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"... ESCRIBIRÁS UN TELEGRAMA DE FELICITACIÓN A MI MADRE [...] NO QUIERO QUE SEPA QUE SU HIJO HA MUERTO"



El amor filial en la guerra: Un relato conmovedor
Por Rodolfo Salinas Pérez (Publicado en la revista "Historias de la Guerra del Chaco" Nro. 1)
A la memoria del valiente inspirador de este relato: Teniente Eduardo Collazos Lara que duerme el sueño de los héroes en el misterio profundo de los bosques.
Una roja saeta abrió el en azul magnifico de la noche una brecha infinita…
Un ay doloroso se dejó escuchar en la lobreguez del campo de batalla. Luego, en ese páramo sombrío se erguía como un fantasma, una cruz de madera torcida y tosca, residuo de las ramas de un árbol milenario.
Más tarde llegó aquel día que iba a ser el único de paz y de amor en el misterio de las selvas, y ese cielo, mostrando su inmensa cicatriz anunciaba a esos hombres sacrificados el advenimiento del apóstol de la fraternidad en el mundo. Recién volvieron a lanzar sus trinos armoniosos las aves silenciadas por el fragor de la metralla, recién también, mansamente pudo seguir su curso el inquieto riachuelo y recién también la imagen de la madre lejana se presentaba límpida, infinitamente clara en la imaginación de esos hombres que perdieron toda noción de a vida y de la muerte. Entonces sus madres pudieron pensar en sus hijos y la muerte se apartaba para poner en el florecimiento de esa paz pasajera, una nota divina de paz y de humanidad…
Las armas entraron en acción. En una posición de avanzada se encontraba un teniente con un destacamento empeñado en recio combate. El enemigo sufría grandes bajas debido a la certeza de las operaciones de defensa. El teniente era Eduardo Collazos Lara. La lucha seguía dura, cruel y después de un momento de sacrificio de todos y cada uno de esos valientes, un gemido débil, agonizante acalló la voz de los cañones y ametralladoras. Una cruz más debía levantarse en el camposanto. Alguien había muerto. Identificarlo era imposible; lo recio y nutrido del combate impedía salir a campo descubierto donde se encontraba el cuerpo inanimado del héroe. Junto a él apareció como un milagro un compañero que logró escuchar la última voluntad del soldado valiente.
Después, las horas y los días en su eterno transcurrir… El enemigo sufrió pues un rotundo fracaso y como consecuencia se agregaba un nuevo triunfo para las armas defensivas.
Dentro el fortín el eco repetía los nombres de todos los soldados. Muchas veces ese eco quedaba sin respuesta; entonces se levantada una cruz más. Era el anunciamiento de la muerte.
Una vez más, la voz gritaba: Teniente Collazos! Un silencio profundo…
Luego, la madre que lo despidió cariñosa y ahogando su llanto, recibió un telegrama la noche de Año Nuevo. Aquel telegrama estaba firmado por su hijo ¡Vivía su hijo! Y entonces, al tener en sus labios yertos el nombre de su idolatrado hijo, sintió muy dentro de su alma el eco de las campanas que anunciaban la media noche. Imploró entonces con fervor ardiente por su hijo, por todos y cada uno de los hombres de la guerra, más tarde, llegó un soldado del campo de operaciones a la ciudad en que la madre vivía y se produjo entre ellos un desgarrador y sentimental diálogo:
- ¿Qué sabe usted de mi hijo? Le decía emocionada la madre a ese hombre que volvía del campo de batalla.
- Su hijo señora, está gravemente herido, no pudo balbucir él, ahogando el dolor que le ocasionaba aquella pregunta. Él sabía bien que aquel héroe había dejado de existir pero no podía sino repetirle: Su hijo está gravemente herido…
El dolor y el remordimiento pugnaban por traducirse en sus labios.
Él no podía, no debía engañar a la madre, cuyo inmenso amor para el hijo ausente iluminó su mente. Susurró, lenta, gravemente:
- Señora, su hijo duerme ya el sueño de los héroes…
Una carcajada histérica se dibujó en el rostro de la madre.
¡No! Su hijo vivía. ¡Si le había escrito en Año Nuevo! No podía haber muerto. ¡Era mentira, su hijo vivía, vivía!
Y aquel hombre que había contemplado su muerte no podía sino repetir inconscientemente: Si vivía; no había muerto ¡vivía!
Luego se supo el gesto más noble y humano de ese Teniente. En medio de su dolor profundo vertiendo su sangre generosa y teniendo muy dentro de sí, la imagen de su madre adorada, en los supremos momentos de la muerte pudo balbucir al compañero que se encontraba junto a él: “El día de año Nuevo escribirás un telegrama de felicitación a mi madre. Pondrás mi nombre. No quiero que sepa que su hijo a muerto…”.

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