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¡QUE SE RINDA SU ABUELA, CARAJO!

Una vez reintegrado a su despacho en el palacio presidencial a la media noche del Martes de Carnaval, 25 de febrero, despojado de la careta y el disfraz, el General Hilarión Daza, dándose recién por enterado del desembarco de tropas chilenas en Antofagasta, con ayuda de algunos áulicos redactó un manifiesto dirigido a la nación.
En él cometió la imprudencia de hacer públicas sus intenciones estratégicas. Dijo: "Bolivia acepta la guerra sin provocarla. La ofensiva pertenece al desgarrador de tratados y al detentador del territorio. Nuestra fuerza es eminentemente defensiva e inexpugnable. No renunciaremos a ella. Tócales a los chilenos salvar el desierto, vencer el espacio y retarnos en el asiento de nuestro poderío. Conciudadanos: Ved ahí trazada nuestra tarea con el agresor...".
Esto significaba avisar al enemigo que podía quedar en tranquila posesión de la costa boliviana sin temor a ninguna acción de rechazo del ejército boliviano, que es lo que correspondía. Era avisarle que si patriotas como Ladislao Cabrera y Eduardo Avaroa trataban de detener al enemigo, su coraje no tendría ningún apoyo desde el interior y podían ser fácilmente atropellados.
Al día siguiente, el mandatario y sus ministros Eulogio Doria Medina, Manuel Othón Jofré y Julio Méndez firmaron dos decretos. Por el primero, declararon "la patria en peligro y en estado de sitio". Por el segundo, concedieron "amnistía amplia y sin restricciones a todos los bolivianos que por motivos políticos estuviesen confinados o fuera del país".
La primera población en enterarse de lo ocurrido en Antofagasta fue la de Tupiza. Era la única que entonces tenía servicio telegráfico. El 11 de febrero estrenó la línea que la conectaba con la red del norte argentino. El 23 le llegó la noticia desde Buenos Aires. Los vecinos se reunieron de inmediato en la casa de gobierno y como primera medida resolvieron enviar víveres a San Cristóbal con un pelotón de rifleros comandados por el Coronel Segundo Games, a fin de auxiliar a sus compatriotas que suponían en retirada del litoral, por el camino de Calama. Los principales promotores fueron el General Narciso Campero y don Félix Avelino Aramayo.
En La Paz, el 24 de febrero, Miércoles de Ceniza, una concentración popular recorrió varias calles del centro portando las banderas boliviana, peruana y argentina que depositó en el Loreto. El Presidente del Consejo Municipal, señor Daniel Núñez del Prado, pronunció un discurso e invitó a un comicio. Este tuvo lugar al día siguiente actuando como primer orador el señor Antonio Quijarro. Hablaron también los señores Víctor Pérez (Fiscal del Distrito), Isaac Tamayo (diputado) y Rudecindo Carvajal. El General Daza pronunció una breve alocución ante el público congregado en la plaza 16 de julio. Aquí también, a pedido de la poblada, volvió a usar de la palabra el señor Isaac Tamayo. La multitud, calculada en unas 2.000 personas, recorrió nuevamente las calles principales. Al final de la jornada se firmó una protesta contra Chile declarándose que todos se ponían "alrededor del gobierno" y solicitaban "una guerra pronta" para la que ofrecían sus bienes y su vida.
El 28, Daza y sus colaboradores expidieron otro decreto que ordenó la organización de la Guardia Nacional activa y pasiva. "La primera con todos los bolivianos solteros y viudos de 16 a 40 años. La segunda con los casados y los mayores de 40".
El 1° de marzo siguieron tres decretos más. Uno cortando toda comunicación y comercio con Chile, ordenando la salida de Bolivia de los ciudadanos de ese país en el término de 10 días desde su notificación personal y el embargo de sus bienes muebles e inmuebles, excepto su equipaje y menaje particular. Otro, declarando al ejército en campaña. El tercero, disponiendo un descuento en los sueldos y pensiones de todos los empleados públicos, civiles y eclesiásticos, en un 10, 20, 25 y 30 por ciento, según su monto.
En Oruro, el 27 de febrero, lo más selecto de la ciudadanía se concentró en el templo de La Merced y aprobó un acta redactada por los señores Donato Vásquez, José Mier y León y Octavio Dalence. En ella se ofreció al gobierno, "sin reserva alguna", el concurso de los esfuerzos personales, los recursos y la sangre de los orureños para reivindicar el territorio usurpado y la honra nacional.
En la misma fecha, en Tarija, en vista de las noticias llegadas de Tupiza, el pueblo marchó por las calles eufórico de patriotismo y suscribió un documento de adhesión al gobierno y de ofrecimiento de servicios y personas hasta el sacrificio final.
El 28 le tocó el turno a la ciudad de Cochabamba. Un comicio reunido en el Colegio Sucre, bajo la presidencia del Obispo Javier del Granado, encomendó a los señores Mariano Baptista, Melchor Terrazas y Jorge Oblitas la inmediata redacción de un manifiesto que fue aprobado por unanimidad en medio de grandes aclamaciones. Hubo discursos del señor Baptista y don Nataniel Aguirre. Se realizó un desfile patriótico en cuya cabeza se portaba el busto del Libertador y los pabellones boliviano y peruano que fueron depositados en un altar patrio improvisado en la galería norte de la Plaza 14 de Septiembre.
En Potosí se manifestó un gran fervor cívico. También se realizó una concentración de la ciudadanía que dio a luz una protesta anti chilena firmada por los señores Demetrio Calvimontes, Pedro H. Vargas, Modesto Omiste, Daniel Campos y cientos de otros patriotas.
Al conocerse el suceso de Antofagasta en Sucre, se produjo aglomeración de público en la Plaza 25 de Mayo al que arengaron el Prefecto Ipiña y los señores José Manuel Gutiérrez, Manuel Aguirre y Samuel Velasco Flor. Un comicio realizado en la Casa de la Libertad, dirigido por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, doctor Basilio Cuéllar, emitió un documento en el que los firmantes se comprometieron a "no escatimar sacrificio alguno hasta reconquistar la soberanía hollada por el invasor".
En Santa Cruz y Trinidad hubo manifestaciones similares con profunda fe bolivianista. Desgraciadamente la prensa no registró detalles para la historia.
En las capitales de provincias los pueblos a su vez expresaron sus sentimientos patrióticos: Es digno de mencionarse el caso de Colquechaca, población que atravesaba por un período de prosperidad debido al auge de sus minas de plata. Las actuaciones anti chilenas las encabezó el señor Aniceto Arce.
Haciendo eco ala inquietud nacionalista de todo el interior, las diminutas guarniciones militares desplazadas de los puertos de Antofagasta, Mejillones, Cobija y Tocopilla, con sus jefes y oficiales, algunos empleados públicos y personas particulares se concentraron en Calama obedeciendo al llamado del abogado, periodista y político don Ladislao Cabrera, que consideraba que el honor nacional exigía que alguien se interpusiese en la marcha triunfal del invasor por el litoral boliviano, por mucho que el resultado del choque pudiese determinarse de antemano dado el potencial bélico de los chilenos y el aislamiento y debilidad de los defensores, por mucho que el reto no pasase de ser un gesto quijotesco de un puñado de valientes que querían dejar constancia de que ese era suelo de su patria marcándolo con su sangre.
El encuentro ocurrió el 23 de marzo. Los detalles son muy conocidos. El contingente chileno estaba constituido por 544 combatientes de infantería y caballería, con dos cañones de campaña y una ametralladora. Cabrera tenía a sus órdenes 135 bravos armados con 43 rifles modernos y 30 a fulminante, 12 escopetas de caza, 14 revólveres y 32 lanzas. No obstante la gran diferencia de fuerzas, el combate duró tres horas. Al final, don Ladislao Cabrera, constatando que su gente tenía varias bajas, que la munición estaba agotada y que el enemigo surgía en su retaguardia, dio la orden de retirada, en dirección a Chiuchiu, Canchas Blancas y Potosí.
Todos obedecieron el toque de corneta menos uno. Eduardo Avaroa Hidalgo, que entró a la refriega con 300 proyectiles, siguió combatiendo desde una zanja. Al principio de la acción había cruzado el río Loa pasando al campo enemigo con 10 compañeros que murieron o cayeron prisioneros. Siguió allí, solo, frente a toda una división, del ejército enemigo, como un león enfurecido que defiende su querencia.
Fue ubicado. El Teniente Carlos Souper, y los soldados de su compañía lo encontraron mal herido, pero todavía empuñando el Winchester con actitud desafiante, sucio de tierra, pólvora, sudor y sangre.
Le intimaron rendición. El contestó con una exclamación que retumbó como un rugido:
—" ¡Que se rinda su abuela, carajo!".
Porque no tenía ya más proyectiles, blandió la frase como una espada, con la palabrota final como el filo que hendía en la conciencia de Chile.

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