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EL CALVARIO DE LAS COMUNIDADES: LA MITA DE POTOSÍ

 


La mita es el episodio más dramático, profundo y complejo de la historia social colonial. Por eso, muchos autores, desde la época colonial hasta nuestros días, se han ocupado de ella; pero, aún así, precisamente por su complejidad, todavía su estudio está inconcluso.

Como ya se ha dicho reiteradamente en este trabajo, los mineros-azogueros de Oruro no consiguieron que este sistema de trabajo forzoso se aplicara para el trabajo minero de esa Villa; pero la mita potosina afectó directamente a las comunidades de Paria y Carangas y su abolición fue uno de los objetivos centrales de la sublevación general de indios. De ahí la necesidad de caracterizarla.

La mita existía, aunque con características diferentes, ya en tiempos precolombinos. Etimológicamente, la palabra mita, tanto en aymara como en quechua, significa turno. Precisamente, la primera característica de la mita es que es un trabajo por turnos. La segunda característica es que es un trabajo fozoso; pero, a diferencia de la esclavitud, se reconoce por ese trabajo un jornal.

Adecuando el análisis al marco conceptual de las ciencias sociales contemporáneas, se diría que la mita es una migración laboral forzada, por la cual el empresario que se beneficia de ella sólo se hace cargo de parte de uno de los tres elementos en el valor de la fuerza de trabajo: la reconstitución inmediata de ésta mediante un jornal de subsistencia. Los otros dos elementos: el costo de la manutención del trabajador durante períodos de no empleo y la reproducción de la fuerza de trabajo mediante la manutención de su familia, quedaban a cargo de las comunidades indígenas. Como se verá más adelante, también el costo de la reproducción inmediata estaba a cargo, en gran medida, de la comunidad del mitayo.

Dicho de otro modo, la mita fue la apropiación de gran parte del excedente de fuerza de trabajo de las comunidades indígenas en beneficio de la producción minera que, como ya se ha definido en el anterior capítulo, era la producción dominante en la economía colonial de la región y la que más interesaba al Estado español.

Al principio, las minas de Potosí fueron explotadas bajo un régimen de trabajo libre; pero cuando se agotaron las vetas más ricas y se elevaron los costos de producción, los empresarios mineros consiguieron que el Virrey Toledo dictara las Ordenanzas de la mita con las que se institucionalizaba el sistema de trabajo forzoso.

Se calculó que se necesitaban, como mano de obra forzosa, 13.500 indios y para los envíos se escogieron 16 provincias de clima y altura similares a Potosí: Porco, Chayanta, Paria, Carangas, Sica Sica, Pacajes, Omasuyos, Paucarcolla, Chucuito, Cabana y Cavanilla, Azángaro y Asillo, Canes y Canche y Quispicanches, además de dos provincias del valle: Cochabamba y Tarija. No se involucró a provincias de clima similar y más cercanos al Cerro como Lípez; tampoco a otras provincias del valle, como Mizque, Tolima, Pilaya, Paspaya y Larecaja. Y, finalmente, no se involucraron los repartimientos indígenas que formaban parte de la jurisdicción directa de las principales ciudades: La Paz, Oruro y la propia Potosí. Los cuatro repartimientos pertenecientes a Oruro estaban exentos y en este sentido no existió una disputa entre Potosí y Oruro por competencia sobre mano de obra.

Con las 16 provincias se pensaba conseguir los 13.500 trabajadores forzados anualmente, pero esto no se pudo cumplir. La caída demográfica en el siglo XVII, producida en gran medida por la mita, ocasionó nuevas disposiciones virreinales que fueron fijando límites inferiores. En 1692, 4.145 mitayos; en 1736, 3.199 y a lo largo del siglo XVIII no se llegó ni a ese límite. En 1740, arribaron 2.817 mitayos; en 1754, 2.919; en 1801, 2.809. Es decir, no se llegaba a superar, como promedio, los 3.000 hombres, lo que, como ya se dijo, significaba el 50% de la fuerza de trabajo empleada en Potosí.

Igual que el cálculo general, se hacía un cálculo por cada comunidad con base en la disposición de que una séptima parte de los indios tributarios originarios, o sea, los comprendidos entre 18 y 50 años, debía asistir a la mita, teóricamente, cada siete años.

De acuerdo a la legislación, los mitayos llegados anualmente se dividían a la vez en tres turnos, o sea, en total, debían trabajar cuatro meses, lo que se computaba con base en una semana de trabajo y dos de descanso.

El horario de trabajo, según las ordenanzas, empezaba una hora y media después de la salida del sol hasta su ocaso con una hora de descanso a medio día. Pero ni ese horario ni los turnos de 4 meses se cumplieron, sobre todo desde mediados del siglo XVII, cuando los mineros cambiaron el criterio de horas de trabajo por el de obra cumplida. Es decir, el mitayo debía extraer una cantidad de mineral, calculada en exceso, de modo que, en la práctica, la disminución de mitayos se compensó con la duplicación de horas y de turnos.

El jornal fijado por día era de cuatro reales. La semana de trabajo era de seis días; pero hasta fines del siglo XVII no se pagaba lo trabajado el lunes, por lo que recibían 20 reales semanales. El período de descanso no era remunerado, lo que fue ocasionando que, a la larga, el mitayo gastara más de lo que ganaba.

Sobre cómo no se cumplía lo determinado en las Ordenanzas en cuanto a horario y jornal y respecto al tipo de tareas del mitayo, Cañete decía lo siguiente:

«Para que se conozca el insufrible trabajo a que se ha reducido el servicio de esta gente, nótese que, recibida la mita, sube el Cerro la primera punta con sus botas para sacar el metal, que son unos costales de cuero, de tres cuartas de largo y media vara de ancho. llevan la herramienta necesaria, pólvora y velas en compañía del Curaca o segunda; hacen su trabajo en la noche en sacar metal, por ser lo más penoso en el servicio de las minas.

El barretero, que siempre es mingado (libre) y trabaja en compañía de otro de la misma clase, hace su tarea alternativamente. esto es, mientras el uno da un tiro o barreno o gasta un espacio semejante, el otro descansa durmiendo o acullicando (que así llaman el mascar la coca); alternando así entre los dos, deben rendir en cada noche cuatro tiros y ganan en cada noche seis reales.

El metal desgaja el barretero, lo recoge el mitario y lo lleva a la bronceada, que es un lugar distante donde se escoge y reduce a pedazos menores por otros indios mingas, llamados bronciris, que ganan cada noche cinco reales, en este trabajo, ocupa toda la noche el infeliz mitario, entrando y saliendo de la mina, cargado del costal lleno de cuatro o más arrobas de metal, arrastrándose con ese peso por los suelos, pasando estrechas angosturas y grandes precipicios, hasta enterar veinticinco costales al amanecer, que es lo que llaman un palla, sin ganar más salario que cuatro reales por excesiva tarea; de suerte que, por ciento veinticinco botas de metal que entregan en cinco pallas o en otras tantas noches que trabajan en la semana, vienen a ganar estos infelices apenas veinte reales, que cuando más les alcanza de la mañana de chasquear lo que ha sacado de la mina por la noche, que se reduce a enterar la tarea a veinte o treinta, más o menos botas de metal con peso de cuatro arrobas, poco más o menos, cada una...».

Otro gran problema era el viaje a Potosí que, además de penoso y largo (desde Chucuito duraba un mes), era costoso. Por ello, diversas disposiciones virreinales establecieron, a cargo del empresario, el pago del «leguaje», es decir, el pago por legua. Calculada la caminata en cinco leguas por día, se debía pagar un jornal de cinco reales; pero esto tampoco, como anotó el propio Cañete, se cumplió. El criterio predominante en la segunda mitad del siglo XVIII fue el de medio real por legua, computándose desde la salida de la capital de provincia donde se concentraban los mitayos de todos los repartimientos. Así, por ejemplo, en las provincias que trata este estudio:

«Paria.- Del pueblo de San José de Poopó, donde se junta la mita, dista cuarenta y ocho leguas, que a medio real importa: tres pesos.

Carangas.- El pueblo de San Juan de Colquemarca dista noventa leguas que a medio real hacen: cinco pesos cinco reales».

Igualmente en este caso, la práctica era muy diferente a la ley. Ni el leguaje de ida ni el de vuelta se pagaba puntualmente. El último, sobre todo, servía para pagar deudas y el costo también caía sobre la comunidad.

Los mitayos, una vez que llegaban a Potosí, eran distribuidos a los empresarios dueños o arrendatarios de minas e ingenios. El número se fijaba a un principio de manera más o menos igual: 50 mitayos a cada dueño de cabeza de ingenio; pero en la práctica se distribuyó por el tamaño y la capacidad productiva de una empresa. Así, por ejemplo, la empresa San Marcos recibió, en 1802, 208 mitayos y la empresa Quintanilla, sólo 63.Otra práctica contraria a la ley fue la del indio de faltriquera, llamado así el que lograba redimirse de la mita pagando una suma de dinero, que debía equivaler al jornal de un trabajador libre (7 pesos semanales).

A pesar de las constantes disposiciones contrarias a esta práctica y de las sanciones de destierro y multas, la conmutación fue frecuente. Existían dos tipos de conmutaciones: la consuetudinaria y la coyuntural. La primera, como su nombre lo indica, era la que pagaban de «mucho tiempo anterior los indios de algunos pueblos». Éstos eran, en general, indios que estaban vinculados a circuitos mercantiles y que se redimían del servicio para dedicarse al comercio. Precisamente un alto porcentaje de los indios mitayos de Paria (47% en 1802), según denuncia del propio capitán enterador de la mita, se redimían para dedicarse a comerciar coca, ají y algodón en la propia ciudad de Potosí y en la costa del Pacífico. La conmutación consuetudinaria estaba evaluada entre 52 y 60 pesos; los casos individuales coyunturales se cotizaban a más alto precio.

Otro caso de compensación era la del mitayo huído; en este caso, el pago era asumido por el cacique o por el capitán enterador de la mita, lo que de alguna manera significaba que caía sobre la comunidad. Ya sea por redención o por compensación, el pago al empresario era siempre en moneda, lo que de todas maneras significaba una ganancia.

Todo lo dicho hasta aquí demuestra, como afirma Tandeter, la dimensión familiar de la mita, inclusive la dimensión comunitaria. Lo familiar, porque está probado que los mitayos, en su gran mayoría, migraban con toda la familia y muchos de sus miembros los ayudaban a completar sus tareas. La comunitaria, porque los costos que no cubría el empresario ni el mitayo los cubría la comunidad de origen.

Refiriéndose, por ejemplo, a los gastos de viaje, Cañete afirmaba lo siguiente:

«Lo peor es que, obligados a salir de sus tierras por fuerza, se les suple parte del viático con los frutos de las tierras de comunidad, en perjuicio de la primitiva institución de este ramo; y el resto lo costean estos infelices del producto de sus pobres cosechas en vez de vestirse con él, entendiéndose el perjuicio a toda la parcialidad, aunque sea a quien no toca la mita, por la reprensible corruptela que tienen los gobernadores indios, de repartir entre todos la carne, gallinas y demás efectos que acostumbran traer, con títulos de regalos, llamados ricuchicos, para obsequio del Capitán Mayor de la mita y alcaldes veedores del cerro».

Lo que sucedía con el viaje sucedía con el mitayo huido y con los avíos de alimentación durante los períodos de descanso. Esto hace concluir, con razón, a Tandeter que «la mita constituye un ejemplo peculiar de renta en trabajo en el que no sólo la manutención y reproducción de la fuerza de trabajo, sino aun su reconstitución, corrían sólo una parte de la subsistencia» , tan poco que hacía afirmar a Cañete que sólo alcanzaba para la chicha del domingo.

El obvio que el mitayo tenía que dedicarse a otras actividades para subsistir. Los indios de Carangas, región ganadera, iban a Potosí con recuas de llamas que alquilaban para transporte, les servían de alimento, utilizaban sus lanas o las vendían.

Las llamas constituían, por lo tanto, su capital de subsistencia y su cantidad variaba según las comunidades de Carangas. Los de Paria también llegaban con sus animales cargados de ropas y alimentos.

Desde el momento de su institucionalización hasta nuestros días, historiadores, funcionarios, viajeros, han emitido diversos juicios sobre la mita. Los que justificaron su establecimiento en el siglo XVI argumentaban, como el oidor Matienzo, que la única manera de sacar al indio de la ociosidad y de la borrachera era con el trabajo forzoso (60). Pero éste no fue el criterio uniforme de funcionarios y eclesiásticos coloniales.

La polémica en torno a la mita fue candente y encarnizada desde su instalación. En el siglo XVII existieron numerosos ejemplos. El Memorial apologético a favor de la mita de Nicolás Matías del Campo y Larrinaga tuvo como antítesis las notas del cura de mitayos que escribió en contra de la mita. Las quejas contra los abusos y el incumplimiento de la ley llevaron inclusive al virrey Conde de Lemos a suprimir por un tiempo el repartimiento forzoso de indios. Este decidido gobernante escribía que no «es plata que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios» (61). A su muerte, se restituyó la mita.

La polémica continuó durante el siglo XVIII. Los documentos contra los abusos se multiplicaron. Es muy conocida la posición contraria a la mita de funcionarios ilustrados, como el fiscal de la Audiencia Victoriano de Villalba, quien acusaba al Intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, de actuar con engañabobos describiendo la mita según las leyes, cuando en la realidad nada de lo que decían las leyes se cumplía.

Es interesante observar la posición de los dos principales historiadores potosinos del siglo XVIII: Arzans y Cañete. La situación que describieron invitaba a la supresión inmediata de la mita; sin embargo, Arzans tenía dudas y Cañete defendía su conservación. Veían a la mita como el mal necesario para la supervivencia de Potosí.

Este es un fragmento del libro: Oruro 1781: Sublevación de indios y rebelión criolla. Tomo I. de Fernando Cajias de la Vega.

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