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SIMÓN I. PATIÑO Y "LA SALVADORA" EL COMIENZO DE UNA HISTORIA


En septiembre de 1894 el avance lerdo de una mula vieja trasladó a Sergio Oporto, en tres días, por el abrupto sube y baja de laderas, lomas y quebradas que separan Uncía de Oruro. Iba a la ciudad en busca de su última esperanza. "La Salvadora" se había tragado su minúsculo capital. Su crédito estaba agotado en el pequeño pueblo de Uncía. Su hermano Rigoberto, que se asoció a él tomando una pequeña porción del negocio, no quería arriesgar más. La firma "Germán Fricke y Compañía", de Oruro, le había dado algunos avíos. Tenía que extenderle la mano una vez más. Necesitaba víveres, dinamita y algún dinero para pagar los salarios que adeudaba a sus cinco peones. ¿A qué se metió en "La Salvadora"? En el año que trabajó como empleado de Olivares debió ser más realista y no engañarse con que la mina tenía futuro. El creyó haber conseguido una ganga y el astuto había sido Olivares sacándole 80 bolivianos. 
Germán Fricke, fundador y dueño de la casa compradora y exportadora de minerales y proveedora de materiales para la mina, estaba ausente en Alemania, su tierra natal. Su hijo Arturo negó a Oporto más préstamos. No había hecho abono alguno sobre lo recibido antes. Los mineros creían siempre que la fortuna estaba detrás del siguiente dinamitazo. Una casa comercial no podía depender de las mismas ilusiones. 

—"¿Cómo le fue, amigo Oporto?" —preguntó Simón I. Patiño al ver salir al minero de la oficina de su jefe.

Patiño trabajaba como empleado de los Fricke desde hacía algunos años. De estatura mediana, cuerpo erguido y robusto, dando la impresión de estar firmemente asentado en el suelo. Espaldas anchas y cargadas. Rostro cuadrangular, con frente amplia, ojos pequeños de mirar inquisitivo y desafiante, nariz recta, bigote grueso, boca regular, mentón redondeado pero sólido, cabello corto. Carácter ambicioso, ejecutivo y tenaz. Inteligencia natural e intuitiva. Actitud mental y física en permanente apresto, como de luchador. Temperamento vivaz y burlón del cual emergen, con igual facilidad, manifestaciones de impaciencia y cólera o una sonora carcajada.

Oruro era la ciudad del trabajo, de los cateadores de fortuna, de los ansiosos de éxito material. Por eso Patiño estaba allí. Tenía una gran ambición: conquistar independencia económica, ser dueño de su propio destino, encontrar un mejor porvenir para sí mismo, su esposa y sus hijos. Empero, tenía 34 años, quien sabe la mitad de su existencia si se los computaba dentro del promedio normal de vida para los habitantes de esas alturas. La juventud quedaba detrás. Se aproximaba la madurez y las circunstancias seguían amarrándole a un puesto subalterno detrás de un mostrador. 

—"Yo lo puedo ayudar" —declaró Patiño a Oporto, con firmeza. "Venga a buscarme a las cinco, cuando cierre la tienda, e iremos a mi casa a discutir el asunto". 

En su casa, al lado de su esposa, Patiño hizo una proposición formal a Oporto: "Desde que dejé el colegio para trabajar y siempre que he podido he ahorrado algo, aunque sea unos centavos, con la esperanza de reunir un capital que me permitiese tener un negocio propio, de preferencia minero. A costa de muchos sacrificios he reunido 5.000 bolivianos. Estoy dispuesto a arriesgarlos en su mina. Hagamos una sociedad con el nombre de "Patiño - Oporto". Yo daré el dinero que vayamos precisando para jornales, víveres y materiales. Usted dirigirá los trabajos personalmente. Tendría la obligación de mandarme un mínimo de 40 quintales mensuales de barrilla de estaño. La ley del mineral no tendría que bajar de 65 por ciento. Yo los vendería a los señores Fricke. Seguiría trabajando como empleado de ellos para no perder mi sueldo y para mantener el contacto. Del producto de las ventas descontaríamos los gastos, separaríamos algo para reinversión y ampliación y de la utilidad que quede nos dividiríamos por mitad. Desde la primera vez que he ido por allá la montaña de Llallagua me ha dicho algo. Tengo fe en ella. Todo depende de que trabajemos con entusiasmo y seriedad. Estoy seguro de que alguna de las vetas que el señor Sainz y el ingeniero Minchin han encontrado en los costados debe llegar hasta la cumbre Juan del Valle. Yo me encargaría de hacer la escritura de la sociedad ante un Notario. Usted tendría que volver a la mina de inmediato". 

Oporto aceptó. Al día siguiente retornó a Uncía llevando los primeros 300 bolivianos adelantados por Patiño para activar la explotación de "La Salvadora". ¿Salvadora? El "salvador" era su flamante socio. Oporto agradeció a Dios el milagro de haber puesto a Patiño a su lado, con sus ahorros y su optimismo, cuando todos los demás lo habían abandonado.

Fuente: Llallagua Historia de Una Montana - Roberto Querejazu Calvo.


1 comentario:

  1. Cómo llegó a progresar en esos años Simón I Patiño, muy afortunado al haber encontrado Estaño en el cerro La Salvadora en Uncía.

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