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PERCY FAWCETT, DE RURRENABAQUE A LA PAZ (Parte XVIII)

 


Pero llegó el día en que todo terminó, para ser sólo un horrendo recuerdo. El 24 de septiembre llegamos a Rurrenabaque, donde mis amigos gringos me recibieron con calurosa bienvenida, y el hotel pareció suministrar las comodidades de una ciudad grande.

—De manera que ha estado entre los salvajes —rugió don Pacífico, el administrador—. También yo los conozco. En mis buenos tiempos maté no menos de ciento treinta salvajes, yo solo.

Era un hombre inmensamente gordo, cuyas pequeñas piernas apenas podían soportar su enorme peso; resultaba ridícula la idea de suponerlo matando a alguien.

Harvey, el pistolero, era un verdadero asesino, aunque no parlanchín. Solamente después de muchos brindis se ponía algo más comunicativo y entonces valía la pena oírlo. Este hombre silencioso, de barba roja, no era fanfarrón, ni tampoco demostraba, sin tener causas muy justificadas, las verdaderas proezas que era capaz de ejecutar. Como genuino bandido del Oeste, en otros tiempos, su vida dependió íntegramente de la rapidez en apuntar y de la seguridad de dar en el blanco. Igual a todos los que vivieron antes de la época de los revólveres de doble acción, él “abanicaba” su Smith & Wesson. Esto significa que, en lugar de amartillar el arma y apretar el gatillo para cada disparo, él dejaba el gatillo hacia atrás y accionaba el percutor, a velocidad increíble, con la palma de su otra mano. Se escabulló de la policía de Texas, donde su cabeza estaba a precio, escapando al sur de la frontera, abriéndose camino a México en un torbellino de pólvora; pasó el istmo y continuó a Sudamérica. Conocía todos los campos mineros de la costa occidental y sus hechos podrían llenar un libro.

En una ocasión, después de asaltar a una gran compañía minera en una república vecina, Harvey fue perseguido por un regimiento de soldados. Los condujo hasta un sitio favorable; t se dió vuelta repentinamente y les mandó poner “manos arriba” antes que ningún rifle alcanzara a apuntarlo. Cogió sus armas y las arrojó al río; después dispersó a los soldados con algunos puntapiés bien propinados. Otra vez fue arrinconado por veinte soldados. Mató a uno, le disparó a otro que dejó ver su cabeza por encima de un arbusto y los restantes, arrojando sus armas, huyeron.

En el último país en que estuvo se daban 1.000 libras por su captura, vivo o muerto. En Bolivia no había ley de extradición, por lo que aquí estaba a salvo. En su camino a la frontera, llegó a una barricada que obstruía la senda con seis soldados tras ella, con los rifles prontos. Un oficial le Ordenó que se rindiera, pero su respuesta fue una explosión de balas. Cuando cayó el oficial, Harvey saltó la barricada, haciendo actuar su arma. Abatió a otro soldado y el resto, muy pronto, levantó las manos.

—Me sentí avergonzado —me confesó— cuando los palpé y descubrí que no tenían ni una simple cápsula en sus rifles. ¡Sus cartucheras estaban llenas de papel!

Llegaron algunos callapos desde Mapiri, que fueron transformados en balsas para el regreso. Sin pérdida de tiempo, me procuré una de ellas. La alegre población de Rurrenabaque me dió el acostumbrado adiós bullicioso, y mi tripulación, compuesta de tres hombres, empujó la balsa con bastante velocidad; No sólo les prometí una libra a cada uno si se hacía un viaje rápido, sino que también les regalé sardinas, azúcar e ilimitada cantidad de alcohol. Se ganaron su recompensa, impeliendo rápidamente la balsa y remolcándola a través de los rápidos, metidos en el agua hasta la cintura, labor que compartí con ellos. Llegamos a Guanay en el tiempo record de cuatro días y medio.

Mi anfitrión, el señor Salamón, tenía un profundo sentido de la importancia de su posición como corregidor de Guanay, y tenía la costumbre de ofrecer licor con cualquier pretexto. Era un gesto de amistad, pero ¿cómo podía saber que me disgustaba tanto la bebida? Era lenguaraz y hospitalario; él y su encantadora esposa hicieron por mí cuanto pudieron.

Como buen sibarita, el señor Salamón hacía caso omiso del elevado precio de los patos, ya que todos los días había uno en la mesa. Días antes de ser muertas, alimentaban a las infortunadas aves con comida empapada en alcohol, y cuando ya estaban totalmente borrachas, se les daba licor puro, lo que precipitaba su muerte "gloriosa", como la llamaba mi anfitrión. El aseguraba que este procedimiento mejoraba el sabor de la carne. No podía estar de acuerdo con él, pero se debía tal vez a que mi apetito disminuyó por el recuerdo obsesionante de la chalona del coronel y de los huevos de tortuga.

Aquí en la desembocadura del río Tipuani todos parecían estar en buena situación; reinaba una atmósfera de prosperidad que me impresionó tanto más después de mi larga permanencia en la remota frontera. El oro era abundante. Cada vez que se desbordaba el Tipuani, lo que sucedía a menudo, traía oro que depositaba sobre la orilla arenosa del Guanay, donde todos salían a buscarlo. Nadie, sin embargo, se hacía rico. El río estaba y aún está lleno de oro, pero inundaciones repentinas impedían que el lecho rocoso quedara expuesto el tiempo necesario para llegar hasta el metal. Hasta la mina de Santo Domingo en el norte, en el río Inambari, y aún más allá, toda la región está llena de oro, pero resulta tarea difícil explotarlo. Supe de cuatro hombres que sacaban oro de una rica corriente más allá de Santo Domingo. Al principio mantuvieron estrecha guardia debida a la presencia de los indios, pero como pasó el tiempo y nada ocurría, descuidaron la vigilancia. Comenzó el ataque una mañana temprano; tres fueron muertos y el cuarto escapó gravemente herido, teniendo que abandonar todo el oro tan duramente ganado.

Había nuevas interesantes de Challana. El ex capitán Velarde, el jefe, se había escapado a La Paz después de aceptar un ofrecimiento de 5.000 libras de un sindicato, por el distrito de Challana. Cuando la población supo de esta transacción, pidió la sangre del traidor que los había vendido, pero entonces ya estaba fuera de alcance. Todos lo conocían en Guanay. Durante seis años había sido gobernador, acumulando una saneada fortuna en el ejercicio de sus funciones.

La llegada de una recua de muías desde Sorata me dio esperanzas de una pronta partida. Se esfumaron, cuando el coronel llegó de Rurrenabaque, porque temí que requisara oficialmente los animales. Le-hice presente al arriero que sus mulas corrían este peligro y que no obtendría recompensa. Mejor sería que me las alquilara y yo le pagaría la mitad por adelantado.

—No digamos nada, señor, pero salgamos antes que nadie descubra que pretendemos dejar el pueblo. Todo estará listo mañana al amanecer.

Eran pequeños animales y yo pesaba casi doscientas libras, pero es sorprendente lo que soportan estas mulas. Estaba totalmente fuera de entrenamiento, a causa de mi prolongado cautiverio en el batelón, y me costó varios días volverme a poner en forma. Después de dos jornadas de ascenso por la montaña en senderos aterradores hasta terribles alturas, y de descensos en caminos cortados a pique, llegamos a San José en la senda del Mapiri. Aquí me quedé con el señor Peñaloza, hijo de un inglés, que había cambiado su nombre. El mismo parecía español y no hablaba inglés, pero su hijo tenía ojos azules y cabello rubio.

Las historias de atrocidades persistían aún más allá de San José. Se contaba una de un alemán que trabajaba algunos años atrás en un puesto cauchero cerca del Mapiri. Era un asesino en grande. Mataba a cualquier colector de caucho que consideraba inútil, dándole a su víctima el privilegio de beber lo que quisiese antes de ser ejecutado. Con pródigas promesas como cebo, atrajo a trescientos peones del distrito peruano de Arequipa; los alimentaba todas las mañanas con una sopa aguada y una taza de café y los enviaba a la selva a sacar caucho. No conocían este trabajo y se enfermaron casi todos; sin embargo, no los soltó; mató a los más enfermos, cerca de cuarenta o cincuenta. Los otros lograron escapar; algunos, a la selva; otros, a Apolo, desde donde regresaron posteriormente al Perú. Este alemán fue acusado por sus atrocidades, pero no recibió castigo. Se rodeaba de una guardia de mozos especialmente elegidos y amasó una fortuna con el trabajo de sus obreros medio muertos de hambre. Me alegra contar que fué muerto, al parecer, por un indio vengativo, quien, esperando la ocasión, le disparó cuando se aflojó la vigilancia del cuerpo de guardia.

En la cúspide del apogeo del caucho y del oro en Mapiri, se instaló con un negocio un banquero aficionado. Inspiró general confianza, siendo altamente respetado por su influencia civilizadora, que era como un rayo de respetabilidad brillando en la lobreguez del caos. Huyó con veinte mil bolivianos (1.600 libras), y jamás se le volvió a ver.

¡Cuán civilizados parecen estos lugares al regresar de la selva! El pan verdadero sabe a néctar de dioses; los alimentos bien cocinados, servidos en platos y comidos con cuchillo y tenedor, eran un sueño glorioso que se transformaba en realidad. El viaje entre la montaña y el Altiplano, que quince meses atrás me pareció tan duro, resultaba ahora una excursión agradable. Es cierto que sentía intensamente el frío de las alturas, pero no más que el surazo de las selvas que helaba los huesos. Sorata, con sus casas verdaderas, era una gran ciudad, y La Paz resultaba casi aterradora con sus comodidades y lujos. El 17 de octubre, un rufián barbudo, de tez casi negra, quemada por el ardiente sol de los trópicos y el relumbre de las nieves, bajó a trote lento por las empinadas calles de la capital, sobre una muía vivaracha que se espantaba y hacía cabriolas a la vista de los carruajes y tranvías. Los transeúntes se detenían para mirarme, a pesar de lo acostumbrados que estaban a ver hombres de los despoblados. Una afeitada, una buena comida, un sueño profundo entre verdaderas sábanas, y al día siguiente ropas civilizadas, me transformaron otra vez de salvaje en hombre blanco.

Entregué al presidente, general Montes, los mapas e informes, y fui invitado a trazar la delimitación de la frontera con Brasil, en el río Paraguay. La perspectiva de exploraciones más distantes resultaba atrayente —pues esto me llevaría a regiones desconocidas—, pero dependía de una autorización de Londres el que continuara mis servicios.

—Si las autoridades británicas están de acuerdo —dije—, para mí sería un placer. Tengo un saldo de 800 libras, mi general —agregué—. ¿Debo devolverlas al Tesoro?

—Por favor, no haga tal cosa —replicó—. Sería inconveniente devolver dinero ahora. Le ruego que acepte la mitad y deje la otra para la comisión del Paraguay.

Había olvidado las preocupaciones de dinero al comienzo de la expedición al Beni, y el gobierno expresaba su satisfacción por el rápido término de la labor. Los ministros y otros funcionarios responsables de La Paz me trataban con la mayor cortesía.

Cuando necesitaba dinero, el gobierno me daba una nota para la tesorería; ésta me extendía un cheque y el banco me lo pagaba, todo en una hora. Hice lo posible para corresponder a su atento proceder, evitando todas las dificultades fronterizas en cuanto estuve en mi nueva designación. Cuando pienso en los meses que había que insistir ante una oficina de pago inglesa para cobrar unos pocos chelines, o por un miserable viático de viaje, me acuerdo de Bolivia. A mis compatriotas les gusta referirse a Latinoamérica como “el país del mañana”, pero con las demoras de los funcionarios públicos en las oficinas del gobierno británico, la frase favorita para este caso debería ser “la próxima semana”.

Tomado de: EXPLORACIÓN FAWCETT, de Percyval Harrison Fawcett.

Descripción de la foto: Cuartel de Rurrenabaque.

 

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