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LOS SANGRIENTOS ACONTECIMIENTOS DE 1898 Y 1899


Tomado de: Llallagua, de Roberto Querejazu Calvo.

En diciembre de 1898, seis meses antes de que Conservadores y Liberales, disputasen supremacía política en una contienda electoral para elegir al Presidente de la República, Bolivia se conmovió con la tragedia de una guerra civil. No era una revolución como tantas otras decidida con la substitución en la silla presidencial de un militar ambicioso o un abogado astuto, por otro. Era el enfrentamiento del Norte contra el Sur, disputándose el liderazgo de la nación. La bandera de la rebelión, enarbolada por los liberales de La Paz con los colores de un supuesto federalismo, era un desafío directo a los conservadores de Sucre. El verdadero trofeo en disputa no era esta vez la primera magistratura sino la capitalía del país. Era la crisis del problema que estuvo latente desde la emergencia de la república a la vida independiente, de si la sede del gobierno debía continuar en Sucre, la pequeña ciudad, aislada, aferrada orgullosamente a los recuerdos de su hegemonía colonial y arrastrada a la pobreza por la decadencia de Potosí, o La Paz, ciudad más accesible desde la costa, populosa, progresista, próxima a fuentes de riqueza nuevas.

El conflicto lo provocaron los representantes chuquisaqueños en el Parlamento presentando un proyecto de ley para que el Poder Ejecutivo, es decir, el Presidente de la República, tomase residencia fija y permanente en la capital Sucre y dejase de vagar en su mula por diferentes puntos del país, como lo venía haciendo desde la fundación de la república obligado por las circunstancias y los vaivenes de la política. Reaccionando contra la Ley de Radicatoria los líderes liberales en La Paz, apoyados por el pueblo, declararon la revolución, eligieron una Junta de Gobierno, proclamaron el sistema federal como el más conveniente para Bolivia. En el futuro las riquezas del departamento de La Paz sólo se destinarían a su propio desarrollo y no a atender las necesidades de otras regiones.
El pusilánime presidente Severo Fernándéz Alonso, ladino para la abogacía y con un temperamento más indicado para el sacerdocio, para el que hizo estudios en su pubertad, era el menos capacitado en situación tan delicada para las graves responsabilidades de imponer paz y orden en una nación dividida por una profunda rivalidad regional, política y hasta racial. Instaló su cuartel general en Oruro, donde había vivido varios años y acumuló una gran fortuna al hacerse dueño de la mina San José. Sus enemigos decían que para esto se valió de medios ilícitos aprovechando de su condición de albacea de la testamentaría de la señora María Galindo de Penny.

El complejo asunto podría resumirse así: Andrés Penny, español, trabajó la famosa mina de San José, en Oruro, en sociedad con el Conde de La Ribette, francés. El presidente Melgarejo persiguió a La Ribette que huyó a Tacna donde murió con la fiebre amarilla que asoló la costa peruana inmediatamente después del terremoto de 1868. Los herederos del francés reclamaron su parte en la mina. Se entró en dificultades legales. Penny llamó de Potosí a su amigo Severo Fernández Alonso que desempeñaba el puesto de Licitador de Pastas de Plata. Alonso consiguió que los La Ribette aceptaran una transacción en dinero. Andrés Penny falleció poco después. Su viuda, María Galindo, se casó con un pariente de su primer esposo, Guillermo Penny Craik, mucho más joven que ella. El matrimonio marchó mal. La Galindo tuvo sospechas de que Guillermo Penny Craik intentó envenenarla en el barco en que volvían de Europa para quedarse con su gran fortuna. Llegada a Oruro lo desheredó en un testamento. El caso se complicó porque en Londres, donde se realizó la boda, se suscribió un pacto antenupcial por el que María Galindo transfirió todos sus bienes a su flamante galán. La señora llamó a Alonso a sacarla de esta nueva complicación. El abogado logró otra transacción en 1892. Al fallecer la Galindo dejó como su heredero a un hijo adoptivo, Mariano M. Penny, y designó albacea a Alonso para que repartiera donaciones de la finca de Chivisivi, casas, joyas y otros bienes a los conventos de La Recoleta y San Francisco de La Paz y a otras instituciones religiosas y personas particulares. Alonso pidió prestados £ 60.000 de Juan B. Minchin y 20.000 de otras personas, y con el total adquirió 1.000 acciones de la mina San José, asociándose a Mariano M. Penny. Logró pagar sus deudas en poco tiempo y cuando fue elegido Presidente de la República en 1896 era ya hombre rico.

Desde su cuartel general de Oruro Alonso llamó a las fuerzas militares reclutadas en Sucre, Cochabamba y otros puntos del país que permanecían subordinadas a su autoridad. A mediados de enero de 1899 avanzó con su ejército sobre La Paz, de manera lenta y temerosa, y se detuvo en el pueblo de Viacha, a 30 kilómetros de aquella ciudad.

El coronel José Manuel Pando, que tenía que ser candidato a la Presidencia de la República en las elecciones de ese año, asumió el mando de las tropas revolucionarias. Hizo abrir barricadas en las calles, mandó emisarios en busca de armas al Perú y pidió ayuda a los caciques aymaras para que lo colaboraran en su campaña contra las fuerzas constitucionales.

Los indios, aparte de su breve alzamiento en 1869 para colaborar a las fuerzas que trataban de derrocar al tirano Mariano Melgarejo (que los despojó de sus tierras comunitarias), no habían empuñado sus armas rudimentarias desde los grandes levantamientos de 1780 a 1783 (Tupac Amaru y los Katari) y los combates, al lado de los criollos, en las campañas guerrilleras por la independencia altoperuana (1809 - 1825). El pututu (¹), soplado a pulmón lleno en la cumbre de los cerros, despertó su adormilada conciencia racial.
Las fuerzas del presidente Alonso sintieron muy pronto la hostilidad aymara. Las circunstancias convirtieron a los integrantes del Escuadrón Sucre en sus mayores víctimas. El Escuadrón Sucre estaba formado por lo más selecto de la juventud chuquisaqueña. Pese a que casi todos sus reclutas comulgaban con las ideas liberales se alistaron en las fuerzas conservadoras del gobierno para defender los fueros y privilegios capitalinos de su tierra natal. Eran, según uno de ellos mismos (Alfredo Jáuregui Rosquellas), “hijos engreídos de casas ricachonas, predilectos del mimo social, botarates de la burguesía, estudiantes universitarios y colegiales púberes”. Salieron de Sucre como héroes, entre pétalos de rosas y lágrimas que desde los balcones derramaban a su paso madres, hermanas y novias.

El 21 de enero (1899) el presidente Alonso los envió de Viacha a Corocoro en busca de víveres. Días antes un destacamento de Húsares había ido a Corocoro con el mismo objeto y volvió requisando en el camino 125 cabezas de ganado vacuno y 15 caballos. Los indios, alentados por los agentes que Pando tenía entre ellos y provocados por esta requisa, hostilizaron a los “sucres” en todo el trayecto, los rodearon en Corocoro, atacándolos con piedras lanzadas con hondas, así como con tiros de revólver y dinamita de algunos mineros asociados a ellos. Después de algunas horas de combate, como la situación de los chuquisaqueños se tornase precaria por agotamiento de su munición, el escuadrón, que se defendía en la plaza, resolvió abandonar el lugar. Salió al galope desesperado de sus cabalgaduras por las angostas callejuelas, atacado por indios y mineros parapetados sobre techos y en las esquinas. Murieron dos soldados (Eulogio Silva y Gregorio Toro), hubo varios heridos y un gran número sufrió contusiones.
Por temor a las concentraciones indígenas en la ruta a Viacha se prefirió ir hacia Ayoayo, más al sur. En este pequeño pueblo se encontró a una compañía del Escuadrón Monteagudo (formado también por chuquisaqueños) y un piquete de orureños y cochabambinos. Las tres unidades avanzaron hacia Viacha, escoltando seis carretas cargadas con armas y munición. El coronel Pando, conocedor de este movimiento por aviso de los indios, destacó una fuerza de caballería, que dando un rodeo a Viacha, salió a su encuentro en las proximidades de Cosmini. El combate tuvo lugar el 24 de enero, en el cruce del camino de Ayoayo con el de Luribay (Crucero de Chacoma). Las tropas constitucionales, sorprendidas de frente por las federales y acosadas en los costados por los indios, se defendieron desordenadamente, sufrieron numerosas bajas y se replegaron con dirección a Oruro. Cuatro de las carretas se incendiaron durante el cambio de fuegos y su contenido explotó. Las otras dos cayeron en poder de los federales, junto con 36 prisioneros.

Las tropas constitucionales en retirada dejaron sus heridos en Ayoayo (16 del Sucre y 8 del Monteagudo), al cuidado del capellán del Escuadrón Sucre, sacerdote Juan María Fernández de Córdoba, el cura de Viacha, Manuel Gómez, y el cura de Ayoayo, Benjamín Rodríguez. Los indios rodearon Ayoayo, invadieron el pueblo, atacaron viviendas particulares, forzaron las puertas del templo (donde se habían refugiado los heridos y sus custodios) y masacraron bárbaramente a los tres curas, los dos jefes y los veinticuatro soldados. El ilustre hombre público, Mariano Baptista, relató en un opúsculo: Al coronel Melitón Sanjinés, tercer jefe del escuadrón, lo trituraron con un mazo. Al coronel José R. Avila, “hombre sencillo, de carácter tranquilo y dulces costumbres”, que se ocultó en el ataúd que guardaba una imagen de Cristo, lo arrancaron de su escondite, le saltaron los ojos y acabaron con su vida. Al cura de Viacha le rasgaron la piel con alambre y le dieron de puñaladas. Al cura de Ayoayo, “reumático y valetudinario”, lo desnudaron y lo arrastraron por las calles hasta matarlo. Andrés Loza, que estaba moribundo por las heridas que recibió en el Crucero de Chacoma, “no dio tiempo al tormento”. A su adolescente hermano, Belisario Loza, que se había quedado en Ayoayo para cuidarle, no le dejaron sino los huesos. Y Baptista exclama: “¿Y la carne?... ¡Horror!”. Al presbítero Fernández de Córdoba le partieron la frente de un hachazo cuando levantaba una custodia sagrada para aplacar la ferocidad de los asesinos. Y como ellos fueron también victimados Félix Morales, Raimundo Vargas, Germán H. Vega, Gerardo Calvo, Víctor E. Betancourt, Ismael Roncal, Eladio Fiengo, Eulogio Selvas, Ricardo Alba, Desiderio E. Lora, Martín Ipiña, Miguel A. Gonzáles, Calixto Risco, Abel Benavides, Pastor Castro, Jorge P. Campero, Mariano Matienzo, Zacarías Urízar, Claudio Sucre y Adrián Pacheco. La tragedia ocurrió el mismo día del combate del Crucero de Chacoma.

Los indios, ampliando su ayuda a Pando con guerra a muerte contra la raza blanca, no sólo atacaron a las tropas constitucionales. Una unidad federal fue también su víctima. Un escuadrón de caballería, organizado en la provincia Inquisivi, fue enviado por Pando rumbo a Cochabamba, para apoyar las tentativas de sublevación liberal que se iniciaban allí. El escuadrón, de 130 plazas, hizo una de sus primeras escalas en el villorrio de Mohoza. El jefe, Arturo Eguino, impuso a la población una contribución de 250 bolivianos. Los indios resistieron la extorsión. Exigieron que el escuadrón rindiese sus armas, munición y equipo en prueba de que no era hostil a la raza indígena. Eguino se sometió. Lorenzo Ramírez, cacique de la región, ordenó el encierro de todos los oficiales y soldados en la iglesia de Mohoza mientras deliberaba con los suyos sobre cuál sería su suerte. La sentencia fue de degüello. La matanza comenzó a las 8 de la noche del 28 de febrero de 1899 y terminó al día siguiente a las 10 de la mañana. La inició Ramírez arrastrando a un oficial por los cabellos y entregándolo a la furia de su séquito. Los demás imploraron perdón de rodillas. Uno a uno fueron arrancados de los altares, rincones y otros escondrijos. La muerte se sembró a golpes de macanas, palos, piedras, hachas y cuchillos. De los 130 se salvó uno solo. José Santos Lazcano había logrado subir al tejado de la iglesia. Un indio, que manejaba un fusil por primera vez, le disparó una y otra y cinco veces sin dar en el blanco. Se contagió en la indiada la supersticiosa creencia de que Lazcano estaba protegido por alguna divinidad. Lo dejaron escapar sano y salvo, sin más daño que la pavorosa impresión del festín de sangre en el que perecieron todos sus compañeros.

Las multitudes aymaras encabezadas por Zárate Willka, amigo del general Pando, nada entendían ni nada les importaba del conflicto entre liberales y conservadores, entre federalistas y unitarios, entre La Paz y Sucre. Empuñaban sus instrumentos de exterminio a los gritos de “Wiwa Pando” o “Wiwa Willka” impulsados por un anhelo milenario de recuperar el dominio de su habitat ancestral sometido por siglos a amos extranjeros: los Incas quechuas, los conquistadores españoles y ahora los descendientes de éstos.
La consigna de arrasar con la raza blanca se extendió por todos los ámbitos de la meseta andina. Se han encontrado las siguientes referencias en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia y del Foreign Office de la Gran Bretaña: El norteamericano Adams y su ayudante Durendeau (boliviano de ascendencia francesa) se dedicaron al tráfico de armas para las fuerzas del general Pando. Al retorno de un segundo viaje al Perú fueron rodeados, apedreados y apaleados por un grupo de indios. Lograron escapar muy apenas galopando mal heridos hasta La Paz. Edwin Raleigh Shaw, inglés, administrador de la hacienda agrícola de Tolapalca, próxima a Oruro, y el hijo del dueño, Juan T. Marcó, de 14 años, fueron victimados por otro grupo nativo. Semanas después, cuando las autoridades descubrieron sus cadáveres, constataron que Shaw tenía la cabeza perforada profundamente con un instrumento de punta tosca, los ojos arrancados y la piel de las manos, que aparentemente fue quemada y en seguida sumergida en agua helada, desprendida como un guante. El adolescente Marcó tenía la cabeza casi partida en dos y también las manos y los pies desprovistos de epidermis. El italiano Barbieri, gerente de una explotación de goma, fue cortado a pedazos por la indiada de Challana, en la provincia Larecaja. En Corocoro, Ole Standstad, noruego, gerente de una compañía minera, su esposa y el ingeniero Torghensen, también escandinavo, estuvieron ocultos tres días en el interior de la mina hasta lograr escapar rumbo al Perú. Al llegar al río Desaguadero buscaron refugio en un rancho para descansar antes de cruzar la frontera. Decenas de indios rodearon el recinto con siniestra algarabía. Sandstad empuñó el revólver y rápidamente disparó sobre su esposa, sobre su amigo y sobre sí mismo, prefiriendo el suicidio a una horrible muerte en las garras de la bestia de cien cabezas.

La agitación indigenal, contagiada por los aymaras a los quechuas, se extendió por provincias de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba. En la región de Uncía y Chayanta el indio Feliciano Willka se autotituló “presidente”. Los propietarios y administradores de minas y casas comerciales buscaron asilo en Oruro. Simón I. Patiño se mantuvo impertérrito en la cumbre de Llallagua. Tenía el presentimiento de que la montaña estaba a punto de hacerle una gran revelación. Uno de los caciques, que trabajaba con él como arriero, le aconsejó que abandonara “La Salvadora” y se fuera a la ciudad.— “Andate, patrón, aquí corres mucho peligro. Yo he de cuidar de tu mina”.
En el rancherío de Bombo, donde Patiño pasaba la primera noche en sus viajes a Oruro, los indios bailaron y bebieron muy cerca de su hospedaje, pero nadie lo molestó. Tampoco tuvo contratiempos en el resto del camino.
Pando envió proposiciones de paz a Alonso: “Caracollo, 4 de marzo de 1899. Señor: Le dirijo la presente con el objeto de poner término honroso a la guerra civil que destroza el país. — Al hacerlo obro por mí solo, con independencia de la Junta de Gobierno Federal, pero sí con el propósito de consultarle y obtener su asentimiento... No tengo el propósito de atacar por el momento Oruro. Tampoco creo que usted pueda hacer campaña feliz sobre el norte, dados los armamentos que tenemos adquiridos para el caso de una defensa extrema. — Para nadie son desconocidos los males que está produciendo la actual guerra. Pueden agregarse los de la guerra de razas, que ya sobrevino por impulso propio de la raza indígena... No he tomado las armas para imponer el predominio del norte sobre otros pueblos de la república... Proclame usted con el ejército de su mando la presidencia del señor Belisario Boeto (presidente de la Corte Suprema de Justicia), para que él convoque a una Asamblea Constituyente. Entonces su ejército y el de mis órdenes, bajo un solo mando, establecerán la tranquilidad en todo el territorio... Me extrañaría que usted tomara esta iniciativa como un síntoma de debilidad; el tiempo no tardaría en desengañarlo... Puede usted señalar día y hora para que nos reunamos o enviemos representantes para acordar los detalles...”.
La Junta de Gobierno de La Paz telegrafió a Pando: “Habiendo dirigido usted la comunicación al señor Alonso, de la que acabamos de tener conocimiento... aprobamos su iniciativa y le enviamos los poderes respectivos”.
Alonso respondió a Pando: “Oruro, 5 de marzo de 1899. Señor: Lamento más que nadie el daño causado y que seguirá causando a la Patria la presente guerra intestina no provocada por mí. Concurriré con buena voluntad a toda solución que esté dentro del régimen legal... como sería un Congreso Extraordinario... Respecto al pensamiento de una Asamblea Constituyente hago constar, terminantemente, que es de todo punto inaceptable. Ninguna persona tiene el derecho de declarar por sí y ante sí caduca la Constitución Política que nos rige hace 20 años y caducos los poderes de senadores y diputados que están en pleno ejercicio. — Tampoco puedo nombrar a nadie, ni al más conspicuo ciudadano, como reemplazante mío. Soy Presidente Constitucional y no puedo obrar sino constitucionalmente”.
Replicó Pando: “Vista respuesta negativa, emprendo marcha de Caracollo... Se hundirá Bolivia: sea. La guerra que la indiada hace muto propio a la raza blanca se hará poderosa. Nuestras fuerzas unidas ahora apenas podrían dominarla. Parece imposible que no lo aperciba usted... Adios”.
El combate decisivo entre las fuerzas de Fernández Alonso y Pando tuvo lugar el 10 de abril de 1899, en una gran planicie sembrada de cebada, donde el camino de Oruro a Lequepalca hacía cruz con el de Paria a Caracollo (Crucero de Paria). La pelea duró desde las 3 de la tarde hasta el anochecer. Los batallones de Pando, ayudados por sus auxiliares indígenas, inflingieron una aplastante derrota a las fuerzas constitucionales. Severo Fernández Alonso pasó esa noche en Oruro y al amanecer del día siguiente tomó la ruta del exilio a Chile.
Como resultado de su victoria el Partido Liberal inició un predominio político que iba a durar 20 años. Una convención reunida en Oruro, presidida primero por Lucio Pérez Velasco y luego por Pastor Sainz, eligió al general José Manuel Pando como jefe del gobierno. Este aceptó tal responsabilidad a condición de que se aplacasen los odios regionales, se olvidasen los planteamientos a favor de un sistema federal y se mantuviese el régimen unitario.
La Junta de Gobierno, por decreto de 14 de abril, estableció: “La ciudad de La Paz es la capital de la república”. Al día siguiente, a las 2 de la tarde, en el Palacio de Gobierno, se hizo una solemne proclamación pública en tal sentido, con asistencia de las autoridades civiles y militares y numeroso público.José Manuel Pando, al recibir la investidura presidencial en Oruro, no quiso secundar la decisión de sus ex-colegas de la junta. Dentro de su política de apaciguamiento nacional incluyó una actitud de consideración respecto a Sucre. A la derrotada y adolorida ciudad se le dejó el título honorífico de Capital de la República, pero sin los atributos de tal. De los tres poderes del Estado el Ejecutivo y el Legislativo tomaron domicilio en La Paz. La Corte Suprema de Justicia mantuvo su sede en Sucre.
El alzamiento indígena continuó por algunos meses más, particularmente en la región de Peñas donde algunas tropas chuquisaqueñas, que volvían a sus hogares después de la derrota del Crucero de Paria, fueron bárbaramente inmoladas. El gobierno de Pando tuvo que ordenar el apresamiento de Zárate Willka, Lorenzo Ramírez, Saturnino Willka, Juan Lero y otros cabecillas y su juzgamiento por todas las atrocidades que habían cometido.

Referencias
(1) Cuerno de buey, usado como instrumento de viento, de sonido lúgubre.

Imagen: Foto postal coloreada, Banda de música militar en la Plaza 10 de febrero de Oruro (mejorada con IA)

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