilenos para las faenas mineras bolivianas, en reemplazo de los trabajadores bolivianos movilizados, como, también, el no haber impedido, con anterioridad, el libre tránsito de armamentos hacia Bolivia, por territorio chileno, llevó a diversos ataques de la prensa escrita paraguaya, y a las relaciones oficiales al nivel más bajo que han tenido a través de toda la historia republicana.
En efecto, no se concebía que en Chile se diera esta situación, sobre todo entre los militares. Esto afectó mucho a los militares paraguayos que habían estudiado en Chile, como fue el caso del teniente coronel Luis Irrazaval, gran amigo de Gonzalo Montt y del coronel Carlos Ibáñez del Campo63.
Para Paraguay era algo incomprensible, sobre todo después del apoyo recibido durante el gobierno del Presidente Ibáñez del Campo y de su Ministro de Relaciones Exteriores Conrado Ríos Gallardo, en la situación producida en torno al fortín Vanguardia en 1928, que llevó a Bolivia y Paraguay al borde de la guerra. La prensa paraguaya, sobre todo la cercana al gobierno atacó fuertemente al gobierno de Chile, acusándolo de no respetar la neutralidad que había declarado en 1933, y denostó la actitud de los COMBATIENTES chilenos calificándolos de mercenarios.
El representante de Chile, después de haber reclamado por los ataques de la prensa paraguaya, a través de diversas notas de protesta dirigidas a la Cancillería de Paraguay, no logró un compromiso de dicho gobierno en orden a morigerar dichos ataques, sino al contrario, como queda claro en nota del 2 de agosto del Canciller paraguayo Justo Pastor Benítez dirigida al Ministro de Chile en Asunción, de la cual transcribimos algunos de sus párrafos, en los que trata de explicar la hostilidad de la prensa paraguaya: "el hecho responde a un estado de la conciencia pública, alarmada por la conducta observada por el Gobierno chileno con relación a la guerra en el Chaco", agregando que considera que las contrataciones "responden seguramente a una política deliberada", y que "estos antecedentes, seguramente, han ocasionado los pronunciamientos de la prensa paraguaya y que traducen los sentimientos provocados en nosotros por la naturaleza de los actos enunciados". La Cancillería chilena en vista de lo anterior decidió, a través de una nota fechada el 7 de agosto, retirar al Ministro Enrique Gallardo Nieto de Asunción, dejando la Legación, a partir del 12 de agosto, en manos de un funcionario de menor jerarquía, a cargo del Archivo. Solo después de algunas muestras de acercamiento por parte del gobierno paraguayo, las relaciones volvieron a un nivel de normalidad, con la designación, el 24 de noviembre, de Francisco Figueroa Sánchez, como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario del Gobierno de Chile ante el de Paraguay. La promulgación de la Ley, ya mencionada, y las diversas gestiones a favor de la paz, emprendidas por el gobierno de Chile, lograron mejorar el clima hostil. En todo caso el tiempo, como en muchas otras situaciones, consiguió, lentamente, borrar las heridas causadas por los momentos conflictivos.
Sobre los COMBATIENTES mismos, al servicio de la causa boliviana, se valoró la Historia de la guerra del Chaco, escrita por Aquiles Vergara Vicuña, según tomó conocimiento su primo el Dr. Benjamín Viel Vicuña, en visita al Paraguay64.
En los COMBATIENTES y sus familias
La mayoría de los casados fue solo, y en este caso para las esposas y los hijos en edad de comprender, no les quedó otra alternativa que aceptar esta situación como una oportunidad que se les presentaba para salir de la situación de privaciones en la que se encontraban, o una posibilidad para darle sentido a una vida que se presentaba sin horizontes. En algunos casos sus esposas los acompañaron temporalmente, y en muy pocos permanentemente.
Los padres y hermanos no siempre comprendieron esta decisión. Algunos la criticaron65, y otros guardaron silencio66.
Respecto de los COMBATIENTES mismos, la participación en el conflicto los hizo sentirse útiles. Es sintomático, al respecto, lo que nos dejó por escrito Aquiles Vergara Vicuña67 .
Por otra parte, a la gran mayoría les permitió mejorar su desmedrada situación económica, y, en algunos casos, adquirir inmuebles para vivir con sus familias, sin angustias y privaciones, como fueron los casos de Manuel Irrazaval Benavente y de Emilio Flores Guerra.
En otros encendió la esperanza de radicarse definitivamente en Bolivia, una vez terminado el conflicto. Algunos lo pudieron cumplir, como Aquiles Vergara Vicuña en el Ejército, Carlos Rodríguez Gana en Carabineros, y otros dedicados a los negocios como Ernesto Gruhs Figueroa y Mario Oyarzún Day. También cabe destacar a los que permanecieron en Bolivia, por un tiempo, como Arturo Benavides Bruce quien se desempeñó como Cónsul de Chile en Cochabamba, Juan del Villar Araya, quien se mantuvo a cargo de la Dirección de la Escuela de Aviación y Luis Gayán Contador, como empleado en actividades mineras y en el Cuerpo de Carabineros, y otros que se dedicaron a actividades comerciales como Manuel Cerda Muñoz, Raúl Ochoa Esquivel68, Deleskar Iribarren Escobar, y Humberto Valenzuela Arancibia, y a Emigdio Lobos Ortíz, y Juan Francisco Prieto Lillo, en trabajos de vialidad. Pero, el caso más dramático, sin duda, fue el de Vicente Romero Rojas quien, unos días antes de morir, le había escrito a su esposa sobre posibilidades que tendrían de establecerse en el Beni, una vez terminado el conflicto, con sus tres hijos y otros familiares69.
Para tres familias les significó perder a sus seres queridos: hijo, hermano, esposo, padre, aunque con ello ganaran un héroe, como fueron los casos de las familias del subteniente Francisco Ortega Beiza, soltero, que dejó, en la desolación a sus padres, ya ancianos, y a sus numerosos hermanos, conmocionando, también, a los vecinos de la localidad de Batuco, pueblo cercano a Santiago, donde ellos vivían; del capitán Vicente Romero Rojas, casado, dejando a su viuda Marta Pérez Cordero, y a tres hijos: Vicente de 7 años, Jaime de 5 años y a Marta de 1 año, y del teniente coronel Ignacio Aliaga González, también casado, quien dejó a su viuda de apellido Straube y a su hijo Ignacio Enrique, como también a Jorge Ignacio Aliaga Burrell, un hijo adolescente de su primer matrimonio.
Para otros significó desarrollar su vida familiar en Bolivia, como sucedió con Juan Francisco Prieto Lillo, quien con Carlota Siel y una hija de meses partieron hacia Bolivia, donde tuvieron sus otros hijos, permaneciendo allí hasta 1948, cuando razones de salud de Juan Francisco, los hicieron regresar. Sus hijos mayores vivieron su niñez y parte de la adolescencia en Bolivia y allí aprendieron a amarla y añorarla70.
Para Arturo Benavides Bruce su estadía en La Paz le permitió conocer a Isabel Goytisolo García, de nacionalidad peruana, con quien se casaría y tendría tres hijos: María Eugenia, Patricia y Arturo71. Un caso similar fue el de Emigdio Lobos Ortíz, quien se casa con Gabriela Jaimes-Freyre Farfán, con quien tuvo su hijo Nelson72. También se casan allí con bolivianas Humberto Honorato Arenas, Guillermo López López y Vinicio Matamala Kutz. Por otra parte, son innumerables los que mantuvieron algún tipo de relación amorosa o de amistad con jovencitas bolivianas.
También significó, para algunos la posibilidad de ser valorados profesionalmente como ya se anotó en las páginas relacionadas con las destinaciones y desempeño, como también ser reconocidos con distinciones y altas responsabilidades, tanto en Bolivia como en Paraguay. En Bolivia Aquiles Vergara llegó a alcanzar el grado de General de Brigada por decisión del Senado, sin renunciar a la nacionalidad chilena, Luis Gayán Contador alcanzó el grado de Coronel en Carabineros, como importantes responsabilidades en el primer gobierno de Víctor Paz Estenssoro, sin perder su nacionalidad. Otro es el caso de Carlos Rodríguez Gana quien llegaría al grado de General en Carabineros, pero habiéndose nacionalizado en Bolivia. En Paraguay Gonzalo Montt Rivas recibió diversos reconocimientos, como la decisión de las autoridades de bautizar a un fortín en el Chaco con su nombre, el nombramiento de Vicepresidente de una Asociación de ex combatientes, y el otorgamiento de la ciudadanía honoraria.
Por otra parte, varios contrajeron el paludismo o malaria, enfermedad propia de las áreas tropicales, que en algunos casos fue mortal como le sucedió a Ernesto Gruhs Figueroa, o los acompañó el resto de sus vidas, como le aconteció a Ricardo Contreras Macaya73, y a Pablo Barrientos Gutiérrez74.
La experiencia permitió, además, unir a oficiales con suboficiales chilenos en un quehacer común, como también a miembros de las diversas ramas de la Defensa Nacional y Fuerzas de Orden, como, por otra parte, a civiles con uniformados.
Además, está la amistad que surgió entre los COMBATIENTES chilenos, como se dio entre Ricardo Contreras Macaya, Pablo Barrientos, Jorge Garretón Garretón y Octavio Vergara Rivera, quienes permanecieron vinculados después del conflicto75. También está la amistad que se profundizó entre Pedro Manuel Opazo Espinoza y Raúl Galleguillos Molina, quien vivió, después de la guerra, un largo tiempo en la casa del primero76. La larga amistad entre Emilio Flores Guerra y Héctor Hernández Oñate, que se ha prolongado en sus hijos, hasta el día de hoy77. Las visitas de Vinicio Matamala Kutz a Manuel Irrazaval Benavente,78 y, su amistad con Emigdio Lobos Ortíz, que se manifestó en su hijo Nelson, que lleva por segundo nombre el de Vinicio79.
Otros sufrieron los rigores de la prisión en Paraguay, y sus familias sufrieron esa realidad, como fue el caso de la familia del mayor Manuel Irrazaval Benavente, cuya esposa vivió en Bolivia, acompañada de sus hijos durante la contienda, y que luchó denodadamente por su libertad, formando parte, incluso, de una delegación de mujeres bolivianas que fue a Paraguay a visitar a los presos y abogar por su liberación80.
También está el caso de aquellos que no se sintieron valorados y de aquellos que se sintieron decepcionados de la experiencia, como fueron los casos de Raúl Galleguillos Molina y de Guillermo López López, quienes dejaron publicadas sus reflexiones81, o de aquellos, los menos, que sintieron que los bolivianos les demostraban aprecio a los chilenos, solo en la medida que les eran útiles.
Además, la experiencia les permitió conocer Bolivia y a los bolivianos en su entorno. Así pudieron conocer a las diversas etnias, a mestizos y blancos, con su diversidad lingüística y cultural, junto con la diversidad de paisajes: altiplano, valles y tierras bajas del Oriente. Uno de ellos, Aquiles Vergara Vicuña, solidarizó con entusiasmo con la demanda marítima de Bolivia, a través de numerosos escritos82.
Por último, todos quedaron marcados por la experiencia de la guerra, que algunos trataron de olvidar.
Los testimonios y otros escritos de los combatientes
Tres de los combatientes publicaron trabajos relacionados directamente con la experiencia. Algunos escribieron diarios, hicieron anotaciones, y redactaron sus memorias, en las que se refirieron a su participación en la guerra. Otros dirigieron cartas a sus familiares, y escribieron poemas durante la contienda. También hubo otros que dieron conferencias, hicieron declaraciones a la prensa, y/o fueron entrevistados, y, por último, están los que estuvieron dispuestos a dar su testimonio oral83.
En el primer caso están los cuatro libros y artículos escritos por Aquiles Vergara Vicuña, los cuales fueron, en orden de aparición: Del Caldero del Chaco (1936), Historia de la guerra del Chaco (7 tomos publicados entre 1940 y 1946), "Bernardo Bilbao Rioja. Vida y Hechos" (1948), y Cosas y quisicosas de un problema americano. (Criba de Recuerdos) (1963). Sus artículos aparecieron, una vez terminada la contienda, en la Revista Zig-Zag, de Santiago de Chile84. Luego está La Contraofensiva del Parapetí. Guerra del Chaco (1936), libro escrito por Pablo Barrientos Gutiérrez, y, por último, Bolivia que yo he visto (1936), de Raúl Galleguillos Molina. Todos estos trabajos fueron financiados por sus autores, y todos ellos fueron producto de la iniciativa personal, salvo el caso de la Historia de la guerra del Chaco, que le fue encomendada por el Estado Mayor General del Ejército de Bolivia al entonces teniente coronel Vergara, conjuntamente con el teniente coronel Julio Guerrero, de nacionalidad peruana, pero la hizo solo el primero bajo su exclusiva responsabilidad.
En el segundo caso están las anotaciones de Emigdio Lobos Ortíz, en el margen de libros relacionados con la contienda como El Dictador suicida, de Augusto Céspedes y Apuntes para la Historia de la guerra del Chaco. Picuiba, del coronel Félix Tabera85, también están algunos apuntes de Ricardo Contreras Macaya, que permiten seguir su trayectoria en la guerra, y las "Memorias" inéditas, de Juan del Villar Araya, en la cual consigna aspectos de su participación en la Dirección de la Escuela de Aviación de Bolivia.
En el tercer caso, dentro de la amplia correspondencia que debió haber existido, hemos tomado conocimiento de los reclamos de familiares, sobre todo de madres que dejan de saber de sus hijos, porque éstos han dejado de escribirles, siendo el caso de la madre de Ernesto Gruhs Figueroa el más dramático, pues al recurrir al Intendente Provincial de Aconcagua, autoridad chilena que le correspondía por vivir en la ciudad de Valparaíso, se entera que su hijo ha muerto, producto de fiebres palúdicas, a los pocos meses de terminada la contienda86. También hemos sabido de una carta de Vicente Romero Rojas a su esposa.
En el cuarto caso están los poemas escritos, durante la campaña por Juan Francisco Prieto Lillo.
Por último están los que fueron entrevistados al regresar del Chaco como Guillermo López López, o varios años después de la contienda, como Darío Fontecilla y Carlos Rodríguez Gana, por la Revista del Domingo de El Mercurio de Santiago en 1981, los que dieron conferencias como Arístides del Solar Morel, e hicieron declaraciones a la prensa chilena, al partir a la contienda, o cuando regresaron del Chaco, ya sea temporal o definitivamente, y los que estuvieron dispuestos a colaborar en 1973 con Manuel Velasco I., historiador militar chileno, que pensó escribir un trabajo similar a éste, y que para ubicar a los ex COMBATIENTES chilenos, puso avisos en la prensa del país, a lo cual respondieron Carlos Cuevas Eissmann, Daniel Fuenzalida Mayol, Vinicio Matamala Kutz, Luis Antonio Valdés G. y Juan del Villar Araya, y familiares de algunos de los que ya habían fallecido.
El valor de estos testimonios es muy diverso, pero han constituido una importante fuente, ante la imposibilidad de entrevistar a los propios ex combatientes, salvo a uno de ellos que ha pedido expresa reserva de su nombre. Estos testimonios nos han permitido conocer sus vivencias, sus percepciones sobre Bolivia y sus habitantes, como sus apreciaciones sobre la organización y conducción de la guerra…..”
FUENTE: JEFFS, Castro Leonardo. Magíster en Estudios Internacionales, Universidad de Chile. Universidad de Valparaíso. “Combatientes e instructores militares chilenos en la Guerra del Chaco”.

¿RENÉ BARRIENTOS FUE VÍCTIMA DE UN MAGNICIDIO?


Por: Eduardo Pachi Ascarrunz / Publicado en Página Siete, 4 de mayo de 2019- 

La de René Barrientos fue una vida como hecha para la fabulación y una muerte que se resiste a ser relativizada en los improbables registros del azar. Ya adolescente se perfilaba como un rudo de acción y no dudaba en vaticinar que llegaría lejos. “Él era un hombre inquieto desde su infancia; fornido, siempre mandón, y cuando llegamos a la juventud nadie le quitaba de la mente que él iba a ser presidente” (Alberto Iriarte, amigo de la infancia de Barrientos en el documental El Tata Barrientos, de Siglo XX, Plano Medio).
No lo conocí, personalmente. Es una lástima, pues hubiese querido preguntarle qué lo hizo ser lo que fue, de dónde le venía esa dicotómica vocación por el sacerdocio y la carrera militar, y esa otra sincronía: su sed de poder y ese darse sin medida a los placeres de la carne. Entrevisté, eso sí, a dos de sus viudas y a algunos de sus colaboradores. Unas y otros aportaron valiosos datos, más que nada, sobre su muerte, que es el tema que abordamos.
“A René lo han asesinado y le voy a decir quién fue”. Una tarde de comienzos de los 70, Martha Cuéllar hablaba con una seguridad pasmosa en el living de su casa. Inteligente y serena, la exesposa segunda de Barrientos Ortuño –el primer y fugaz matrimonio del aviador militar fue con la joven criolla Carmen Porro–, se veía bien dispuesta a decir su verdad ante una grabadora. “Bueno, a estas alturas, ya se sabe por qué”, agregó convencida, al lado de una fotografía enmarcada del malogrado mandatario. En ese momento ingresó uno de sus hijos a saludar a la visita y despedirse. El joven era el vivo retrato de su padre.
“Bien, dígame cuál es su hipótesis”, prosiguió. “La que se publicó en el semanario Prensa, ¿la leyó?”, le dije. “Por supuesto. Ahí se insinuaba el porqué, pero hay otros detalles”, añadió. “¿Podría referirlos?”, le pedí al encender un cigarrillo. “¿Usted conoce a Rico Toro?”, inquirió, acercando un cenicero. “Tinino Rico Toro es un militar muy conocido”, respondí. “¿Qué rasgo característico tenía en el rostro?”, preguntó. “Los bigotes”, repuse.
La entrevistada denotaba buenos reflejos y capacidad de raciocinio.
—Bien, bien…, dígame, ¿por qué alguien que siempre lleva bigotes se los tendría que sacar?
—Algunos se los afeitan para mostrarse más jóvenes…
—O para pasar desapercibidos.
—Es otra posibilidad.
La señora Cuéllar, quien aún entonces seguía un juicio por bigamia a Rosemary Galindo, la supuesta tercera esposa de Barrientos, alargó un brazo hacia la mesita esquinera y de un álbum extrajo una fotografía. Me la enseñó.
—Este es el entierro de René –precisó–. Fíjese quiénes están. ¿Los reconoce? –me entregó la foto, en la que se veía al vicepresidente Siles Salinas y al general Ovando Candia, entre otros.
—¿Alguien más?
—No reconozco a los otros.
—Fíjese bien –apuntó con el índice el rostro de un militar uniformado–, usted dijo que lo conoce.
—¿Rico Toro? –dudé, aguzando la mirada.
—Sí, él, el mismo…, sin bigotes. Claro, él tuvo que sacárselos para despistar, horas antes de disparar contra el helicóptero. Fueron tres los que participaron del atentado: uno por cada arma, y un ayudante.
Era la segunda vez que alguien remitía a un atentado de bala como la causa determinante de la muerte del mandatario. La primera salió de boca de un patrullero de tránsito, quien estuvo en Arque, N. Bolívar –conocido árbitro de volibol–, que horas después de la tragedia visitó Radio Centro, en Cochabamba. “Lo han tirado a Barrientos”, dijo, tensionado, a los radialistas, entre ellos Toto Arévalo, entonces muy joven, quien hace unos días me dio este dato, inédito hasta hora. “Cuatro hombres corrieron detrás del cerro. Yo los he visto”, refirió el visitante, quien pidió no ser identificado. Meses después, en un hecho no esclarecido, moría el patrullero Bolívar.
A semanas del suceso de Arque, una comisión investigadora, a la cabeza del abogado Fernando Villamor, estableció datos que contradecían la versión oficial, que atribuía la tragedia a un accidente. El informe de la comisión anotaba que los restos del aparato –desaparecidos rápidamente después del suceso, privando de pruebas a los investigadores– no habían sido trasladados a Estados Unidos; que el helicóptero, al despegar, ya había alcanzado una altura por encima de los cables –simples transportadores de telégrafo– y que, de súbito, como dijeron los lugareños y otros testigos presenciales, “el aparato perdió altura y recién chocó con los cables, enredándose las aspas del helicóptero, cayendo a tierra e incendiándose”.
En la vorágine de finales de los 60 y principios de los 70, continuaron las revelaciones y controversias. Una de ellas desató un terremoto mediático: la del súbdito alemán Gerd Richard Heber, quien atribuyó “los asesinatos de René Barrientos Ortuño, Jorge Soliz Román, Jaime Otero Calderón, Alfredo Alexander y su esposa, Martha Dupleich”, a la “autoría intelectual del general Alfredo Ovando Candia”. Sobre los hechos de Arque, sostuvo que fue Faustino Rico Toro quien disparó una ametralladora contra el helicóptero.
Heber dijo trabajar para la inteligencia de Alemania Federal. Habló en la dirección de HOY el 14 de Marzo de 1970, a un año de la muerte de los esposos Alexander, frente a la familia de éstos, al codirector del periódico, Cucho Vargas y a este cronista. Sus declaraciones determinaron se conformara otra Comisión Investigadora, cuyos obrados quedaron archivados al sobrevenir el golpe de Estado del coronel Banzer (21/VIII/1971).
El 5 de abril de 1971, el expresidente Adolfo Siles Salinas, sucesor constitucional de Barrientos Ortuño, en un mensaje dirigido a la nación reveló que el general Ovando Candia quiso provocar su asesinato tras la muerte del mandatario. “No fue por capricho ni por haber tenido conocimiento del propósito que abrigó Ovando al querer provocar mi asesinato después del entierro del expresidente en Cochabamba, oportunidad en que su agente Salvador Vásquez me dio el ultimátum de 48 horas de plazo para que yo dejara el Gobierno, por lo que me opuse a sus maquinaciones. Fue mi responsabilidad de gobernante lo que me indujo a rechazar toda candidatura oficial”.
Ya entrado el nuevo siglo, llamé por teléfono a Martha Cuéllar, por si tuviera algo nuevo sobre el tema abordado tiempo atrás. “Sólo un disgusto”, dijo, y lo refirió: “Ese mi hijo, al que usted conoció cuando me entrevistó en casa, siguió un curso de paracaidismo, en el CITE. El día de la graduación me sorprendió la presencia de Rico Toro en el acto. ‘Qué hace este tipo aquí’, pregunté. ‘Él va entregar los brevetes’, me dijeron. Monté en cólera, me acerqué al hombre y le dije: ‘Cínico de m…, cómo te atreves a entregarle una credencial al hijo del hombre que has asesinado!’. No pronunció palabra y desapareció de la vista de todos”.
La familia Alexander y los directores del periódico, Bertha Alexander de Alvéstegui y Cucho Vargas, me habían encomendado la indagación periodística de la escalada de asesinatos. En ese lapso sucedieron cosas reveladoras en torno a la muerte de Barrientos. Refiero una de ellas.
“Pachi, te habla Ruth Rivera, me urge hablar contigo; si fuera posible ahora mismo, ¿puedes?”. La llamada de esta amiga de mis mocedades me sorprendió. Eran las 9:00 de la noche y yo estaba cerrando la portada de HOY. “Sí”, le dije, asumiendo su apuro. Media hora después, ella me recibía en su casa de la calle Iturralde, en Miraflores. En la sala, un joven aguardaba ansioso. Ruth nos presentó.
“Soy Milton Zapata, suboficial de la Fuerza Aérea. Fui ayudante personal de mi general Barrientos en los últimos años. No era de su equipo seguridad, mi trabajo consistía en grabar todos los actos públicos e, incluso, sus reuniones privadas”, expresó. “O sea, estuvo en Arque, supongo”, le dije. “Sí, y lo tengo todo registrado”, aseguró, mientras su ánimo se conmovía: “Mi general Barrientos era un padre para mí”, sollozó. Ruth nos invitó un café mientras yo trataba de tranquilizar al oficial. “Cálmese, estoy aquí para escucharlo”, señalé. “Después del escándalo del alemán (Richard Heber), yo sentí la necesidad de hablar con alguien, ¿sabe? Ruth dijo que lo conocía y que usted era de confiar; por eso le pedí que me lo presentara”, rememoró. “Le agradezco su confianza”, le dije.
Transcribo el relato de este leal colaborador del presidente Barrientos, entremezclado con sollozos y la voz ganada por la pena: “La madrugada de ese día me adelante por tierra, de Cochabamba a Arque. A media mañana llegamos a destino. Minutos después aterrizó el helicóptero con mi general Barrientos y los capitanes Orellana y Estívariz. Fueron recibidos con entusiasmo. Grabé los discursos. El último fue el del presidente…, quién iba a decir que era el último.
“Terminado el acto, pasado el mediodía, ofrecieron un almuerzo, seguido de brindis con chicha en tutumas. Se despidieron. Cuando ya iban a partir, como acostumbraba hacerlo yo despedí la grabación, diciendo: ‘Mi general Barrientos y mis capitanes Orellana y Estívariz abordan el helicóptero para dirigirse a Tacopaya. Se enciende el motor, levanta vuelo’. Miré el reloj: ‘Son las 13 y 40 minutos del día 27 de abril de 1969’, dije.
“En ese momento, cuando el helicóptero ya estaba a más de 40 metros de altura y a unos 800 de distancia, la nave perdió altura y cayó a tierra. Se incendió a orillas del río. Todos corrimos. Unos arrieros que estaban más cerca del lugar dijeron que las hélices del aparato se habían enredado en los cables del telégrafo. En medio de la angustia me olvidé de apagar la grabadora. Los gritos y el llanto de la gente fue lo último que se había registrado.
“Yo no quise escuchar esa grabación, porque al morir mi general Barrientos, me quedé como huérfano. Mucho tiempo lloré a solas su muerte. Hace una semana, escuché la cinta. No sabe usted lo que sentí al oírla una y otra vez. Entre el sonido del motor que se alejaba y mi voz despidiendo la transmisión, se escuchan dos ráfagas de ametralladora, seguidas (de una sola ametralladora), distantes pero nítidas. Han debido ser los disparos en el instante que miré el reloj”.
“Aquí está la grabación”, me entregó una cinta de las que distribuía el servicio informativo de la Embajada estadounidense (USIS) a las radioemisoras, “puede usted escucharla”.
Cogí la cinta, la guardé en el maletín y me despedí.
Eduardo Pachi Ascarrunz es periodista y escritor: “Cuando uno va a contar algo, primero debe contárselo a sí mismo, decía el escritor argentino Bioy Casares, y yo me he contado muchas veces la historia que ahora, luego de responderme muchas preguntas y tras horas de reflexión, traté de reseñar en una crónica”.

Foto: Ultima fotografía tomada al helicóptero en el que murió Barrientos. // Artículo disponible en: https://www.paginasiete.bo/gente/2019/5/4/rene-barrientos-fue-victima-de-un-magnicidio-216934.html

DESPUÉS DE 100 HORAS DE REÑIDA LUCHA EL ENEMIGO FUE SILENCIADO (Guerra del chaco)


Miércoles 18 de abril de 1934  —Guerra del Chaco—

"Después de 100 horas de reñida lucha el enemigo fue silenciado en todo el Frente"
"Comunicado Oficial N°37-34 La Paz. 16. — Especial.-

"El Comando Superior del Ejercito en Campaña ha dado el siguiente comunicado oficial que dice “Después de cien horas de sangrienta lucha en "Las Conchitas" nuestras fuerzas han conseguido imponer el silencio en todo el frente, obligando al enemigo a replegarse a sus primeras posiciones dejando en el campo cientos de bajas.
El Comando Superior ha felicitado al Comandante del Primer Cuerpo y a las fracciones que intervinieron en la reciente batalla Firmado.—Comando Superior".



EL GOBIERNO DE ANDRÉS DE SANTA CRUZ Y TARIJA


Del libro: “Historia de Tarija Tomo II” de Edgar Ávila Echazú. / El País de Tarija, febrero de 2019.

Se sabe que Antonio José de Sucre no le tenía ninguna simpatía al general Andrés de Santa Cruz. Decía de él que era “traidor por carácter y por inclinaciones”. Esta opinión no impidió que, al mismo tiempo, reconociera que el altoperuano era ambicioso, inteligente y emprendedor, con mucho de intrigante y, qué duda cabía, un formidable organizador que podía llegar a las alturas de un estadista. Mezcla ésa de defectos y virtudes que el mismo Bolívar avizoró, confiando más en las segundas, pues no por nada lo había elegido como su sucesor en el gobierno del Perú (1826-27); y por ello también lo propuso como vicepresidente del Mariscal Sucre, previa elección constitucional.
Los detractores y los críticos que se ocuparon del actuar político de Santa Cruz en su tiempo, de manera casi injuriosa de parte de los peruanos, argentinos y chilenos, resaltaron con tintes poco menos que tenebrosos la fase fría de su temperamento, así como su avaricia. Pero no pudieron dejar de admirar su fuerza de carácter: esa tozudez que sujetaba a la razón misma. Sus colaboradores se sentían molestos y acoquinados con su parquedad emocional y su maniática dedicación a los detalles más nimios de su trabajo. Y les aterrorizaba su mirada penetrante que, decían, helaba el alma. Sin embargo, hay testimonios que, sobre todo al final de sus días como Protector de la Confederación Perú- Boliviana, caía en sorpresivas depresiones y en inexplicables indecisiones lindantes con una invencible desidia; como se lo comprobó en su todavía misteriosa actitud en Paucarpata.
Entre los vituperios y exageraciones de la pasión política que, en muchos, se confundía con la envidia imponente, caso patente el de Casimiro Olañeta, por ejemplo; y excluyendo los interesados panegíricos que encantaban a su vanidad, para entender esa rica, fascinante personalidad, se debe tomar con pinzas los excesos con los que sus censores y admiradores se refieren al Mariscal de Zepita. A más de tener muy en cuenta que adentro de su alma vivió un ser tierno y, acaso, tímido, que ocultaba su sensibilidad a fin de no entorpecer los objetivos a los que nunca renunció: una concepción exacerbada del servicio público en función de un ideal poco o nada comprendido en sus alcances. A ese ideal Andrés de Santa Cruz, como lo había hecho otro soñador e implacable amo de sus obsesiones: Simón Bolívar, le ofrendó sus capacidades, que eran muchas, su inteligencia extraordinaria y su vida misma.
La impasible y gélida Historia nos dejó una sola certeza: ese altoperuano tenaz en cuyas venas corría la febril sangre de sus abuelos conquistadores; y ese medio quechua, heredero de los soberbios incas, fue el hombre que su tiempo y nuestro país exigían. ¿Qué otro sudamericano habría realizado con tan descarnada pasión y con tal inusual inteligencia todo lo alcanzado por él?.
Tal vez los tarijeños de aquellos tiempos debieron ser los que más comprendían al hombre, al estadista y a su sueño. Y por eso el Mariscal de Zepita siempre demostró sin reticencias su afecto y hasta su admiración por nuestras gentes. Lo cual explica, asimismo, que fuera uno de los muy pocos presidentes bolivianos del siglo XIX que se preocupó por nuestros problemas como ciudadanos de Bolivia; y lo hizo con sincero respeto a esa condición.
A pesar de ser harto conocidos sus actos de gobernante, los increíbles logros suyos en la administración y organización de la institución boliviana, así como la creación y mantenimiento de la desgraciadamente corta existencia de su obra mayor: La Confederación Perú-Boliviana que, precisamente, pudo llevar a cabo en base a lo realizado en los órdenes económico, jurídico y político que sustentaron la cierta estabilidad sin discordancias graves de las relaciones sociales, el fortalecimiento del ejército nacional y, finalmente, sus nada comunes dotes diplomáticas, valorando objetivamente esos aciertos suyos, no podemos dejar de examinar algunos aspectos de esa tarea, ya que ellos gravitaron en la vida de Tarija.
Comenzaremos por algo que, en nuestro criterio, no ha sido tomado en cuenta, cuando no soslayado: ¿Por qué Andrés de Santa Cruz consiguió que la administración estatal funcionara como un verdadero engranaje? Los trastrocamientos de la guerra emancipatoria que desarticularon la economía y el orden en el Alto Perú, de 1810a 1816, incidió en el desorden y hasta en la indiferencia de la burocracia del nuevo Estado, pues no era sino una manifestación de la incoherencia y la debilidad política de la nueva República.
El Mariscal Sucre trató de dar fin con ese estado de cosas; pero su política liberal o sus empeños para hacer comprensibles y aceptables los postulados liberales, chocaron con la estolidez criolla-feudal; quizá por las naturales reacciones a los voluntarismos ideológicos de algunos de sus colaboradores, decididos a cambiarlo todo a raja tabla o destruyendo sea como sea el anterior orden. Porque no hay que negar que varios de sus ministros se dieron a desenfrenos que no eran no sólo inadmisibles para la Curia, sino para la mayoría de los ciudadanos. La derogación justiciera de los diezmos eclesiásticos y la confiscación de algunos bienes de la Iglesia (incautación simple y llana y hasta brutal de conventos y sus riquezas y expropiación de otras propiedades urbanas y rurales), le permitieron a Sucre contar con ingresos de no poca monta: sobrepasaban los 8 millones de pesos. Los conventos y otros edificios de la Iglesia que no fueron a parar a las escuelas recién creadas, sino a los cuarteles donde se alojaban los oficiales y las tropas del Ejército de la Gran Colombia; y la disposición ilegal entonces de tener el Estado las potestades de la Corona en el nombramiento de las autoridades y del mismo clero llano de la Iglesia; amén de la ocupación de importantes cargos burocráticos por extranjeros, son algunas de las medidas de tipo jacobino que sirvieron de caldo de cultivo donde se alimentó un nacionalismo pacato, con los enceguecimientos políticos; instigadores ambos de una clara actitud de boicot en los estamentos burocráticos. Tal la herencia que recibió Santa Cruz.
Ante ese cúmulo de actos y circunstancias adversas, ¿cómo procedió el Mariscal de Zepita? Con mano de hierro y remediando, de paso, ciertas injusticias. Los empleados vivían en condiciones de mendicantes, de idéntica forma que los maestros y los soldados del ejército nacional que, en realidad, como tal no existía, aunque contaba con algunos oficiales de la época de la ‘emancipación y uno que otro criollo ex-realista. Como a otros organismos, el presidente Santa Cruz les dio un Tribunal Militar y severas disposiciones disciplinarias, y, desde luego, mejores pagas; porque ese ejército debía de ser uno de los pilares de la conducta ética necesaria para cohesionar a los integrantes de ese cuerpo en la consecución de una superior misión. En verdad, los oficiales que no hacía mucho combatieran por otro ideal algo incierto: la independencia de la opresión política española, se dieron cuenta que si bien ese sueño había terminado en obscuras realidades, ahora se les ponía en frente tareas más concretas y benéficas; pues a ellos se les encargó, con el poder de sus armas, edificar los cimientos de una patria y de un Estado que ya nada debían a las abstracciones de los doctores charquenses. O, al menos, las prédicas y los cuidados de Santa Cruz por esos soldados así lo hacían entender.
Una vez que el Mariscal de Zepita dejó Bolivia para asumir el Protectorado de la Confederación por él creada, vio con una simplona amargura, que la consecuencia de esa ambición suya había costado demasiados sacrificios a Bolivia; porque él era “más peruanista que boliviano”, a más de otras razones esgrimidas por los patriotas a ultranza. Los que así pensaban, no sin una cierta objetividad, no eran sino los que, por intereses políticos e individuales mediatizadores, de una u otra forma contribuyeron a esa empresa. Los oficiales y soldados de Santa Cruz, en cambio, sabían muy bien que la gloria prometida no podía conseguirse sin inmolaciones humanas y sin la abnegación ofrecida a quien se convirtiera poco menos que en un dios para ellos. Si emprendieron con fanatismo y con innegable coraje las campañas guerreras del Mariscal, no lo hicieron como si fueran a una expedición a las ruinas incaicas del Perú.
Con iguales pensamientos y designios, los oficiales y soldados tarijeños combatieron en aquellas campañas crucistas; y no es exagerado decir que su contribución en ellas fue decisiva en muchos combates y batallas, planificadas y dirigidas por Santa Cruz.
Anotemos algo más a la delimitación razonada de las críticas a la gestión administrativa del Mariscal Santa Cruz; pues ellas conciernen también a Tarija. Los historiadores y, en especial los sociólogos-politólogos, censuran con acerbas objeciones sus disposiciones y decretos referentes a las relaciones sociales y económicas, con los métodos de valorización, o desvalorización ideológica, más bien, porque se reducen a “lo que debió hacerse o “no debía haber sido hecho”; esto es, de acuerdo a premisas conceptuales claramente a-históricas que analizan los hechos del pasado con las miras ideales del presente. Esos “análisis” jamás examinan esos hechos considerándolos dentro de su específico marco temporal histórico. Parece ser que no acaban de comprender que las obras de quienes los dirigieron estaban condicionadas, incluso sus ideales direcciones, por los derroteros del pasado; condicionadas en el sentido de la imposibilidad de rehuirlos, ya que su forma ineludible no podía realizarse sino es partiendo de sus peculiaridades precisamente históricas. Toda reforma histórica se moviliza sólo si se sabe exactamente qué es posible reformar en determinado tiempo y conociendo cuáles son las cosas inmutables de “ese” tiempo.
Veamos un ejemplo. Se acusa a Santa Cruz de haber sido un liberal anacrónico; una mezcla de reaccionario conservador y de tibio liberal. Los que así lo caracterizan lamentan (lamentar es decir poco, condenar sería más acorde con el pensamiento de tales críticos), y se rasgan las vestiduras por que no procediera como un “liberal revolucionario”; habrían deseado que fuera un reformador radical, algo así como una especie de Castelli en todos sus actos, dado el poder que ejerció a discreción; sin precisar, pero, que tal poder provenía ¿de quiénes? ¿se lo habían dado acaso los campesinos o los indios de los ayllus? O, tal vez, ¿ese poder le había sido concedido o delegado por los artesanos y comerciantes mestizos? Es ocioso ahora precisar que Santa Cruz no fue, ni quiso serlo, un revolucionario socialista. Es más, tampoco podía serlo en el país o en los países que gobernó. De haberlo intentado, desde cualquier punto de vista que se examine su actuar, no habría logrado ni siquiera reorganizar la burocracia y, menos, imponer un elemental orden en la casa que regentaba. Al respecto, es claro que no cabía en su mente ser un puro idealista, manejado por otros vagos soñadores, como lo fue Sucre. Tenía muy a la vista a qué nos habían conducido las altruistas ilusiones de éste y de aquéllos.
Y, entonces, ¿la Confederación por él instrumentada no fue también un sueño o un obcecado voluntarismo suyo? Creemos, y la Historia nos lo documenta suficientemente, que esa obra se llevó a cabo procediendo con la máxima objetividad, con la atención menos idealizante a las realidades que tenía al frente; con una lúcida mirada política a las circunstancias favorables para su ejecución; analizando, en suma, las condiciones estrictamente temporales y sus posibles desarrollos. Es decir, como un estadista -y Gran Estadista de su época, que lo fue-, Santa Cruz prefiguró esos desarrollos y los dirigió a sus específicas finalidades temporales, con los instrumentos que el poder o los poderes conseguidos le permitieron hacerlo. Digámoslo una vez más: La Confederación tenía que ser en ese preciso momento histórico algo tangible que se fundamentó en poderes también tangibles: económicos y políticos. Y éstos, entiéndase bien, no permitían ninguna reforma ni revolución socialista, como desearían que hubiese sido las mentes alienadas de sus críticos actuales.
Nada más vano, fue, que imputar de “reaccionaria” o inocultablemente “exploradora” la política social y económica de Santa Cruz. Heredó un orden, mejor sería decir un desorden; una situación sino de caos, sí de incoherencias retardatarias: un desarreglo de las finanzas estables, que se extendía a la tímida economía financiera privada incapaz de dirigir por sí sola la producción minera, el trabajo artesanal y las relaciones comerciales; es decir, un desbarajuste del orden precedente. Los caudales de la Iglesia incautados por Sucre, destinados algunos a escuelas que no funcionaron como debían, pronto se esfumaron. Y las propiedades de la Curia no pudieron ser ventajosamente vendidas, por lo que fueron arrendadas; y el Estado, además corrió con el pago de los sueldos de los eclesiásticos.
Según Herbert S. Klein, que ha expuesto y analizado con mayor claridad -pero con lamentable prosa- los procesos económicos y sociales de la historia boliviana, Andrés de Santa Cruz más que un liberal fue un acérrimo partidario del mercantilismo proteccionista. Como tal impuso aranceles a la importación; cosa ésta que en su administración fue algo acertada, porque alentó el crecimiento artesanal e industrial, éste de poca importancia por entonces. Incentivó el comercio por el puerto de Cobija (que Bolívar logró para Bolivia de la Argentina, como se recordará), construyendo una carretera desde allí a Potosí; y en ese puerto intensificó lo que a fines del virreinato ya funcionaba para mayor beneficio de Salta. Y, luego, ya en los breves años de la Confederación, impulsó todo el comercio y la recaudación de impuestos por Arica. Sin embargo, superó el proteccionismo cuando, para levantar la decaída producción minera, redujo los impuestos a los minerales de exportación, previa reorganización de las aduanas, incrementando también los créditos públicos. Y aun así los ingresos de las exportaciones no fueron suficientes para solventar los gastos estables. En lo que toca a Tarija, se vio algo favorecida por el comercio de textiles, en una medida no superior a la del año 1810.
Y aquí viene lo que corrobora nuestra opinión sobre el verdadero poder económico con que contó el Mariscal Santa Cruz. Se recordará que, desde los finales años del orden virreinal, se produjo una especie de revolución en las zonas rurales con la acumulación de las propiedades por parte de los mestizos ricos, la mayoría contrabandistas, que trajo consigo un importante incremento poblacional. El presidente Santa Cruz se dio cuenta de las ventajas del Estado boliviano que había ejercido para sí todo el antiguo poder. Por eso aumentó y regularizó el cobro de los tributos de los ayllus y de las propiedades agrícolas, controlándolas con un censo, como lo hicieran las autoridades virreinales. Y desde entonces todos los gobiernos sucesivos continuaron con esa política, a veces en demasía exaccionista.
Así es que los sacrificios que exigió Santa Cruz para destinar sus frutos a las campañas de la Confederación, se volcaron sobre las espaldas de las comunidades o ayllus altiplánicos y en las de los campesinos de los valles. La tributación rural, no se debe olvidar, también sostenía a los doctores criollos de las ciudades que, paulatinamente, se apoderaron de las haciendas de los españoles y de los otros criollos empobrecidos; y de esa forma se conformó la clase terrateniente republicana. En Tarija no hubo tales cambios, porque los terratenientes nunca sufrieron ni en sus condiciones sociales ni en sus privilegios, por la sencilla razón de ser, en su mayoría, tan labradores y sacrificados trabajadores como sus arrendatarios, debido a la situación en que había quedado terminada la lucha emancipadora. El feudalismo paternalista, pues, se mantuvo sin protesta alguna.
Finalmente, el Mariscal Santa Cruz tuvo el acierto de instaurar una sólida institucionalidad republicana; resquebrajada o deteriorada cuando dejó el poder. Encargó la redacción y recopilación de las leyes que regían la existencia social, política y económica del país; y para esto contó con prestigiosos juristas, como Pantaleón Dalence, Loza, Sánchez de Velasco, y otros más. Los códigos, civil, penal, de procedimientos y mercantil, se aprobaron en 1831, y el de la minería en 1834. Y por ellos Bolivia fue la primera nación sudamericana con esas reglamentaciones jurídicas que tuvieron como modelos a los famosos códigos napoleónicos; inspiración esa que también se evidenciaba en casi todas las actividades culturales y sociales de la República.
La formalidad republicana, pronto se dejó de lado, y Santa Cruz consiguió, con el beneplácito de los estamentos dirigentes y sus representantes en el Parlamento, y con el de los mismos comerciantes y artesanos mestizos, inclusive
con el apoyo de algunos curacas que lo tenían como la reencarnación de los antiguos incas; con toda esa adhesión, el presidente Santa Cruz obtuvo poderes prácticamente dictatoriales; y de tal manera ellos se extendieron a la censura de la prensa. Pero, como lo hace notar H. S. Klein, fue a veces demasiado tolerante con la oposición política. La verdad es que reinó por algún tiempo una real paz imperial romana, que trajo muchos provechos para la nación. En Tarija, quizá más que ninguna otra región del país, Santa Cruz tuvo a su favor una casi absoluta y jamás discutida adhesión, manifestada, por ejemplo, en la contribución de sus más prestigiosos militares que con tanto desinterés y ardor le siguieron en la concreción de sus planes.
TARIJA ELEVADA A DEPARTAMENTO
La decisión del Congreso de 1828 para que Andrés de Santa Cruz se hiciera cargo de la presidencia de la República, tenía un origen de no muy clara legalidad que podría ocasionar disensiones funestas que el mismo Mariscal advirtió, o que su puntillismo formalista le indicó. La Asamblea, en efecto, había anulado la elección que lo acreditó como presidente, ante el inmediato peligro de una onerosa invasión de las tropas peruanas mandadas por Agustín Gamarra; y, en cambio a fin de evitarla, le entregó la presidencia al general Pedro Blanco. Recién a la muerte de éste, y habiendo sido llamado el general Velasco para que ocupara su anterior cargo electivo de vicepresidente, se examinó la prelación que le correspondía al general Santa Cruz. Cuando éste tenía dirigido al país por cerca de dos años, convocó a otra Asamblea Constituyente. Instaladas sus sesiones, el Mariscal presentó un detallado informe de sus actos administrativos, y en seguida fue designado Presidente Constitucional con todas las de la ley. En ese cónclave se aprobaron también los códigos que él había encomendado redactar y, seguidamente, la segunda Carta Magna del Estado boliviano.
En la Constitución sancionada por Santa Cruz, tuvo mucho cuidado de señalar que “la Provincia de Tarija está comprendida en el territorio boliviano”; ya que en la Asamblea de 1826, y también en la de 1828, sólo se procedió a reconocer a los diputados del Distrito de Tarija, y nada más. En la Asamblea de 1831, pues, con la expresa venia del Presidente, se revisó el proyecto antes rechazado de los diputados Trigo, Hevia y Baca y Mendieta. El 22 de septiembre se insertó en él algunas modificaciones y se lo aprobó. Es así que, por Ley de la República, del 24 del mismo mes, se eleva a Tarija a la categoría de Departamento. Los artículos de dicha ley hacen constar lo siguiente: “Art. Io. Se erige la Provincia de Tarija en Departamento. Art. 2o. Para la dotación de todos los empleos y establecimientos necesarios, se autoriza al Gobierno para que presente en la próxima legislatura los datos más convenientes. Art. 3o. El artículo primero no tendrá efecto hasta que las Cámaras con vista de los datos que se exigen por el Artículo segundo arreglen las rentas, provincias y todo lo conveniente al Departamento”. Firmaron esa Ley el Presidente Andrés de Santa Cruz y el Ministro del Interior Manuel José de Asim.
No obstante esa decisión, los pacientes y nada chicaneros diputados tarijeños, al contrario de los demás representantes del país, tendrían que esperar se corrija otra anomalía constitucional: ¡el 24 de octubre de 1834, en la nueva Constitución promulgada por el propio Mariscal Santa Cruz, en su art.3°, se hace figurar a Tarija como “Provincia”! Curioso olvido el de Don Andrés de Santa Cruz, tan meticuloso él en sus decisiones gubernativas. Y asimismo sorprende el silencio con el cual los dirigentes tarijeños soportaron esa nada grata omisión.

LA PRIMERA EMIGRACIÓN ARGENTINA.

PROPUESTAS PARA ANEXIONARSE A BOLIVIA DE SALTA Y JUJUY

En plena organización de la Confederación Peruano-Boliviana, el Mariscal Santa Cruz, acogió a unos cuantos exiliados argentinos; y lo hizo haciendo oídos sordos a los resquemores de su vicepresidente, don Mariano Enrique Calvo, quien no podía ni siquiera sentir el apelativo “argentino”, de seguro por ciertas experiencias que tuviera durante las estadías de los ejércitos auxiliares del Río de la Plata en Chuquisaca.
Santa Cruz en verdad sabía bien de quienes de trataba, pues no eran esos emigrados unos desconocidos en Bolivia ni tampoco para él mismo. Así, por ejemplo, don Domingo Oro, quien había llegado muy joven a Chuquisaca, como secretario de la Misión Alvear-Díaz Vélez, en 1825, precisamente para reclamar Tarija y la adhesión del Libertador Bolívar a los enfrentamientos de la Argentina con el Brasil, a raíz de sus contenciosos por la Banda Oriental. Domingo de Oro fue todo un personaje de la novela sudamericana de los tiempos de la formación de las nuevas repúblicas emancipadas de España. Combatió en diversas facciones políticas en su patria. Periodista en Buenos Aires, San Juan y Entre Ríos, concurrió más tarde a la campaña del Desierto dirigida por Juan Manuel de Rosas, en 1833; y a otras anteriores durante las convulsiones anárquicas de 1821 a 1830. Se enemistó con el Protector Rosas, y huyó a Chile, donde se entremezcló en negocios mineros, los que los trajeron nuevamente a Bolivia, ya cuando gobernaba Ballivián. En 1844 éste le encomendó una misión nada grata: la de espiar a los crucistas, y al mismo tiempo dirigir una tarea propagandista a fin de lograr un Tratado de Límites con el Perú. En La Paz, se unió con otros exiliados: Bartolomé Mitre y el general Wenceslao
Paunero (Nota: Wenceslao Paunero llegó a intimidar tanto a Ballivián que se casó con una hermana suya, llamada Petrona. Esta había tenido antes relaciones con un sobrino del Mariscal de Santa Cruz, su edecán, además: Fructuoso Peña. De esas relaciones nació un niño, que se dice fue el historiador, periodista y político, José Rosendo Gutiérrez. Fructuoso Peña se complicó en un complot para asesinar a Ballivián, y descubierta la conjura fue fusilado). Con esos compatriotas Domingo de Oro reeditó el primer diario de Bolivia: “La Época”; publicación que tuvo mucha influencia en la vida social, cultural y política durante el gobierno del Vencedor de Ingavi.
No tenemos datos ciertos sobre una posible estadía de Domingo de Oro, Bartolomé Mitre y Paunero en Tarija; pero otros exiliados argentinos sí estuvieron en la Villa; así por ejemplo, don Félix Frías, que dejó una abundante correspondencia donde habla sobre las intervenciones de los políticos, militares y abogados de Tucumán, Salta y Jujuy en Bolivia, especialmente en Chuquisaca y La Paz. Quizá los dos exiliados más conocidos y apreciados en Tarija fueron el general Álvarez Arenales y el también general José Ignacio Gorriti; a quien a veces se confunde con su hermano: uno de los personajes de mayor relieve en los agitados tiempos de la emancipación y, sobre todo, por su actuación en el Congreso de Tucumán, de 1816, que proclamó la independencia de las Provincias unidas del Río de La Plata. Juan Ignacio Gorriti había llegado a ser canónigo en los días precedentes a la revolución del 25 de mayo de 1810; y a él se le debieron decisivos esclarecimientos ideológicos sobre el proceso libertario. Dejó una “Autobiografía”, y una anterior “Memoria”, en las que, según A. R. Bazán, vislumbró y justificó la evolución revolucionaria con su tesis de la caducidad del gobierno virreinal y la “retroversion de la soberanía del pueblo americano”, que tanto influjo ejercía sobre los dirigentes políticos de Salta y Jujuy; a los que el virrey Cisneros tenía entre ojos antes de 1810. Si la “Memoria” de Gorriti fue tan leída en esas ciudades y en Buenos Aires, no es improbable que algunos tarijeños, como los Echazú, Trigo, Flores o Mealla, la hubieran conocido. Al canónigo se le debió el pronunciamiento salteño en apoyo de la junta de Gobierno que gobernó a nombre de Fernando VI, muy hipócritamente; y que estuviera integrada por nuestro paisano Saavedra, y por Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Matheau, Larrea, muy conocido en Tarija, Paso, Mariano Moreno y Deán Funes.
A más de aquella labor intelectual, el canónigo integró la Junta Provincial Gubernativa de Salta, que contó con la total adhesión de los tarijeños; y ahí defendió el federalismo municipal, contrario al federalismo de las intendencias y posteriormente de las provincias, que fue propiciado por el famoso jujeño Deán Funes. Más tarde fue diputado en Buenos Aires, y expulsado por el Primer Triunvirato. Después de un largo retiro de la política, retornó a ella, en 1824, como diputado por Salta al Congreso de Buenos Aires; y, en 1828 se hizo cargo de la gobernación de Salta. Había nacido en 1777, y estudió Teología en Córdoba, se exilió en Bolivia, presumiblemente en 1831.
Su hermano tuvo una no menos activa y azarosa intervención en la política argentina. Combatió en las milicias de Güemes, vanguardia del Ejército del Norte, sucedió a éste en 1820 en la gobernación de Salta; y en abril de 1821 venció al general español Mariquiegui. Como su hermano, comenzó estudiando Teología y Filosofía en Córdoba, y, finalmente, abogacía; carrera ésta que no terminó, por la muerte de su padre, miembro de una muy rica familia. Fue entonces que se alistó en las filas patriotas.’
Participó en el Congreso de Tucumán de 1816, firmando el Acta de Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica. Como oficial del Ejército del Norte y de las milicias de Güemes suponemos que debió estar en tierras tarijeñas. Unitario enemigo de Rosas, se vio obligado a emigrar a Bolivia, radicándose en Tarija, con su familia y su hija Juana Manuela, que daría tanto que hablar en los círculos sociales, políticos y culturales bolivianos, desde que se casara con Isidoro Belzu, en 1832. Había nacido en Salta, en 1818. (Nota: Hace unos años se publicó en Buenos Aires una biografía novelada de Juana Manuela, desgraciadamente escasa de virtudes literarias y muy pobre en el manejo documental).
Don Humberto Vázquez Machicado escribió un breve estudio titulado “Bartolomé Mitre y la cultura boliviana” (que se ha incluido en sus “Obras Completas”, tomo IV), que ahora nos servirá para la siguiente relación. El escritor cruceño utilizó, a su vez, algunos datos del escrito de Ricardo Rojas “Los Proscriptos”. Y de acuerdo al historiador argentino “Dos grandes emigraciones liberales se produjeron en las Provincias del norte después de la fundación de Bolivia: una es la que en 1828 sigue a la caída de Rivadavia y a las invasiones de Facundo (Quiroga) en Tucumán, Catamarca y Salta; otra en la que en 1840 sigue a la inmolación de Avellaneda, al desastre de Lavalle, al fracaso de la “Liga del Norte” contra la tiranía. La primera es una emigración de tipo “unitario”, con el Dr. Gorriti por guía, sincrónica de la de Florencio Varela en Buenos Aires. La segunda es la emigración de tipo “romántico” -por decirlo así-, gemela de la que siguió en el Plata al fracaso de la Revolución del Sur y a la dispersión de la “Asociación de Mayo”. A estos habría que agregar aquellos que vinieron a Bolivia por Chile”.
Casi al mismo tiempo que arribaba a Bolivia, y primero a Tarija, Juan José Gorriti y el gran Álvarez de Arenales, llegaba también otro ilustre salteño: Teodoro Sánchez de Bustamante, doctor de la Universidad de “San Francisco Javier”. Desde que egresara de sus aulas, Bustamante parece haberse ganado la simpatía y el afecto de la elite charquense, pues fue sucesivamente asesor del Cabildo de la Plata y relator de la Real Audiencia de Charcas y como tal se puso al lado de los facciosos del 25 de mayo de 1809.
Cuando el general Nieto, por orden del Virrey del Perú, se hizo cargo de la represión a los sediciosos charquinos, huyó a Jujuy, donde lo sorprendieron las noticias de la Revolución de 1810 de Buenos Aires. Allí sucedió con él lo mismo que en Chuquisaca; por sus evidentes conocimientos y méritos ejerció el cargo de Fiscal interino de la Real Audiencia de Buenos Aires, luego, pasó a Asesor del Cabildo de Jujuy, Fiscal de la Cámara de Apelaciones y, de inmediato, auditor general del ejército auxiliar del Perú que comandó Manuel Belgrano. En 1816 representó a Jujuy en el Congreso de Tucumán, con el mandato, como dice A.R.Bazán de “promover la sanción de la absoluta independencia del Estado de la Corona de España, propender a la consolidación del gobierno general bajo la unión sólida del territorio y el recurrente gran tema de los jujeños: la igualdad de derechos de cada ciudad, las que debían constituir un solo Estado bajo de pactos solemnes y expresos”; esto es, los fundamentos unitarios. (Nota: En ese Congreso, recordemos, se destacó como “el primer orador de aquella Asamblea”, según don Bernardo Frías, nada menos que el altoperuano José Mariano Serrano, y lo hizo con una tesis monárquica).
Sánchez de Bustamante, con Facundo Zuviría, Mariano Gordaliza, el ex- gobernador de Tarija, Fernández Cornejo y Juan Ignacio Gorriti, a más del coronel Eduardo Arias, fundaron un partido, “La Patria Nueva” que, en esencia, era una reacción al caudillaje, sobre todo al que ejerció Güemes en Salta y Jujuy, con un credo liberal. Contra éste se organizó otro, “La Patria Vieja”, con la jefatura del coronel don José Ignacio Gorriti, de clara adhesión a Güemes que, ante la requisitoria de un orden constitucional, opinaba “primero tengamos la patria independiente”. A los de la “Patria Nueva” se les opuso el nuevo caudillo Bernabé Aráoz, de prestigiosa actuación en la lucha emancipatoria y en el ejercito del Norte, muy afecto a Belgrano. Como gobernante de Salta fue un político progresista y de mucha sensibilidad para los problemas sociales de sus paisanos. No tardó en tener profundas disensiones con Güemes. Con esos encontrados intereses, que en el trasfondo sostenían los estamentos terratenientes y de comerciantes de las demás provincias, es que se produce el inevitable enfrentamiento del período anárquico argentino. En sus comienzos y en ese río revuelto le pareció oportuno a Pedro Antonio de Olañeta, invadir nuevamente Jujuy. En esa ocasión José Ignacio Gorriti derrotó la vanguardia comandada por el coronel Marquiegui (abril de 1821). Luego sobrevinieron los sucesos posteriores a la muerte de Güemes, y un período breve de cierta estabilidad en el norte. Álvarez de Arenales volvió a ser, en 1823, gobernador de Salta, sucediendo a José Ignacio Gorriti, y contó con la colaboración del Dr. Teodoro Sánchez Bustamante. En ese mismo año Facundo Quiroga se impone a los caudillos procedentes de las elites revolucionarias. Hubo un Congreso en Buenos Aires, en 1824, donde descolló, pero sin que se aceptaran sus tesis, el canónigo Juan Ignacio Gorriti. Fue un Congreso constituyente y legislativo, que respetó las ideas federales pero también cayó en las rencillas instrumentadas por los unitarios. Y desde 1826, cuando Quiroga vence a Lamadrid, el jefe unitario -que casi muere en la batalla de Tala, Octubre de 1826-, ya es incontenible la guerra entre federales y unitarios. La cual origina la primera fase de la emigración a Bolivia.
Si me he detenido en la enumeración de los acontecimientos anteriores, es porque ellos nos ayudan a comprender mejor el porqué de los empeños anexionistas de los tarijeños que vieron en Bolivia una mayor seguridad para la existencia republicana de nuestra región, y, a la vez, a fin de entender la protección brindada, primero por el Mariscal Santa Cruz y, luego, la del general Ballivian a los exiliados argentinos de tan notorias personalidades.
Pero ese exilio masivo en realidad comienza después de una serie de triunfos de Facundo Quiroga, que culminan con la batalla de la Ciudadela, 4 de noviembre de 1831, donde vence abrumadoramente a Lamadrid, quien tiene que refugiarse en Bolivia, con su familia, por expresa concesión del “Tigre de los Llanos”. Este decreta el destierro de otros unitarios, con la excepción de Rudecindo Alvarado, por el prestigio como gran colaborador de San Martín; quien sin embargo, pronto se autoexilia. Quiroga hizo pagar caro a José Ignacio Gorriti, quien había invadido La Rioja con una facción salteña, en 1829. Bazán dice al respecto “Los políticos y militares unitarios emigraron a Bolivia”. Según la expresión del canónigo Gorriti,” “huyeron así a bandadas”. Los hermanos Gorriti, Alvarado -que decidió compartir la suerte de sus compañeros de causa-, Marcos Zorrilla, Dámaso Uriburu, Facundo Zubiría y los ex-gobernadores de Tucumán José Frías, y de Catamarca Miguel Díaz de la Peña, entre muchos otros, salieron rumbo al exilio. Algunos ya no volverían. El presidente de Bolivia, Mariscal Santa Cruz, condolido de sus desgracias, los ayudó con la suma de 15.000 pesos, entregada al general Alvarado para que fuera distribuida entre los emigrados. Hizo todo lo posible para brindarles “la más generosa hospitalidad”, a la cual contribuyeron los tarijeños.
Para terminar esta exposición, sigamos aún a A.R. Bazán: “Las guerras civiles del Norte habían provocado una considerable migración de jefes militares y dirigentes políticos de tendencia unitaria, sobre todo a partir de la batalla de La Ciudadela. La lucha estaba planteada en términos crueles donde el vencido era fusilado o proscripto. Eso estaba protocolizado en los términos del tratado suscrito entre Heredia e Ibarra y en la idea persecutoria que expresa el primero en sus declaraciones y correspondencia, pese a haber comprometido un gobierno liberal a los tucumanos de su provincia y haber anunciado su
disposición a respetar las opiniones políticas cualesquiera que ellas fuesen. Esa emigración se orientó mayormente a Bolivia, país que concedió un generoso asilo y cuyas autoridades brindaron a los exiliados protección y también ayuda para su decorosa subsistencia. Estaban frescos los vínculos del Norte con las provincias “de arriba” sustentados en motivos sociales, culturales y comerciales. Durante mucho tiempo el Alto Perú había sido el puerto seco del Tucumán”.
“En rigor, la migración comenzó antes de La Ciudadela. Durante la guerra de federales contra rivadavianos, el gobernador Arenales fue derrocado en 1827 por el coronel José Ignacio Gorriti y se asiló en Bolivia, bajo la protección del presidente Sucre.
La derrota de los restos de la Liga Unitaria, el 4 de noviembre de 1831, provocó un éxodo masivo: Miguel Díaz de la Peña, Lamadrid, Facundo Zubiría, los hermanos Gorriti, Javier López, Manuel Puch, Mariano Achá, José Frías y muchos otros jefes y oficiales del ejército de La Madrid, que integran un total de 191 hombres. Varios ex-gobemadores. congresales nacionales, dirigentes políticos, algunos de primer nivel intelectual, que significaron un drenaje sensible para la vida social y cultural de las provincias. Años después, en tiempos de la “Coalición del Norte” contra Rosas, el contingente se amplió considerablemente.”
“En ese núcleo, y también en dirigentes salteños que permanecieron en el país como Rudecindo Alvarado y Evaristo Uriburu, comenzó a germinar una idea segregacionista”, continúa Bazán. “Si las Provincias Unidas no se habían organizado constitucionalmente; si el sistema político era el que dictaba la voluntad de los caudillos federales; si ningún hombre de la oposición tenia seguros sus derechos, su propiedad y su vida, ¿por qué no gestionar la incorporación de La Provincia de Salta a la nación boliviana, que había formado parte del mismo cuerpo político? Estos fueron algunos de los razonamientos que justificaban la idea. Unos hablaban de una incorporación lisa y llana, toda vez que Salta no tenía comprometida su adhesión a una nacionalidad todavía inexistente; otros sugerían que la forma apropiada sería pedir el protectorado de Bolivia. Y hubo quienes, como Lamadrid, pensaron que había que salvar al menos “las tres o cuatro provincias que nos quedan” —se refería a la Liga del Interior- pues creo en último caso debemos primero ser bolivianos, que pertenecer al bandalaje”. Esto lo escribía el 29 de mayo de 1831, desde su campamento de Ojo de Agua, al gobernador de Catamarca Díaz de la Peña. “Por esos mismos días (19 de junio de 1831), Evaristo Uriburu, gobernador delegado de Salta, sugiere a Alvarado que para negociar la paz con las fuerzas de “la Liga del Litoral” era preciso restaurar los límites del Virreinato del Río de la Plata, sacando partido de las desinteligencias entre Perú y Bolivia, lo cual
lisonjearía a los porteños y a los bravos defensores de la Nación. Proponía escribir a Gamarra, presidente del Perú, porque en su sentir era mejor “ser señor que esclavo”. Y seguía: “Los hombres del Norte saben que de triunfar el Litoral quedaba sellada la suerte de su vida económica, destinada a vegetar según las pautas impuestas por los hombres de Buenos Aires”. Bazán prosigue: “Es el problema que otro salteño puntualizaba con más claridad al gobernador Rudencindo Alvarado: “Si este asunto… se lograse -se refiere a la recuperación de las provincias altoperuanas- se consolidaría la república fácilmente, porque se habría librado de ese padrastro -Buenos Aires-, se podría establecer la capital en Tucumán, librando al gobierno del influjo pernicioso de los comerciantes ingleses, la riqueza metálica de La Paz y Potosí equilibraría a la de Buenos Aires, y los diputados de arriba a los de esta última ciudad”. El proyecto de organizar a la nación sin Buenos Aires, contaba con las provincias altoperuanas, tenía coherencia y sobre todo un sentido de afirmación americana frente a la penetración comercial inglesa”. Sin embargo, esa supuesta participación de “las provincias altoperuanas” no era cierta; porque, a lo que sabemos, ni siquiera se las consultó, y ni aún si así se lo hubiese hecho no creemos que ellas se avendrían a tal cosa, considerando que en la república del general Santa Cruz ello no cabía.
Lo cierto es que Rudecindo Alvarado hace conocer a Santa Cruz, en julio de 1831, tales sugestiones o anhelos. En octubre, mientras negocia con el federal Pablo Latorre, que le exige le entregue las armas y disuelva el Ejército del Interior, Alvarado acota que tal exigencia no convenía “porque temía se disgustase Salta y tratase de agregarse a Bolivia, para cuyo efecto había poderosos agentes mandados por el presidente Santa Cruz”. ¿Quiénes eran esos “agentes mandados por el presidente Santa Cruz? Bazán comenta: “El presidente boliviano envió un agente ante el gobierno de Salta, pero con una finalidad distinta. Con la intención de predisponer su ayuda, el general Alvarado le advierte sobre la intención probable de invadir Tarija por gente desafecta a su gobierno. Hallándose Santa Cruz en abierto enfrentamiento con el presidente del Perú, una posible amenaza por la frontera sur podía resultarle de funestas consecuencias. Para desbaratarla comisiona a Hilarión Fernández, quien entre otros asuntos debe gestionar la incorporación de la división salteña del ejército de J. M. Paz al ejército boliviano. De esta manera, “Salta mantendrá en Bolivia un ejército libre de indignas seducciones, tendrá tranquilidad interior y ocupará hombres beneméritos en la defensa de un país amigo cuya existencia debe interesarle para sostener el equilibrio político de América”. Y aquí tenemos la evidencia de lo que ya habíamos sugerido antes. Bazán dice asimismo que “También le preocupa a Santa Cruz la acción en Salta de emigrados bolivianos, como Aniceto Padilla y Ruperto Orozco, cuyos intentos sediciosos pueden resultar nefastos para Salta y Bolivia”.
“Según Hilarión Fernández, a quien Quiroga se niega a reconocer como mediador después de la Ciudadela, el estado de opinión de Salta respecto de su futuro destino, era el siguiente: había un sentimiento casi general de agregarse a Bolivia, persuadidos de las mejores ventajas que obtendría de su incorporación a un país organizado que era, además, el mercado de sus producciones”. Pero, “Santa Cruz declara categóricamente su rechazo a esa idea. No le interesa y además lo inhibe un escrúpulo jurídico: “tampoco podemos admitirla sin conculcar nuestras leyes y sin sancionar un principio anarquizador en el derecho internacional”. Por estos motivos recomienda a su emisario “alejar con el mayor cuidado esa idea de agregación”. Y con esto se dio fin a los deseos unitarios de unirse entonces a Bolivia. Los inmediatos hechos que causaron sus desgracias políticas, les obligaron a la dramática emigración; aunque ésta no tuvo tal carácter una vez que fueron acogidos en Bolivia.
LA VISITA DEL MARISCAL SANTA CRUZ A TARIJA
Habíamos dicho que el Presidente Andrés de Santa Cruz firmó la Ley de 24 de septiembre de 1831 que cambiaba la situación de Tarija de simple Provincia a Departamento; aunque en el Congreso de 1834 se le siguió nominando como Provincia. De todas maneras Santa Cruz designó a sus autoridades a la cabeza del Prefecto y Comandante General: el coronel Bernardo Trigo, (quien antes desde 1826, desempeñó el cargo de Gobernador). El coronel Trigo, a más de sus andanzas políticas, fue un activo comerciante que sufrió altibajos en sus negocios, precisamente por sus actividades políticas que le exigieron renunciamientos personales, sobrellevados con la proverbial generosidad tarijeña. Al aceptar el nombramiento de Santa Cruz, lo condicionó sólo “por cuatro meses”, con la expresa renuncia de sus sueldos. Con igual desprendimiento, trabajó en la organización de la administración del departamento; y para general beneplácito de sus paisanos, su gestión se prolongó hasta 1832; siendo suplantado por don Faustino Vacaflor.
En Abril de 1833 el Presidente Santa Cruz llegó de visita oficial a Tarija. Poco antes había comunicado a sus viejos conocidos y apreciados amigos: el general Francisco Burdett O’Connor, el teniente coronel Sebastián Estenssoro y el ex-Prefecto Bernardo Trigo, así como a otros más, sobre sus varias veces postergado deseo de regresar a la tierra donde había vivido inolvidables experiencias desde su adolescencia. Tal vez recordando determinados detalles de aquéllas, y algunos episodios que sólo él y muy pocos protagonizaron, dejó su famosa circunspección y su poca efusividad durante las emotivas horas pasadas en la Villa; donde toda la población lo recibiera con la inocente curiosidad y el cariño que, en otros lugares, no se le brindara tan espontáneamente.
Heriberto Trigo Paz nos relata, en su pequeño libro “Santa Cruz y Tarija”, sabrosos pormenores de esa visita. Desde el recibimiento transpuesto el río San Juan, lugar donde comenzaron las series poco menos que interminables de maniobras y muestras de las habilidades de los jinetes tarijeños, muchos de ellos viejos montoneros de la gesta emancipadora. En San Lorenzo, por ejemplo, por donde entró Santa Cruz y su séquito, se apostaron tres mil doscientos jinetes, ocupando el camino “desde el río de Sella hasta la plaza de Tarija”: la flor y nata de los jóvenes de la Villa y de las demás regiones cercanas que se habían engalanado con uniformes y cabalgaduras de su propiedad. En la Loma de San Juan, entre el apretujamiento de la gente, Santa Cruz y sus oficiales descabalgaron e ingresaron al pueblo a pie. Y de esa alegría y de la emoción por tantas sorpresas, ninguno de los visitantes pudo desatenderse. Entre los huéspedes había varios que, como el Mariscal mismo, rememoraban episodios de más de 16 años atrás, tristes algunos, gozosos los más, y todos imposibles de olvidar, tal como lo hiciera José María de Velasco, el vicepresidente entonces, que debió recordar la derrota que sufrió ante los montoneros del Moto Méndez; y el apresamiento del joven oficial realista Andrés de Santa Cruz poco antes de la Batalla de La Tablada. Pero no creemos que tales recuerdos hayan sido los que les causaran más emociones a semejantes personalidades, sino, más bien, como era natural en la casi idílica Tarija de esos tiempos, debieron ser aquellos los más gratos de sus encantados amoríos -que sí los tuvieron.
El coronel Timoteo Raña, a la sola sugerencia del Presidente, con sus oficiales, le brindó una tal demostración de destreza con sus cabalgaduras que dejó pasmados a Santa Cruz y sus acompañantes, según lo destacan todos los cronistas nuestros. Seguramente que los jinetes tarijeños se portarían en esa ocasión a la altura de los míticos mongoles o de los cosacos, para causarle al Mariscal tanto entusiasmo, acostumbrado como estaba a ver combatir a los mejores oficiales de caballería de Sudamérica; pues, en efecto, luego de esos ejercicios, dijo a los tarijeños que le pidieran lo que quisieran. Después, atendió, con la solicitud y el interés que lo caracterizaban, las principales necesidades de la región: medicamento para el Hospital “San Juan de Dios”; mejoramientos de algunas escuelas y creación de otras; donación de su propio bolsillo para restaurar y atender debidamente el “Asilo de Huérfanos”, que, en 1831, creara don Bernardo Trigo; contratos oficiales con los artesanos para el aprovisionamiento del ejército nacional, y gravámenes de las tierras baldías con destino al Tesoro departamental.
Santa Cruz tenía otros objetivos menos románticos que la tierna rememoración de los sucesos de su juventud. En su bien meditada estrategia que buscaba allanar los obstáculos para crear la Confederación Perú-Boliviana, era necesario utilizar todos los medios posibles, comenzando por las gestiones diplomáticas hasta la persuasión de las armas. Esta última parecía el único camino inevitable con el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Y éste, no sólo recelaba de los logros del Mariscal Santa Cruz, sino que preveía la conversión de Bolivia en una potencia sudamericana; a más de saber muy bien que, entre las dos naciones, también se interponían viejos cuestionamientos de límites nunca debidamente atendidos, sin contar con la herida aún abierta de la pérdida de Tarija, que no era un asunto desdeñable habida cuenta de lo ya comprendido por José Antonio de Sucre: la situación geopolítica de peligrosa relevancia en un conflicto armado. Asimismo a Rosas no le causaba ninguna gracia la simpatía y la colaboración que Santa Cruz mostró sin ambages por algunas personalidades enemigas del Restaurador y Dictador de Buenos Aires; callándose, pero, su tácito visto bueno a las ocupaciones de tierras chaqueñas por los comerciantes y hacendados rioplatenses. La deferencia de Santa Cruz con los exiliados del norte argentino, contrastaba con la antipatía hacia ellos que no ocultaba su vicepresidente Mariano Enrique Calvo, que al decir del genealogista e historiador argentino, don Juan Isidro Quesada, simplemente “los odiaba”; por ésto él fue uno de los instigadores de adoptar una política cerrada y fuerte contra la Argentina, y no solamente contra Rosas.
Era imprescindible, pues, fortalecer las unidades del Ejército, e incorporar a los más capaces oficiales tarijeños. Ese fortalecimiento implicaba proteger la frontera sur del país; esto es, resguardarse de posibles incursiones militares de la Argentina o, llegado el caso, tomar la iniciativa en la misma forma. El reclutamiento de soldados y oficiales tendía a lograr una mayor eficacia táctica en nuestras fronteras y, desde luego, elevar la capacidad profesional del ejército. Santa Cruz sabía que en Tarija contaría con esos elementos en sumo grado experimentados, tal como lo comprobara años antes. Así, por ejemplo, el maduro e ilustre general Burdett O’Connor, jefe del Estado Mayor y ministro de la guerra, a quien no hacía mucho le confiara la defensa de Tarija ante la amenaza de una invasión por parte del caudillo riojano Facundo Quiroga, en enero de 1832 (Nota: En noviembre de 1833, el Mariscal de Zepita vuelve a designar Ministro de la Guerra y Jefe del Estado Mayor al general de brigada, don Francis Burdett O’Connor; cargo que deja a principios de 1835, cuando Santa Cruz requiere sus servicios en las campañas de consolidación de la Confederación. Por su estado de salud, regresa a Tarija en 1837. Pero en mayo de 1838 Burdett O’Connor colabora a Felipe Braum en la Campaña de Montenegro).
Junto a O’Connor se encontraba el coronel Bernardo Trigo Espejo, a quien conocía desde que pelearan en bandos opuestos en Cotagaita, Suipacha y
Huaqui; y, posteriormente en las instancias de la anexión de Tarija. Pero también en la Villa se encontró con otros conocidos suyos. Así, Timoteo Raña que tan brillante actuación tendría en 1838. Raña un oficial de origen chileno, había sido compañero de armas de José María Avilez en el regimiento de caballería “Dragones Americanos” del ejército realista comandado por Pedro Olañeta. Ambos se pasaron luego a las filas patriotas y combatieron precisamente con el Mariscal de Zepita en la campaña peruana en 1820. En 1829 Raña sirve en un regimiento dirigido por el general Pedro Blanco. Y, a poco, Velasco como presidente interino le da de baja, por lo cual tiene que retirarse a Tarija a trabajar en su finca de Tolomosa. En 1832 el presidente Santa Cruz lo reincorpora al ejército, nombrándolo jefe del Segundo Regimiento de caballería en las instancias en que se esperaba la invasión de Facundo Quiroga. Inmediatamente de su visita a Tarija, Santa Cruz lo llama para participar en las campañas de la Confederación.
En cuanto a José María Avilez, a quien Santa Cruz distinguió como a uno de sus mejores oficiales en aquélla campaña, no hemos obtenido datos ciertos de su posible estadía en Tarija, durante la visita del Mariscal tal vez vino en su escolta.
En la Villa, Santa Cruz tuvo la grata suerte de encontrarse con otro veterano de las campañas peruanas que culminaron con la victoria de Ayacucho: el entonces mayor Sebastián Estenssoro, que procedía de un noble linaje español y había sido un esforzado oficial de las milicias gauchas de Miguel Martín de Güemes en las luchas emancipatorias desde 1811. En Ayacucho combatió en el regimiento “Rifleros” a las órdenes del general peruano Lara. Junto a Estenssoro estaba en la Villa Tomás Ruíz, al que Santa Cruz conocía desde los tiempos de las luchas contra los ejércitos auxiliares del Río de la Plata y en la Tablada. En 1820 los dos se alistan en el ejército del Libertador San Martín, y actúan en el ejército de Santa Cruz que colabora a José Antonio de Sucre en la campaña de liberación del Ecuador, en 1821; y, luego, les cabe la gloria de participar en Junín y Ayacucho. Ruíz, se retira a Tarija, en 1826, a raíz de la merced del presidente Sucre que, para gratificarlo por sus servicios, le concede unas tierras en “La Frontera”. Pero Santa Cruz, no bien se hace cargo de la Presidencia, le reconoce su grado de coronel encargándole el resguardo de la Frontera Sur.
Habían otros militares tarijeños que recibieron a Santa Cruz en su famosa visita a la Villa. Fernando Campero, que tendría un papel definitorio en los antecedentes de la contienda contra la Argentina de 1838. Era uno de los descendientes del IV Marqués de Tojo y Yavi y, apenas adolescente, sirvió en las milicias de su tío Miguel Martín Güemes. En 1825 se incorporó al ejército de la Gran Colombia. Santa Cruz lo hizo su edecán y lo casó con una sobrina suya: Tomasa Peña. Más adelante seguiremos ocupándonos de este singular personaje de nuestra historia.
Camilo Moreno de Peralta, capitán del ejército boliviano en 1833, era otro conocido de Santa Cruz. Bajo el mando del general Burdett O’Connor, fue oficial instructor de 1830 a 1832 y seguramente se hallaba en Tarija cuando la visitó el Mariscal de Zepita. Nacido en la Villa en 1802, descendía de dos familias patricias. A los 24 años ingresó al regimiento de “Cazadores de Bolivia”, a petición expresa del general Pedro Blanco; y poco después el Mariscal de Ayacucho lo nombró, primero, alférez del mismo destacamento y, luego, teniente, en abril de 1825. Y en mayo lo eleva al rango de capitán; por lo cual se deduce que se había ganado la estima del presidente; y tanto fue así, que fue uno de los oficiales que combatió en defensa suya cuando sufriera el aleve atentado en 1828, al lado de otro tarijeño de tan sólo 18 años: Celedonio Ávila.
El protagonista de muchos acontecimientos de la historia boliviana de la primera mitad del siglo XIX, nació en 3 de mayo de 1810. Su padre fue don Juan de Dios Hevia y Baca, de un viejo linaje hispano y coronel del ejército virreinal y de doña Blasia Ávila, de quien no se conocen sino escasas noticias. Hijo natural del coronel Hevia y Baca. Este lo recogió y lo puso al amparo de la que sería abuela de Celedonio: doña Francisca Mealla, poco antes de morir en un combate contra el guerrillero Camargo, en Tacaquira. Desde su infancia Celedonio demostró poseer un espíritu muy vivo, una mente avizora y una gran sensibilidad. Aprendió las primeras letras en una improvisada escuela de la Villa, y llegó a ser auxiliar de su propio maestro, un ignoto señor Rojas. A los 16 años ingresó al ejército, de voluntario en el destacamento “Resguardo Nacional”, destinado a Potosí por orden del Mariscal de Ayacucho. En seguida pasó a servir en el Regimiento “Cazadores de la Frontera”; en el que ascendió a cabo segundo, en febrero de 1827, y a cabo primero, en abril de 1828, cuando se puso a las órdenes del general López de Quiroga, acompañándolo a Chuquisaca a defender al presidente. Y es así que combatió contra los amotinados en la Recoleta y ganó el grado de sargento segundo. En la casa donde fue alojado el Mariscal Sucre, después de ser herido, el joven sargento Ávila con otros compañeros de armas, evitó otro intento de asesinato contra Sucre. Este le concedió un escudo con la leyenda “Fiel a la Constitución, 29 de abril de 1828”; escudo del que nunca se separó, llevándolo en su uniforme. Desde 1829, y durante los primeros días de la presidencia del Mariscal Santa Cruz, don Celedonio permaneció en Chuquisaca. No se tienen noticias ciertas que hubiese acompañado al presidente en su visita a Tarija. Pero sí sabemos que don Andrés de Santa Cruz lo tenía en tan distinguida estima que, luego, se convirtió en franca admiración por la actuación del tarijeño en la batalla de Uchumayo (febrero de 1836), donde fuera herido en su pierna derecha. A los pocos días también recibió otras dos heridas, en la cabeza y en el pecho; en esa situación el teniente coronel Fernando Campero lo auxilió e incorporó en su escuadrón “Guías”. Así que, en Socabaya, nuevamente Ávila luchó con tal denuedo que, en septiembre de 1837, el gobierno lo condecoró con una medalla de “Vencedor de Socabaya” y un diploma de “Pacificador del Perú”. ¡No era pues gratuita la fascinación y el aprecio que el presidente Santa Cruz sintiera por nuestro paisano!
Volvamos a la tan mentada visita a Tarija del presidente Santa Cruz, para preguntarnos también ¿y qué sucedió con Eustaquio Méndez?
No hay constancia de una entrevista entre el Mariscal de Zepita y el ya cincuentón montonero y coronel de la República. Lo que no se duda, y ya lo sabemos, es que ambos personajes se conocían desde los primeros días del proceso emancipatorio y, sobre todo, desde que el entonces oficial realista Santa Cruz cayera prisionero unos momentos antes de librarse la batalla de la Tablada. Posteriormente, en los trajines de la anexión de Tarija a Bolivia -anexión que, como se ha dicho, sospechamos mucho tuvo que ver con Santa Cruz-, Méndez y el ya Mariscal de Zepita, pudieron haber tenido alguna clase de relación. Es pues raro que el Moto Méndez no hubiese concurrido al recibimiento en San Lorenzo y en la Villa. Pero no lo es tanto el que no fuera invitado al nuevo ejército crucista, si se tiene en cuenta que el antiguo montonero no era precisamente un militar como los más disciplinados profesionales de los que se rodeó Santa Cruz. O, quizá prevalecía la consideración de su delicado estado de salud, consecuencia de las muchas heridas nunca sanadas. No obstante, todo ello, participó -como veremos- en la campaña contra la invasión de Heredia.
Finalmente, sabemos ahora que el Mariscal encontró en la Villa a quien no hacía mucho destinó castigado al Chaco. Se trataba de Manuel Isidoro Belzu (que tenía solamente 22 años) arribó a Tarija, en 1830. Y precisamente aquí se casó, tal en julio de 1832, con Juana Manuela Gorriti Zubiría. Esta era hija del general José Ignacio Gorriti, a quien Belzu conoció a comienzos de aquel año. Gorriti de una muy conocida y rica familia de Salta, era un notorio miembro de la “Liga Unitaria”, que fundara el gran estratega argentino General José María Paz -quien, como es sabido-, combatió también desde muy joven en las campañas libertarias rioplatenses en el Alto Perú. José Ignacio había defenestrado, luego de vencerlo en una batalla, al gobernador Arenales de Salta, en 1827; y unos años antes, en 1823 venció al comandante español Marquiegui. Gorriti se enfrentó a los caudillos provinciales amigos de Juan Manuel de Rosas; y, a raíz de la derrota de la Ciudadela, en Tucumán, en noviembre de 1831, para no caer en manos del vencedor Facundo Quiroga, con muchos otros militares y políticos universitarios, entre ellos Lamadrid, buscó el exilio en Bolivia. Así vivió una temporada en Tarija, y desde del casamiento de su hija Juana Manuela, se trasladó a Chuquisaca, donde murió en 1834.
El Mariscal Santa Cruz, pues, se reconcilió con Belzu al encontrarlo en Tarija y enterarse de su desempeño profesional. Cuando terminó su visita encargó al ya capitán Belzu la inspección de todos los cuarteles del departamento, en especial los de la frontera con la Argentina. Es lógico creer que Belzu conoció por entonces los planes militares de Santa Cruz en la frontera sur.

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